Wallace S. Broecker (Chicago, 1931) es considerado el autor del término “cambio climático” a partir de la publicación, en 1975, de un artículo en la revista Science titulado “Cambio Climático: ¿Estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?”
Kioto fue la capital de Japón desde 794 hasta el desplazamiento del gobierno a Tokio en 1868, cuando tuvo lugar la Restauración Meiji. Pero no es por ello por lo que el nombre de esta importante ciudad nipona está siendo objeto de atención en el mundo occidental. Su conocimiento universal se debe a que en el año 1997 fue la sede en la que los gobiernos incorporaron una adición al tratado, conocida con el nombre de “Protocolo de Kyoto”.
Estos documentos, que se redactaron cargados de buenas intenciones, tenían como objetivo comprometer a los países firmantes a reducir las emisiones de nueve gases, en un porcentaje aproximado de al menos un 5%, dentro del período que va desde el año 2008 al 2012. A este propósito se acompañaron una serie de compensaciones económicas en favor de los países menos desarrollados, a costa de los más ricos, para que pudieran adaptar sus procesos productivos a las exigencias del Acuerdo.
El gas más conocido es el dióxido de carbono (CO2). Este gas forma el casquete que cubre nuestras ciudades, a modo de boina, y que, cuando viajamos hacia Madrid, hasta no atravesarlo, no deja ver con detalle los alrededores del aeropuerto de Barajas.
Tras doce años de polémicos incumplimientos, ahora en Copenhague se ha abordado la búsqueda de un compromiso que continúe la labor del nipón hasta 2020, pretendiendo, inicialmente, recortar las emisiones de gases contaminantes entre el 25 y el 40% por debajo de los niveles de 1990 para limitar el aumento de la temperatura a dos grados centígrados por encima de los valores de la era preindustrial y determinar las compensaciones económicas correspondientes.
Con ello, la sociedad internacional busca remedio al efecto invernadero en la atmósfera que impide que parte del calor regrese al espacio, y conduce a la expansión del volumen de los océanos con invasión de litorales muy habitados que pueden llevar a la desaparición de islas con asentamientos importantes de población, y a romper el equilibrio biológico animal, vegetal y forestal que, en algunos años, puede comprometer la existencia del hombre en el planeta.
Esta lucha está íntimamente unida al concepto de sostenibilidad, sobre el que escribí un reciente Comentario, existiendo propósito entre los países para actuar de forma que podamos cumplir nuestras responsabilidades hacia las generaciones futuras.
Sirvan estas líneas como introducción a la crónica de lo que ha ocurrido, estos días, en la cumbre de Copenhague, Foro en el que España ha participado con gran entusiasmo.
Precisamente, en la madrugada de hoy, día 19 de diciembre, me llega la noticia de estar prácticamente cerrado un documento de sólo tres páginas, que la Unión Europea ha llamado "Acuerdo de Copenhague", con cuya rúbrica más de 100 Jefes de Estado y de Gobierno y decenas de miles de acompañantes se habrán marchado a sus hoteles (solos o acompañados, de aceptar la invitación gratuita de sexo que les fue brindada como protesta a la campaña municipal hacia los Delegados de la Cumbre "Sé sostenible: no compres sexo") o habrán tomado los aviones de regreso a sus casas, dormitando, entre sueños acusadores, el fracaso de otra oportunidad más.
Esos tres papeles contienen otra “declaración de intenciones” que da pasos atrás con respecto a la «Hoja de ruta» de Bali, aprobada en 2007. Los dos gigantes en contaminación, Estados Unidos y China, se han “arrugado”, dando al traste el ambicioso proyecto que tanto ha cuidado la Unión Europea.
Nuestro Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, al que caracteriza una fuerte dosis de optimismo en todas sus actividades y que ha participado, activamente, hasta última hora en las reuniones, ha calificado de “coherente, serio y riguroso” el trabajo de estos días y, sin duda, el “más ambicioso y responsable”, teniendo que dejar a un lado su vena poética con la que finalizó el discurso del día anterior.
Su epílogo ha dado la vuelta al mundo, con olvido del contenido del cuerpo de la alocución. Así se expresó: “Tenemos que lograr unir el mundo para salvar la tierra, nuestra tierra, en la que viven pobres, demasiados pobres, y ricos, demasiado ricos. Pero la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”.
Si con ello quiso alcanzar notoriedad, desde luego, sí que ha cumplido con su objetivo. En el mismo discurso dijo una cosa y su contraria en el transcurso de dos minutos. Habló de “nuestra tierra” para terminar diciendo que no es nuestra ya que “no pertenece a nadie, salvo al viento”. Pero lo que más tinta está consumiendo en la prensa internacional es la explicación de esa pertenencia “al viento”.
Los mas conspicuos analistas hablan de una licencia poética, en la que dirigió un guiño al ecologismo, al estilo de la carta que el Jefe indio Seattle envió, en 1854, al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, en respuesta a la oferta de compra de las tierras de la tribu Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washington.
Esta carta está considerada, por los ecologistas, como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente". Sobre la belleza de su prosa podríamos extendernos, aunque sólo traigo aquí su referencia al viento, al hilo de nuestro comentario, “Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos”. Aunque en ningún caso atribuye la propiedad de la tierra al viento, afirmando, en otro párrafo, que “la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.
Después de desechar la idea de que la referencia al viento tenga algo que ver con algún comentario que su Ministra de Cultura pudiera haberle hecho, sobre la mítica pareja “Rhett Butler-Scarlett O’Hara” el pasado día 15, con motivo del 70 aniversario del estreno de la película “Lo que el viento se llevó”, y al no encontrarle encaje en la vieja fraseología del agro socialista “la tierra es del que la trabaja”, desde mi soledad ante el ordenador he tratado de investigar el alcance de la rebuscada ocurrencia del Speechwriting Director de Moncloa, y he llegado a algunas conclusiones, acudiendo al Antiguo Testamento, aunque desconozco si estos gruesos volúmenes tienen signatura en la bilblioteca del Recinto Presidencial.
Tal vez, desde Madrid, se ha entendido que en Copenhague, se acudía a una reunión en la que la Humanidad representada, por doscientos países, al tratar de evitar el cambio climático, pretendía poner los medios para frustrar un atentado contra la obra de Dios en su creación. Y, efectivamente, se entendió bien. Y estoy convencido de que también “vio Dios que estaba bien”. No son pocos los ecologistas que así lo entienden. Por ello, no era arriesgado pensar que se fuera a levantar una pira en la ciudad danesa para ofrecer sacrificios a Yahveh que, no en balde es el Padre de las tres religiones monoteístas, dominantes en gran parte de la tierra. Así entendido, en el discurso de ofertorio de los dignatarios políticos, ante el altar, resultaba coherente dar reverente lectura al Génesis, ya que aquí “el viento” sí aparece en sus primeras líneas.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”. Y ese viento de Dios puso orden en el caos y la confusión, del mismo modo que insufló la luz. “Haya luz y hubo luz”, y en la sucesión de los días bíblicos, antes de amanecer el día tercero, Dios dijo “Produzca la tierra vegetación; hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra”. Y cuando así fue “vio Dios que estaba bien”. Y prosiguió su labor en sucesivas jornadas para alojar peces, aves y animales terrestres. Finalizó con el ser humano, al que dio la grandeza de crearlo a su imagen (“a imagen de Dios le creó”), y con su bendición puso en sus manos el orden de la creación.
Ah! Sin duda a nuestro Presidente le han venido a la mente todas estas alegorías y ha querido decir al auditorio internacional que fue el viento de Dios el que ajustó la naturaleza con la precisión de un maestro relojero; y que, puesta a punto, se la entregó al hombre para su administración natural, para que se sirviera de los animales y se alimentara de los árboles frutales y que hombre y mujer, “haciéndose una sola carne”, también fecundaran seres humanos a los que su viento cubriría de dignidad (“a su imagen y semejanza”) y así cuando contemplara la evolución de su creación se sentiría satisfecho y el historiador bíblico pudiera añadir páginas, repitiendo “Vio que estaba bien”.
Pero en esta fantástica imaginación, que estoy atribuyendo a Rodríguez Zapatero durante su oración, es lógico figurarnos que también reflexionara sobre su acción de gobierno y que repasara sus agitadas jornadas vividas en la Carrera de San Jerónimo, el santo de la Vulgata, traducción de la Biblia al latín. En ese edificio, blindado por los leones de bronce fundidos en 1866 con los cañones capturados al Sultán de Marruecos en la Guerra de 1860 (Daoiz y Velarde, bautizados por el pueblo de Madrid), está, estos días, legislando, con la aritmética, materias que Yahveh nos entregó ya ordenadas y que, como frutos, colgó en el árbol de la ciencia del bien y del mal, del que dejó dicho Dios “No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte”. Y al venirle esta reflexión a la mente se miró y, como Adam, se vió desnudo. Por ello enmudeció su discurso, confiando al viento una última frase inconclusa.

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