martes, 22 de diciembre de 2009

LA TIERRA NO PERTENECE A NADIE, SALVO AL VIENTO

Wallace S. Broecker (Chicago, 1931) es considerado el autor del término “cambio climático” a partir de la publicación, en 1975, de un artículo en la revista Science titulado “Cambio Climático: ¿Estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?”

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático adoptada en Nueva York en 1992 y que entró en vigor dos años después, usa el término cambio climático sólo para referirse al cambio por causas humanas, entendiendo por tal un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables. (artículo 1, párrafo 2).

Kioto fue la capital de Japón desde 794 hasta el desplazamiento del gobierno a Tokio en 1868, cuando tuvo lugar la Restauración Meiji. Pero no es por ello por lo que el nombre de esta importante ciudad nipona está siendo objeto de atención en el mundo occidental. Su conocimiento universal se debe a que en el año 1997 fue la sede en la que los gobiernos incorporaron una adición al tratado, conocida con el nombre de “Protocolo de Kyoto”.

Estos documentos, que se redactaron cargados de buenas intenciones, tenían como objetivo comprometer a los países firmantes a reducir las emisiones de nueve gases, en un porcentaje aproximado de al menos un 5%, dentro del período que va desde el año 2008 al 2012. A este propósito se acompañaron una serie de compensaciones económicas en favor de los países menos desarrollados, a costa de los más ricos, para que pudieran adaptar sus procesos productivos a las exigencias del Acuerdo.

El gas más conocido es el dióxido de carbono (CO2). Este gas forma el casquete que cubre nuestras ciudades, a modo de boina, y que, cuando viajamos hacia Madrid, hasta no atravesarlo, no deja ver con detalle los alrededores del aeropuerto de Barajas.

Tras doce años de polémicos incumplimientos, ahora en Copenhague se ha abordado la búsqueda de un compromiso que continúe la labor del nipón hasta 2020, pretendiendo, inicialmente, recortar las emisiones de gases contaminantes entre el 25 y el 40% por debajo de los niveles de 1990 para limitar el aumento de la temperatura a dos grados centígrados por encima de los valores de la era preindustrial y determinar las compensaciones económicas correspondientes.

Con ello, la sociedad internacional busca remedio al efecto invernadero en la atmósfera que impide que parte del calor regrese al espacio, y conduce a la expansión del volumen de los océanos con invasión de litorales muy habitados que pueden llevar a la desaparición de islas con asentamientos importantes de población, y a romper el equilibrio biológico animal, vegetal y forestal que, en algunos años, puede comprometer la existencia del hombre en el planeta.

Esta lucha está íntimamente unida al concepto de sostenibilidad, sobre el que escribí un reciente Comentario, existiendo propósito entre los países para actuar de forma que podamos cumplir nuestras responsabilidades hacia las generaciones futuras.

Sirvan estas líneas como introducción a la crónica de lo que ha ocurrido, estos días, en la cumbre de Copenhague, Foro en el que España ha participado con gran entusiasmo.

Precisamente, en la madrugada de hoy, día 19 de diciembre, me llega la noticia de estar prácticamente cerrado un documento de sólo tres páginas, que la Unión Europea ha llamado "Acuerdo de Copenhague", con cuya rúbrica más de 100 Jefes de Estado y de Gobierno y decenas de miles de acompañantes se habrán marchado a sus hoteles (solos o acompañados, de aceptar la invitación gratuita de sexo que les fue brindada como protesta a la campaña municipal hacia los Delegados de la Cumbre "Sé sostenible: no compres sexo") o habrán tomado los aviones de regreso a sus casas, dormitando, entre sueños acusadores, el fracaso de otra oportunidad más.

Esos tres papeles contienen otra “declaración de intenciones” que da pasos atrás con respecto a la «Hoja de ruta» de Bali, aprobada en 2007. Los dos gigantes en contaminación, Estados Unidos y China, se han “arrugado”, dando al traste el ambicioso proyecto que tanto ha cuidado la Unión Europea.

Nuestro Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, al que caracteriza una fuerte dosis de optimismo en todas sus actividades y que ha participado, activamente, hasta última hora en las reuniones, ha calificado de “coherente, serio y riguroso” el trabajo de estos días y, sin duda, el “más ambicioso y responsable”, teniendo que dejar a un lado su vena poética con la que finalizó el discurso del día anterior.

Su epílogo ha dado la vuelta al mundo, con olvido del contenido del cuerpo de la alocución. Así se expresó: “Tenemos que lograr unir el mundo para salvar la tierra, nuestra tierra, en la que viven pobres, demasiados pobres, y ricos, demasiado ricos. Pero la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”.

Si con ello quiso alcanzar notoriedad, desde luego, sí que ha cumplido con su objetivo. En el mismo discurso dijo una cosa y su contraria en el transcurso de dos minutos. Habló de “nuestra tierra” para terminar diciendo que no es nuestra ya que “no pertenece a nadie, salvo al viento”. Pero lo que más tinta está consumiendo en la prensa internacional es la explicación de esa pertenencia “al viento”.

Los mas conspicuos analistas hablan de una licencia poética, en la que dirigió un guiño al ecologismo, al estilo de la carta que el Jefe indio Seattle envió, en 1854, al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, en respuesta a la oferta de compra de las tierras de la tribu Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washington.

Esta carta está considerada, por los ecologistas, como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente". Sobre la belleza de su prosa podríamos extendernos, aunque sólo traigo aquí su referencia al viento, al hilo de nuestro comentario, “Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos”. Aunque en ningún caso atribuye la propiedad de la tierra al viento, afirmando, en otro párrafo, que “la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

Después de desechar la idea de que la referencia al viento tenga algo que ver con algún comentario que su Ministra de Cultura pudiera haberle hecho, sobre la mítica pareja “Rhett Butler-Scarlett O’Hara” el pasado día 15, con motivo del 70 aniversario del estreno de la película “Lo que el viento se llevó”, y al no encontrarle encaje en la vieja fraseología del agro socialista “la tierra es del que la trabaja”, desde mi soledad ante el ordenador he tratado de investigar el alcance de la rebuscada ocurrencia del Speechwriting Director de Moncloa, y he llegado a algunas conclusiones, acudiendo al Antiguo Testamento, aunque desconozco si estos gruesos volúmenes tienen signatura en la bilblioteca del Recinto Presidencial.

Tal vez, desde Madrid, se ha entendido que en Copenhague, se acudía a una reunión en la que la Humanidad representada, por doscientos países, al tratar de evitar el cambio climático, pretendía poner los medios para frustrar un atentado contra la obra de Dios en su creación. Y, efectivamente, se entendió bien. Y estoy convencido de que también “vio Dios que estaba bien”. No son pocos los ecologistas que así lo entienden. Por ello, no era arriesgado pensar que se fuera a levantar una pira en la ciudad danesa para ofrecer sacrificios a Yahveh que, no en balde es el Padre de las tres religiones monoteístas, dominantes en gran parte de la tierra. Así entendido, en el discurso de ofertorio de los dignatarios políticos, ante el altar, resultaba coherente dar reverente lectura al Génesis, ya que aquí “el viento” sí aparece en sus primeras líneas.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Y ese viento de Dios puso orden en el caos y la confusión, del mismo modo que insufló la luz. “Haya luz y hubo luz”, y en la sucesión de los días bíblicos, antes de amanecer el día tercero, Dios dijo “Produzca la tierra vegetación; hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra”. Y cuando así fue “vio Dios que estaba bien”. Y prosiguió su labor en sucesivas jornadas para alojar peces, aves y animales terrestres. Finalizó con el ser humano, al que dio la grandeza de crearlo a su imagen (“a imagen de Dios le creó”), y con su bendición puso en sus manos el orden de la creación.

Ah! Sin duda a nuestro Presidente le han venido a la mente todas estas alegorías y ha querido decir al auditorio internacional que fue el viento de Dios el que ajustó la naturaleza con la precisión de un maestro relojero; y que, puesta a punto, se la entregó al hombre para su administración natural, para que se sirviera de los animales y se alimentara de los árboles frutales y que hombre y mujer, “haciéndose una sola carne”, también fecundaran seres humanos a los que su viento cubriría de dignidad (“a su imagen y semejanza”) y así cuando contemplara la evolución de su creación se sentiría satisfecho y el historiador bíblico pudiera añadir páginas, repitiendo “Vio que estaba bien”.

Pero en esta fantástica imaginación, que estoy atribuyendo a Rodríguez Zapatero durante su oración, es lógico figurarnos que también reflexionara sobre su acción de gobierno y que repasara sus agitadas jornadas vividas en la Carrera de San Jerónimo, el santo de la Vulgata, traducción de la Biblia al latín. En ese edificio, blindado por los leones de bronce fundidos en 1866 con los cañones capturados al Sultán de Marruecos en la Guerra de 1860 (Daoiz y Velarde, bautizados por el pueblo de Madrid), está, estos días, legislando, con la aritmética, materias que Yahveh nos entregó ya ordenadas y que, como frutos, colgó en el árbol de la ciencia del bien y del mal, del que dejó dicho Dios “No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte”. Y al venirle esta reflexión a la mente se miró y, como Adam, se vió desnudo. Por ello enmudeció su discurso, confiando al viento una última frase inconclusa.

martes, 15 de diciembre de 2009

OBAMA, PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2009


En la primera semana de octubre pasado, de forma sorpresiva, nos llegó la noticia de la concesión del Premio Nobel de la Paz en favor de Barak Obama.

El primer sorprendido fue el propio mandatario, quien reconoció que "no tengo la impresión de que merezca estar en la compañía de tantas personalidades transformadoras que han sido homenajeadas con este premio", aun cuando lo aceptara ya que la distinción le serviría de estímulo para continuar su trabajo en asuntos que son importantes para EE UU y para tratar de lograr una paz y seguridad duraderas en el mundo.

El Instituto Nobel de Noruega decidió galardonar a Obama en atención a sus "esfuerzos extraordinarios por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos" y porque su visión de un mundo sin armas nucleares "ha estimulado el desarme y las negociaciones para el control de armamento". El primer ministro noruego, Stoltenberg, enjuició como “bien merecida e importante” la concesión del premio ya que no podía “pensar en otra persona que haya hecho más por la paz a lo largo de este año que ha transcurrido”.

En cuanto a reacciones externas, de una parte, se abrió un frente, el de los incondicionales por afinidad política, que desde el 4 de noviembre de 2008 vieron en el afroamericano al líder que habría de enterrar la política de Bush, al pacifista, al que luciría un nuevo estilo en la Casa Blanca, que entendieron este Nobel como una exhortación a la paz y a la búsqueda de soluciones que habrían de conducir a la supervivencia de la especie (Fidel Castro), como la conquista de un presidente que anunció medidas importantes para contener el armamento nuclear (Lula da Silva), como el reconocimiento de las esperanzas puestas en el presidente norteamericano (Mijail Gorbachov) o como respuesta “al modo en el que desde la presidencia de la primera potencia mundial se están entendiendo las relaciones internacionales, con esa oferta permanente de diálogo y entendimiento a pueblos, religiones, culturas, banderas" (Rodríguez Zapatero); siendo comprensibles las adhesiones del Alto Representante de la UE para la Política Exterior y Seguridad Común (Javier Solana) quien destacó "su devoción por la causa de la paz y su ilimitada dedicación a la diplomacia internacional" y la del Secretario General de la OTAN (Andrés Fogh Rasmussen), por el "fuerte compromiso para ayudar a forjar la paz y defender los derechos humanos fundamentales, también a través de la Alianza Atlántica".

El Presidente del Partido Popular español (Mariano Rajoy) no tuvo inconveniente en airear el botafumeiro internacional con un telegrama de cortesía “esta concesión supone un justo y merecido reconocimiento a su extraordinaria contribución a la búsqueda de la paz en el mundo, objetivo en el que siempre puede contar con nuestro más decidido apoyo"

Y, naturalmente, no opinaron igual los talibanes afganos en boca del principal portavoz de los insurgentes en el país, Zabihullah Mujáis, quien declaró que "no hay diferencias entre la política de Obama y la del anterior presidente (George W.) Bush”.

A mí, por su condición de inquilino de la Casa Blanca, con una antigüedad que no llega al año, me parecieron más prudentes las posturas del líder del Partido Republicano norteamericano, Michael Steele, quien criticó duramente la concesión y opinó que se debe a su estatus de "estrella" más que a logros reales y la del ex presidente polaco Lech Walesa que la calificó de precipitada, al declarar "¿Tan rápido? Demasiado rápido. Obama no ha tenido tiempo de hacer nada todavía" o la escéptica del primer ministro nipón, Yukio Hatoyama, quien destacó "no es fácil que el presidente de Estados Unidos, un país que tiene los mayores arsenales de armas nucleares, pida la creación de un mundo sin armas atómicas".

En fin, “pero así está el mundo” (Hugo Chávez), concluyo, por no hacer tediosa esta exposición, aceptando excepcionalmente la voz del dirigente venezolano.

Conocido el punto de arranque de la opinión internacional ésta se ha mantenido expectante, esperando el desarrollo de acontecimientos, y cuando sólo nueve días antes de recoger su diploma en Estocolmo anunció su intención de incrementar en 30.000 efectivos las tropas estadounidenses en Afganistán han desatado las iras de los más furibundos pacifistas, quienes consideran que Obama se ha desnudado completamente ante EE.UU. y el mundo como un hombre de guerra y que el Premio Nobel de la Paz –antes de ser recogido- ya se juzga, decididamente, inmerecido, incrementando su nómina de desaciertos, en política internacional, con su posición ambigua frente al golpe de Estado de Honduras y el hecho de instalar cinco bases militares en Colombia.

Algún politólogo ha apostillado la cuestión, aproximándose a la música para decir que “una cosa es con guitarra y otra con violín”. Parece como si hubiera leído mi comentario del día 12 de noviembre de 2008, con referencia a su discurso del 4 anterior “Ahora hay que andar para hacer camino”, publicado también en La Tribuna de Navarra (http://tribunadenavarra.com) .

En España, el Gobierno Aznar, el 12 de diciembre de 2001, ya aprobó el envío de 450 efectivos a Afganistán. Actualmente tiene un contingente de mil soldados permanentes (998), después del incremento de 220 efectivos, aprobados por el Congreso el pasado 23 de septiembre, complaciendo al americano y siguiendo la reflexión de Zapatero de que no depende de cómo Obama nos puede ayudar a nosotros, sino de cómo nosotros podemos apoyar a Barack Obama. Y, consecuente con ello, nuevamente, ha refrendado la ampliación de su presencia en Afganistán con la promesa de un incremento del número de tropas españolas, que propondrá al Parlamento.

Pues bien, así estaban las cosas, cuando el pasado día 10 de diciembre, ante una selecta audiencia de 1000 asistentes, tras recibir el galardón en el Ayuntamiento noruego de Oslo, pronunció un interesante discurso que se comprende en diez folios, según la traducción a la que he tenido acceso. Desde luego, me gusta la oratoria del presidente americano. Sabe poner en escena el libreto que le confecciona, con gran acierto, su veinteañero colaborador, Jon Favreau. Este Speechwriting Director (Director de Escritura de Discursos), aplica su ya conocida retórica a las directrices que le marca el Presidente, consiguiendo “tocar algo en el interior de la gente”, a la que da proximidad, confianza y credibilidad. En cuanto a la forma, son discursos cómodos de memorizar por su excelente estructura.

Todos estábamos expectantes por escuchar al Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas del país con el mayor poder militar del mundo, que se encuentra en estado de guerra, en dos frentes, su alegato a favor de la paz.

Obama, en el acto que comentamos, resolvió el problema sin ningún rubor y sin complejo de culpa alguno. Para ello, vistió su uniforme de Comandante en Jefe del Ejército Norteamericano públicamente como inicio de su exposición y, aun haciendo gala de humildad al tenerse que comparar, entre otros, con un compatriota suyo, tan carismático para él, como Martín Luther King, conjugó su responsabilidad de enviar compatriotas a morir (“A otros los matarán”) partiendo del hecho de que “la maldad sí existe en el mundo” y sobre él pesaba, como Jefe de Estado, el juramento en el que había comprometido su acción de gobierno para “proteger y defender” a su país, lo que le eximía moralmente de tomar como única doctrina el pacifismo, y con la fiel observancia de las ordenanzas de la “guerra justa” limpiaba, públicamente, su conciencia de también enviar sus milicias, no en ambulancias sino en tanques armados (“Algunos matarán”).

Así de claro y sencillo. No necesitó tapujos ni eufemismos. No escondió sus vergüenzas bélicas ante el temor de críticas hipócritas de mandatarios unidireccionales o de colectivos cubiertos por mantos de santidad. Algo así como cuando el Cristianismo al cuarto siglo de su existencia hubo de conciliar el “perdón al enemigo” con la “legítima defensa”, para proteger el primero de los derechos naturales, sin el que no existirían los restantes, como es el “derecho a la propia subsistencia”, encontrando en el padre del Derecho Internacional, Francisco de Vitoria, las primeras leyes de la “guerra justa”-

Obama ha coincidido con la Escolástica al establecer tres condiciones previas para que una guerra alcance la categoría de “justa”; que se trate de un último recurso o en defensa propia, que no se ejerza una violencia superior a la necesaria y que, en la medida de lo posible, no se someta a civiles a la violencia, siendo esta última potenciada, ya en el siglo XX, por la preocupación humanitaria internacional.

El “síndrome de Vietnam” que han padecido muchos ciudadanos norteamericanos y que nos ha recordado la industria cinematográfica en las últimas décadas, ha debido, también, estar presente en el recuerdo de Obama mientras pronunciaba su discurso.

Su indiscutible alegato a favor de la Guerra, fue dulcificarlo ante el foro al que había sido llamado, haciendo mención a la política de prevención con la que promover una paz justa y duradera. Sobre tres ejes vertebró una acción en la que se manifestó comprometido.

En primer lugar, desarrollar alternativas a la violencia que sean suficientemente firmes como para cambiar la conducta de aquellos países que trasgreden normas y leyes. (“todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica”; “quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas”; “quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme”).

En segundo lugar, definir el tipo de paz que buscamos, ya que ésta no es la ausencia de un conflicto visible, sino que debe estar basada en la protección de los derechos humanos, sin cuya defensa la paz es una promesa vana. (“los amigos más cercanos, de los EE.UU., son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos, independientemente, de la frialdad con que se definan”)

Y, finalmente, “una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones”.

Terminó con la condena de los extremistas que matan en nombre de Dios; Cruzadas y Guerra Santa no hacen justa la guerra. Y, como es habitual en él, elevó su discurso, exhortando a cumplir con una regla común en todas las principales religiones, “tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti”, y frente a la desesperanza de que “el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas que siempre enfrenta” aspirar “al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma”.

martes, 8 de diciembre de 2009

LOS CRUCIFIJOS


En este mes de diciembre, y concretamente, a partir del día 9, habrán transcurrido 78 años desde la aprobación de la Constitución de la II República, en 1931, fecha que está relacionada con el tema que traigo, hoy, a comentario.

Corriendo en la historia hacia atrás podemos constatar que nunca ha molestado en Europa y tampoco en España la visión de la cruz ni la del crucifijo, concretando en éste la expresión de Cristo crucificado. Por el contrario, a más de haber llamado a la devoción a los cristianos –católicos y protestantes-, ha sido un símbolo al que han acudido las artes clásicas como la arquitectura, danza, escultura, música, pintura, poesía y literatura, así como las modernas cinematografía y fotografía. Plumas, pinceles y cinceles se han deleitado voluptuosamente en la creación de obras literarias y plásticas que han emocionado con motivo del crucifijo a personas de todas las razas y colores. Para los cristianos estas obras han enriquecido sus sentimientos religiosos; y, entre los extraños, podemos destacar la presencia de turistas, procedentes de religiones lejanas, visitando nuestros museos y catedrales, provistos de cámaras fotográficas en las que llevarse allende el Oriente la belleza de sus representaciones, sin aprensión alguna.

Sentir ofendida la libertad por causa de la presencia de estos símbolos es tanto como negar la expresión de los sentimientos de un pueblo, pudiéndose aducir, de contrario, que también existe la libertad de poder disfrutar, en público, con una forma de entender la vida como puede ser tener presente determinadas imágenes religiosas cuando éstas son emblemas de la solidaridad, en cuyo nombre se ordena el perdón al enemigo, paradigma de la paz universal (“¡perdónales!, que no saben lo que hacen”, “así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…”).

¡Qué incongruencia para un pueblo que rompe el silencio de la madrugada de las calles andaluzas, rezando y cantando en voz alta y entrecortada, estribillos como los de la saeta “¿Quién me presta una escalera / para subir al madero, / para quitar los clavos / a Jesús el Nazareno?”, y llora de emoción con la poesía de Antonio Machado, “¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos / siempre por desenclavar! / ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas la primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz! / ¡Cantar de la tierra mía / que echa flores / al Jesús de la agonía, / y es la fe de mis mayores! / ¡Oh, no eres tu mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”!

He comenzado mezclando fechas con cruces y crucifijos, en estos días, porque casualmente estamos en el mes de diciembre en el que coinciden el nacimiento de las dos últimas Constituciones españolas (si obviamos el régimen constitucional orgánico del franquismo) y el desatado confusionismo que se está creando con el repudio de dos palos, uno más corto que el otro, sobre los cuales se alzó y, pegado a su madera, expiró el cuerpo de Jesús de Nazaret, hace más de veinte siglos.

La polémica actual no se puede aislar de un movimiento, diseñado por una minoría, en la que se encuentra cómoda una parte del Gobierno español y del principal Partido que lo sustenta, ya que las minorías nacionalistas que últimamente están “moviendo el árbol”, o “vareando el olivo” que diríamos desde Andalucía, resultan, numéricamente, ridículas en un país de más de cuarenta millones de ciudadanos. El Partido socialista español, que en su programa no había apuntado una política laicista de confrontación, ha encontrado en la reciente sentencia de Estrasburgo -que da la razón a la madre de un alumno italiano que siente coartada su libertad ante la presencia de un crucifijo en la escuela- un poderoso bramante en el que enrollar su cintura para aproximarse a sus tesis de “memoria histórica” y tender puente entre la Segunda República con un anunciado tercer capítulo de la misma.

De todos nos es conocido que en 1931, tras la declaración constitucional de su artículo 3º “El Estado español no tiene religión oficial”, que invirtió el 11º de la de 1876 “La religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado”, se oficializó una guerra santa contra la Iglesia Católica, que tuvo su pistoletazo de salida, cinco semanas después, con la Orden del Director General de Primera Enseñanza obligando a los Maestros Nacionales a retirar de las Escuelas todo signo religioso, suprimiendo los crucifijos, al que seguiría toda una legislación de disolución de la Compañía de Jesús, con incautación de sus bienes y de cercenamiento de libertad a Confesiones y Congregaciones Religiosas.

Pero, siendo ello importante, no es lo más, sino el desorden público consentido con incendios de Conventos e Iglesias y más de diez millares de religiosos, sacerdotes y laicos asesinados por odio a la fe durante aquellos años. Bajo los enunciados constitucionales y la bandera de la libertad religiosa se ha comparado esta persecución con la sangrienta que padeció el Cristianismo, bajo el Imperio romano, durante los cuatro primeros siglos de su historia.

Como observador sereno de nuestra sociedad española estoy detectando últimamente cómo esta petición de “retirada de los crucifijos de las escuelas” viene a reposar sobre un nido que está alcanzando la temperatura necesaria para clonar un desarrollo legislativo análogo al de los años treinta, sin que en modo alguno quiera apuntar a que se puedan reproducir en el siglo XXI los crímenes pasados. Podemos afirmar que con la “cristofobia” denunciada por Mns. Cañizares, no se trata de excluir de la vida pública, tanto a Cristo como a los cimientos de la religión cristiana, resucitando un histórico odio hacia la jerarquía eclesial católica, utilizando en forma equívoca el concepto de Estado aconfesional, que es el constitucional de 1978 (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal” art. 6.3.), muy alejado del Estado laico.

Para no entrar en el debate de los conceptos de aconfesionalidad, laicismo y laicidad, quedémonos con la objetividad de los hechos y dejemos las diferencias conceptuales a otros foros. Lo que vemos a través de diferentes acontecimientos sucedidos últimamente es que hay un proyecto para descristianizar España. Unos días salen a la calle autobuses ateos, otros se escandaliza a la sociedad desde la bendición del manoseo de la sexualidad, otros se acusa a la Iglesia católica de la pedofilia de alguno de sus miembros, en otras ocasiones se demoniza a la doctrina católica por su defensa del derecho a la vida, se bendicen realidades sociales nuevas denominándolas con palabras que desde Roma ya venían claramente acuñadas con la presencia de un hombre y una mujer, y así gota a gota se va impregnando a la sociedad de un fermento que lleva al terreno de la naturalidad la celebración de saturnales con burlas injuriosas al Clero, a la alteración de la naturaleza de festividades religiosas (fiestas de invierno por las Navidades o fiestas de primavera por la Semana Santa) y a parodiar los sacramentos del Bautismo, Comunión y Matrimonio, convirtiéndolos en actos civiles extramuros de las Iglesias, con aliento a su implicación social, pervertidos por un desenfrenado consumismo.


Naturalmente, para apartar definitivamente a la Iglesia Católica de la Sociedad, aproximación que no está reñida con la aconfesionalidad del Estado español, y teniendo en cuenta su arraigo histórico, se hace preciso incidir en la educación de nuestros infantes -no sólo con asignaturas que, pese al laudable disfraz democrático que las envuelve, sus contenidos quedan a merced del pensamiento político dominante en cada Gobierno- y borrar de las paredes de las aulas todo signo que pueda quedar en el subconsciente de los educandos. De esta forma algún día en nuestro Congreso alguno de sus miembros podrá repetir la frase de Azaña, del 14 de octubre del 31: “España ha dejado de ser católica”.

Por todo ello, de hacerse realidad la caída de los crucifijos con la anunciada Ley de Libertad Religiosa no me extrañaría que nazca la presencia de otros “portátiles” sobre la mayoría de los pupitres de las aulas, como ya sucediera en los años 30 a los que me refería al comienzo de este comentario, aunque entonces tuvieran que permanecer ocultos en los bolsillos.

domingo, 29 de noviembre de 2009

SOSTENIBILIDAD


Aunque últimamente este término se encuentre ampliamente difundido, si queremos reflexionar sobre el mismo dándole el alcance que los políticos y medios de comunicación actuales pretenden, debemos remontarnos al año 1968, en el que con la creación del Club de Roma, se da carta de naturaleza al concepto de sostenibilidad.

Dicho Club nació con la reunión de un centenar de científicos y políticos de treinta países preocupados por el futuro de la humanidad. Aunque todavía no se había producido la caída del muro de Berlín con su repercusión internacional, gran hito de la revolución social de la segunda mitad del siglo XX, la perspicacia de estos observadores hicieron sentir la necesidad de estudiar nuevas formas de conducta, a fin de coordinarlas internacionalmente, para promocionar un nuevo desarrollo de la economía mundial.

No necesitaron dotes de adivinación para advertir del peligro que podía suponer para el desarrollo de la humanidad, la dependencia de una fuente de energía que ya se preveía escasa en el tiempo y muy concentrada geográficamente, así como del deterioro que nuestro planeta venía sufriendo a consecuencia de un imparable consumismo.

La incidencia en estos dos factores, sobradamente conocidos, de otros también importantes, –demográficos, sociales, económicos, geopolíticos y estratégicos- así como la erosión, cada vez más acelerada, de la biodiversidad –vegetal y animal- acuciaron la necesidad de proponer la remoción de los obstáculos que impidiesen promocionar un crecimiento económico estable y sostenible de la humanidad. Así se fueron explorando soluciones políticas, económicas y sociales para alejar al mundo del abismo sobre el que está asomado, que pone en peligro grave el futuro deseable para la sociedad humana y los reinos vegetal y animal.

El término sostenibilidad hace referencia al equilibrio de una especie con los recursos de su entorno. Desde la perspectiva de la prosperidad humana y según el Informe Brundtland de 1987, la sostenibilidad consiste en “satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades”.

El Club de Roma fue abriendo sus puertas a un sinnúmero de países y personalidades de la ciencia y la política que han ido elaborando diferentes informes-denuncia con propuestas para definir un nuevo orden mundial. Entre ellos destaca la «Advertencia a la humanidad de científicos del mundo», firmada por más de 1.600 científicos, entre ellos 102 premios Nobel de 70 países, en 1992.

El pasado día 9, Berlín ha festejado el 20 aniversario de la caída del Muro; se ha recordado con satisfacción aquella noche del jueves, 9 de noviembre, al viernes, 10 de noviembre, 28 años después de su construcción. En aquella fecha se dio fin a “La Guerra Fría” con la victoria del modelo socioeconómico occidental frente al oriental. En palabras de Walesa "La verdad es que un 50% de la caída del Muro corresponde a Juan Pablo II, 30% a Solidaridad y a Lech Walesa, y sólo 20% al resto del mundo. Ésta es la verdad de esos días”. Sea cual fuere la proporción de autoría en la responsabilidad del acontecimiento lo cierto es que, de momento, pareció vencer el modelo de economía de libre mercado al de intervención. Desde 1989 las tesis socialistas sufrieron 18 años de derrota. Desgraciadamente para todos, en 2007aparecieron los primeros “brotes” de la crisis internacional que estamos soportando en la actualidad y que ha empañado la victoria absoluta del mercado libre, recordando “que no es bueno que el mercado esté solo”, remedando la cita bíblica (Gn 2:18).

Me ha parecido de interés referirme al momento de la reunificación alemana porque 1989 fue la fecha en la que el socialismo mundial quedó descalzo de modelo económico derrumbándose uno de los pilares de su esquema político-social. Y, si bien ya le eran afines líneas ecologistas y corrientes político-filosóficas tales como el ecofeminismo o el ambientalismo, que alimentaban un nuevo arquetipo de economía, ha sido apropiado que el PSOE haya encontrado en su líder al mejor artesano para poner unos zapatos nuevos a nuestra quebrantada economía, que se estremece en una rigurosa crisis invernal.

Su trabajo, en clave de desarrollo sostenible, se ha venido anunciando desde hace meses, y se está presentando, estos días, en el Palacio de San Jerónimo bajo el nombre de Ley de Economía Sostenible. Confiemos, hasta que conozcamos el alcance del desarrollo normativo de su oferta legislativa, en que cuando se desembale el paquete nos encontremos con unos zapatos lustrosos que nos sirvan para caminar, y no sólo para presentárselos a los próximos Reyes Magos, porque así podrá hacer gala de su artesano apellido.

sábado, 3 de octubre de 2009

LA CHICA DE IPANEMA Y EL EFECTO OLIMPIADAS

Cuando se conoce el resultado de aconteceres inciertos en el tiempo, nuestra condición de seres inteligentes hace que sea entonces cuando sepamos encajar correctamente las piezas del puzzle que antes sólo ensamblábamos en nuestra imaginación. Y creo que nuestra inteligencia se mide tanto en el momento de comprender la solución de los problemas como en el anterior del planteamiento y resolución.

En la antigüedad, los problemas más trascendentes estaban centrados en las guerras, principalmente de expansión. La buena conducción de éstas y su feliz resultado era el que respaldaba el liderazgo de sus jefes. De ahí la valoración de los estrategas y el descrédito que se atribuía a los torpes. Así, es comprensible que aquellas sociedades no acudiesen a técnicas democráticas para confiar el destino de sus pueblos. A quien sabía ganar una guerra se le atribuía capacidad para conducir la paz. Por ello la alternativa de los políticos suelen ser los militares y no los abogados, los médicos ni los panaderos. Porque, en definitiva, en términos simplistas, la resolución de los problemas humanos se reduce a un planteamiento lógico -saber qué se quiere-, conocimiento de los medios de que se dispone para conseguir el resultado propuesto, valoración de los riesgos, articulación de aquéllos para encaminarlos al fin perseguido e impulso para lograr el desenlace deseado.

La anterior construcción es válida tanto para alcanzar los éxitos materiales como para lograr las conquistas espirituales. Una conquista que, también, desde nuestros más antiguos orígenes es constante en la historia del hombre y ha movido el rumbo de las sociedades, ha sido la del amor. Nuestro pasado está lleno de ejemplos. Pero también el hombre, individualmente, hace del amor objeto de conquista. Raro es que la simple atracción mutua de dos seres, por el sólo hecho de conocerse, conduzca indefectiblemente a la victoria del amor. Por ello, la confianza en el “flechazo” está siendo causa de posteriores derrotas amorosas. El “aquí te pillo, aquí te mato”, ni espiritualmente, conduce a buenos resultados. Es preciso aplicar el planteamiento lógico a que me refería más arriba: convencimiento de lo que queremos, valoración de lo que ofrecemos, estimación de los riesgos internos y externos, estrategia para limar los primeros y ahuyentar los segundos y persistencia para terminar alcanzando las mieles de la conquista. En el caso del amor, esta persistencia, se extiende más allá del día oficial de la victoria. No vale decir que “se nos rompió el amor de tanto usarlo”, como canta la tonadillera. Como si fuera un juguete infantil tras el día de Reyes. Eso es una banalidad. Precisamente el uso del amor conlleva lucha en las batallas diarias, que deben ser asimiladas como tales y no dejarlas sin resolver tras el umbral de la puerta.

Es la misma diferencia que se observa por los sociólogos entre “la guerra militar”, en la que se obtiene la paz cuando se ha alcanzado el fin estratégico, la destrucción del ejército enemigo y la ocupación del territorio (Recordemos, el mensaje de Francisco Franco, para terminar diciendo que “la guerra ha terminado”, en 1939) y “la lucha política”, en la que aunque el ejército haya sido vencido la lucha continua en el terreno político y “de preparación” militar (Recordemos, igualmente, gran parte de la época franquista que no estuvo inmune a un estado “de preparación”, aun cuando se resolviera a la muerte del General sin hacer uso de las armas).

Las anteriores consideraciones me han ido viniendo a la mente cuando recapacitaba sobre las primeras líneas de este comentario que pensaba dirigir al fallo del Comité Olímpico Internacional. Sobre este acontecimiento reflexionaba ayer, en este medio, antes de conocer el resultado. Aunque podía traslucir la ilusión de “una corazonada”, no se me ocurrió aventurar ningún resultado. El suceso era incierto y yo no estaba en el conocimiento de todas las reglas de esa partida que jugaron no cuatro ciudades sino cuatro estados. Bastante expuse apuntando que en este casino había tahúres y cabía el marcaje de las cartas. Y, de otra parte, también desconocía la capacidad y honestidad de los árbitros de la contienda.

El resultado fue la derrota de España, Estados Unidos de América y Japón. Tan noticia es esto como que ganara Brasil y hablo de noticia en su sentido sorpresivo. Tal vez, menor noticia fue el resultado nipón. Pero que perdieran España y Estados Unidos, y que ganara Brasil, sí ha sido noticia, desde el punto de vista periodístico. Además, a los españoles nos ha costado asimilar –pese a nuestra olímpica deportividad- que la COI nos haya maltratado con un resultado final de 66 a 32. Como si la sentencia estuviera escrita y se quisieran evitar sorpresas transfuguistas o errores técnicos.

Madrid con su Rey y Chicago con su Presidente, no fueron ciudades, sino estados. Sin embargo Río de Janeiro, con Lula da Silva y Pelé, se quedó en “Ciudad Maravillosa”, la buscada. ¿Cómo no habíamos reparado en que “El Cristo Redentor” desde su elevado pedestal, en el Cerro de Corcovado es admirado, sin complejos laicistas, por toda la Ciudad hacia la que extiende sus brazos? ¿Cómo no entender que los miembros de la COI en alguna ocasión habrán soñado al ritmo del Bosa Nova? Y, habrán admirado esa cosa tan linda/ tan llena de gracia/ como es esa niña/ que viene y que pasa/ con su balanceo/ camino del mar. Porque desde 1962 en que se inmortalizó la “Garota de Ipanema” todos hemos soñado con la moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema y hemos dicho que su movimiento es más que un poema/ es la cosa más linda/ que yo he visto pasar. Parece que los árbitros del COI, al ser más jóvenes que Samaranch, admiran más a estas chicas cariocas y no reparan en los suspiros de Don Hilarión cuando se deja acompañar por “una morena y una rubia”, hijas del pueblo de Madrid.

Sin embargo, esta mañana todavía España y su Delegación se preguntaban ¿Por qué fue éste el resultado? al igual que ayer mientras Obama sobrevolaba el Atlántico, se decía ¿Qué nos ha fallado?

Es cierto que objetivamente, a la candidatura de Madrid no le faltó respaldo popular, movilización de medios, eficacia administrativa ni comunión política. Personalmente a mi me emocionó la movilización del pueblo y me ilusionó la unidad de voluntad política. Con el corazón medí la primera y seguro que de haber vivido los últimos minutos en ambiente propicio hubiera tenido que tener a mano el pañuelo al conocer el resultado. Con la cabeza valoré el consenso político.

No seré yo quien critique al Alcalde de Madrid, ni mucho menos. Y dejo constancia de que sólo me une a él el recuerdo hacia su padre que fue el profesor de mi grupo de prácticas en la Complutense de Madrid, hace más de cuarenta años y del que tengo grato recuerdo por haber sido un magnífico maestro –no podía ser menos en aquella Cátedra de Derecho Civil- durante tres cursos consecutivos; exigente y en ocasiones cascarrabias (para mí, dos virtudes ignoradas por la complaciente docencia actual). Como dato anecdótico añadiré que el titular de la Cátedra, D. Alfonso García Valdecasas, participó como orador en el acto fundacional de Falange Española celebrado el 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia de Madrid y, aunque parte de las generaciones –a las que “se ha contado” la Dictadura- no se lo crean, les puedo destacar que de esta intervención política no me enteré hasta años después de haber finalizado mis estudios.

Y decía que no soy crítico con la iniciativa del Regidor de Madrid porque soy un ferviente enamorado de la Ciudad que regenta, para la que, de haber sido designada, hubiera llovido abundancia de bienes y, aún habiendo fracasado en el intento, los preparativos para serla la está elevando al nivel de las primeras capitales europeas. Otro motivo, para no ser crítico, se debe a la admiración del “efecto Olimpiadas” –ahora que se utiliza con desorden este tipo de expresión- que se ha producido entre nuestros dirigentes políticos. Haber conjuntado el pensamiento del Rey, el del Presidente del Gobierno, el de la Presidenta de la Comunidad y el del Alcalde en la misma fila del patio de butacas, usando entre sí todo tipo de complicidades y hasta haberse cortejado con ciertas cucamonas, al compartir la misma ilusión, es algo que me llenó de satisfacción.

Y yo creo que represento el pensamiento de la mayoría absoluta de los españoles que está harto de la irreconciliabilidad de propósitos y crispación dialéctica que estamos viviendo, como nunca, desde los escaños del Congreso hasta las bancas más humildes del último municipio de España.

Desde España elevo preces al Cristo Redentor del Corcovado para que ilumine a nuestros políticos y no los desemboce del “efecto Olimpiadas” con el que han vivido enmascarados estos días y que cuando, transcurrido este fin de semana, retomen la rutina de la crisis, desempleo, emigración, delincuencia y restantes cuestiones que dejaron pendientes, antes de viajar a Copenhague, no se olviden del dulce lenguaje de La Sirenita y El patito feo con el que han disfrutado en la tierra de Andersen

viernes, 2 de octubre de 2009

HOY, 2.10.09, EN COPENHAGUE, SE JUEGA LA FINAL DE LA OLIMPIADA DE 2016



Los Reyes de España se encuentran en la capital danesa para participar en un match singular convocado por la COI entre Madrid, Tokio, Chicago y Río de Janeiro. También allí han acudido nuestros rivales Yukio Hatoyama,Michelle Obama y yo” y Luis Inácio Lula da Silva, representantes de las Ciudades de sus naciones Japón, Estados Unidos de América y Brasil.

El premio puesto en juego es la organización de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2016

Los Reyes, en defensa de la candidatura de Madrid, se ven acompañados en Copenhague por una cumbre del más alto nivel nacional para el evento formada por el manager real, Juan Antonio Samaranch, la Presidenta de la Comunidad Autónoma, Esperanza Aguirre, el Alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, y el Presidente del Reino, Jose Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de su entrenador, el Secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky.

Los Reyes como reinan y no gobiernan poco se juegan en la partida, no así, sin embargo, sus acompañantes que han empeñado su prestigio personal y político al servicio de esta última jugada, adquiriendo las fichas que nuestro jugador alineará frente a las de sus adversarios.

Me figuro al Rey Juan Carlos, luciendo su recién estrenada barba, sentado en la mesa de juego a la espera de que el crupier sirva cartas. Naturalmente, éstas habrán sido marcadas por Zapatero, Aguirre y Ruíz-Gallardón, que para eso son los políticos, aunque no sé si estarán a la altura de los tahúres que acompañan a los otros tres jugadores que también miran fijamente el fieltro verde. En previsión de que dieran cambiazo al color del tapete, el Rey trajo consigo a Esperanza, para que no decayera su ánimo se hizo acompañar de Alberto y para recoger las fichas, en caso de victoria, tiene a su lado a Zapatero con la bolsa colgada al cinto.

Sabe que le pueden venir cartas adversas como la que le imputará un despilfarro de 6000 millones de € (un billón de las antiguas pesetas), cantidad que puede ser corregida a 656 millones, gracias a la aportación del Corte Inglés y el resto de los patrocinadores, en un momento de crisis económica; la inducida por Ecologistas que le atribuyen al evento la construcción, sólo en Madrid, de 93 nuevos kilómetros de vías de gran capacidad y, en España, de 6000 kilómetros de autovías y autopistas, en tiempos en que se ha comprometido una reducción de CO2 hace unos días en la G-20; y la que no han olvidado introducir en la maza los vecinos de Madrid, cansados por las incomodidades que vienen sufriendo debidas a las obras municipales que indudablemente se incrementarán durante siete años más, que son muchos años en la vida de una persona.

A las cartas anteriores hay que añadir las que también estarán en el tapete y van a jugar sus compañeros de mesa en su beneficio. Hay una, la más temida, “el efecto Obama”. Este Presidente ha sido senador por el Estado de Illinois al que pertenece la ciudad de Chicago en la que ha vivido buena parte de su vida. Reseñemos que este Estado está próximo al de Misisipi que ha dado muy buenos tahúres a la historia y si no que se lo pregunten a Alfonso Guerra,doctor en esta materia. La popularidad del hawayano presidente es innegable y ha aparecido en la partida como un fetiche que ha despertado la atención no sólo de este garito sino también la de la pétrea “Sirenita” que el 23 de agosto de 2012 cumplirá un siglo anclada en la bahía del puerto de Copenhague, a la entrada del mar Báltico, recordándonos el cuento del danés Andersen, el narrador infantil apadrinado por el Rey Federico VI.

Pero frente a ellas también hay otras cartas, personales, deportivas y económicas. El talismán, del propio jugador real, “baraka” (que nada tiene que ver con el primer nombre de Obama) heredada de “Franquito”, el de la guerra del Rif, aunque después revalidada. Su condición de olímpico, por derecho propio, que no dinástico. Los recientes éxitos deportivos mundiales en Fútbol, Tenis y Ciclismo. Y, el muy importante, a efectos credibilidad, como que el 77 por ciento de las infraestructuras necesarias está listo, o en proceso de construcción, a falta de siete años para la apertura de los Juegos.

Esta noche nuestro Rey ha tenido tiempo para soñar, pues anoche abandonó temprano la Cenaoficial para descansar ante el maratón que hoy le espera desde las ocho de la mañana. La Reinaacompañada de su cámara se habrá desplazado hasta la Bahía para fotografiar a la sirenita, con la que recordar a su esposo que no se deje llevar por cantos de sirenas y si es preciso acuda a la estratagema de Ulises, atándose fuertemente al mástil taponando con cera los oídos de sus acompañantes, para no entorpecerse con las melodías seductoras. De esta forma podrá jugar con destreza el limitado número de fichas con que cuenta, estando ágil en sus envites pues la partida finaliza a las 18:30 hora local (16:30 GMT) de esta tarde, cuando el crupier de esta singular partida, el Presidente del COI, Jacques Rogge, descubra la última carta del centenar aproximado de miembros del Comité

domingo, 27 de septiembre de 2009

TRES GENERACIONES

Si el otro día me refería a las personas mayores, hoy voy a extender mis reflexiones a la menor edad y ello a través de las tres últimas generaciones, abuelos, hijos y nietos. Vosotros, los jóvenes de hoy, -a quienes quiero dedicar este comentario- tenéis la esperanza de llegar a nuestra edad madura. Nosotros también fuimos nietos de otros abuelos y recorrimos el camino que, en estos momentos, veis tan largo y, en ocasiones, tan tedioso; también nosotros confiamos en la utopía y pensamos que era preciso transformar la sociedad cuando, apenas, ésta nos había abierto su puerta.

Ocupamos la, que hoy se me antoja, gran avenida de la juventud, aproximadamente, cuando nacieron vuestros padres. Cuando la Sorbona y el Barrio Latino de París conocieron “el mayo del 68”.

Éste fue un movimiento que mezcló a estudiantes y trabajadores en un intento de producir un cambio en la sociedad francesa, durante el último mandato del General De Gaulle y que se extendió a la mayoría de la Europa democrática. En España, año del Dúo Dinámico y de Massiel en Eurovisión, vivimos el acontecimiento con la sordina con la que se tamizaban todos los sucesos que pudieran alterar el orden formalmente constituido, en la década final del franquismo

Unos cuantos miles de estudiantes universitarios habíamos abandonado la Universidad dos o tres años antes de la apertura cultural de Fraga que precedió al movimiento francés. De tapadillo leíamos el Libro Rojo de Mao y las crónicas de Le Monde; en el Bachiller, a la gran mayoría nos indujeron hacia el idioma galo, debido a la anglofobia del Régimen. Pero todavía no habíamos olvidado el soniquete joseantoniano “Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias… Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau publicó El Contrato Social…

Pese a todo ello, aquel movimiento de contestación traspasó los Pirineos, llegando a la Complutense de Madrid. Entonces, en España, sólo había doce universidades. La Ciudad Universitaria vivió días en los que “los grises” (por el color del uniforme de la policía nacional) robaron protagonismo a los Catedráticos. Si en Francia se decía “De Gaulle al paredón” es fácil deducir cuáles fueron los sloganes españoles. También se clamó por levantar el tabú al sexo. Por entonces, el psiquiatra Juan José López Ibor publicó “El libro de la vida sexual”, que fue contestado por una juventud que empezaba a admitir la homosexualidad como opción voluntaria excluida del capítulo de anomalías y perversiones sexuales y se introdujo el concepto de “amor libre”. Se dulcificaron términos considerados como “tacos malsonantes” por el de “hacer el amor”. Se pretendió que el sexo saliera de la alcoba de los padres y que la defensa del orden universal se subordinara al pacifismo. De ahí, la conjunción “Haz el amor y no la guerra”. Aunque os parezca mentira, entre las demandas estudiantiles se pedía que los estudiantes pudieran acceder a los dormitorios de sus compañeras, en las Residencias y Colegios Mayores.

En Francia, motor de este movimiento, el Presidente De Gaulle, el 27 de mayo, concedió a los sindicatos, a cambio de desconvocar la huelga y dejar aislados a los estudiantes, un aumento salarial del 14%, reducciones sustanciales de la jornada laboral y garantías de empleo y jubilación. El día 30 siguiente se reunió con los mandos militares, disolvió la Asamblea Nacional, convocó elecciones adelantadas, pidiendo por televisión el apoyo de los franceses “contra la amenaza del comunismo totalitario” y celebradas éstas ganó sin problemas, aunque al año siguiente abandonara la política.

“La imaginación no llegó al poder”, como había pedido Jean Paul Sartre, ni las guerras dejaron paso al amor, solicitado en los eslóganes más populares de los estudiantes. Pero sí se produjeron transformaciones en la sociedad francesa, introduciéndose nuevos valores, liberalizándose las costumbres, se democratizaron las relaciones sociales y generacionales, y se frenó el autoritarismo.

En España, este movimiento libertario se saldó con decenas de detenidos y represaliados. Las protestas le costaron el puesto al ministro de Educación, Lora Tamayo y más de un disgusto a su sustituto, José Luis Villar Palasí.

Pero, todos admitimos que el movimiento había fracasado como revolución.

No obstante la siembra arraigó en el suelo español y sólo faltó la desaparición del General para que aquellas semillas germinaran profusamente, produciendo el cambio debido a aquel movimiento, que hoy los historiadores lo ven como un acontecimiento histórico.

Así llegamos a la adolescencia de vuestros padres. Para ellos estaba reservada otra revolución, ésta más pacífica, más social que política: “La movida”.

Con este nombre se conoció un movimiento que vino de la mano del primer alcalde de nuestra democracia postfranquista, el viejo Profesor, que obtuvo la regiduría de la Villa y Corte, con el pacto PSOE-PCE, en un momento en el que el partido comunista, con Santiago Carrillo y la Pasionaria en el Parlamento, no era una formación residual, como ahora, que por algún periodista se ha calificado como “grupúsculo de insignificante peso político, colgado de la brocha del sindicato Comisiones Obreras”. El resto de las provincias españolas llevaron a su plaza mayor esta sacudida. La Movida fue un movimiento contracultural que se prolongó hasta finales de los años ochenta, teniendo su cima en 1981 con "El Concierto de Primavera".

Las plazas volvieron adquirir el sentido del ágora griega a la caída de la noche, constituyendo el centro de la vida cultural, social y de ocio de la juventud, siendo cronista de este acontecer el escritor madrileño Francisco Umbral, desde su columna en el diario de El País –el que hizo célebre la frase “yo he venido aquí a hablar de mi libro”, espetada en TV a Mercedes Milá, para cuando a alguien se le saca de la conversación en la que está interesado-. Todas las clases sociales, codo con codo, formaron un mogollón que se distribuía a la entrada de bares y establecimientos de copas, durante largos fines de semana que se iniciaban los viernes, prolongándose en ocasiones hasta el mediodía del domingo. El alcohol, las drogas y las anfetaminas contribuían a mantener en pié y abrir a la verborrea hasta a los más tímidos que encontraron en este hábitat el lugar de alterne en el que exteriorizar los sentimientos, expresar las ideas y, sobre todo, compartir su existencia con plena libertad fuera del corsé familiar. Raros fueron los jóvenes que no participaron en esta cultura alternativa, underground o contracultura, como fue llamada por una sociedad expectante. Así se desarrolló una juventud con cierta carencia familiar ya que el resto de la semana era aprovechado para el trabajo o estudio. El sentido de la amistad arraigó con fuerza en esta generación, confiando los problemas más al amigo que al padre. El apoyo político a esta cultura alternativa pretendía mostrar un punto de inflexión entre la sociedad franquista y la nueva sociedad de la democracia.

Era curiosa la unanimidad en la respuesta de estos jóvenes cuando se les preguntaba por el atractivo de concentrarse, en las noches de los viernes, en determinados puntos de la ciudad. Todo se centraba en la necesidad de conocer gente. “Nos lo pasamos muy bien este fin de semana, pues conocimos a un montón de gente” y otras análogas, eran expresiones con las que se comentaba el resultado de la correría. El grupo de amigos del día necesitaba ampliarse con los conocimientos de la noche. Se trataba de “ligar” en su sentido más inocente. Nacieron auténticos líderes que conducían la movida de un lugar a otro, a su antojo o movidos por el interés de abrir clientela a determinados locales. Cuando entraban en las discotecas, la música y la oscuridad hacían de los rostros siluetas y las conversaciones se reducían a monosílabos. Frente a la generación anterior en la que el baile se hacía por parejas, en ésta el baile es abierto, dejando “el agarrao” para momentos de enamoramiento o de ligue ocasional, en los que la pareja se desinhibía por completo. Ya no se “sacaba a bailar” a las chicas, ni se precedía el baile con aquel “¿estudias o trabajas?” sino que cada uno se incorporaba al corro y como en la antigua Legión nadie era preguntado por su origen.

Y, finalmente, vosotros –la tercera generación- sois los hijos de la cultura del “botellón”, que incluso a través de citas por sms o foros sociales de Internet, en ocasiones, la habéis ampliado al “macrobotellón”. No me gusta utilizar la extensión libre de la palabra “cultura”, pero lo he hecho intencionadamente para abrirme paso en esta época, aunque no es mi intención profundizar en ella pues me vería obligado a entrar en valoraciones y conociendo vuestra solidaridad, no estoy dispuesto a ser víctima de un manteo general, jaleado por quienes biológicamente en esta historia podríais ser mis nietos.

Habiendo oscurecido el día, voy a apagar el ordenador, sintiéndome satisfecho de haber departido un rato de añoranza y, aprovechando que estamos en fin de semana y que todavía no hemos entrado en otoño, os prometo dar un paseo por la proximidad de una zona verde en donde, es seguro que estaréis dando culto a Baco, hablando de vuestras cosas y viviendo vuestras experiencias.

domingo, 20 de septiembre de 2009

PERSONAS DE EDAD

Estaba meditando, estos días, sobre “la edad mayor” que, pese a la coincidencia de términos, el orden de los mismos diferencia su concepto del de “la mayoría de edad”.

En mi juventud tuve que esperar a cumplir los 21 años para ser mayor de edad. Ya, a partir de noviembre de 1978, el Gobierno de Adolfo Suárez, adelantándose a nuestra Constitución, consideró que, el limite legalmente establecido para la mayoría de edad de los ciudadanos, “como determinante del momento de la incorporación de estos a la plenitud de la vida jurídica alcanzando la plena capacidad de obrar en los campos civil, administrativo, político o de cualquier otra naturaleza”, debía ser rebajado a los 18 años cumplidos.

Pese al interés político en incrementar el electorado en fechas próximas para refrendar la Constitución, es curioso recordar, que en aquellos años, se decía verdad en la motivación del Real Decreto-Ley, en la que se reconocía que esta reducción estaba fundada “en la instrucción recibida durante una escolarización más prolongada y la abundante información que hoy día dispone la juventud” que la ha hecho estar “apta para hacer frente a las exigencias de la vida de una edad mas temprana que en pasados tiempos” y que con esta reducción “se tiende a favorecer el desarrollo del sentido de responsabilidad de los jóvenes en el momento actual de la sociedad española”, siendo un hecho que los jóvenes, entonces, “sin alcanzar los veintiún años, ostenta(ba)n ya plena capacidad física, psíquica, moral y social para la vida jurídica, sin necesidad de los mecanismos de representación o complemento de capacidad”. En este comentario de hoy, y tras sucesos vandálicos recientes, dejo a la reflexión el tema de los límites de edad para ejercer derechos y asumir responsabilidades, en espera de otra ocasión.

Como decía, coincidente con mis meditaciones sobre la edad mayor, los medios de comunicación ya están anunciando la proximidad del día 1 de octubre como “El Día Internacional de las Personas de Edad”, proclamado por Resolución, de 14 de diciembre de 1990, de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es curioso observar cómo todos, nos mostramos tímidos, acudiendo a todo género de eufemismos, a la hora de referirnos a los viejos o ancianos. La misma organización internacional introduce la expresión “Personas de Edad”, como si todo ser humano, a partir de su nacimiento –y en algunas culturas a partir de su concepción- no fuera contabilizando su propio calendario.

Utilizar la edad cronológica, exclusivamente, como parámetro para medir la ancianidad me parece criterio ligero, aunque parezca el más objetivo si le introducimos una corrección histórica. Los avances científicos han atrasado el reloj de la vida humana y más todavía se ha de producir, de ser ciertos los datos de la propia Organización internacional. Dice que si a finales del siglo pasado la población con más de sesenta y cinco años se reducía a 600 millones, para 2050 esta cifra será de 2000 millones. Ante ello habremos de admitir una de dos opciones, que a los 65 años una persona no es anciano o que, en unos años, nuestro planeta estará poblado por una gran mayoría de viejos.

Un análisis elemental nos conduce a concluir que la Naturaleza no sería congruente consigo misma dejando su propia evolución a un sector de población viejo, so pena de admitir el advenimiento de tiempos apocalípticos. Por ello se hace necesario “refundar” (término, al uso) el concepto de “vejez”, lo que para no romper nuestra estructura mental podemos conseguir (con una artimaña, también política), introduciendo nuevas eras en la historia del hombre. Entre la madurez y la vejez se habría de incrustar otro eslabón, como en la Universidad, Iglesia y otras organizaciones se ha admitido entre la situación de “activo” y “jubilado”, la de “emérito”. A este grupo llegan quienes habiendo alcanzado cronológicamente una avanzada edad, ésta la mantienen en un preclaro estado de conciencia y de independencia. Estos son los que tienen “auctoritas” en su sociedad, que nada tiene que ver con ser autoridad.

Recuerdo que yo tenía trece años cuando murió mi abuelo con 71 y consideré que, pese al vacío que me dejaba, la Naturaleza había cumplido con su obligación porque ya era un hombre viejo. Hoy, 56 años después, me aproximo a la meta que fijó mi abuelo y, no por pretensión personal, sino generalizando a los hijos “del 40”, analizo que la sociedad debería esperar cuando menos una década, para considerarnos viejos. Y al extender una década con carácter general, propongo otra más, de gracia, para quienes su organismo produzca suficientes antioxidantes que reduzcan la producción de radicales libres. Parece que con esta tesis estoy dando la razón a Francisco de Quevedo a quien se atribuye el pensamiento de que “todos anhelamos llegar a viejos y todos hemos negado que ya hemos llegado”. No olvidemos que nuestro genial escritor murió con 65 años en 1645, edad que al cambio de época podemos aventurar en período nonagenario.

Entrando en citas, siempre he defendido la atribuida a Azorín: “La vejez es la pérdida de la curiosidad”. Del mismo modo es síntoma de estar entrando en período de envejecimiento el momento en el que el hombre pierde su capacidad de asombro. Igualmente me ha llamado la atención, con admiración, el asombro no sólo en personas de edad avanzada sino también en las poseedoras de gran inteligencia y amplios conocimientos. Y he desconfiado de quienes, por sistema, dan por conocido cualquier descubrimiento intelectual que se les confíe.

Finalmente, quiero aventurar para las próximas décadas una especial atención política para las “personas de edad”, ya que su bolsa de votos en los períodos electorales será tan interesante como por algunos se ha visto en los emigrantes, en “los nietos” de aquéllos que emigraron o en sectores de población que al haber permanecido ignorados cubrían un hasta ahora ignorado espectro de la abstención.

lunes, 17 de agosto de 2009

UN LARGO VIAJE

Son innumerables las Asociaciones de Amigos del Tren.

De ninguna de ellas soy socio, porque, desde hace tiempo, decidí causar baja, en todas las Asociaciones a las que pertenecía, defraudado por el asociacionismo bajo régimen de carnet. Fue allá por el año 80 del pasado siglo cuando tomé esa decisión. En la vida, la década de los 40 es la edad idónea para tomar decisiones reflexivas. Cursé mi baja voluntaria en clubs sociales y deportivos de la localidad, abandoné Cofradías y me cupo la suerte de no necesitar ningún tipo de acción para mi desafiliación política, porque al único Partido al que había prestado mi firma, se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua. Decidí contribuir con mi actividad a aquellos fines de las mismas que puntualmente estimé oportuno. Desde entonces, sólo me considero socio de la Iglesia Católica y de España. De ellas no me importa tener carnet ni pagar cuota. A los miembros de estas Instituciones no se les llama “socios”, pero son las únicas de las que me enorgullece poder mostrar mi carnet y, en ocasiones, tener domiciliado el cobro de sus contribuciones.

El reparto de derechos y obligaciones, y la asunción de responsabilidades, en estas sociedades suelen prorratearse de forma equitativa entre los “colegas”. Y utilizo esta expresión, tratando de abortar –aunque sólo sea dialécticamente- la malévola intención, que adivino, de calificarme por algunos, -al haber salvado de mi hoguera particular a estas dos Instituciones- como provecto en su acepción de caduco. Si lo hacéis cariñosamente, me podéis llamar “carca”, pese a que no comparta mi identidad con sus sinónimos de retrógrado, reaccionario, ultra, facha ni ultramontano, ya que más bien me identifico con el progreso, la innovación, la tolerancia y la democracia y, en caso alguno, necesito para convivir en la urbe “atravesar montañas”, porque en la vida he salido del asfalto, al que tengo gran afecto y con el que mantengo un fuerte compromiso de habitabilidad.

A propósito del asociacionismo, fue traumática mi expulsión, en plena adolescencia colegial, de “los Kostkas”, -miembros de la Congregación Mariana que lleva el nombre del joven polaco, jesuita, San Estanislao de Kostka (1550-60)- lo que nos impidió a la pandilla de inconformistas que nos alzamos frente al “Prefecto”, acceder al siguiente eslabón de pertenencia socio-religiosa, el de “los mayores”, representado por “los Luises” (pertenecientes a la Congregación de San Luis Gonzaga, fundada el 15 de mayo de 1860). Quienes tuvimos la suerte de que nuestros padres cedieran una parcela de nuestra formación integral a Colegios regidos por la Compañía de Jesús (Jesuitas), supimos que el Prefecto era la institución que inspiraba el ideario religioso, junto con el Padre espiritual que hacía el seguimiento personal, pero en íntima conexión con el académico de los alumnos. Por encima, se encontraba la autoridad del Padre Rector que no descendía al trajín diario de decisiones y altercados menores.

Quienes seguís mis comentarios observaréis que cedo fácilmente a la tentación de hacer digresiones. Son desviaciones que me surgen al hilo de cualquier exposición central por temor de perderlas en el olvido y que al constituir anécdotas no merecen por sí solas una atención exclusiva. Sobre este fenómeno algún día me detendré, pues vengo observando que, incluso, cuando mantengo una conversación me sucede algo parecido. Es como si me invadiera el temor de que me fuera a dejar de prestar atención mi interlocutor o de que se me fuera a olvidar, para siempre, aquello que colateralmente sobreviene a mi mente. Ello me atolondra haciendo desviar el eje central sobre el tema en el que estoy empeñado.

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Tras el amplio circunloquio anterior, que tal vez haya obedecido a la falta de fortaleza que siento para enfrentarme al motivo de mi comentario de hoy, después de tantos días de silencio, me dispongo a no torcer mi voluntad, enredándome en otras disquisiciones. Al menos, procuraré hacerlo.

Comenzaba hoy mi cronicón, aludiendo a los Amigos del Tren. Y es que yo soy, no un amigo sino un amante del Tren. Leía hace poco tiempo: El tren es el medio de transporte más fiable de todos los que hay. Y uno de los que menos contamina. Evoca tiempos pasados y nos transporta al futuro, no ya tan lejano con esos trenes que flotan en el aire. El tren es presente”. No siendo mía la frase, reconozco que la pude haber escrito en cualquier momento. Por eso, para mí, el tren es un referente de todo movimiento, de cualquier alteración que se produce en la vida. Concretamente la mía la tengo encarrilada por unos rieles que, en cierto modo, recuerdan los ríos de Jorge Manrique. Soy consciente de que mi trayecto transcurre al modo que cita el clásico de nuestra poesía castellana “Partimos cuando nacemos/ andamos mientras vivimos/ y llegamos/ al tiempo que fenecemos”.

De esta manera “partí”, hace muchos años, y en el transcurso del viaje hice una parada en una estación andaluza. Trasbordé a un nuevo vagón en el que encontré a una joven de mi edad. Tomé asiento a su lado y en el sentido de la dirección de la locomotora decidimos compartir la ventanilla.

Cogidos de la mano, desde nuestro vagón, hemos ido asombrándonos con los paisajes por los que atravesábamos. El viaje, hasta ahora, ha sido largo, por lo que hemos encontrado panorámicas muy variadas; ahora las recuerdo como una sucesión de diapositivas. En ocasiones el intervalo ha sido corto; en otras, se nos antojaba interminable.

La brevedad siempre se correspondió a instantes de felicidad. Fueron escenas que corrieron, tras de la ventanilla, entrecortadas por sucesión de árboles y postes eléctricos que velozmente iban quedando atrás. Pocas veces tuvimos tiempo de disparar la fotografía. Por eso, el álbum que coleccionábamos tiene, hoy, muchas páginas sin imagen. Se corresponden a escenas que pasaron sin, entonces, habérles sabido conceder importancia o que fueron tan breves que nos impidieron preparar la cámara. Hoy, hojeando el cada vez más grueso libro, observo que esas láminas en blanco ofrecen a mi vista huecos, que relleno con recuerdos tan realistas, por difumados que aparezcan, como los que evocan imágenes coloreadas.

Conforme el viaje avanzaba, entraron en el vagón seres diminutos con los que jugábamos en el suelo alejando nuestra vista de la ventanilla por la que seguían corriendo paisajes a los que prestábamos menor atención. Cuando llegaba la noche se acurrucaban en nuestro regazo y sonreíamos pensando en lo que sucedería mañana. Antes de lo que nosotros quisimos, reclamaron su billete de reserva individual en el compartimento, y nosotros, de nuevo, entrelazamos las manos y dirigimos la mirada a nuestra ventana lateral.

Pasamos por túneles, transcurrieron noches, vimos en el horizonte los primeros rayos de sol y también el rojo de sus puestas al atardecer. El revisor, en varias ocasiones, por sorpresa, solicitó nuestros billetes y los perforó, añadiendo agujeros al cartón que poco a poco se iba arrugando. Incluso, en alguna ocasión, al encontrar borroso nuestro ticket tiró de la alarma y, de no ser por un reconocimiento más detenido, hubiera parado en seco el convoy. Pero, sólo fueron sustos. Nuestra vista precisaba de gafas para mejor disfrutar de la belleza exterior y alguna que otra pócima para no perder la lucidez; pero –en muchas ocasiones- se nos antojaba estar jugando con el tren eléctrico de nuestra niñez, obviando la realidad.

Así seguía nuestro particular viaje hasta que un día entró el revisor, como siempre sin llamar. En esta ocasión era un hombre escuálido, de rostro macilento, su expresión más seria que la de sus compañeros. Saltaba a la vista que la visita no se correspondía a la ronda habitual sino que traía una misiva procedente de la Central. Aunque tuvo la deferencia de dejármela leer y admitir mi queja, solamente accedió a dejarnos un momento a solas. Como si de una escena de película americana se tratara. Esta vez sí detuvo el convoy. A su vuelta, pese a pedir y suplicar, mis deseos no fueron atendidos. Sólo tuve el ofrecimiento de mojar con mis lágrimas el libro de reclamaciones, pero de momento debía abandonar la mano que me había acompañado desde mi trasbordo en una estación de Andalucía.

Sonó el silbato. Vi agitarse el banderín rojo ordenando la salida. El tren, muy despacio, reanudó su marcha. Yo aferré contra mi pecho el álbum. Sólo pasaron unos minutos y el dulce traqueteo del monótono desfile de las ruedas por las vías férreas recobró su cadencia. Al fin, tuve que reconocer que todavía queda camino por recorrer y que los pasajeros piden del convoy que recobre su velocidad de crucero.

Con Jorge Manrique, y el álbum entreabierto, ahora me quedo pensando:

“dio el alma a quien se la dio

(el cual la dio en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió,

dejonos harto consuelo

su memoria”