


Nos dice la Biblia que, “también” –eso lo digo yo-, en tiempos anteriores a Abraham, en la Babilonia de hace miles de años, hubo un momento en el que la maldad del hombre cundía en la tierra. El propio Yahveh recapacitó sobre su Creación. Envío un diluvio a nuestro planeta y refundó el género humano a partir de Noé, por ser “el varón más justo y cabal de su tiempo”. Él con su mujer y las mujeres de sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, salieron del Arca cuando la tierra quedó seca, con el mandato de ser fecundos, multiplicarse y llenar la tierra.
Muchos fueron los linajes de los hijos de Noé y siguiendo la narración del Génesis, “todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras”, y cuando vieron que se hacía necesario su desplazamiento por toda la faz de la tierra, pensaron construir una ciudad y en ella “una torre con la cúspide en los cielos”. Tal vez, en momentos en los que era impensable suponer que la tierra no fuera plana, lo que se perseguía era un faro visible desde cualquier lugar del mundo, para dejar destacado un punto común y, quizás, de reencuentro... Esta referencia romántica pertenece a mi fantasía, aunque no olvidemos que los musulmanes ortodoxos realizan al menos una vez, en la vida, la peregrinación o hadj a La Meca, desde el lugar en que se encuentren.
Pero lo cierto es que Yahveh vio en este proyecto la maldad de un desafío a Dios para evitar las consecuencias de un segundo diluvio, al tiempo que una pretensión de alcanzar el Cielo, para invadir la propia morada del Creador.
Sean cuales hubieran sido las intenciones, la tradición nos ha transmitido con la Torre de Babel un acto de soberbia hacia el Creador, que castigó confundiendo el lenguaje del pueblo “de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”.
Desde la perspectiva de los conocimientos de hoy, resultan encantadoras las narraciones del Génesis; dan un tratamiento a las reacciones de Dios y a las de los hombres, de aquellos tiempos, que parece extraído de una colección de cuentos para niños. De una parte, me ha venido a la mente aquella canción infantil de “quisiera ser tan alta como la luna, ay! ay!” y las revanchas de Yahveh, enviando un diluvio universal y una confusión de lenguas son propias de una chispa ingenua y pueril.
La soberbia del hombre de hoy no queda satisfecha con la construcción de una Torre. Este mismo año se ha inaugurado en Dubai el edificio más alto del mundo, el Burj Dubai, de 828 metros y 193 plantas, frente a los 60-90 metros de altura que aventuran los arqueólogos a la torre que dio origen al nombre de la ciudad de Babilonia. Y, ello sin necesidad de fabricar ladrillos cociéndolos al fuego,”para que el ladrillo sirviera de piedra y el betún de argamasa”. Nunca con este procedimiento babilónico se hubiera podido fabricar esta joya de ingeniería arquitectónica.
Es verdad que el hombre ha vencido el pulso a la incuestionable ley de la gravedad, pero, en modo alguno, los jeques árabes han querido alcanzar el Edén, pues ya nos queda lejos el tiempo en el que creíamos que por encima del azul de nuestros cielos se encontraba el Cielo.
La soberbia humana de hoy está sentada sobre los taburetes en los que toman asiento los ingenieros genéticos de los laboratorios en que se manejan probetas y tubos de ensayo, no rehusando, entre sus retos, emular al Creador. La experiencia de la oveja Dolly (1996-2003), primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, es una tentación, no sólo científica...
Valga este preámbulo para tomar como punto de partida la existencia de una primera pareja humana, lo que podrá ser cuestionado, pero sin olvidar su aval por millones de personas de todos los tiempos y de las principales religiones occidentales, las monoteístas, en cuya cultura convivimos.
Me es interesante la anterior consideración para sobre ella defender la existencia de una primera lengua común. No me figuro que Adán se dirigiera a Eva o a sus hijos Caín y Abel, ni a Noé entablar conversación con los suyos y sus mujeres, pidiendo la intercesión de Yahveh para que actuara de traductor, y ello para no acudir a la literalidad del Libro, que en este punto ofrece una pequeña contradicción.
Si he recordado el pasaje de la Torre de Babel, que así se la llamó porque “allí embrolló Yahveh el lenguaje de todo el mundo”, ha sido para participar con la Biblia que, desde el punto de vista de la comunicación, la existencia de más de una lengua es un embrollo por encima de la riqueza cultural que puede ser defendida, como expresión viva de las particularidades de los pueblos que han vivido dispersos. La Biblia nos recuerda que con la confusión de lenguas se pretendía que no entendiera cada cual el lenguaje de su prójimo, para que aquel pueblo no pudiera proseguir su pretendida tarea común de construir la Torre. Dios infirió ese castigo para que se desperdigaran por toda la haz de la tierra.
En estos momentos en los que, en el Senado, que es un lugar de representación de todo el pueblo español en atención a su origen territorial, en el que se pretende que alcancen, cada vez mayor protagonismo los problemas territoriales, resulta curioso que viniéndose comunicando todos sus miembros en una lengua que les es común y perfectamente comprendida por todos ellos, no es un Ser ajeno sino algunos de los propios senadores quienes pretenden “embrollarse”, confundiendo el lenguaje de la Cámara “de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”.
Siguiendo la cita bíblica a la que me vengo refiriendo, ¿no se tratará de que por estos postulantes de la confusión de lenguas se pretenda lo que Yahveh consiguió en Babel? Que se desperdiguen… que se separen...
Pero si antes hablé de la ingenuidad de Yahveh lo hice en atención a lo fácil que le resultó al hombre, -con el tiempo- hablar varias lenguas y ejercer la traducción; y, naturalmente, no quedó burlado su castigo porque los traductores llegaron cuando el proyecto de Babel ya estaba abandonado.
En nuestro Senado, por el contrario, van a coexistir “la confusión” y “la traducción”, por lo que la medida que se pretende imponer no deja de ser un contrasentido intelectual, pues la lengua no está llamada para su uso en solitario (a quienes hablan solos, les llamamos locos) sino como medio de comunicación y su belleza cultural va a ser apreciada por los parlantes -en sus soledades- y no por los escuchantes, que nunca a sus oídos llegará la lengua original sino la suya propia. ¿Para este viaje hacen falta alforjas…?