sábado, 30 de mayo de 2009

AÑO INTERNACIONAL DE LA ASTRONOMÍA (2009)


En estos días tengo pereza para ponerme a escribir, porque como comentaba, el otro día, en una tertulia, cuando lo hago, normalmente, suelo estudiar el tema y otros conexos no sólo por tratar de hacer riguroso el discurso sino también, porque me veo atraído por lo que, unas veces son recuerdos de aprendizajes mozos y en otras ocasiones me sorprendo al destapar pucheros que, aun teniéndolos delante, nunca hubiera imaginado que contuvieran tan sabrosas cocciones.

Algo así me ha pasado, recientemente, con la figura de Galileo Galilei. Comencé a interesarme, recientemente,  por este personaje al tener conocimiento de que ya el pasado 20 de diciembre de 2007, Naciones Unidas, en su 62 Asamblea General proclamó 2009 el Año Internacional de la Astronomía. La iniciativa vino de la mano de la Unión Astronómica Internacional y de la UNESCO, a propuesta del gobierno italiano.

La Astronomía ha figurado siempre como la primera de las Ciencias por su longevidad ya que desde la antigüedad el hombre ha descansado sobre la tierra elevando la mirada hacia el firmamento, lo que desde niños llamamos cielo. En este cielo situábamos a Dios, a los ángeles y a los arcángeles así como a todos los hombres y mujeres que habían fallecido en gracia de Dios.

Esta ciencia nos ha ofrecido interés desde nuestra más temprana edad. No necesitábamos grandes conocimientos para que en las estrelladas noches de verano aprendiéramos de nuestros padres a encontrar la osa mayor y la menor, esos “carros” tirados por tres “caballos”. Era un juego que nos llevaba al asombro cuando lográbamos ver ambas constelaciones ya que entonces podíamos situar la estrella polar (el primer “caballo” del “carro” menor). En esta estrella se fijaba toda nuestra atención cuando de tanto forzar la mirada, a veces, veíamos turbio. Se nos decía que esa estrella, la polar, tiene la peculiaridad de coincidir con el Norte geográfico ya que su posición en la esfera celeste coincide con la prolongación del eje de rotación de la Tierra, de manera que es la única que no cambia de posición, siempre permanece fija. Y, a propósito de tales explicaciones, los niños intercambiábamos nuestros conocimientos de cuentos y bonitas narraciones sobre navegantes a la deriva por mares lejanos, cuyo capitán, nos lo pintaban en los comics (nosotros hablábamos, genéricamente, de tebeos) con su pata de palo y parche en el ojo,  valiéndose de un telescopio para así referenciarse en sus travesías.

Las noches muy luminosas, esto es las más oscuras, en las que resaltan las estrellas y se cuentan por infinitas, otro atractivo era la contemplación de la Vía Láctea, también conocida como Camino de Santiago, que es como una banda de luz que recorre el firmamento nocturno. Demócrito se refirió a este fenómeno como un conjunto de estrellas innumerables, tan cercanas entre sí, que resultan indistinguibles. En 1610, Galileo, con auxilio de su telescopio, confirmó la observación del risueño contemporáneo de Sócrates. Con estas observaciones nos venía a la mente el versículo de la Historia SagradaY diciendo: ¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. (Mateo, Cap. 2)”, pensando si fue aquélla Vía la que iluminó su sedero y si la polar fue el astro que llegó a posarse sobre el portal de Belén.

Otra observación astronómica que recuerdo desde la niñez es el espectáculo de las Perseidas, así llamadas por provenir de una zona situada en la constelación de Perseo, y popularmente conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo, porque el  10 de agosto es el día de este santo y la actividad de las estrellas fugaces que se extiende entre el 17 de julio y el 24 de agosto, produce un auténtico chaparrón precisamente dicho día, asociándose estas lágrimas estelares a las que vertió al ser quemado en una parrilla. Diferentes culturas han mantenido la tradición de que quien ve una estrella fugaz puede pedir un deseo, en la confianza de que será complacido.

Cuentan que San Lorenzo fue uno de los siete diáconos de Roma, ciudad donde fue martirizado en una parrilla, en el año 258. Este santo, procedente de la Hispania Tarroconensis, fue ordenado diácono un año antes por el Obispo Sixto, que subiría al Papado con su propio nombre, siendo el segundo de ellos. Como diácono tenía encomendada la administración de los bienes de la Iglesia, y es considerado uno de los primeros archivistas y tesoreros de la Iglesia. De ahí haber sido nombrado patrón de los bibliotecarios. Hay una leyenda que ha sido transmitida por tradición oral, que ahora prosigo para generaciones futuras y que recibí hace más de medio siglo. Parece ser que, que el emperador romano Valeriano I, allá por el siglo tercero, llevó a cabo una de las más cruentas persecuciones contra los cristianos, siendo víctima de ellas el citado Papa Sixto II que murió decapitado el día 6 de agosto de 258 y, siguiendo cita de San Ambrosio de Milán, en su camino al martirio se encontró con el diácono Lorenzo, cruzándose la siguiente conversación: «¿Adónde vas, querido padre, sin tu hijo? ¿Adónde te apresuras, santo padre, sin tu diácono? Nunca antes montaste el altar de sacrificios sin tu sirviente, ¿y ahora deseas hacerlo sin mí?», a lo que el Papa profetizó: «En tres días tú me seguirás», como así sucedió .

Tras la muerte del papa, el Prefecto de Roma ordenó al Diácono Lorenzo que entregara las riquezas de la Iglesia. Lorenzo pidió tres días para poder recolectarlas, pero trabajó para distribuir la mayor cantidad posible de propiedades a los pobres. Al tercer día, compareció ante el Prefecto, y trasladó a su presencia a pobres, discapacitados,  ciegos, leprosos, y menesterosos, diciéndole que ponía a su disposición a los verdaderos tesoros de la Iglesia. El prefecto entonces le dijo: «Osas burlarte de Roma y del Emperador, y padecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida». La leyenda termina con la muerte de Lorenzo, quemado sobre una parrilla, cerca del Campo de Verano, en Roma, y cuentan que en medio del martirio, exclamó: ”Assum est, inqüit, versa et manduca” (asado estoy, denme vuelta y coman).

Las Perseidas me han derivado involuntariamente hasta el martirio de San Lorenzo, recordando sus lágrimas, cuando en realidad he sido atraído a este relato de la mano de Galileo Galilei, cuya figura en el Año Internacional de la Astronomía ocupa un lugar preferente. La Iglesia Católica que tan severa fue con el copernicano, se ha sumado al evento no sólo formalmente sino con la rectificación de la condena del proceso inquisitorial de 1633. Pero esta es una historia de la que me ocuparé próximamente.

domingo, 3 de mayo de 2009

PLAGAS Y CRISIS

Tras el Génesis, en el segundo libro del Antiguo Testamento (Éxodo) se nos narra cómo Moisés, con ochenta años y su hermano Aarón, de ochenta y tres, hijos de Amram y su tía Yokébed, a quien tomó por mujer, fueron utilizados por Dios para fragilizar el duro corazón del Faraón de Egipto. “Deja partir a mi pueblo, para que me den culto en el desierto”. Ante la persistente negativa de éste, la voz de Yahveh, la obediencia ciega de Moisés y las artes de su profeta, Aarón, armado con su báculo de pastor de ovejas, infirieron sucesivos males sobre el país del Nilo. Sus aguas se tiñeron de sangre y llegado el décimo aviso divino, los israelitas fueron impelidos a abandonar el país de Ramsés y cuatrocientos treinta años de esclavitud, camino del Sinaí, en cuyo desierto acamparon, transcurridos tres meses.  

La lectura de este Libro sagrado ha sido el solaz que me he permitido durante estos días en los que tantos agobios atosigan no sólo a nuestro país, sino a vecinos e incluso a otros de lejanas tierras trasatlánticas. Ha sido casual la lectura de las Plagas de Egipto con la coincidencia de nuestras actuales crisis. El trasunto etimológico da cuenta de nuestra transformación social. La terminología agraria ha dado paso a otra más cercana. Hoy, nadie entendería que un matrimonio o un negocio atraviese una plaga.

Pero de tal coincidencia tampoco quiero derivar ningún común denominador. Para quienes creemos en un Dios, admitimos que Él es motor, pero que al concedernos el permiso para conducir y ponernos en la parrilla de salida nos da libertad para acelerar y tomar las curvas conforme a nuestro entender consideremos conveniente. Por ello no quiero parangonar aquellas plagas con nuestras tres crisis. Me refiero a las de los valores, la economía y la sanidad. No creo que desde tan elevada instancia se esté tratando de coartar nuestra libertad, compeliéndonos a un ajuste de conductas ante el  temor de que agotada la paciencia divina, llegue la noche en la que Yahveh al no ver manchados por la sangre pascual nuestros “dinteles y las dos jambas” de las puertas de nuestras casas ajusticie a nuestros “primogénitos y a todo primer nacido del ganado”, como lo hiciera en Egipto.

El recuerdo es válido para ser utilizado desde un púlpito o una tribuna política, tratando de orientar conciencias o de amedrentar a determinados idearios.  Y no es inútil como fórmula de elipsis literaria. El sentido de los acontecimientos que vivimos nos permite omitir consideraciones.

Refiriéndome ya a las crisis que estamos padeciendo, ofrecen entre sí una serie de coincidencias en su origen y diagnóstico. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el término crisis, en sus dos primeras acepciones, como “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente” y como “mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales”. Valores, economía y enfermedad están confluyendo en una apreciación crítica.

Su origen ha sido sutil y sólo apreciado por muy avisados especialistas. Sociólogos, economistas y médicos comenzaron a vislumbrar sus comienzos. Nos comenzaron a llamar, en su más malévola intencionalidad, “nostálgicos” a quienes hacíamos matices entre “libertad” y “libertinaje”. Se nos consideró avocados al fracaso (“nunca llegaríamos a nada”, escuché alguna vez) a quienes denunciábamos no comprender cómo con salarios medios u otros no garantizados indefinidamente se podían garantizar créditos millonarios. Tuvimos la consideración de ruines cuando, refiriéndonos al valor de las cosas distinguíamos entre su valor intrínseco y el precio. Dejamos obsoleta la consideración de mi abuela, Pilar, que daba valor a la seguridad del empleo público frente a la mayor retribución del privado. Sufrimos afrenta en nuestra valía personal cuando éramos comparados con otros, respecto de los que no comprendíamos que “sin robar” (o haberles “tocado la lotería”, decía yo) podían levantar en poco tiempo fortunas que no tuvieran su origen en un patrimonio sólido. Finalmente, fuimos conociendo, de cerca, los trucos utilizados por los ilusionistas de una sociedad que a sí misma se denominó “del pelotazo”. Del mismo modo, en el orden sanitario, comentarios sobre  el alcance del “virus gripal 2009” están siendo objeto de controversias y  descalificaciones,  pugnando los interesados en defender la  “epidemia” frente a los más realistas que lo definen como “pandemia”, al comprobar su extensión desde México hasta Japón.

Pero es más, en el inicio de las etapas que estoy comentando, no era políticamente correcta su denuncia por esa elemental medida de precaución que se debe tomar ante un incendio en un lugar concurrido. Aquél que grite “¡Fuego!” puede ser responsable de más calamidades que las naturales del incendio. Ha habido políticos que, incluso, han llamado “antipatriotas” a quienes anunciaban la llegada del lobo. Pensando que lo hicieran de buena fe, y bajo influencias chauvinistas, incurrían en otra subversión de valores por la que no consideraban conveniente descubrir un fraude, a sabiendas del engaño.

Pero no sólo técnicos, sino también personas prudentes, sin alegrarnos, hemos visto que los milagros de “los panes y los peces” o el de la “Boda de Caná” quedaron reservados al único mortal que tuvo autoridad para ello. Y me incluyo al decir “sin alegrarnos”, porque es cierto que a lo largo de mi vida, he reflexionado sobre si, en realidad era yo el equivocado y, conforme han pasado décadas, mis convicciones se han tambaleado en no pocas ocasiones y hasta las he escondido ante personas próximas por si a ellos parte de estas recetas, administradas con honradez, les podían suministrar el éxito material que yo no comprendía.

Como digo, desgraciadamente, el desorden moral ha conducido a una sociedad enferma, que desprecia y ha desarraigado valores consagrados en cartas internacionales y mandamientos religiosos, la crisis económica ha rebasado fronteras financieras para desterrar de la vida laboral a familias que están pudiendo sobrevivir en tanto puedan aguantar el aprovisionamiento hecho en despensas propias o familiares y, por ignorancia, desconozco aunque me da temor el alcance de una pandemia gripal que la historia nos hace recordar la de 1918 en Europa.

Confiemos que éste no sea “tiempo final de caída” de la teoría de la historia de A.J. Toynbee, sino que todavía quede un “movimiento de recuperación” a corto plazo, como, en otros momentos, también ha sucedido.