
Tras el Génesis, en el segundo libro del Antiguo Testamento (Éxodo) se nos narra cómo Moisés, con ochenta años y su hermano Aarón, de ochenta y tres, hijos de Amram y su tía Yokébed, a quien tomó por mujer, fueron utilizados por Dios para fragilizar el duro corazón del Faraón de Egipto. “Deja partir a mi pueblo, para que me den culto en el desierto”. Ante la persistente negativa de éste, la voz de Yahveh, la obediencia ciega de Moisés y las artes de su profeta, Aarón, armado con su báculo de pastor de ovejas, infirieron sucesivos males sobre el país del Nilo. Sus aguas se tiñeron de sangre y llegado el décimo aviso divino, los israelitas fueron impelidos a abandonar el país de Ramsés y cuatrocientos treinta años de esclavitud, camino del Sinaí, en cuyo desierto acamparon, transcurridos tres meses.
La lectura de este Libro sagrado ha sido el solaz que me he permitido durante estos días en los que tantos agobios atosigan no sólo a nuestro país, sino a vecinos e incluso a otros de lejanas tierras trasatlánticas. Ha sido casual la lectura de las Plagas de Egipto con la coincidencia de nuestras actuales crisis. El trasunto etimológico da cuenta de nuestra transformación social. La terminología agraria ha dado paso a otra más cercana. Hoy, nadie entendería que un matrimonio o un negocio atraviese una plaga.
Pero de tal coincidencia tampoco quiero derivar ningún común denominador. Para quienes creemos en un Dios, admitimos que Él es motor, pero que al concedernos el permiso para conducir y ponernos en la parrilla de salida nos da libertad para acelerar y tomar las curvas conforme a nuestro entender consideremos conveniente. Por ello no quiero parangonar aquellas plagas con nuestras tres crisis. Me refiero a las de los valores, la economía y la sanidad. No creo que desde tan elevada instancia se esté tratando de coartar nuestra libertad, compeliéndonos a un ajuste de conductas ante el temor de que agotada la paciencia divina, llegue la noche en la que Yahveh al no ver manchados por la sangre pascual nuestros “dinteles y las dos jambas” de las puertas de nuestras casas ajusticie a nuestros “primogénitos y a todo primer nacido del ganado”, como lo hiciera en Egipto.
El recuerdo es válido para ser utilizado desde un púlpito o una tribuna política, tratando de orientar conciencias o de amedrentar a determinados idearios. Y no es inútil como fórmula de elipsis literaria. El sentido de los acontecimientos que vivimos nos permite omitir consideraciones.
Refiriéndome ya a las crisis que estamos padeciendo, ofrecen entre sí una serie de coincidencias en su origen y diagnóstico. El Diccionario de
Su origen ha sido sutil y sólo apreciado por muy avisados especialistas. Sociólogos, economistas y médicos comenzaron a vislumbrar sus comienzos. Nos comenzaron a llamar, en su más malévola intencionalidad, “nostálgicos” a quienes hacíamos matices entre “libertad” y “libertinaje”. Se nos consideró avocados al fracaso (“nunca llegaríamos a nada”, escuché alguna vez) a quienes denunciábamos no comprender cómo con salarios medios u otros no garantizados indefinidamente se podían garantizar créditos millonarios. Tuvimos la consideración de ruines cuando, refiriéndonos al valor de las cosas distinguíamos entre su valor intrínseco y el precio. Dejamos obsoleta la consideración de mi abuela, Pilar, que daba valor a la seguridad del empleo público frente a la mayor retribución del privado. Sufrimos afrenta en nuestra valía personal cuando éramos comparados con otros, respecto de los que no comprendíamos que “sin robar” (o haberles “tocado la lotería”, decía yo) podían levantar en poco tiempo fortunas que no tuvieran su origen en un patrimonio sólido. Finalmente, fuimos conociendo, de cerca, los trucos utilizados por los ilusionistas de una sociedad que a sí misma se denominó “del pelotazo”. Del mismo modo, en el orden sanitario, comentarios sobre el alcance del “virus gripal
Pero es más, en el inicio de las etapas que estoy comentando, no era políticamente correcta su denuncia por esa elemental medida de precaución que se debe tomar ante un incendio en un lugar concurrido. Aquél que grite “¡Fuego!” puede ser responsable de más calamidades que las naturales del incendio. Ha habido políticos que, incluso, han llamado “antipatriotas” a quienes anunciaban la llegada del lobo. Pensando que lo hicieran de buena fe, y bajo influencias chauvinistas, incurrían en otra subversión de valores por la que no consideraban conveniente descubrir un fraude, a sabiendas del engaño.
Pero no sólo técnicos, sino también personas prudentes, sin alegrarnos, hemos visto que los milagros de “los panes y los peces” o el de la “Boda de Caná” quedaron reservados al único mortal que tuvo autoridad para ello. Y me incluyo al decir “sin alegrarnos”, porque es cierto que a lo largo de mi vida, he reflexionado sobre si, en realidad era yo el equivocado y, conforme han pasado décadas, mis convicciones se han tambaleado en no pocas ocasiones y hasta las he escondido ante personas próximas por si a ellos parte de estas recetas, administradas con honradez, les podían suministrar el éxito material que yo no comprendía.
Como digo, desgraciadamente, el desorden moral ha conducido a una sociedad enferma, que desprecia y ha desarraigado valores consagrados en cartas internacionales y mandamientos religiosos, la crisis económica ha rebasado fronteras financieras para desterrar de la vida laboral a familias que están pudiendo sobrevivir en tanto puedan aguantar el aprovisionamiento hecho en despensas propias o familiares y, por ignorancia, desconozco aunque me da temor el alcance de una pandemia gripal que la historia nos hace recordar la de 1918 en Europa.
Confiemos que éste no sea “tiempo final de caída” de la teoría de la historia de A.J. Toynbee, sino que todavía quede un “movimiento de recuperación” a corto plazo, como, en otros momentos, también ha sucedido.