miércoles, 8 de diciembre de 2010

TITULITIS Y EXCELENCIAS

Tomo el guante de un buen amigo, que a mi anterior comentario en este medio, me ha pedido concreción sobre los dos temas determinantes de la pretendida desnaturalización de la democracia, con referencia a nuestro país.

Mi afición por la nostalgia me ha conducido hacia esa prenda de abrigo, presente en nuestros románticos del XIX. El guante, además de servir para guardar las manos de los rigores del frío, se utilizó, en la época, para ser lanzado a la cara de quien se pretendía retar a duelo o se dejaba caer al suelo, que habría de pisar el rival, para mirar de soslayo si era o no recogido, en señal de discreta aceptación del combate. Una época en la que la proliferación de estos desafíos condujo a desgracias irreparables que obligaron a la prohibición legal del “duelo entre caballeros”.

Pues bien, no voy a dejar el guante perdido entre la hojarasca otoñal. Acepto. Certificado de escolaridad política que declare “aptos para el gobierno” a los ciudadanos, asuntos no susceptibles de discusión y votación política, así como árbitros o censores que expidan los certificados y elaboren la lista negra de asuntos. Éste es el material.

Recapacitar sobre todo ello daría lugar a un mamotreto que excedería del límite aconsejable a este Comentario, por lo que hoy me quedo con el primero de ellos, esto es, la formación de los políticos.

Quienes entienden que, por ser todos iguales, “en España cualquiera puede llegar a ser Presidente del Gobierno”, como dicen que dijera Rodríguez Zapatero al llegar a La Moncloa, están en lo cierto. Todos pueden, aunque yo sostenga que no “todos debieran poder”.

Para los jóvenes y también para otros mayores, que no tengan fresca la memoria histórica recordaré que mi tesis no es nueva en la legislación española. A los Gobernadores Civiles, Alcaldes y Concejales, en legislación de régimen local del régimen predemocrático, se les exigía determinados conocimientos. Para ser Concejales de cualquiera de los ocho mil y pico municipios españoles la Ley exigía ser vecinos, mayores de 23 años y saber leer y escribir. A los Alcaldes, se les retrasaba la edad a los 25, pensando que durante esos dos años habrían incrementado sus conocimientos y sentido de la responsabilidad, y se les demandaba “reunir las debidas condiciones de idoneidad, competencia y arraigo en la localidad”. Por competencia, que es la cualidad que interesa a este comentario, debemos entender “la pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado” (el de regir los intereses de la comunidad municipal). Finalmente, a los Gobernadores se les elevaba el ranking, pues se permitía obviar otros atributos conferidos por el Sistema a la sazón –en consonancia con un régimen de poderes políticos extraordinarios- a cambio de “poseer título profesional que exija grado de Facultad Universitaria o Escuela Especial Superior”.

Releyendo hoy textos legislativos que tuvimos, entonces, que memorizar quienes dedicamos nuestra actividad a las Leyes, habremos de admirar la buena confección que salía, fundamentalmente, en julio y diciembre de cada año, del Palacio de las Cortes. Y ello, sin necesidad de llegar a la época de López Rodó, en la que algunos textos legislativos bien pudieron entrar en la categoría de piezas literarias, aunque el argumento no fuera del gusto de todos los españoles. La restante legislación anual no tenía que abrirse paso por entre los Leones de San Jerónimo pues era trasladada por motoristas desde el Palacio de El Pardo hasta los talleres del Boletín Oficial del Estado.

Como decía, en el régimen predemocrático, se ha ido exigiendo desde “saber leer y escribir”, al modesto concejal del último municipio español, hasta la “titulación universitaria superior” para el desempeño de las funciones de mayor responsabilidad. Es cierto que el índice de analfabetismo de aquella época era alto, mientras que en la actualidad éste es residual y, en consecuencia, la titulación académica superior, que en la época pasada estaba reservada a clases elitistas, hoy ha invertido la tendencia de su pirámide social.

Esta es la razón por la que con el advenimiento de la democracia y el reconocimiento explícito de igualdad que confiere el título de ciudadano, los desposeídos de certificación académica universitaria vieron peligrar su acceso a los más altos cargos públicos, con lo que se sintieron frustrados en la conquista de una jacobina igualdad ciudadana.

Por ello, no es de extrañar que desde el fallecimiento del General, hubo una corriente –naturalmente, mayoritaria en número- de ataque a la denominada “titulitis” y sus “excelencias”. Incluso, en determinados círculos sociales se apeó el “don/doña”, y, por extensión, se permutó el tratamiento del usted por el tuteo y se eliminaron las diferencias que en el trato social conferían los títulos académicos. Paradójicamente, supuso un paso atrás en la historia, recordándonos la pública condena del General Millán Astray en su incidente frente a Unamuno. “Muera la inteligencia”.

Esa tendencia de rasar por lo bajo, naturalmente, dio el triunfo a las medianías, expatriando del gobierno a las excelencias. Pero es que el afán de destruir pedestales llevó al espectáculo de ver cómo se borraban las distinciones de Organismos Públicos que las venían ostentando desde antiguo. Fueron muchos los Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales, que hicieron rotular los folios de trabajo de sus oficinas, amputando el Ilustrísimo o Excelentísimo con que se adornaban. Soy testigo cualificado de ello.

En 1979, los dirigentes del Partido Socialista Obrero Español, entonces diferenciado por sus tres últimas siglas, accedieron al gobierno de gran número de Ayuntamientos y Diputaciones. Con tal motivo, hubieron de relacionarse, a diario, con los funcionarios del nivel administrativo superior, y recibieron instrucciones de imponer el tratamiento del Vd., no por respeto a la “titulitis” sino para otorgarse una “excelencia” como electos democráticos.

Cuando las relaciones, entre las mismas personas, se producían, cuatro calles más abajo, en la Casa del Pueblo, se tornaba al tuteo, amparado por el tratamiento de “compañero”, que a más de uno nos recordaba el de los “camaradas” de otros tiempos.

Esta política de gestos llegó a límites que afectó a los vehículos particulares usados por los políticos. Recuerdo, por aquellas fechas, que en el trayecto Madrid-Jaén, Bailén era el lugar de trasbordo del coche de alta gama al utilitario con el que llegar a la capital jiennense. El Diputado cunero por la provincia, tras aflojarse la corbata, era acompañado, no, entonces, por la reina de “Porcelanosa” sino por un secretario general del partido que escondía su titulación en Ciencias Económicas en un desenfadado “nicki”, para mejor ser recibidos por su electorado.

Pronto, estos mismos políticos se dieron cuenta de la estupidez de estas conductas, e invirtieron la tendencia porque se vieron ridículos cuando algunos funcionarios –no faltos de mala intención- hacían tan empalagoso el “Dígame Vd.” que los aludidos se sintieron burlados, volviendo al “tuteo”, salvo cuando el tratamiento se debía al respeto por razón edad o de jerarquía judicial, militar o eclesiástica, en aquellos años a los que me refiero, en que todavía conservaban intacta su independencia. Del mismo modo se dejaron de utilizar vehículos particulares y se uniformó el uso del coche oficial y asistencia de escolta.

Algo de ello ha quedado, no obstante, y quedo sorprendido con la enseñanza que han recibido todos los trabajadores de Sanidad –quiero pensar que en aras a una presunta aproximación…- quienes al dirigirse a los pacientes ingresados en los Centros hospitalarios públicos, mermados por el golpe de la enfermedad, se encuentran sorprendidos, al escuchar –como yo he oído, al referirse a mi madre, de 95 años- “Mercedes, túmbate en la camilla que vamos a Rayos”. Pero ésta es otra historia.

Del mismo modo fue curioso otro comportamiento, que viene al aire de lo anterior. Cuando en 1982 cubrieron las perchas del Palacio de La Moncloa, rozadas confecciones de pana, el ujier de turno hacía advertencia a las visitas que llegaban procedentes de Dos Hermanas y otros pueblos sevillanos que Felipe se llamaba Don Felipe y Alfonso Don Alfonso y que a aquellas estancias no se podía llegar descamisado.

Confundido entre tanta anécdota, retorno a la reivindicación de la exigencia del título universitario para cargos públicos de cierta relevancia, no por la necesidad de aplicar los conocimientos de las materias propias del título, sino por la madurez intelectual que implica haber sometido las potencias del alma, memoria, inteligencia y voluntad, a una disciplina durante muchos años; al yunque del esfuerzo en el que se moldean las asperezas naturales del ser humano.

Para que la memoria no sea el talento de los tontos, la inteligencia se haga creativa y la voluntad se enfrente al condicionamiento al que la someten los instintos.

En ningún caso pretendo que los cargos públicos tengan que ser desempeñados por quienes hayan cursado estudios de Política o de Derecho –lo que tampoco debe ser un baldón- sino que es indiferente la Facultad o Escuela en la que se hayan adiestrado, ya que la formación universitaria del estudiante proporciona un grado de responsabilidad propio del que ha tenido que dejar muchas renuncias en el camino, ha tenido que hacer suyas experiencias de sabios y maestros… y a la hora de tomar decisiones éstas son más sopesadas y armónicas. Que no seamos centros de chanzas en la plaza de la “aldea global”.

De otra parte, la “titulación” elemental, media o superior, según los grados de responsabilidad, es una excelencia que dignifica no ya a la persona sino al cargo, en su genuino sentido de encargo. Claro que, la dignidad del mismo también ha sido omitida de la fórmula de juramento que finalizaba con la antigua coletilla “y ajustar mi conducta a la dignidad del cargo”.

Con la exigencia de responsabilidades por incumplimiento de esta parte del juramento, o promesa, hubieran sobrado legislaciones sobre corrupción.

martes, 9 de noviembre de 2010

LA DESNATURALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA


Ha pasado medio siglo largo desde que salimos de una Contienda, en la que todos los españoles nos alineamos en dos bandos para dirimir e imponer la razón en favor de quien mejores réditos obtuviera en el uso del fusil y la bayoneta, concluyendo así las diferencias que no supieron nuestros mayores resolver, mediante la dialéctica ordenada, en el reducto de las banquetas del Congreso. Pero los réditos que liquidan las trincheras no son activos líquidos. Son monedas a las que falta metal noble. En su aleación hay demasiado plomo. Tal vez, el sobrante de la munición abandonada en el campo de batalla. Por ello, no sirvió la experiencia para legitimar la razón, a la luz de la democracia,  en favor de quienes izaron la bandera de la victoria. De no ser así, no hubiéramos padecido la purga de un régimen autocrático.

Todavía algunos hijos y nietos de quienes combatieron, en su más íntima soledad, se preguntan en qué bando militó la razón. Intelectualmente, podemos trasladar esta pregunta a la que trae su origen en Platón y que, sin miedo a caer en el terreno de lo políticamente incorrecto, aventuró el jesuita, padre Mariana (1536-1624), cuando sugirió si era lícito matar al tirano. Pero, para salir ilesos de cualquier amenaza de sofisma, tendríamos que tener resuelta la duda que Pilatos planteó a Jesús y que no sabemos si la historia nos la ha mutilado, la impaciencia del Gobernador del Cesar al salir de la habitación la dejó en el aire o si, efectivamente, Jesús, intencionadamente, nos la tiene reservada a cada uno para mejor momento.

De ahí que sea usual el atribuir, despectivamente, el beneficio de “estar en posesión de la verdad” al orgulloso y prepotente, habitualmente ignorante.

Como iba diciendo, hubimos de cruzar nuestro peculiar desierto político, y cuando ha dado tiempo a que transcurra una generación desde que nos dimos una Regla a la que prometimos obediencia, nuevamente parece que ésta no sirve para determinar, ante asuntos importantes de nuestra convivencia, dónde está la razón.

Hoy, frente al conocimiento, basado en la ciencia, se afrontan los problemas desde la intuición. Se pretende que “el todo vale” junto con la bondad de la aritmética de “la mitad más uno”, den como resultado el triunfo de la verdad. Fruto de esta actitud es el relativismo que se ha impuesto en nuestra sociedad, de unos años acá.

Para demostrar la fragilidad de los dos presupuestos anteriores nos bastaría con  recordar que hasta fechas recientes, “ha valido” la regulación legal del sometimiento del hombre al hombre, en régimen de esclavitud y que, incluso en estos momentos, la razón del “51%” no resistiría la contribución de los ciudadanos a las cargas del Estado.

Entiendo que santificar, sin más, el gobierno de nuestras sociedades en favor de los más votados de entre el grupo,  y que los acuerdos sobre asuntos que afecten a todo él,  se adopten por mayoría de votos de los gobernantes  precisa de una reflexión. Por algo diría Churchill que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.

De una parte, no todo ciudadano está capacitado para ser gobernante y, de otra, tampoco todo asunto es susceptible de poder ser impuesto como norma de conducta en atención al número de votos con que sea respaldado.

En nuestro país, en pleno fervor de los Mundiales de Futbol pasados, el Sr. Del Bosque hubiera alcanzado los votos suficientes para formar un equipo de gobierno, la misma Belén Esteban ya ha sido aclamada “Princesa del pueblo” y refrendada con  intención de votos suficiente para erigirse en “la lideresa” del tercer partido que dirimiría las diferencias entre Socialistas y Populares y, efectivamente,  varios de nuestros gobernantes, en las principales esferas de la Administración, se encuentran ocupando cargos desde los que se dan respuestas a problemas sobre los que su falta de conocimientos –por muy buena que fuere la voluntad con la que se empeñen- conducen a soluciones erróneas, en ocasiones, irreparables.

Es verdad que todos los hombres somos iguales. Rotundamente sí. Si además comulgamos con la religión católica, porque todos estamos hechos a imagen y semejanza del Creador. Y, todos somos, igualmente, dignos y respetables.  Pero es de razón reconocer que los hay altos, bajos, morenos y rubios, y también los hay quienes han adquirido unos conocimientos que, nos conducen a sus consultorios y talleres cuando necesitamos reparar nuestra salud o la mecánica del coche y otros de los que también tenemos necesidad para que nos encontremos limpias las calles cuando salimos de nuestras casas por las mañanas. ¿Acudiríamos a uno de éstos para que sanara del sarampión a nuestros nietos…? Entiendo que no es suficiente saber juntar las palabras en el diálogo y usar los dedos en la resolución de las cuatro reglas para administrar el patrimonio moral y económico de una sociedad.

Y, en cuanto al panel de asuntos que deben someterse a la ley de la mayoría, también aquí, habríamos de corregir su generalidad absoluta para no tener que recordar escenas como la vivida durante la última República en la que se sometió a votación, entre los socios del Ateneo de Madrid, la existencia de Dios.

Por cierto, Éste perdió por un voto.


viernes, 9 de julio de 2010

ORACIÓN PARA EL MUNDIAL DE FUTBOL 2010




Dios todopoderoso,

creador de todo, mientras personas

de todas las naciones se congregan, con pasión

y entusiasmo para la Copa Mundial de Fútbol 2010, que

nosotros los sudafricanos podamos ser buenos anfitriones,

que nuestros visitantes sean huéspedes bienvenidos y que los

jugadores de todos los equipos sean bendecidos con un buen

espíritu deportivo y con la salud. Que tu Espíritu de equidad,

justicia y paz prevalezca entre jugadores y participantes.

Que puedan contribuir, cada uno a su manera, de forma

positiva para la prevención, el control y la lucha contra

el crimen y la corrupción, el vandalismo de cualquier

tipo y la explotación y el abuso, sobre todo de

los más vulnerables. Que aquellos que están

lejos de sus hogares y de sus familias

encuentren mucha alegría con

ocasión de la celebración del

hermoso juego del fútbol y

del bello juego de la

vida conforme a Tu plan

para el bien común

de todos.

Amén.


Conferencia Episcopal Sudafricana.

"EL PULPO" DEL VATICANO



EL PULPO POOL VATICINA LA VICTORIA DE ESPAÑA


jueves, 6 de mayo de 2010

EL SENADO O LA CONFUSIÓN DE LENGUAS




Nos dice la Biblia que, “también” –eso lo digo yo-, en tiempos anteriores a Abraham, en la Babilonia de hace miles de años, hubo un momento en el que la maldad del hombre cundía en la tierra. El propio Yahveh recapacitó sobre su Creación. Envío un diluvio a nuestro planeta y refundó el género humano a partir de Noé, por ser “el varón más justo y cabal de su tiempo”. Él con su mujer y las mujeres de sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, salieron del Arca cuando la tierra quedó seca, con el mandato de ser fecundos, multiplicarse y llenar la tierra.

Muchos fueron los linajes de los hijos de Noé y siguiendo la narración del Génesis, “todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras”, y cuando vieron que se hacía necesario su desplazamiento por toda la faz de la tierra, pensaron construir una ciudad y en ella “una torre con la cúspide en los cielos”. Tal vez, en momentos en los que era impensable suponer que la tierra no fuera plana, lo que se perseguía era un faro visible desde cualquier lugar del mundo, para dejar destacado un punto común y, quizás, de reencuentro... Esta referencia romántica pertenece a mi fantasía, aunque no olvidemos que los musulmanes ortodoxos realizan al menos una vez, en la vida, la peregrinación o hadj a La Meca, desde el lugar en que se encuentren.

Pero lo cierto es que Yahveh vio en este proyecto la maldad de un desafío a Dios para evitar las consecuencias de un segundo diluvio, al tiempo que una pretensión de alcanzar el Cielo, para invadir la propia morada del Creador.

Sean cuales hubieran sido las intenciones, la tradición nos ha transmitido con la Torre de Babel un acto de soberbia hacia el Creador, que castigó confundiendo el lenguaje del pueblo “de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”.

Desde la perspectiva de los conocimientos de hoy, resultan encantadoras las narraciones del Génesis; dan un tratamiento a las reacciones de Dios y a las de los hombres, de aquellos tiempos, que parece extraído de una colección de cuentos para niños. De una parte, me ha venido a la mente aquella canción infantil de “quisiera ser tan alta como la luna, ay! ay!” y las revanchas de Yahveh, enviando un diluvio universal y una confusión de lenguas son propias de una chispa ingenua y pueril.

La soberbia del hombre de hoy no queda satisfecha con la construcción de una Torre. Este mismo año se ha inaugurado en Dubai el edificio más alto del mundo, el Burj Dubai, de 828 metros y 193 plantas, frente a los 60-90 metros de altura que aventuran los arqueólogos a la torre que dio origen al nombre de la ciudad de Babilonia. Y, ello sin necesidad de fabricar ladrillos cociéndolos al fuego,”para que el ladrillo sirviera de piedra y el betún de argamasa”. Nunca con este procedimiento babilónico se hubiera podido fabricar esta joya de ingeniería arquitectónica.

Es verdad que el hombre ha vencido el pulso a la incuestionable ley de la gravedad, pero, en modo alguno, los jeques árabes han querido alcanzar el Edén, pues ya nos queda lejos el tiempo en el que creíamos que por encima del azul de nuestros cielos se encontraba el Cielo.

La soberbia humana de hoy está sentada sobre los taburetes en los que toman asiento los ingenieros genéticos de los laboratorios en que se manejan probetas y tubos de ensayo, no rehusando, entre sus retos, emular al Creador. La experiencia de la oveja Dolly (1996-2003), primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, es una tentación, no sólo científica...


Valga este preámbulo para tomar como punto de partida la existencia de una primera pareja humana, lo que podrá ser cuestionado, pero sin olvidar su aval por millones de personas de todos los tiempos y de las principales religiones occidentales, las monoteístas, en cuya cultura convivimos.

Me es interesante la anterior consideración para sobre ella defender la existencia de una primera lengua común. No me figuro que Adán se dirigiera a Eva o a sus hijos Caín y Abel, ni a Noé entablar conversación con los suyos y sus mujeres, pidiendo la intercesión de Yahveh para que actuara de traductor, y ello para no acudir a la literalidad del Libro, que en este punto ofrece una pequeña contradicción.

Si he recordado el pasaje de la Torre de Babel, que así se la llamó porque “allí embrolló Yahveh el lenguaje de todo el mundo”, ha sido para participar con la Biblia que, desde el punto de vista de la comunicación, la existencia de más de una lengua es un embrollo por encima de la riqueza cultural que puede ser defendida, como expresión viva de las particularidades de los pueblos que han vivido dispersos. La Biblia nos recuerda que con la confusión de lenguas se pretendía que no entendiera cada cual el lenguaje de su prójimo, para que aquel pueblo no pudiera proseguir su pretendida tarea común de construir la Torre. Dios infirió ese castigo para que se desperdigaran por toda la haz de la tierra.

En estos momentos en los que, en el Senado, que es un lugar de representación de todo el pueblo español en atención a su origen territorial, en el que se pretende que alcancen, cada vez mayor protagonismo los problemas territoriales, resulta curioso que viniéndose comunicando todos sus miembros en una lengua que les es común y perfectamente comprendida por todos ellos, no es un Ser ajeno sino algunos de los propios senadores quienes pretenden “embrollarse”, confundiendo el lenguaje de la Cámara “de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”.

Siguiendo la cita bíblica a la que me vengo refiriendo, ¿no se tratará de que por estos postulantes de la confusión de lenguas se pretenda lo que Yahveh consiguió en Babel? Que se desperdiguen… que se separen...

Pero si antes hablé de la ingenuidad de Yahveh lo hice en atención a lo fácil que le resultó al hombre, -con el tiempo- hablar varias lenguas y ejercer la traducción; y, naturalmente, no quedó burlado su castigo porque los traductores llegaron cuando el proyecto de Babel ya estaba abandonado.

En nuestro Senado, por el contrario, van a coexistir “la confusión” y “la traducción”, por lo que la medida que se pretende imponer no deja de ser un contrasentido intelectual, pues la lengua no está llamada para su uso en solitario (a quienes hablan solos, les llamamos locos) sino como medio de comunicación y su belleza cultural va a ser apreciada por los parlantes -en sus soledades- y no por los escuchantes, que nunca a sus oídos llegará la lengua original sino la suya propia. ¿Para este viaje hacen falta alforjas…?


INAUGURACIÓN DEL EDIFICIO BURJ DUBAI (04.01.2010)
(Duración aprox. 10 minutos)

miércoles, 28 de abril de 2010

"LA QUE SE ESTÁ FORMANDO CON EL JUEZ GARZÓN"



Me encontraba el otro día, acompañando a un enfermo, en la zona de Urgencias de un Hospital de la Seguridad Social de mi localidad, lugar que, como antaño sucedía en las peluquerías, sus momentos de espera eran apropiados para saludar a amigos e intercambiar conversaciones triviales, cuando se me acercó un vecino, aburrido por el tiempo de aguardo que llevaba soportando, y me espetó: “¿Qué te parece? ¿Qué piensas de la que se está formando con el Juez Garzón?”.

Por cortesía, le tendí la mano y me interesé por la razón de su presencia en el lugar, que no obedecía a problemas de la gravedad como los que a mí me habían llevado a solicitar este servicio. Por ello, y para no abrir su curiosidad más allá de su pregunta, contesté con un “Pues ya ves…”. Una forma ambigua de no desairar la pregunta pero también sugerente de no mostrar interés en proseguir la conversación.

Sin embargo, por mi cuenta, ocupé el tiempo de espera en reflexionar sobre “¿qué es lo que se está formando con el Juez Garzón?”.

Es cierto que la figura de este personaje está generando algo en el ambiente, que se ha introducido en nuestras casas a través de los medios de comunicación, en las conversaciones sencillas y, últimamente, hasta en las Universidades.

Pero ese “algo”, ese “virus”, no creo que lo haya creado el Juez. Hubo otros momentos, en los que, tal vez, tuviera mayor sed de protagonismo. Aquéllos en los que se abrigaba con ese chaquetón marrón, a medio abrochar, que todos conocemos, y subía y bajaba por las escaleras de la Audiencia Nacional, seguido por los guardias de seguridad, como si estuviera buscando unos papeles que nunca encontraba, mientras los presentadores de televisión nos narraban cada uno de los procedimientos en los que intervenía.

Encerrar en unas líneas la vida de este Juez es tarea difícil pues, desde el 26 de octubre de 1955 en que abrió sus ojos al pequeño pueblo jienense de Torres hasta la fecha, han transcurrido 55 años de una frenética actividad. Nadie puede acusarle de haber despreciado el tiempo. Al contrario, en ocasiones parece imposible que, sin un gran tesón y una potente infraestructura a su servicio, haya sido capaz de moverse, por obligación o por afición, en campos tan diferentes como han podido ser sus instrucciones judiciales, investigaciones históricas, pinitos literarios, dictados de conferencias, asistencias a foros internacionales, más dictados de conferencias magistrales como Doctor Honoris Causa, participación en campañas e intrigas políticas, asistencias y desasistencias al Parlamento español, etc. etc. y, recientemente, haberse puesto a estudiar tres querellas, por asuntos en los que, por primera vez, es a él a quien se le piden cuentas.

Todo lo anterior lo ha compatibilizado con su obligada asistencia como funcionario de carrera -togado- de la Administración española, en horario regular, la que, a fin de mes, ha servido para colmar el puchero diario de la familia. Pero este ambicioso funcionario no sólo ha necesitado tener abastecida su surtida despensa doméstica sino que también ha querido saltar de su labriega casa de Torres a mansiones y residencias de las más prósperas y lujosas ciudades del mundo. De ahí que el “seguro para toda la vida”, pero limitado estipendio funcionarial no le pareciera suficiente, y se haya visto abocado a furtivas escapadas, cambiando su abrigo marrón por la capa de Superman para volar hacia espacios, en los que la actividad productiva se remunera, no en atención a “precio-la-hora” sino por “precio-según-servicio”.

Así, nuestro personaje se está viendo obligado a tirar de una abultada cartera económica, que administra en forma prudente y discreta y de una carreta de fama y popularidad que rebosa allí por donde pasa.

No tengo motivo para dudar de que ambos pesos hayan sido incorporados desde una escrupulosa conciencia, ésa que le ha debido iluminar en sus actuaciones cuando ha tenido la obligación de instruir, juzgar, absolver y también destrozar la vida, el honor y la hacienda ajenos.

Se puede resumir su trayectoria definiéndola como la de un ser ambicioso y que, como tal, no siempre ha alcanzado sus aspiraciones. “El Nobel de la Paz” en Suecia y “la Cartera de Justicia” en Madrid, han sido –hasta ahora, y entre otras- dos de sus públicas frustraciones. Como decía, su ambición ha venido acompañada de la insatisfacción.

Y éste es el perfil del personaje. Ni menos, pero tampoco, ni mucho más: un juez mediático, que ha disfrutado saltando de una a otra televisión y acudiendo a las redacciones informativas, en donde se ha sentido cómodo, dictando clases de derecho procesal y penal, salpicadas de auténticas novelas de “policías y ladrones”, “drogas”, “terrorismo”, “intriga política”, “aventuras” y hasta “recreación de historias oídas a sus mayores al calor de alguna hoguera en las fiestas del pueblo”… Su mayor audacia ha consistido en meter sus puñetas en la justicia internacional, interpretando el papel de un “justiciero” trasatlántico, pero con toga, pese a que ese tema no estuvo incluido en el programa de sus Oposiciones a la Judicatura.

Desde el análisis de la persona, que me ha permitido el tiempo de espera de la consulta médica, con la que iniciaba este comentario, se me ocurre proseguir en la indagación del “fenómeno Garzón”, por el que se me preguntaba.

Entiendo que hay que distinguir entre “el fenómeno” y “el problema”. El problema de Garzón pertenece al aula de Derecho y sobre el mismo muy pocos se han pronunciado. Su estudio es rigurosamente académico y corresponde al Tribunal. No tengo interés alguno en aventurar cuál va ser el veredicto. Me es indiferente, pues de estar interesado en ello, esa curiosidad intelectual igualmente me llevaría a reflexionar sobre miles y miles de procedimientos en los que determinadas conductas humanas se concretan en unos Hechos probados que confrontados con las Normas aplicables derivan en Sentencias, cumpliendo así la lógica del silogismo jurídico. Este ejercicio filosófico de meditación no tiene atractivo político ni social suficiente como para salir fuera de las páginas de los tomos de Jurisprudencia del viejo Aranzadi.

Por eso, “el fenómeno” es el que puede interesar a la literatura periodística, a la curiosidad de la calle. Y, a propósito del mismo, yo me pregunto. ¿Por qué confundir tres problemas jurídicos que alcanzan a un ciudadano con una convulsión político social, ya añeja y cuyas ubres han sido sobradamente ordeñadas, en varios momentos de nuestra historia? ¿Por qué toca ahora remover estas fichas del parchís, si ambos jugadores ya las tenían “comidas” recíprocamente y tenían cobrados el premio de sus avances en el tablero? ¿Es que desde que la televisión nos dio a conocer la moviola no hemos aprendido de sus peligros? O, ¿es que existen causas ocultas desconocidas, incluso, por quienes se mueven en las calles o se concentran ante edificios emblemáticos? ¿Qué se esconde en el toque de trompeta llamando a filas el recuerdo de nuestros antepasados?

Durante el régimen franquista, cuando nos encontrábamos ante incógnitas sin solución se despejaban éstas acudiendo al judaísmo masónico. En época de la Guerra fría, los más entendidos, nos mantenían en la intriga atribuyendo estos interrogantes a “cosas de la CIA o de la KGB”, según conocieran más Occidente o el Este. Hoy, también estos procedimientos están anclados en la historia. Dejemos “a los de ciencias” para resolver ecuaciones matemáticas que despejen “la x”

Como adelanté más arriba, no creo que este acontecimiento esté alimentado por el interesado. Quizás, en un primer momento, le resultara adulador el verificar que su nombre concitara adhesiones entusiastas. Pero dicha satisfacción se ha tenido que ir desvaneciendo al comprobar que todo el caudal viene de una misma vena. Que el flujo no es natural y, al ser inducido, revienta el cauce, haciéndolo incontrolado. Las aguas que en origen pudieron ser limpias al salir de la cuenca se mezclan con el barro y enfangan la ribera. Los propios letrados de su defensa han pedido mesura y advertido del flaco favor que le puede reportar a su patrocinado la apertura de estas vías artificiales.

Para mí, sí es importante recapacitar sobre los males que pueden traer la apertura de fosas a las Instituciones democráticas. Una vez inhumadas éstas, abren sitio a ciudadanos honrados que son sepultados en ellas por el sólo delito de “ser odiados”… El recuerdo del tiro en la nuca no nos gusta a la familia española que lo sufrimos desde rincones opuestos. Sus odios ya fueron redimidos por una juventud generosa que se engrandeció con actos de recíproco perdón. Hoy está incorporada a la dirección de la vida política una generación nueva. No la contaminemos.

Se precisa una llamada para limpiar las plazas y lugares públicos, para que los niños de hoy, correteen alegres tras las palomas sin tener que ensuciarse ni manchar sus vestidos que alegran sus correrías, precisamente, por el diferente color de los mismos. Se hace necesario que los bancos no manchen la ropa, de pana o de alpaca, de nuestros mayores que descansan sus recuerdos en paz, después de tan difícil camino, mientras detienen su mirada en las esquelas de hoy que son las que les señalan el sendero final que habrán de pisar juntos sean cuales fueren los atajos que antaño tomaran.

sábado, 10 de abril de 2010

KATYN




Por estos días, pero de esto hace setenta años, yo tenía que ser uno de los seres más felices de la humanidad de ser ciertas las afirmaciones que atribuyen dicha beatitud al estado del feto cuando chapotea en la pequeña piscina amniótica por la que pasamos todos los mortales antes de llamar a la puerta de este Valle de lágrimas.

Pese a quien le pese, yo ya tenía superadas las pruebas del primer título, el más importante de cuantos, en años sucesivos, fuera validando. Dios me había acreditado la nobleza de “ser humano”. Yo era feliz luciendo tal condición y esperaba impaciente que transcurrieran las últimas cuatro semanas para que se me presentara al resto de la Creación.

Sin embargo, en esa mi primera formación no había recibido lección alguna que me pudiera ilustrar para comprender la maldad que se puede anidar en el ser humano. Fue necesario que la virginidad de la inocencia se rompiera para comprender los crímenes que en esos momentos asolaban la Europa, que iba a ser mi tierra natal.

Hoy (jueves, 11 de abril) leo en la prensa que el primer ministro Vladimir Putin, acompañado de su homólogo polaco Donald Tusk, se han encontrado en los Bosques de Katyn para rendir homenaje a los 22.000 militares polacos que fueron asesinados por la policía secreta de Stalin, el NKVD (precursora del KGB) hace, precisamente, setenta años.

Son varias las reflexiones sobre las que me quiero extender, con motivo de esta noticia que pese a su repugnancia sólo es una anécdota, una página del grueso tomo de nuestra reciente historia europea.

Estos días se está celebrando el 70 aniversario de la firma del Pacto de no agresión “Mólotov-Ribbentrop”, que dio a Hitler la posibilidad de atacar Polonia por el oeste, teniendo cubierto el éste por las tropas soviéticas. Esta estrategia “Hitler-Stalin” cogió por sorpresa al resto de potencias europeas que vieron cómo se les precipitaba encima la segunda contienda del siglo. Un protocolo secreto al Pacto repartía las esferas de influencia en Europa del Este y establecía las bases de la Guerra Fría. Hasta 1989, la URSS no reconoció su existencia. Y, pese a que Gorbachov, en 1990, tras la caída de la URSS, reconoció la responsabilidad estaliniana de los crímenes de los Bosques de Katyn, hasta el día de ayer no se había producido una declaración expresa como la de Putin, en el lugar de la masacre. La historia fue escrita por la vencedora Unión Soviética y le fue fácil, durante décadas, cargar en las pistolas de la vencida Alemania las veintidós mil balas que dejaron un agujero de entrada con otro de salida en las cabezas de una selecta oficialidad polaca que reposó hasta 1941 en las fosas comunes que selló Stalin.

«Durante décadas se intentó ocultar con cínicas mentiras la verdad sobre la matanza de Katyn, pero igualmente falso sería echarle toda la culpa de esto al pueblo ruso», afirmó Putin. Según sus palabras, «estos crímenes no tienen justificación alguna. En nuestro país ya dimos una clara valoración política, jurídica y moral de las maldades cometidas por el régimen totalitario y no la modificaremos».

Esa mano tendida, pese a su arrogancia, fue estrechada cortésmente por el polaco quien, sin urdir una humillación moral, matizó que “Los ojos de los que fueron asesinados aquí por un disparo en la cabeza nos miran hoy y esperan ver si estamos preparados para la transformar la mentira en reconciliación”

Retomando el discurso del Presidente español, Rodríguez Zapatero, del pasado noviembre, con motivo de la Cumbre Hispano-Polaca que estableció un parangón entre las fechas del 22 de noviembre de 1975, fallecimiento del General Franco, con el 9 de noviembre de 1989, caída del muro de Berlín, para unir los destinos hispano-polacos y sus resurgimientos “pacíficos”, viene a colación valorar dos modos distintos de entender la Historia y la reconciliación.

Vladimir Putin, en este acto solemne, bendecido por la jerarquía religiosa polaca y solemnizado con la presencia del ex presidente y ex líder del sindicato Solidaridad, Lech Walesa, declaró “que no podemos cambiar la historia”. El primer ministro polaco obvió a Stalin y abogó por la reconciliación.

En España ante actos análogos se llama a la solemnidad cívica desde altares nihilistas, se reabren algunas fosas y se pretende destruir una parte de nuestro inmediato pasado, para tratar de escribir una historia, por el procedimiento informático “cut/paste” (cortar/pegar), apeteciendo borrar una reconciliación, pasada por el Congreso y refrendada por el pueblo hace más de treinta años.

En el acto del pasado miércoles, también destacó la presencia de Andrzej Wajda, hijo de un oficial de caballería polaco que fue asesinado a comienzos de la Segunda Guerra Mundial en la Masacre de Katyn. Es el director de cine y autor de la película “Katyn” (2007).

La presencia del Director y el hecho de que esta cinta haya sido emitida por el canal de televisión rusa Kultura, el pasado Viernes Santo, tras años de proyecciones restringidas, ha llamado mi curiosidad, y estoy escribiendo este artículo después de verla. La película ofrece una visión del refinamiento estalinista, con rigor histórico –ahora reconocido- frente al análisis del comportamiento nazi antisemita, que es el recurrente en nuestras filmotecas. Termina con una recreación de la masacre de Katyn, de una dureza comparable a otros episodios españoles de la misma autoría y factura y que, por ello, han sido unidos por algún historiador como Cesar Vidal en “Paracuellos-Katyn, sin ensayo Sobre el Genocidio de la izquierda”. Libros Libres, Madrid. 2004, libro sobre el que no puedo extender mi comentario por conocer, solamente, su elocuente título.

Cuando estaba haciendo las últimas correcciones de este comentario, antes de enviarlo a la red, escucho por radio una noticia que me deja consternado. Al filo de las 11 de la mañana (9:00 en España) de hoy, sábado, en el mismo sitio al que me he venido refiriendo más arriba, en un bosque de Katyn (Rusia), se ha estrellado un avión Tupolev-154, de fabricación rusa, en el que viajaban, desde Varsovia, el Presidente polaco, Lech Kaczynski, acompañado de su esposa, Maria Kaczynska, y un séquito compuesto por colaboradores, miembros del Gobierno, la cúpula militar polaca, el jefe del Estado Mayor y los comandantes en jefes de los Ejércitos de Tierra, Mar, Aire y Fuerzas Especiales así como prelados de la Iglesia Católica polaca, sin que haya habido superviviente alguno.

Descartado cualquier móvil terrorista, que puede ser dejado a la pluma de algún “novelista conspiranoico”, el accidente se atribuye a circunstancias metereológicas y a la desatención que el piloto hizo del dictado de las torres de control que le propusieron desviar el vuelo a Moscú o a Minsk, la capital de Bielorrusia.

Curiosamente, Kazinski ha muerto por cabezonería y por su tendencia nacionalista –según adelanta algún periodista- ya que se negó a participar el pasado miércoles en el acto conmemorativo de Katyn porque asistían a él dos de sus adversarios políticos: el primer ministro polaco, Donald Tusk, y el ruso, Vladimir Putin, prefiriendo organizar otro acto paralelo que el destino le ha negado para siempre.

Al presidente polaco, como representante de toda la comitiva del avión siniestrado, le brindo a modo de epitafio el pensamiento atribuido a Séneca: “Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérala, pues, en todo lugar”.

martes, 23 de marzo de 2010

UNA BROMA MACABRA

En el Plan de Estudios del Bachiller, vigente a mis trece años, -allá por 1953- ya estaba previsto que a esa edad tendríamos conocimiento de la existencia histórica deFernando, cuya época era conocida como el Reinado de los Reyes Católicos; y, entre los cuatro o cinco acontecimientos que sucintamente hubimos de memorizar, junto al descubrimiento de América –como más destacado- figuraba, con rango menor, la “Creación de la Santa Hermandad”. De ella sólo se nos explicaba, en aquel momento, que fue una policía que se dedicaba a proteger las veredas y caminos rurales de los bandidos que, según parece, abundaban por los campos de Castilla.

La lectura del Quijote ya nos advierte sobre esta Institución, que se data en 1476, cuando “la candidez” de Sancho le hace decir: “sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo”.

Esta milicia, de la que nos ha quedado el recuerdo de su uniforme con sus mangas verdes y de la morosidad en sus intervenciones que dio lugar al dicho “a buenas horas…” sobrevivió hasta 1835, fecha en la que se decretó su extinción, aunque en la década siguiente el Duque de Ahumada creara el actual Cuerpo de Guardia Civiles que asumió parte de sus funciones.

Este Cuerpo coexistió con el de Carabineros de España, creado en 1829, que tenía presencia en las fronteras terrestres, provincias marítimas y en Madrid, teniendo a su cuidado la vigilancia de las costas y fronteras, y la represión del fraude y contrabando. Su lema era “Moralidad, Lealtad, Valor y Disciplina”.

Sus mandos se nutrían de la Oficialidad del Ejército de Tierra, al menos. Este dato lo tengo acreditado por haber oído a mi padre que, siendo Teniente, tenía pendiente el traslado a este Cuerpo, lo que no ocurrió al romper todas las previsiones el estallido de la Guerra Civil, que le sobrevino de improviso como a tantos otros jóvenes militares de la época.

En aquel momento, la obligación del militar, con independencia de toda ideología, era –conforme a las Ordenanzas- ponerse al servicio del Comandante Militar de la Plaza en la que se encontrara, caso de hallarse fuera de su acuartelamiento. Esa fue la situación del autor de mis días, hace setenta y cuatro años. Él se encontraba disfrutando de las fiestas de San Fermín, en Pamplona, reunido con su familia y amigos, cuando hubo de cuadrarse ante el General Mola para ponerse a sus órdenes.

Escrutando sobre el pasado y desde allí jugando a los futuribles, puedo aventurar que la memoria histórica de mi familia hubiera sido otra de haber vestido el uniforme del Cuerpo de Carabineros antes de la Contienda, pues la mayoría de sus Jefes llevaron a sus fuerzas al lado de los que perdieron la Guerra, en términos militares.

Aquellos días los conozco como si los hubiera vivido, no tanto por relato familiar sino por la amena pluma de Rafael García Serrano, coetáneo y paisano de mi padre, en su novela “Plaza del Castillo”.

La novela me ha permitido recrear, con gran realismo, lo que pudo ser el día a día de aquellas fechas en la vida de mi padre, un hombre mucho más joven del que me ha quedado en el recuerdo y con el que años después crecí en la calle Estafeta. Por su, entonces adoquinada calle, corrí el encierro, y desde la acera contraria le saludé, agitando el periódico hacia el balcón, como también él lo hiciera en aquellas fechas hacia el mismo tercer piso del número 81, mirando a mi abuelo. Sólo ahora, cuando los años dan distancia y color sepia a los recuerdos, me está conmoviendo la emoción que él tuvo que vivir aquellas mañanas del año 57, con mi saludo.

También con la novela me he podido figurar sus aventuras juveniles por los rincones de la calle Espoz y Mina, a los que salía la puerta de su casa, así como por las tabernas y lugares próximos, que hoy se conservan como entonces, “el Choco” (“Txoko”, ahora), “el Iruña”, “los soportales”…

En fin, desde el valor de bitácora que está adquiriendo la colección de Comentarios que voy engarzando en esta columna, quiero dejar constancia de mi firme propósito de dar una nueva lectura a la novela, ilustrándome con el álbum de fotos.

Pero, yo no pretendía encauzar mi comentario de hoy hacia la época que tanta pasión levanta entre descendientes, incluso lejanos, de historias que el tiempo tenía selladas con el marchamo de “mercancía peligrosa”.

Era mi intención reflexionar, brevemente, sobre “la broma macabra” –como diría Sabina- que el destino gastó a la Guardia Civil, cuando el tricornio de decenas de miles de guardias se vio gobernado por uno de los más famosos delincuentes de finales del siglo XX. Su acharolado tocado no ha quedado empañado por el polvo de los caminos en persecución de delincuentes, sino que ha sido manchado y roto por haber cubierto la calva de la cabeza que maquinó un rosario de delitos, de los que todavía pende –tras el cumplimiento de la pena- la pesada cruz del botín de millones y millones de aquellas pesetas que los españoles no hemos podido cambiar por nuestra nueva moneda.

Cuando los alumnos del Cuerpo de la Benemérita, “los polillas”, sigan educándose en la Escuela de Guardas Jóvenes bajo la consigna de que el honor ha de ser la principal divisa… y debe conservarlo sin mancha, porque una vez perdido no se recobra jamás” les vendrá a la mente que el cumplimiento de los años de prisión no sirvieron para devolver el honor al tricornio que se perdió en las Tribunas del Congreso un 23 de febrero como tampoco al que ni siquiera pudo camuflarse entre las pagodas de Laos.

Luis Roldán: "Soy libre. He pagado por lo que yo he hecho" (19.03.2010)

(hacer clic abajo)



lunes, 1 de marzo de 2010

30 ANIVERSARIO DEL 28 DE FEBRERO DE 1980


He de reconocer que soy un despistado. Esta mañana salí a la calle, con una pequeña lista de encargos domésticos, dispuesto a iniciar la semana y el mes al propio tiempo, por así coincidir en el calendario, con un sentimiento de orden debido a tal concurrencia pero al cruzar la primera avenida me sentí muy sólo en la ciudad. Se oía el silencio de las calles vacías. Dos o tres personas caminaban despacio y las puertas de los comercios estaban cerradas. Extrañado, miré el reloj y, al advertir que no estaba equivocado en cuanto a la hora, reparé en que hoy era un día festivo, de carácter laboral, en recuperación del de ayer en el que sumó al domingo una festividad civil. ¡Es verdad!. Ayer se cumplieron 30 años desde el 28 de febrero de 1980. Se celebró, en esta Comunidad, “El día de Andalucía”.

Educado en el nacionalcatolicismo español, recuerdo la misma sensación de aquellos días festivos que no eran religiosos, que no eran “fiestas de guardar”, como decíamos. La obligatoriedad religiosa de oir misa “todos los domingos y fiestas de guardar” no alcanzaba a estos días descanso y parecía como si les faltara algo. Esto es lo que he sentido en el día de hoy.

El derecho a cobrar sin trabajar durante un día a la semana me parece correcto. El hombre ha acordado que la naturaleza exige veinticuatro horas de descanso a la semana, para reponer energías. Incluso Dios nos dejó su ejemplo en el Génesis. Es uno de los casos en los que una obligación se convierte en un derecho. En un principio, fue una obligación, la de “santificar las fiestas” la que impedía trabajar. Volviendo a la Biblia, esta vez al Nuevo Testamento, recordemos cuando a Jesús se le increpa por “curar enfermos” en sábado. A lo largo de mi vida he visto ampliar el descanso laboral del domingo, pasando por la “semana inglesa” que incluía el sábado, hasta el viernes al mediodía, en que ha venido “dando de mano” el gremio de la construcción.

Sin embargo, el caso al que me vengo a referir extrema más su difícil justificación. Se trata de que cuando una fiesta coincide en el calendario con un festivo, el día siguiente hábil, también se reputa laboralmente festivo, como si una festividad hubiera impedido la celebración de la otra al mismo tiempo; porque aquí no se trata de recuperar energías sino de conmemorar, de congratularnos, de manifestar alegría y satisfacción entre las personas a quienes nos ha acaecido un suceso feliz, siguiendo el Diccionario de la RAE.

En terreno muy movedizo para los empresarios se hubo de librar esta batalla, para que los sindicatos se alzaran con la victoria. Y, en estos momentos de crisis económica galopante, no hace falta llamar a un comité de sabios, para reflexionar sobre estas situaciones.

Pero, dejemos a un lado este tema laboral en el que me he extendido, de forma accidental, cuando quería concentrar mi atención en el 30 cumpleaños del 28-F, fecha en la que venimos celebrando “El día de Andalucía”.

Se hacen preciso estudiar, con perspectiva histórica, los preceptos 151 y 143 de la Constitución, para comprender los dos caminos que se ofrecían, en 1980, para que una Región o conjunto de provincias españolas alcanzasen la autonomía por uno u otro. Al segundo de ellos se llamó “vía lenta” frente al primero que se aplicó a las regiones que tenían más prisa por salir del centralismo territorial de España, que con la división por provincias –siguiendo modelo napoleónico-, en 1833, impulsó el motrileño Javier de Burgos, Secretario de Estado de Fomento, bajo el ministerio de Cea Bermúdez, basado en la antigua división en reinos de España.

Hoy, gran parte de la población española, por razón de la edad, no puede conocer “la que se armó” en Andalucía, hace treinta años, sin estudiar este tema desde las aulas de la Universidad o repasando la prensa de la época. La energía que se derrochó por nuestros políticos andaluces defendiendo en qué tren había que montarse fue un ejemplo de consumo sostenible, años antes de que se acuñase el término, ya que satisficieron las necesidades de un quinquenio aproximado sin –en caso alguno- sacrificar la capacidad de las tres décadas siguientes, que han sido exuberantes, principalmente, en prosperidad política, para los defensores del 151.

La población andaluza tuvo la suerte de acudir a las urnas, en referéndum, en el mes de febrero y digo la suerte porque con la canícula que en meses veraniegos cae sobre tierras andaluzas, hubiera puesto a sudar, especialmente, a su nutrida población rural, cuando hubo de traducir la oscura redacción que, como pregunta hubimos de solucionar en plesbiscito, el 23 de febrero de 1980. Lean los jóvenes y recordemos los que entonces lo fuimos: “¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo ciento cincuenta y uno de la Constitución a efectos de la tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?”. “¡Ahí es ná…!” que diría el castizo.

Pues bien, lo cierto es que Andalucía, ganó el peaje del artículo 151, alcanzando la autonomía plena, de la que ahora gozan las diecisiete que conforman el mapa político territorial español, sin que, a efectos prácticos, merezca la pena detenerse en estudiar por cual de las dos vías accedieron.

Andalucía entró en el “paquete” de las históricas, legítimamente, después de un alambicado proceso, muy bien conducido por el primer ex ucedeo, Profesor Clavero, desde Sevilla, que fue el mejor abogado con que pudo contar el conocido “Clan de la tortilla” socialista, inmortalizado en la foto tomada en los Pinares de Oromana por Manuel del Valle Arévalo que la cobró con la Alcadía de Sevilla entre 1983 al 1991. Como decía fue el primer desertor de Suárez, quien cerró la excursión campera, sirviendo un humeante “café para todos”, incluso para los que no probaron la tortilla.

Todavía hoy se sigue analizando, al margen de los políticos, la validez histórica de la Comunidad de Andalucía. Nunca ha existido un reino de Andalucía. Tampoco una Comunidad que cohesionara sentimientos, lengua o cultura entre sus ocho provincias. Jaén es equidistante a Cádiz, Almería a Huelva, e incluso las más próximas geográficamente, Granada a Sevilla y Málaga a Córdoba. Ni el nombre Andalucía se corresponde con Al-Andalus que llevó sus fronteras hasta el norte de España. La bandera verde y blanca tomó sus colores, apresuradamente, en la Asamblea Regionalista de 1918, de las banderas de Omeyas (s.VIII) y Almohades (s.XII), a quienes expulsaron los antepasados de los andaluces de hoy. Es lógico tomar los colores de los vencedores, pero no el de los vencidos; lo contrario parece invitar a estos a una reconquista.

Y así lo dejo pues no pretendo hoy reproducir aspiraciones granadinas, y concretamente las de la Mancomunidad de Andalucía Oriental, inoportunas en estos momentos aunque no carentes de razones históricas, que todavía reclaman dos Andalucías.

Este es mi recuerdo de lo que viví y que hemos podido celebrar durante dos días seguidos, pero que cuando el calendario marque el día 28 como viernes podremos juntar hasta cuatro días para festejos

jueves, 25 de febrero de 2010

EL REY DEJÓ ABIERTO EL MELÓN



Tres folios, por una cara, a doble espacio, fuente arial y tamaño 12 fue el documento que pudo tener en sus manos Rodríguez Zapatero, durante los escasos minutos -su oración tenía un tiempo tasado- que duró su esperada intervención en el marco del Desayuno Nacional de la Oración, en Washington.

Respecto de mi anterior comentario, hoy me felicito de su contenido premonitorio, pues aunque no adivinara el pasaje bíblico que se le iba a dar al dictado, sí al menos identifiqué la metodología en la confección de su oración y sus ausencias para pisar de puntillas sobre el Libro.

A la fecha que hoy publico este comentario, la fotografía “Zapatero-Michelle-Obama” ha cumplido su misión, cubriendo un hueco destacado en los medios de comunicación. Autorizadas opiniones han sido, prácticamente, coincidentes en la faena que “mi querido amigo, el primer Ministro Zapatero”, en palabras de Obama, lució en el ruedo del comedor del Hilton, ante un aforo de más de 3500 espectadores.

Por todo ello, no me voy a referir a cuanto dijo, que sí hizo mérito para ganarse los aplausos en un mitin, servido con bocadillo, en la Plaza de las Ventas, y que en momentos de silencio, al salir “el quinto” de la Torá (el Deuteronomio) y hacer su presentación el “jornalero”, sin duda habría dado lugar a que alguna voz desde el tendido de sol pidiera “¡dales caña, jose luís!

Ni mucho menos pretendo ridiculizar la intervención del Presidente con la descontextualización del acto, que como enviado de la calle Ferraz hubiera merecido aplausos pero que con avión procedente de “Bruselas-Madrid” desconcertó a un público que no conocía al Presidente Zapatero más allá del programa de mano que figuraba en las mesas, a modo de menú, al lado de la tarrina de mantequilla, y las palabras de presentación de la Senadora demócrata por Minnessota, Amy Klobouchar, en este 58 aniversario de “Los Desayunos”.

Me figuro que cuando soltó los papeles que le acompañaron durante su intervención, íntimamente, sentiría en su interior esa confusión y hormigueo que sube por nuestro cuerpo al descargar sobre el suelo un pesado bulto que hemos estado aguantando sobre los hombros durante un tiempo. Por ello cierro este tema, uniéndome al sentimiento de sus allegados y colaboradores, que para sí habrán dicho “de ésta, hemos salido” y, que de vuelta al suelo madrileño, habrán pisado fuerte el asfalto con el pensamiento de que “como en la casa de uno… en ningún sitio”.

Durante este mes, otro tema –esencialmente político- está ocupando la atención de quienes nos preocupamos del acontecer de nuestro país, más allá de comentar el “febrerillo loco” que encharca nuestras calles, no sé, si por contradecir a los defensores del cambio climático o porque las nubes están teniendo el capricho de soltar agua a espuertas.

Me refiero al melón que ha dejado abierto el Rey como “árbitro y moderador en el funcionamiento regular de las instituciones”, ante la grave crisis económica de nuestro país. El ciudadano Juan Carlos, como diría más de un republicano de corazón que en estos momentos deja para la “Política” de Aristóteles la teoría clásica de las formas de gobierno, solamente ha barajado las cartas y ha dejado la maza encima de la mesa. Los asistentes a esta partida son otros. No ha necesitado del, cuando menos, áspero consejo del secretario general de CCOO, reclamando que "El Rey no tiene porque bajar a la arena, ni se le llama ni se le espera”. La freseología política de estos días, a mi juicio, ha sido enriquecida por Durán i Lleida, portavoz parlamentario del CiU, al comprometerse a participar en un gran pacto de Estado contra la crisis, liderado por Zapatero, porque "No es momento de gobernar con la mayoría más uno".

Recojo de la papelera un borrador que estaba escribiendo sobre esta cuestión cuando leo opiniones políticas, que reavivan conclusiones a las yo estaba llegando, siguiendo el iter de los acontecimientos, y que abandoné porque me estaban conduciendo a la frivolidad de Esperanza Aguirre reclamando para el PP las Carteras de Economía y Trabajo o a la simple propuesta sobre un hipotético gobierno de concentración reclamado por Sanz (el de La Rioja, no confundir con el de Navarra).

Porque yo analizaba la situación pensando para mis adentros que cuando el Rey ha tomado la iniciativa de “aconsejar” un Pacto de Estado es porque quiere acercar a Gobierno y Oposición, en las medidas gubernativas que deberán ser aprobadas por la soberanía popular, con amplio consenso; con el necesario para dictar leyes, precisamente, impopulares, que –puestas en vigencia- no puedan servir, posteriormente, para mermar el valor de la acción de gobierno ni, tampoco en correspondencia, para primar electoralmente a la Oposición. Se trataría de apartar del gobierno de la nación la porción más importante de medidas con las que los ciudadanos pueden valorar la opción política de sus dirigentes, determinando adhesiones o desafectos electorales

De otra parte, como el paquete de medidas que España necesita afecta muy directamente al desarrollo de la vida laboral y a la producción nacionales, también se precisa de un Pacto paralelo entre los agentes sociales y económicos. Una conciliación de intereses entre el trabajo y el capital. Para ello, roto cualquier atisbo de brote marxista, Trabajo y capital, Capital y trabajo, deberían caminar de la mano, en la confianza de que ni el uno ni el otro van a sentirse traicionados por las medidas que afecten al binomio salario/producción. Habría que fijar unos límites mínimos de salario a los que corresponderían otros, también, de productividad. Y, para dar confianza al empleador, en una nueva andadura de creación de empleo, habría que paliar el miedo a las consecuencias económicas del despido, en el caso de que su intento emprendedor resultara fallido.

Hasta ahí, “la intervención” y, para mejorar estas condiciones, se dejaría jugar al “libre mercado”, en el que –cubiertas las necesidades vitales del trabajador y el rendimiento que permita al capital no quedar atomizado, inservible- quedarían anuladas las apelaciones a la justicia social y cualquier remordimiento por falta de interpretación escrupulosa del pasaje del Deuteronomio al que aludía nuestro Presidente en el Desayuno de la Oración de Washington. Con este juego limpio, por ser consensuado, pero salvaje, al no tener suficientemente embridado el caballo del mercader, se impulsaría el progreso de la Nación.

Un tratamiento especial se aconsejaría pactar, para el mayor empleador del país. La Administración pública, nacional, autonómica, provincial y local, y cuantas empresas imbricadas en aquéllas, al participar de capital público.

Llegados a este punto, me seguía preguntando, sin atreverme a responder, ¿qué va a quedar fuera de ese Pacto, para evaluar la diversidad política? Yo creo que muy poco.

Y, a modo de caricatura, me representaba un Gobierno configurado por un Macroministerio de condiciones políticas similares a las naturales del agua, “incolora, inodora e insípida”, desde el que se tomarían medidas sin firma ni domicilio. Al modo de los viejos legionarios no cabrían preguntas sobre su pasado anterior. Nadie sabría si venían de la calle Ferraz o de la calle Génova.

La doctrina política se recluiría en los dos grandes Monasterios madrileños, regidos por sus Abades naturales, Guerra y Aznar, desde sus atalayas “Ideas” y “Faes”, y en tres pequeñas Ermitas, entre el cabo de Creus y el de Finisterre. Allí podrían reeditarse la “Utopía” de Tomás Moro, “El mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell y organizar seminarios, naturalmente, sociales.

Pero llegado a este punto, como a nuestro manchego, me “asaltó un pensamiento terrible” y es que para tamaña empresa me vino a la memoria que alguien precisaba ser “armado caballero”. Y aquí, ya mis devaneos fueron vencidos por el sano juicio porque todavía no se me había secado el “celebro”, hice retroceder a Rocinante desde su camino “por el antiguo y conocido campo de Montiel” y aparté de mi mente libros de caballerías.

Así sucedió y, nada más fue, lo que me llevó a romper los papeles que hoy acabo de recoger desde la papelera.