
Por estos días, pero de esto hace setenta años, yo tenía que ser uno de los seres más felices de la humanidad de ser ciertas las afirmaciones que atribuyen dicha beatitud al estado del feto cuando chapotea en la pequeña piscina amniótica por la que pasamos todos los mortales antes de llamar a la puerta de este Valle de lágrimas.
Pese a quien le pese, yo ya tenía superadas las pruebas del primer título, el más importante de cuantos, en años sucesivos, fuera validando. Dios me había acreditado la nobleza de “ser humano”. Yo era feliz luciendo tal condición y esperaba impaciente que transcurrieran las últimas cuatro semanas para que se me presentara al resto de la Creación.
Sin embargo, en esa mi primera formación no había recibido lección alguna que me pudiera ilustrar para comprender la maldad que se puede anidar en el ser humano. Fue necesario que la virginidad de la inocencia se rompiera para comprender los crímenes que en esos momentos asolaban la Europa, que iba a ser mi tierra natal.
Hoy (jueves, 11 de abril) leo en la prensa que el primer ministro Vladimir Putin, acompañado de su homólogo polaco Donald Tusk, se han encontrado en los Bosques de Katyn para rendir homenaje a los 22.000 militares polacos que fueron asesinados por la policía secreta de Stalin, el NKVD (precursora del KGB) hace, precisamente, setenta años.
Son varias las reflexiones sobre las que me quiero extender, con motivo de esta noticia que pese a su repugnancia sólo es una anécdota, una página del grueso tomo de nuestra reciente historia europea.
Estos días se está celebrando el 70 aniversario de la firma del Pacto de no agresión “Mólotov-Ribbentrop”, que dio a Hitler la posibilidad de atacar Polonia por el oeste, teniendo cubierto el éste por las tropas soviéticas. Esta estrategia “Hitler-Stalin” cogió por sorpresa al resto de potencias europeas que vieron cómo se les precipitaba encima la segunda contienda del siglo. Un protocolo secreto al Pacto repartía las esferas de influencia en Europa del Este y establecía las bases de la Guerra Fría. Hasta 1989, la URSS no reconoció su existencia. Y, pese a que Gorbachov, en 1990, tras la caída de la URSS, reconoció la responsabilidad estaliniana de los crímenes de los Bosques de Katyn, hasta el día de ayer no se había producido una declaración expresa como la de Putin, en el lugar de la masacre. La historia fue escrita por la vencedora Unión Soviética y le fue fácil, durante décadas, cargar en las pistolas de la vencida Alemania las veintidós mil balas que dejaron un agujero de entrada con otro de salida en las cabezas de una selecta oficialidad polaca que reposó hasta 1941 en las fosas comunes que selló Stalin.
«Durante décadas se intentó ocultar con cínicas mentiras la verdad sobre la matanza de Katyn, pero igualmente falso sería echarle toda la culpa de esto al pueblo ruso», afirmó Putin. Según sus palabras, «estos crímenes no tienen justificación alguna. En nuestro país ya dimos una clara valoración política, jurídica y moral de las maldades cometidas por el régimen totalitario y no la modificaremos».
Esa mano tendida, pese a su arrogancia, fue estrechada cortésmente por el polaco quien, sin urdir una humillación moral, matizó que “Los ojos de los que fueron asesinados aquí por un disparo en la cabeza nos miran hoy y esperan ver si estamos preparados para la transformar la mentira en reconciliación”
Retomando el discurso del Presidente español, Rodríguez Zapatero, del pasado noviembre, con motivo de la Cumbre Hispano-Polaca que estableció un parangón entre las fechas del 22 de noviembre de 1975, fallecimiento del General Franco, con el 9 de noviembre de 1989, caída del muro de Berlín, para unir los destinos hispano-polacos y sus resurgimientos “pacíficos”, viene a colación valorar dos modos distintos de entender la Historia y la reconciliación.
Vladimir Putin, en este acto solemne, bendecido por la jerarquía religiosa polaca y solemnizado con la presencia del ex presidente y ex líder del sindicato Solidaridad, Lech Walesa, declaró “que no podemos cambiar la historia”. El primer ministro polaco obvió a Stalin y abogó por la reconciliación.
En España ante actos análogos se llama a la solemnidad cívica desde altares nihilistas, se reabren algunas fosas y se pretende destruir una parte de nuestro inmediato pasado, para tratar de escribir una historia, por el procedimiento informático “cut/paste” (cortar/pegar), apeteciendo borrar una reconciliación, pasada por el Congreso y refrendada por el pueblo hace más de treinta años.
En el acto del pasado miércoles, también destacó la presencia de Andrzej Wajda, hijo de un oficial de caballería polaco que fue asesinado a comienzos de la Segunda Guerra Mundial en la Masacre de Katyn. Es el director de cine y autor de la película “Katyn” (2007).
La presencia del Director y el hecho de que esta cinta haya sido emitida por el canal de televisión rusa Kultura, el pasado Viernes Santo, tras años de proyecciones restringidas, ha llamado mi curiosidad, y estoy escribiendo este artículo después de verla. La película ofrece una visión del refinamiento estalinista, con rigor histórico –ahora reconocido- frente al análisis del comportamiento nazi antisemita, que es el recurrente en nuestras filmotecas. Termina con una recreación de la masacre de Katyn, de una dureza comparable a otros episodios españoles de la misma autoría y factura y que, por ello, han sido unidos por algún historiador como Cesar Vidal en “Paracuellos-Katyn, sin ensayo Sobre el Genocidio de la izquierda”. Libros Libres, Madrid. 2004, libro sobre el que no puedo extender mi comentario por conocer, solamente, su elocuente título.
Cuando estaba haciendo las últimas correcciones de este comentario, antes de enviarlo a la red, escucho por radio una noticia que me deja consternado. Al filo de las 11 de la mañana (9:00 en España) de hoy, sábado, en el mismo sitio al que me he venido refiriendo más arriba, en un bosque de Katyn (Rusia), se ha estrellado un avión Tupolev-154, de fabricación rusa, en el que viajaban, desde Varsovia, el Presidente polaco, Lech Kaczynski, acompañado de su esposa, Maria Kaczynska, y un séquito compuesto por colaboradores, miembros del Gobierno, la cúpula militar polaca, el jefe del Estado Mayor y los comandantes en jefes de los Ejércitos de Tierra, Mar, Aire y Fuerzas Especiales así como prelados de la Iglesia Católica polaca, sin que haya habido superviviente alguno.
Descartado cualquier móvil terrorista, que puede ser dejado a la pluma de algún “novelista conspiranoico”, el accidente se atribuye a circunstancias metereológicas y a la desatención que el piloto hizo del dictado de las torres de control que le propusieron desviar el vuelo a Moscú o a Minsk, la capital de Bielorrusia.
Curiosamente, Kazinski ha muerto por cabezonería y por su tendencia nacionalista –según adelanta algún periodista- ya que se negó a participar el pasado miércoles en el acto conmemorativo de Katyn porque asistían a él dos de sus adversarios políticos: el primer ministro polaco, Donald Tusk, y el ruso, Vladimir Putin, prefiriendo organizar otro acto paralelo que el destino le ha negado para siempre.
Al presidente polaco, como representante de toda la comitiva del avión siniestrado, le brindo a modo de epitafio el pensamiento atribuido a Séneca: “Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérala, pues, en todo lugar”.