viernes, 10 de abril de 2009

EFEMÉRIDES DE LA SEMANA SANTA EN PAMPLONA 1 de 2

Primera parte

(invierto las horas de entrada en el Blog,  para su lectura ordenada)

En estos días de Semana Santa que, dentro de nuestra tradición cristiana, invitan al recogimiento y a la meditación, por conmemorar la muerte y resurrección de Jesús,  no puedo ceder a la tentación de abandonarme al recuerdo de aquellos años de la niñez, e incluso juventud, en los que en España se vivían estas fechas de un modo muy diferente a como las disfrutan en la actualidad, principalmente, nuestros menores. De otra parte, mis recuerdos van al norte de España desde el Sur de la Península y los leo, hoy, con lentes de aproximación de medio siglo de grosor. 

El régimen franquista asentaba sus bases políticas sobre un mullido colchón religioso, en el que las formas valían tanto como el fondo. Yo diría que incluso lo esencial quedaba muy por debajo de aquéllas. La liturgia religiosa de estos días también trascendía al costumbrismo civil. 

Las vacaciones escolares se extendían durante más de una semana pues comenzaban el Domingo de Ramos, conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén y las clases se reanudaban pasado el segundo día de Pascua, la pascua florida, como la llamábamos. 

Como esta fiesta la lleva el calendario a distintas fechas cada año, nos enseñaron una regla nemotécnica que me ha servido desde entonces, cuando ya aprendí  la sucesión de las fases lunares y de los cambios estacionales: “el primer domingo después de la luna llena primera, tras el equinoccio de primavera”. Ello da razón a que muchas representaciones de la Semana Santa sevillana nos ofrezcan la silueta de la Giralda observada por la luna llena al paso de la Virgen. Siguiendo la regla anterior, la luna siempre alcanzará su cenit, en alguna de las noches de la semana. 

El primer día de vacación, muy especialmente los niños, dábamos fiel cumplimiento a nuestro refranero por aquello de que “el que no estrena el domingo de ramos, se queda sin manos”. Era la fecha en la que nuestras madres arrinconaban entre bolas de alcanfor las ropas de invierno y sacaban a la luz nuestro vestuario menos pesado; no era el momento de la manga corta, pero sí el del abandono de abrigos y mantas de lana. 

Siguiendo el ritual de esta Semana, la iniciábamos con la misa del domingo, en la que, al igual que hoy día, se bendecían palmas y olivos. Entonces, aquella misa tenía una novedad para nosotros. La lectura del Evangelio se prolongaba por más de quince minutos al narrarse el pasaje completo de la pasión del Señor y, a cambio, para satisfacción de nuestra impaciencia, no había homilía. Las palmas, desde nuestra estatura, las veíamos muy largas. Eran las que portaban nuestros mayores sujetándolas a modo de vara de mando, mientras nosotros rivalizábamos entre sí compitiendo por aquel al que le habían comprado la mejor trenzada. Después de pasearlas por la ciudad, como lo hicieran los judíos en la jornada que rememoramos,  tras haber recibido el agua bendita procedente de esos utensilios tan curiosos como son los hisopos, eran colgadas en los balcones de nuestras casas. Entonces abundaban más los balcones que las ventanas, y las palmas –y también los, más modestos, olivos- quedaban adornando las fachadas de las calles,  hasta que el calor los marchitaba y se iban retirando conforme el rigor del verano ponía mustia esta ornamentación popular. 

En la calles y plazas abundaban los puestos de venta ambulante, en donde junto a diferentes golosinas se nos ofrecían las carracas o matracas, con las que martirizábamos las conversaciones de nuestros mayores; tal era el ruido desagradable que se producía al sujetarlas por el mango y hacerlas girar (de ahí, “dar la matraca”). Este instrumento de percusión tuvo intervenciones nobles, así en “El Niño y los Sortilegios” de Ravel, sobre libreto de Colette, pero en estas festividades se utilizaba en las iglesias para simular un terremoto en los Oficios de Tinieblas, imitando las convulsiones y trastornos que sobrevinieron a la naturaleza en el trance de la muerte de Jesús. 

Durante la semana, las radios sólo transmitían música sacra y clásica. Era el primer encuentro de la niñez con la música de concierto y así comenzamos a pronunciar nombres como Bach o Beethoven. El primero nos hacía sentir la majestuosidad de las catedrales que es donde situábamos los órganos y el segundo, tal vez, nos produjo la primera sensación de estremecimiento musical, con su Quinta sinfonía, muy acorde con los últimos momentos del Calvario. Los cines cerraban las salas, salvo para seleccionadas proyecciones de películas relacionadas con la historia bíblica; entre ellas ningún año faltaron “La túnica sagrada” (1953), primera película filmada en cinemascope, “Los diez mandamientos” (1956), con Charlton Heston escogido por el director De Mille por su gran parecido con la escultura de Moisés que esculpió Miguel Ángel y “Benhur” (1959), también con Charlton Heston, cuyos 11 Oscars le dieron el record de estatuillas hasta que “Titanic” (1997) consiguiera ponerse a su nivel. 


EFEMÉRIDES DE LA SEMANA SANTA EN PAMPLONA 2 de 2

(Continuación)

La práctica del ejercicio piadoso del Vía Crucis o “recorrer las estaciones” (este nombre ha trascendido a la costumbre social de detenernos en cada uno de  los bares en una zona de ocio de la ciudad, consumiendo rondas sucesivas) es también otra costumbre religiosa que ha quedado para los conventos y para los fieles muy comprometidos con la liturgia, pese a tener otorgada la concesión de indulgencia plenaria, siempre que se haya comulgado el mismo día. Muchos jóvenes de hoy, que entren en las iglesias, ni siquiera toman en consideración la razón de las catorce cruces o pequeños cuadros que rodean sus paredes de forma ordenada. Y ello porque no conocen la costumbre de participar, como antaño lo hacíamos en colegios e iglesias, principalmente en estas fechas, en el recorrido pausado de las catorce estaciones en las que se divide el recuerdo de que “Jesús quiso ser condenado a muerte por mi amor”  hasta que “Jesús fue enterrado primero en el sepulcro y ahora en el Tabernáculo” y siempre acompañado de la Virgen, recorriendo todas las vejaciones que se narran en la Pasión. 

Estas fechas también contribuyeron a la divulgación de una gastronomía específica. Recuerdo que mi madre era especialista en cuidar estos detalles, muy valorados por toda la familia lo que la hacía ser muy exigente en su confección. Sus especialidades eran, en esta ocasión, las torrijas y las magdalenas, cuando todavía no estaba industrializada esta artesanía. Yo era el encargado de proporcionarle “papel de barba” que cuidadosamente le recortaba con unas tijeras, siguiendo unos dibujos que venían en una revista. Mi abuelo y mi padre hacían unos moldes cuadrados o rectangulares, con gran conocimiento de una técnica de dobleces de papel en la que yo no llegué más allá del sombrero simple, el barco de vela y la clásica pajarita, pero que ellos extendían a muchas más figuras. Años después aprendí que ese arte, que yo llamaba, “de hacer pajaritas de papel” tenía nombre propio, la cocotología que comprende todas las artes de la papiroflexia. Fue cuando, precozmente, fui adquiriendo las obras completas de Unamuno y me encontré con una referencia a la “cocotología”, como apéndice a su novela “Amor y pedagogía”, que no venía en mi libro de literatura de bachiller –tal vez por censura de la ambivalencia de la palabra francesa “cocotte”. 

A partir del Jueves y hasta el domingo, en señal de respeto, como en otras festividades civiles se hacía, se engalanaban los balcones y ventanas con “las colgaduras”, consistentes en paños alargados de la bandera rojigualda, que así llamábamos a la bandera nacional de España. (gualda es la hierba de la que se obtiene el tinte amarillo del mismo nombre; el color de nuestra bandera constitucional se denomina “amarillo gualda bandera”, por Real Decreto 441/1981, de 27 de febrero). También, por respeto a estas fechas, enmudecían las campanas de las iglesias, incluso las campanillas que agitábamos los monaguillos, sustituyéndolas por las palmetas. Del mismo modo, las canciones en público, en estos días, se consideraban como provocación a la devoción de los creyentes, llegando a ser censuradas por las personas más estrictas. 

La Función de las Siete Palabras, constituía un momento de gran emoción, que se acrecentaba ante el fervor y dramatismo que el predicador confería a su prédica, cuya voz era ahuecada y nos llegaba con la resonancia que los grandes monumentos imprimen a los actos solemnes. Ante la dificultad de “coger sitio” en la Catedral, y después de “haber hecho los monumentos”, en familia, (visita a siete Sagrarios, en el único día en que no se celebra misa) podíamos escuchar el sermón a través de “EAJ-6, Radio-Requeté-de-Navarra-Pamplona”, única emisora local en aquellas fechas, que dirigía, regentaba y presentaba el entrañable “Tío Ramón” que es como, una población que, por entonces, rondaría sobre los cien mil habitantes, conocíamos, por sus animados programas infantiles, a D. Ramón Urrizalqui Soravilla. 

También recuerdo de aquellos años, en estas fechas religiosas, la Procesión del Santo Entierro; y también aquí puedo señalar una peculiaridad respecto del resto de lugares que he recorrido en mi vida. En la ciudad de mi niñez, dejando a un lado una anterior silenciosa y enlutada que bajaba la calle de Tejería, y la del “Regreso”, solamente se celebraba una procesión en la Semana, el Viernes Santo, y en ella se siguen incluyendo más de diez tronos representativos de la historia de la Pasión, desde la entrada en Jerusalén hasta el Santo Sepulcro, cerrando con la Soledad. A los nazarenos y penitentes se les llama "mozorros", término procedente del vascuence que se relaciona con las máscaras de Carnaval y a las mujeres que vestidas de mantilla y con el rosario en la mano, acompañaban a la Virgen como las santas mujeres del Evangelio, les llamábamos "manolas", "iban vestidas de manola", decíamos. Posteriormente, yo, esta expresión la he conocido referida a la moza castiza del pueblo de Madrid, a la chulapona que iba ataviada con su mantilla al Prado de San Isidro con motivo de la Feria. En Andalucía, que da origen a la vestimenta de referencia, se dice "vestirse de mantilla", a secas.

Finalmente, y como broche de la Semana Santa, me viene a la mente en un muy lejano recuerdo, unas vueltas ciclistas tras moto, que se celebraron algunos años, el lunes o martes de Pascua, y que presencié, como despedida de las vacaciones escolares, desde un balcón de la Plaza del Castillo, por encima de la Librería Editorial Gómez, por donde, también, tuvo su sede el Círculo Carlista, en los primeros años de la posguerra.