
Por cortesía, le tendí la mano y me interesé por la razón de su presencia en el lugar, que no obedecía a problemas de la gravedad como los que a mí me habían llevado a solicitar este servicio. Por ello, y para no abrir su curiosidad más allá de su pregunta, contesté con un “Pues ya ves…”. Una forma ambigua de no desairar la pregunta pero también sugerente de no mostrar interés en proseguir la conversación.
Sin embargo, por mi cuenta, ocupé el tiempo de espera en reflexionar sobre “¿qué es lo que se está formando con el Juez Garzón?”.
Es cierto que la figura de este personaje está generando algo en el ambiente, que se ha introducido en nuestras casas a través de los medios de comunicación, en las conversaciones sencillas y, últimamente, hasta en las Universidades.
Pero ese “algo”, ese “virus”, no creo que lo haya creado el Juez. Hubo otros momentos, en los que, tal vez, tuviera mayor sed de protagonismo. Aquéllos en los que se abrigaba con ese chaquetón marrón, a medio abrochar, que todos conocemos, y subía y bajaba por las escaleras de la Audiencia Nacional, seguido por los guardias de seguridad, como si estuviera buscando unos papeles que nunca encontraba, mientras los presentadores de televisión nos narraban cada uno de los procedimientos en los que intervenía.
Encerrar en unas líneas la vida de este Juez es tarea difícil pues, desde el 26 de octubre de 1955 en que abrió sus ojos al pequeño pueblo jienense de Torres hasta la fecha, han transcurrido 55 años de una frenética actividad. Nadie puede acusarle de haber despreciado el tiempo. Al contrario, en ocasiones parece imposible que, sin un gran tesón y una potente infraestructura a su servicio, haya sido capaz de moverse, por obligación o por afición, en campos tan diferentes como han podido ser sus instrucciones judiciales, investigaciones históricas, pinitos literarios, dictados de conferencias, asistencias a foros internacionales, más dictados de conferencias magistrales como Doctor Honoris Causa, participación en campañas e intrigas políticas, asistencias y desasistencias al Parlamento español, etc. etc. y, recientemente, haberse puesto a estudiar tres querellas, por asuntos en los que, por primera vez, es a él a quien se le piden cuentas.
Todo lo anterior lo ha compatibilizado con su obligada asistencia como funcionario de carrera -togado- de la Administración española, en horario regular, la que, a fin de mes, ha servido para colmar el puchero diario de la familia. Pero este ambicioso funcionario no sólo ha necesitado tener abastecida su surtida despensa doméstica sino que también ha querido saltar de su labriega casa de Torres a mansiones y residencias de las más prósperas y lujosas ciudades del mundo. De ahí que el “seguro para toda la vida”, pero limitado estipendio funcionarial no le pareciera suficiente, y se haya visto abocado a furtivas escapadas, cambiando su abrigo marrón por la capa de Superman para volar hacia espacios, en los que la actividad productiva se remunera, no en atención a “precio-la-hora” sino por “precio-según-servicio”.
Así, nuestro personaje se está viendo obligado a tirar de una abultada cartera económica, que administra en forma prudente y discreta y de una carreta de fama y popularidad que rebosa allí por donde pasa.
No tengo motivo para dudar de que ambos pesos hayan sido incorporados desde una escrupulosa conciencia, ésa que le ha debido iluminar en sus actuaciones cuando ha tenido la obligación de instruir, juzgar, absolver y también destrozar la vida, el honor y la hacienda ajenos.
Se puede resumir su trayectoria definiéndola como la de un ser ambicioso y que, como tal, no siempre ha alcanzado sus aspiraciones. “El Nobel de la Paz” en Suecia y “la Cartera de Justicia” en Madrid, han sido –hasta ahora, y entre otras- dos de sus públicas frustraciones. Como decía, su ambición ha venido acompañada de la insatisfacción.
Y éste es el perfil del personaje. Ni menos, pero tampoco, ni mucho más: un juez mediático, que ha disfrutado saltando de una a otra televisión y acudiendo a las redacciones informativas, en donde se ha sentido cómodo, dictando clases de derecho procesal y penal, salpicadas de auténticas novelas de “policías y ladrones”, “drogas”, “terrorismo”, “intriga política”, “aventuras” y hasta “recreación de historias oídas a sus mayores al calor de alguna hoguera en las fiestas del pueblo”… Su mayor audacia ha consistido en meter sus puñetas en la justicia internacional, interpretando el papel de un “justiciero” trasatlántico, pero con toga, pese a que ese tema no estuvo incluido en el programa de sus Oposiciones a la Judicatura.
Desde el análisis de la persona, que me ha permitido el tiempo de espera de la consulta médica, con la que iniciaba este comentario, se me ocurre proseguir en la indagación del “fenómeno Garzón”, por el que se me preguntaba.
Entiendo que hay que distinguir entre “el fenómeno” y “el problema”. El problema de Garzón pertenece al aula de Derecho y sobre el mismo muy pocos se han pronunciado. Su estudio es rigurosamente académico y corresponde al Tribunal. No tengo interés alguno en aventurar cuál va ser el veredicto. Me es indiferente, pues de estar interesado en ello, esa curiosidad intelectual igualmente me llevaría a reflexionar sobre miles y miles de procedimientos en los que determinadas conductas humanas se concretan en unos Hechos probados que confrontados con las Normas aplicables derivan en Sentencias, cumpliendo así la lógica del silogismo jurídico. Este ejercicio filosófico de meditación no tiene atractivo político ni social suficiente como para salir fuera de las páginas de los tomos de Jurisprudencia del viejo Aranzadi.
Por eso, “el fenómeno” es el que puede interesar a la literatura periodística, a la curiosidad de la calle. Y, a propósito del mismo, yo me pregunto. ¿Por qué confundir tres problemas jurídicos que alcanzan a un ciudadano con una convulsión político social, ya añeja y cuyas ubres han sido sobradamente ordeñadas, en varios momentos de nuestra historia? ¿Por qué toca ahora remover estas fichas del parchís, si ambos jugadores ya las tenían “comidas” recíprocamente y tenían cobrados el premio de sus avances en el tablero? ¿Es que desde que la televisión nos dio a conocer la moviola no hemos aprendido de sus peligros? O, ¿es que existen causas ocultas desconocidas, incluso, por quienes se mueven en las calles o se concentran ante edificios emblemáticos? ¿Qué se esconde en el toque de trompeta llamando a filas el recuerdo de nuestros antepasados?
Durante el régimen franquista, cuando nos encontrábamos ante incógnitas sin solución se despejaban éstas acudiendo al judaísmo masónico. En época de la Guerra fría, los más entendidos, nos mantenían en la intriga atribuyendo estos interrogantes a “cosas de la CIA o de la KGB”, según conocieran más Occidente o el Este. Hoy, también estos procedimientos están anclados en la historia. Dejemos “a los de ciencias” para resolver ecuaciones matemáticas que despejen “la x”
Como adelanté más arriba, no creo que este acontecimiento esté alimentado por el interesado. Quizás, en un primer momento, le resultara adulador el verificar que su nombre concitara adhesiones entusiastas. Pero dicha satisfacción se ha tenido que ir desvaneciendo al comprobar que todo el caudal viene de una misma vena. Que el flujo no es natural y, al ser inducido, revienta el cauce, haciéndolo incontrolado. Las aguas que en origen pudieron ser limpias al salir de la cuenca se mezclan con el barro y enfangan la ribera. Los propios letrados de su defensa han pedido mesura y advertido del flaco favor que le puede reportar a su patrocinado la apertura de estas vías artificiales.
Para mí, sí es importante recapacitar sobre los males que pueden traer la apertura de fosas a las Instituciones democráticas. Una vez inhumadas éstas, abren sitio a ciudadanos honrados que son sepultados en ellas por el sólo delito de “ser odiados”… El recuerdo del tiro en la nuca no nos gusta a la familia española que lo sufrimos desde rincones opuestos. Sus odios ya fueron redimidos por una juventud generosa que se engrandeció con actos de recíproco perdón. Hoy está incorporada a la dirección de la vida política una generación nueva. No la contaminemos.
Se precisa una llamada para limpiar las plazas y lugares públicos, para que los niños de hoy, correteen alegres tras las palomas sin tener que ensuciarse ni manchar sus vestidos que alegran sus correrías, precisamente, por el diferente color de los mismos. Se hace necesario que los bancos no manchen la ropa, de pana o de alpaca, de nuestros mayores que descansan sus recuerdos en paz, después de tan difícil camino, mientras detienen su mirada en las esquelas de hoy que son las que les señalan el sendero final que habrán de pisar juntos sean cuales fueren los atajos que antaño tomaran.
