martes, 23 de marzo de 2010

UNA BROMA MACABRA

En el Plan de Estudios del Bachiller, vigente a mis trece años, -allá por 1953- ya estaba previsto que a esa edad tendríamos conocimiento de la existencia histórica deFernando, cuya época era conocida como el Reinado de los Reyes Católicos; y, entre los cuatro o cinco acontecimientos que sucintamente hubimos de memorizar, junto al descubrimiento de América –como más destacado- figuraba, con rango menor, la “Creación de la Santa Hermandad”. De ella sólo se nos explicaba, en aquel momento, que fue una policía que se dedicaba a proteger las veredas y caminos rurales de los bandidos que, según parece, abundaban por los campos de Castilla.

La lectura del Quijote ya nos advierte sobre esta Institución, que se data en 1476, cuando “la candidez” de Sancho le hace decir: “sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo”.

Esta milicia, de la que nos ha quedado el recuerdo de su uniforme con sus mangas verdes y de la morosidad en sus intervenciones que dio lugar al dicho “a buenas horas…” sobrevivió hasta 1835, fecha en la que se decretó su extinción, aunque en la década siguiente el Duque de Ahumada creara el actual Cuerpo de Guardia Civiles que asumió parte de sus funciones.

Este Cuerpo coexistió con el de Carabineros de España, creado en 1829, que tenía presencia en las fronteras terrestres, provincias marítimas y en Madrid, teniendo a su cuidado la vigilancia de las costas y fronteras, y la represión del fraude y contrabando. Su lema era “Moralidad, Lealtad, Valor y Disciplina”.

Sus mandos se nutrían de la Oficialidad del Ejército de Tierra, al menos. Este dato lo tengo acreditado por haber oído a mi padre que, siendo Teniente, tenía pendiente el traslado a este Cuerpo, lo que no ocurrió al romper todas las previsiones el estallido de la Guerra Civil, que le sobrevino de improviso como a tantos otros jóvenes militares de la época.

En aquel momento, la obligación del militar, con independencia de toda ideología, era –conforme a las Ordenanzas- ponerse al servicio del Comandante Militar de la Plaza en la que se encontrara, caso de hallarse fuera de su acuartelamiento. Esa fue la situación del autor de mis días, hace setenta y cuatro años. Él se encontraba disfrutando de las fiestas de San Fermín, en Pamplona, reunido con su familia y amigos, cuando hubo de cuadrarse ante el General Mola para ponerse a sus órdenes.

Escrutando sobre el pasado y desde allí jugando a los futuribles, puedo aventurar que la memoria histórica de mi familia hubiera sido otra de haber vestido el uniforme del Cuerpo de Carabineros antes de la Contienda, pues la mayoría de sus Jefes llevaron a sus fuerzas al lado de los que perdieron la Guerra, en términos militares.

Aquellos días los conozco como si los hubiera vivido, no tanto por relato familiar sino por la amena pluma de Rafael García Serrano, coetáneo y paisano de mi padre, en su novela “Plaza del Castillo”.

La novela me ha permitido recrear, con gran realismo, lo que pudo ser el día a día de aquellas fechas en la vida de mi padre, un hombre mucho más joven del que me ha quedado en el recuerdo y con el que años después crecí en la calle Estafeta. Por su, entonces adoquinada calle, corrí el encierro, y desde la acera contraria le saludé, agitando el periódico hacia el balcón, como también él lo hiciera en aquellas fechas hacia el mismo tercer piso del número 81, mirando a mi abuelo. Sólo ahora, cuando los años dan distancia y color sepia a los recuerdos, me está conmoviendo la emoción que él tuvo que vivir aquellas mañanas del año 57, con mi saludo.

También con la novela me he podido figurar sus aventuras juveniles por los rincones de la calle Espoz y Mina, a los que salía la puerta de su casa, así como por las tabernas y lugares próximos, que hoy se conservan como entonces, “el Choco” (“Txoko”, ahora), “el Iruña”, “los soportales”…

En fin, desde el valor de bitácora que está adquiriendo la colección de Comentarios que voy engarzando en esta columna, quiero dejar constancia de mi firme propósito de dar una nueva lectura a la novela, ilustrándome con el álbum de fotos.

Pero, yo no pretendía encauzar mi comentario de hoy hacia la época que tanta pasión levanta entre descendientes, incluso lejanos, de historias que el tiempo tenía selladas con el marchamo de “mercancía peligrosa”.

Era mi intención reflexionar, brevemente, sobre “la broma macabra” –como diría Sabina- que el destino gastó a la Guardia Civil, cuando el tricornio de decenas de miles de guardias se vio gobernado por uno de los más famosos delincuentes de finales del siglo XX. Su acharolado tocado no ha quedado empañado por el polvo de los caminos en persecución de delincuentes, sino que ha sido manchado y roto por haber cubierto la calva de la cabeza que maquinó un rosario de delitos, de los que todavía pende –tras el cumplimiento de la pena- la pesada cruz del botín de millones y millones de aquellas pesetas que los españoles no hemos podido cambiar por nuestra nueva moneda.

Cuando los alumnos del Cuerpo de la Benemérita, “los polillas”, sigan educándose en la Escuela de Guardas Jóvenes bajo la consigna de que el honor ha de ser la principal divisa… y debe conservarlo sin mancha, porque una vez perdido no se recobra jamás” les vendrá a la mente que el cumplimiento de los años de prisión no sirvieron para devolver el honor al tricornio que se perdió en las Tribunas del Congreso un 23 de febrero como tampoco al que ni siquiera pudo camuflarse entre las pagodas de Laos.

Luis Roldán: "Soy libre. He pagado por lo que yo he hecho" (19.03.2010)

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lunes, 1 de marzo de 2010

30 ANIVERSARIO DEL 28 DE FEBRERO DE 1980


He de reconocer que soy un despistado. Esta mañana salí a la calle, con una pequeña lista de encargos domésticos, dispuesto a iniciar la semana y el mes al propio tiempo, por así coincidir en el calendario, con un sentimiento de orden debido a tal concurrencia pero al cruzar la primera avenida me sentí muy sólo en la ciudad. Se oía el silencio de las calles vacías. Dos o tres personas caminaban despacio y las puertas de los comercios estaban cerradas. Extrañado, miré el reloj y, al advertir que no estaba equivocado en cuanto a la hora, reparé en que hoy era un día festivo, de carácter laboral, en recuperación del de ayer en el que sumó al domingo una festividad civil. ¡Es verdad!. Ayer se cumplieron 30 años desde el 28 de febrero de 1980. Se celebró, en esta Comunidad, “El día de Andalucía”.

Educado en el nacionalcatolicismo español, recuerdo la misma sensación de aquellos días festivos que no eran religiosos, que no eran “fiestas de guardar”, como decíamos. La obligatoriedad religiosa de oir misa “todos los domingos y fiestas de guardar” no alcanzaba a estos días descanso y parecía como si les faltara algo. Esto es lo que he sentido en el día de hoy.

El derecho a cobrar sin trabajar durante un día a la semana me parece correcto. El hombre ha acordado que la naturaleza exige veinticuatro horas de descanso a la semana, para reponer energías. Incluso Dios nos dejó su ejemplo en el Génesis. Es uno de los casos en los que una obligación se convierte en un derecho. En un principio, fue una obligación, la de “santificar las fiestas” la que impedía trabajar. Volviendo a la Biblia, esta vez al Nuevo Testamento, recordemos cuando a Jesús se le increpa por “curar enfermos” en sábado. A lo largo de mi vida he visto ampliar el descanso laboral del domingo, pasando por la “semana inglesa” que incluía el sábado, hasta el viernes al mediodía, en que ha venido “dando de mano” el gremio de la construcción.

Sin embargo, el caso al que me vengo a referir extrema más su difícil justificación. Se trata de que cuando una fiesta coincide en el calendario con un festivo, el día siguiente hábil, también se reputa laboralmente festivo, como si una festividad hubiera impedido la celebración de la otra al mismo tiempo; porque aquí no se trata de recuperar energías sino de conmemorar, de congratularnos, de manifestar alegría y satisfacción entre las personas a quienes nos ha acaecido un suceso feliz, siguiendo el Diccionario de la RAE.

En terreno muy movedizo para los empresarios se hubo de librar esta batalla, para que los sindicatos se alzaran con la victoria. Y, en estos momentos de crisis económica galopante, no hace falta llamar a un comité de sabios, para reflexionar sobre estas situaciones.

Pero, dejemos a un lado este tema laboral en el que me he extendido, de forma accidental, cuando quería concentrar mi atención en el 30 cumpleaños del 28-F, fecha en la que venimos celebrando “El día de Andalucía”.

Se hacen preciso estudiar, con perspectiva histórica, los preceptos 151 y 143 de la Constitución, para comprender los dos caminos que se ofrecían, en 1980, para que una Región o conjunto de provincias españolas alcanzasen la autonomía por uno u otro. Al segundo de ellos se llamó “vía lenta” frente al primero que se aplicó a las regiones que tenían más prisa por salir del centralismo territorial de España, que con la división por provincias –siguiendo modelo napoleónico-, en 1833, impulsó el motrileño Javier de Burgos, Secretario de Estado de Fomento, bajo el ministerio de Cea Bermúdez, basado en la antigua división en reinos de España.

Hoy, gran parte de la población española, por razón de la edad, no puede conocer “la que se armó” en Andalucía, hace treinta años, sin estudiar este tema desde las aulas de la Universidad o repasando la prensa de la época. La energía que se derrochó por nuestros políticos andaluces defendiendo en qué tren había que montarse fue un ejemplo de consumo sostenible, años antes de que se acuñase el término, ya que satisficieron las necesidades de un quinquenio aproximado sin –en caso alguno- sacrificar la capacidad de las tres décadas siguientes, que han sido exuberantes, principalmente, en prosperidad política, para los defensores del 151.

La población andaluza tuvo la suerte de acudir a las urnas, en referéndum, en el mes de febrero y digo la suerte porque con la canícula que en meses veraniegos cae sobre tierras andaluzas, hubiera puesto a sudar, especialmente, a su nutrida población rural, cuando hubo de traducir la oscura redacción que, como pregunta hubimos de solucionar en plesbiscito, el 23 de febrero de 1980. Lean los jóvenes y recordemos los que entonces lo fuimos: “¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo ciento cincuenta y uno de la Constitución a efectos de la tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?”. “¡Ahí es ná…!” que diría el castizo.

Pues bien, lo cierto es que Andalucía, ganó el peaje del artículo 151, alcanzando la autonomía plena, de la que ahora gozan las diecisiete que conforman el mapa político territorial español, sin que, a efectos prácticos, merezca la pena detenerse en estudiar por cual de las dos vías accedieron.

Andalucía entró en el “paquete” de las históricas, legítimamente, después de un alambicado proceso, muy bien conducido por el primer ex ucedeo, Profesor Clavero, desde Sevilla, que fue el mejor abogado con que pudo contar el conocido “Clan de la tortilla” socialista, inmortalizado en la foto tomada en los Pinares de Oromana por Manuel del Valle Arévalo que la cobró con la Alcadía de Sevilla entre 1983 al 1991. Como decía fue el primer desertor de Suárez, quien cerró la excursión campera, sirviendo un humeante “café para todos”, incluso para los que no probaron la tortilla.

Todavía hoy se sigue analizando, al margen de los políticos, la validez histórica de la Comunidad de Andalucía. Nunca ha existido un reino de Andalucía. Tampoco una Comunidad que cohesionara sentimientos, lengua o cultura entre sus ocho provincias. Jaén es equidistante a Cádiz, Almería a Huelva, e incluso las más próximas geográficamente, Granada a Sevilla y Málaga a Córdoba. Ni el nombre Andalucía se corresponde con Al-Andalus que llevó sus fronteras hasta el norte de España. La bandera verde y blanca tomó sus colores, apresuradamente, en la Asamblea Regionalista de 1918, de las banderas de Omeyas (s.VIII) y Almohades (s.XII), a quienes expulsaron los antepasados de los andaluces de hoy. Es lógico tomar los colores de los vencedores, pero no el de los vencidos; lo contrario parece invitar a estos a una reconquista.

Y así lo dejo pues no pretendo hoy reproducir aspiraciones granadinas, y concretamente las de la Mancomunidad de Andalucía Oriental, inoportunas en estos momentos aunque no carentes de razones históricas, que todavía reclaman dos Andalucías.

Este es mi recuerdo de lo que viví y que hemos podido celebrar durante dos días seguidos, pero que cuando el calendario marque el día 28 como viernes podremos juntar hasta cuatro días para festejos