El 25 de enero pasado repasé la noticia de que “más de 200 personas, convocadas por la asociación Europa Laica, asistieron ayer al mayor encuentro laicista del año, en la localidad madrileña de Rivas Vaciamadrid”. La finalidad de la convocatoria se resumía en demandar al Gobierno y a quienes ocupan cargos públicos que “salgan del armario”, defendiendo los valores del laicismo y trabajando para eliminar los privilegios de los que goza la Iglesia Católica y otras confesiones religiosas, para que todos los ciudadanos sean tratados en condiciones de igualdad por parte del Estado.
Afirmaban estos “activistas del laicismo”, “intelectuales”, “artistas” y “periodistas”, según su propia autodefinición, entre los que figuraban como más conocidos Cayo Lara, Coordinador de Izquierda Unida y Enric Sopena, director de El Plural y polémico tertuliano, que urgía hacer público su llamamiento ante la próxima entrevista entre el Secretario de Estado (número 2 del Vaticano), Cardenal Tarsicio Bertone y el Gobierno de Madrid para “hablar sobre la reforma de la Ley de Libertad Religiosa, blindar los Acuerdos entre el Estado Español y el Vaticano de 1979 y arrancar la colaboración del Gobierno para la organización de la jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en el año 2011”.
La eliminación de privilegios de la Iglesia Católica, el vacío de crucifijos y símbolos religiosos en las ceremonias públicas, y la ausencia institucional en ritos y ceremonias religiosas, entre otras, se mencionaron como propuestas prácticas de una enunciación más genérica por la que “las creencias de orden religioso o de cualquiera otra naturaleza no son, por sí mismas, factores de cohesión social. Los únicos factores de cohesión en un Estado que se pretende laico, son la libertad de conciencia de cada individuo, la igualdad ante la ley, la justicia social, la solidaridad y los derechos humanos”, debiendo constituir los valores que dimanan de estos principios el compromiso de los allí manifestantes.
La enunciación de principios, es asumible por cualquier demócrata, y a las propuestas anecdóticas (crucifijos, símbolos, protocolo…) no daría mayor importancia si no fuera por representar la colección de cohetes que, sin embargo, producen en el cielo espectaculares efectos que rompen a modo de traca dejando caer sobre la ciudadanía los cascotes en forma de legislación positiva que afecta a la vida y muerte de las personas, a la organización de la familia, a la formación y educación de los hijos, al reconocimiento del hecho religioso y a la dignidad de la persona humana.
Pese a la coincidencia en los principios, hay una diferencia importante entre el Manifiesto Laicista y el Mensaje que el Cardenal Tarsicio Bertone, revestido de la autoridad religiosa que le otorga el ejercicio de su cargo como Secretario de Estado del Vaticano, pronunció en forma de conferencia el pasado día 5 de febrero bajo el título de “Los Derechos Humanos en el Magisterio de Benedicto XVI”.
Para Bertone, La Declaración es la expresión escrita de las bases en que se fundamenta el Derecho de las naciones, las leyes de la humanidad y los dictados de la conciencia pública. Los derechos que ampara son inherentes y consustanciales a la naturaleza humana: por eso se llaman derechos naturales, innatos, inviolables e inalienables, valores inscritos en el ser humano. “La fuente de estos derechos no es nunca un consenso humano, por notable que sea”. No se trata de que la votación en el Congreso arroje un resultado de 8 a 7 o de que su evaluación se contabilice “por goleada”. Y estos derechos son indivisibles y universales. Están por encima de la política y también por encima del Estado-nación. Son verdaderamente supranacionales. Su protección jurídica, de esta forma, debe ser una prioridad para cada Estado.
Por eso, como decía, la afirmación o negación de estos derechos no son susceptibles de tramitación parlamentaria. Porque el derecho a la vida –por ejemplo- es, incluso, preconstitucional, como la definición de matrimonio es cuestión semántica y no legislativa, y la sucesión de acontecimientos a través de los años y siglos es materia histórica que por mucha tierra que se eche encima para tratar de “borrar la memoria”, siempre vendrán arqueólogos que cuidadosamente reconstruirán los campos de batalla.
El respeto a la vida tiene carácter universal y debe concretarse desde su concepción hasta su ocaso natural. La familia se configura como la célula primaria y vital de la sociedad de quien dependen su salud y su fortaleza. Para la Iglesia “la vida familiar está fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, unidos por un vínculo indisoluble, libremente contraído, abierto a la vida humana en todas sus etapas, lugar de encuentro entre generaciones y de crecimiento en sabiduría humana”. Por ello, a los padres compete, por derecho natural, la primera tarea educativa, y a los que se debe respetar el derecho a elegir la educación para sus hijos acorde con sus ideas y, en especial, según sus convicciones religiosas.
Finalmente, Bertone se refirió, cómo no, a la Libertad religiosa, como derecho primario e inalienable de la persona, debiendo el Estado democrático reconocerla y crear las condiciones para su efectivo y pleno ejercicio por parte de todos los ciudadanos, sin necesidad de imponer una fe o una religiosidad estrictamente privada (lo que definió como caricatura del hecho religioso).
Con ocasión de este viaje, el Presidente Rodríguez Zapatero recibió al representante del Estado del Vaticano, como lo hizo días atrás al primer ministro chino Wen Jiabao con el que ignoró la violación de los derechos humanos en el gigante asiático. En este caso hubo coincidencia en la afirmación de los derechos humanos. Solamente quedaron para un encuentro “a solas” el repaso de tres motivos de confrontación, la ampliación del aborto, la asignatura de Educación para la Ciudadanía y la reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Estos bajaron un nivel en el protocolo gubernamental para ser tratados con la “número dos” del Gobierno, que vestida de color lila, le resultó “más elegante” y “colorida” al purpurado. Aquella sala tomó forma de ring y por ambas partes vistieron de seda sus puños de hierro. No podía ser de otro modo.