
Tres folios, por una cara, a doble espacio, fuente arial y tamaño 12 fue el documento que pudo tener en sus manos Rodríguez Zapatero, durante los escasos minutos -su oración tenía un tiempo tasado- que duró su esperada intervención en el marco del Desayuno Nacional de la Oración, en Washington.
Respecto de mi anterior comentario, hoy me felicito de su contenido premonitorio, pues aunque no adivinara el pasaje bíblico que se le iba a dar al dictado, sí al menos identifiqué la metodología en la confección de su oración y sus ausencias para pisar de puntillas sobre el Libro.
A la fecha que hoy publico este comentario, la fotografía “Zapatero-Michelle-Obama” ha cumplido su misión, cubriendo un hueco destacado en los medios de comunicación. Autorizadas opiniones han sido, prácticamente, coincidentes en la faena que “mi querido amigo, el primer Ministro Zapatero”, en palabras de Obama, lució en el ruedo del comedor del Hilton, ante un aforo de más de 3500 espectadores.
Por todo ello, no me voy a referir a cuanto dijo, que sí hizo mérito para ganarse los aplausos en un mitin, servido con bocadillo, en la Plaza de las Ventas, y que en momentos de silencio, al salir “el quinto” de la Torá (el Deuteronomio) y hacer su presentación el “jornalero”, sin duda habría dado lugar a que alguna voz desde el tendido de sol pidiera “¡dales caña, jose luís!
Ni mucho menos pretendo ridiculizar la intervención del Presidente con la descontextualización del acto, que como enviado de la calle Ferraz hubiera merecido aplausos pero que con avión procedente de “Bruselas-Madrid” desconcertó a un público que no conocía al Presidente Zapatero más allá del programa de mano que figuraba en las mesas, a modo de menú, al lado de la tarrina de mantequilla, y las palabras de presentación de la Senadora demócrata por Minnessota, Amy Klobouchar, en este 58 aniversario de “Los Desayunos”.
Me figuro que cuando soltó los papeles que le acompañaron durante su intervención, íntimamente, sentiría en su interior esa confusión y hormigueo que sube por nuestro cuerpo al descargar sobre el suelo un pesado bulto que hemos estado aguantando sobre los hombros durante un tiempo. Por ello cierro este tema, uniéndome al sentimiento de sus allegados y colaboradores, que para sí habrán dicho “de ésta, hemos salido” y, que de vuelta al suelo madrileño, habrán pisado fuerte el asfalto con el pensamiento de que “como en la casa de uno… en ningún sitio”.
Durante este mes, otro tema –esencialmente político- está ocupando la atención de quienes nos preocupamos del acontecer de nuestro país, más allá de comentar el “febrerillo loco” que encharca nuestras calles, no sé, si por contradecir a los defensores del cambio climático o porque las nubes están teniendo el capricho de soltar agua a espuertas.
Me refiero al melón que ha dejado abierto el Rey como “árbitro y moderador en el funcionamiento regular de las instituciones”, ante la grave crisis económica de nuestro país. El ciudadano Juan Carlos, como diría más de un republicano de corazón que en estos momentos deja para la “Política” de Aristóteles la teoría clásica de las formas de gobierno, solamente ha barajado las cartas y ha dejado la maza encima de la mesa. Los asistentes a esta partida son otros. No ha necesitado del, cuando menos, áspero consejo del secretario general de CCOO, reclamando que "El Rey no tiene porque bajar a la arena, ni se le llama ni se le espera”. La freseología política de estos días, a mi juicio, ha sido enriquecida por Durán i Lleida, portavoz parlamentario del CiU, al comprometerse a participar en un gran pacto de Estado contra la crisis, liderado por Zapatero, porque "No es momento de gobernar con la mayoría más uno".
Recojo de la papelera un borrador que estaba escribiendo sobre esta cuestión cuando leo opiniones políticas, que reavivan conclusiones a las yo estaba llegando, siguiendo el iter de los acontecimientos, y que abandoné porque me estaban conduciendo a la frivolidad de Esperanza Aguirre reclamando para el PP las Carteras de Economía y Trabajo o a la simple propuesta sobre un hipotético gobierno de concentración reclamado por Sanz (el de La Rioja, no confundir con el de Navarra).
Porque yo analizaba la situación pensando para mis adentros que cuando el Rey ha tomado la iniciativa de “aconsejar” un Pacto de Estado es porque quiere acercar a Gobierno y Oposición, en las medidas gubernativas que deberán ser aprobadas por la soberanía popular, con amplio consenso; con el necesario para dictar leyes, precisamente, impopulares, que –puestas en vigencia- no puedan servir, posteriormente, para mermar el valor de la acción de gobierno ni, tampoco en correspondencia, para primar electoralmente a la Oposición. Se trataría de apartar del gobierno de la nación la porción más importante de medidas con las que los ciudadanos pueden valorar la opción política de sus dirigentes, determinando adhesiones o desafectos electorales
De otra parte, como el paquete de medidas que España necesita afecta muy directamente al desarrollo de la vida laboral y a la producción nacionales, también se precisa de un Pacto paralelo entre los agentes sociales y económicos. Una conciliación de intereses entre el trabajo y el capital. Para ello, roto cualquier atisbo de brote marxista, Trabajo y capital, Capital y trabajo, deberían caminar de la mano, en la confianza de que ni el uno ni el otro van a sentirse traicionados por las medidas que afecten al binomio salario/producción. Habría que fijar unos límites mínimos de salario a los que corresponderían otros, también, de productividad. Y, para dar confianza al empleador, en una nueva andadura de creación de empleo, habría que paliar el miedo a las consecuencias económicas del despido, en el caso de que su intento emprendedor resultara fallido.
Hasta ahí, “la intervención” y, para mejorar estas condiciones, se dejaría jugar al “libre mercado”, en el que –cubiertas las necesidades vitales del trabajador y el rendimiento que permita al capital no quedar atomizado, inservible- quedarían anuladas las apelaciones a la justicia social y cualquier remordimiento por falta de interpretación escrupulosa del pasaje del Deuteronomio al que aludía nuestro Presidente en el Desayuno de la Oración de Washington. Con este juego limpio, por ser consensuado, pero salvaje, al no tener suficientemente embridado el caballo del mercader, se impulsaría el progreso de la Nación.
Un tratamiento especial se aconsejaría pactar, para el mayor empleador del país. La Administración pública, nacional, autonómica, provincial y local, y cuantas empresas imbricadas en aquéllas, al participar de capital público.
Llegados a este punto, me seguía preguntando, sin atreverme a responder, ¿qué va a quedar fuera de ese Pacto, para evaluar la diversidad política? Yo creo que muy poco.
Y, a modo de caricatura, me representaba un Gobierno configurado por un Macroministerio de condiciones políticas similares a las naturales del agua, “incolora, inodora e insípida”, desde el que se tomarían medidas sin firma ni domicilio. Al modo de los viejos legionarios no cabrían preguntas sobre su pasado anterior. Nadie sabría si venían de la calle Ferraz o de la calle Génova.
La doctrina política se recluiría en los dos grandes Monasterios madrileños, regidos por sus Abades naturales, Guerra y Aznar, desde sus atalayas “Ideas” y “Faes”, y en tres pequeñas Ermitas, entre el cabo de Creus y el de Finisterre. Allí podrían reeditarse la “Utopía” de Tomás Moro, “El mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell y organizar seminarios, naturalmente, sociales.
Pero llegado a este punto, como a nuestro manchego, me “asaltó un pensamiento terrible” y es que para tamaña empresa me vino a la memoria que alguien precisaba ser “armado caballero”. Y aquí, ya mis devaneos fueron vencidos por el sano juicio porque todavía no se me había secado el “celebro”, hice retroceder a Rocinante desde su camino “por el antiguo y conocido campo de Montiel” y aparté de mi mente libros de caballerías.
Así sucedió y, nada más fue, lo que me llevó a romper los papeles que hoy acabo de recoger desde la papelera.