miércoles, 27 de enero de 2010

DESAYUNO DE ORACIÓN


Desde la fecha en la que trascendió la invitación que el Congreso americano ha cursado al Presidente español para asistir al “Desayuno Nacional de Oración”, el próximo 4 de febrero en Washington, este acto ha despertado la curiosidad de los españoles, en su mayoría, ignorante de esta “tradición muy distinta a las europeas”, siguiendo la expresión del Gobierno español para referirse a este evento.

El acto debe su paternidad a la Fellowship Foundation (lobby religioso con base en Arlington, Virginia) a partir de 1935, atribuyéndose su idea al pastor metodista, Abraham Vereide, que inició esta jornada invitando a los políticos a sus grupos de oración con el fin de presionar e influir en sus decisiones.

Actualmente se organiza, con asistencia del Presidente, cada primer jueves de febrero, desde que en 1953 Eisenhower acudió por primera vez. El acto está promovido por el grupo cristiano-conservador “The Family”, congregando a unos 3500 invitados de hasta un centenar de países de todo el mundo, convirtiéndose en un foro político, económico y social del que son anfitriones los miembros del Congreso americano y que no se reduce al desayuno inicial sino que se desarrolla a lo largo de una semana. Durante la misma se organizan todo tipo de encuentros, destacando los discursos y, entre ellos, el del Presidente anfitrión y el de un invitado, cuyo nombre no se daba a conocer hasta el momento mismo de su aparición en la tribuna. Este año el secreto ha sido desvelado, con anterioridad, al hacerse pública la intervención del Presidente del Reino de España, actual Presidente -por rotación- de la Comunidad Europea.

El Gobierno del Sr. Zapatero ha aceptado -muy complacido- la invitación, comprometiendo su presencia el próximo día 4 de febrero en el Hotel Washington Hilton, emulando a los líderes de la Comunidad de Seattle que se reunieron a rezar ante el sufrimiento de tantos afectados por el desempleo y la pobreza durante los primeros años de la Gran Depresión que siguió a aquel “jueves negro”, 29 de octubre de 1929, fecha en la que se desplomó la Bolsa de Nueva York.

No obstante, ha causado sorpresa que un líder del laicismo al que se ve incómodo en cualquier acto religioso que, por su condición, se ve obligado a asistir, acepte con tanto agrado y naturalidad el hall de un Hotel en el que se celebra un acto profundamente religioso. Hay quien cree ver en esta decisión el resplandor de luz en el cielo, y oír la voz, repitiendo “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Los más, por el contrario, advierten la reproducción de Enrique III de Navarra, que al pretender en el siglo XVI el reino de Francia, pronunció su célebre frase: “París bien vale una misa”.

También, algunos, incluso, ven en la invitación un regalo envenado de Obama, en recuerdo de aquella “sentada” al paso de la bandera americana.

Yo creo que nada de lo anterior ha influido en las decisiones. El mundo de las Cancillerías habla otro idioma. Si será así que, hace poco, corrió la anécdota de que en una recepción diplomática celebrada en Madrid ocupaba un lugar preeminente una persona vestida de clérigo, con la coronilla cubierta por un casquete morado (del que sólo se descubre ante Dios; “solideo”), y por algún político se comentó que estábamos volviendo al Nacionalcatolicismo, con ignorancia de que ese religioso era el Embajador de un microestado europeo (con extensión de 44 hectáreas y unos 1000 habitantes), y que ocupaba ese lugar, privilegiado por el protocolo, en calidad de Decano del Cuerpo Diplomático acreditado en España.

Al Presidente español, le ha parecido oportuno pasear por Europa vestido con chaqueta americana y el Presidente americano ha querido tener un detalle trasatlántico hacia Europa, pensando en sus raíces cristianas, sin percatarse que su Presidente no se siente cómodo con estos orígenes

De todas formas, sea en inglés o en español, le va a resultar difícil confeccionar una oración que resulte compatible con la que, en el mismo lugar, rezara Teresa de Calcuta el 3 de febrero de 1994, al invocar al “Último día”, en el que Él dirá a los de su derecha, "Lo que hicieron a uno de mis pequeños, me lo hicieron a Mí" (Mat. 25:31-46), solicitando el cuidado hacia los más débiles, a los no nacidos.

En Moncloa, tendrán que ponerse de acuerdo con el Speechwriting Director de la Casa Blanca para dar coherencia a los discursos (oraciones) que se oirán el próximo día 4 en el Washington Hilton, para que por algún lado se mutile la cita de San Agustín, con la que Obama finalizó el pasado año su intervención: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”.

Seguramente, que el drama de Haití brindará soluciones de compromiso con apelación a la confraternidad entre los pueblos y olvido de la raíz latina, “frater-tris”, y que dos hermanos no pueden existir sin un Padre común, Ése que hace pocas fechas fue paseado en autobuses ateos por las calles de Madrid y Barcelona. Ése, cuya representación cristiana también ha sido noticia reciente, que se trata de evitar en Escuelas y Centros públicos.

Es curioso que Benazir Bhutto, ex primera ministra de Pakistán, o el Rey Abdullah II de Jordania, el año pasado, pudieran encontrar “alianza de civilizaciones” en la oración común con creyentes cristianos y judíos y, sin embargo, la línea ideológica más significada de nuestro Gobierno, representada por su Presidente, no acepte la existencia de un Hacedor universal.

Y, siendo esto así, ¿cómo va a participar, activamente, en una oración comunitaria quien no admite la existencia de Dios? Universalmente, está reconocido que la oración implica un esfuerzo de comunicarse con Dios, para hacerle alguna petición, la mayoría de las veces, de forma descarada y egoísta,. Son menos los que rezan para hacerle partícipe de pensamientos y emociones personales. Y, casi sólo los recluidos en conventos de clausura se dirigen a Él para ofrecerle pleitesía. Finalmente, los no olvidadizos, también rezan para dar las gracias.

Recordemos que los Desayunos de la Oración nacieron en los años siguientes a la Gran Depresión del siglo XX y que estos años están siendo coincidentes con otra gran crisis con la que ha iniciado el siglo XXI; y, por lo que se refiere al actual, con una de las mayores catástrofes de un pueblo, en el Caribe. Esta sincronía entre los dramas y la oración ha sido una constante en la historia.

Por todo ello, tiene vigencia aquel diálogo que nos hacíamos con el Catecismo del P. Astete –epítome que sólo se encuentra en alguna vieja sacristía o en el fondo de alguna biblioteca y en el recuerdo de nuestra lejana niñez- “¿Qué cosa es orar?: Es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes”. Esta sencilla definición es válida no sólo para católicos sino también para todos aquellos que creen en un Dios, principio y fin de todas las cosas (“el alfa y la omega”, Apoc.21:6)

Con el cristianismo, las procesiones de rogativas, instituidas por San Mamerto, obispo de Viena, en el año 469, no son otra cosa que simples oraciones o súplicas que los labradores vienen convocando para impetrar la llegada de las lluvias, tomándole la palabra a Dios de aquella página en la que nos dijo “pedid y se os dará” (Mat. 7,7).

Con unas fechas de antelación al acontecimiento que da lugar a este comentario, propongo “jugar a las adivinanzas” sobre el comportamiento orante al que se ha obligado nuestro Presidente al aceptar la invitación americana.

Descartando que tome la palabra desde un perfil rigurosamente religioso, se me ocurre que se valdrá de alguna cita bíblica que no resulte comprometida con su predicado laicismo.

Así, puede aprovechar la oportunidad de la catástrofe de Haití para resumir una exhortación a los sentimientos de solidaridad, fundados en el amor, concepto válido desde las religiones más antiguas hasta sus interpretaciones más modernas e, incluso, convicciones nihilistas. A estos fines puede acudir a uno de los más bellos pasajes de la Biblia, debido a Paulo, Corintios 1:13, y hacer gala de su vena poética, al talante de “si me falta amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe”…, “si me falta amor nada soy”…, “sin tener el amor, de nada me sirve”…, “el amor nunca pasará”…, para terminar con la antífona: “Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor”.

Pero, si ese día lo encuentra más apropiado para prologar, ”urbi et orbi”, su anunciada Ley de Libertad Religiosa, desde su equilibrio en la equidistancia, puede acudir a Mateo 22:21 «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios».

viernes, 1 de enero de 2010

RELEXIONES SOBRE LA AMISTAD

Las fiestas de Navidad , con independencia de su dimensión religiosa sin la que no tendría sentido alguno cuanto a ellas se une, ofrecen motivo de acercamiento hacia familiares y amigos que durante los doce meses anteriores no es que se hayan tenido olvidados sino que se han conservado en estado de hibernación, guardando sus sentimientos en el arcón de la intimidad. Llegadas estas fechas, como cuando se hace limpieza de temporada en la casa, se abren ventanas y armarios para que les entre aire fresco.

Nos felicitamos, y explayamos lo que mejor de nosotros tenemos para compartirlo con los seres a quienes queremos, deseando para ellos y sus familias todo aquello que deseamos para nosotros, durante el próximo año.

Varios pensamientos me vienen a propósito de todo ello. De entre ellos, hoy, me gustaría reflexionar sobre la consistencia de la amistad auténtica y la levedad de otros sentimientos afines.

En el siglo IV a. C., Aristóteles, El Estagirita, el discípulo de Platón (“el de anchas espaldas”, por el apodo que oscureció su nombre de pila, Aristocles), sucesor de Sócrates, y preceptor de Alejandro Magno, en la obra que dedicó a su hijo “Ética a Nicómaco”, de sus 10 libros, dictados en el Liceo, el 8º y el 9º los dedica a la amistad y a la conservación de la misma, ya que como se dice vulgarmente, “no es menos el saber conservar lo ganado, que el ganarlo”.

He citado esta obra clásica, porque teniendo cercana su consulta, no me parece petulante habida cuenta la actualidad que le he encontrado con el tema que quiero desarrollar, pese a los siglos transcurridos, e incluso para animar a su lectura a quien encuentre placer en gustar los ingredientes de estos sentimientos. No en balde se ha dicho, con razón, que Aristóteles y Platón “son determinantes de gran parte del corpus de creencias del Pensamiento Occidental del hombre corriente –aquello que hoy denominamos sentido común del hombre occidental-“.

Y me estoy adentrando en esta composición después de que hace pocas fechas, coincidía con mi buen amigo Salvador, en su comentario sobre “cómo con el transcurso del tiempo –los dos andamos en torno a los 70-, uno se va quedando sin amigos”.

Desde la templanza de estas edades se puede hacer un sosegado repaso de diferentes aspectos en torno a la amistad, con garantía de ser compartidos o, cuando menos, comprendidos.

El primer contacto con este sentimiento acude a los niños, cuando toman conciencia de que existen otros seres fuera de su entorno familiar y que, en la sociedad, los hay de su tamaño y estatura. Estos, que bien pueden ser nuestros nietos, en los primeros días escolares, se cogen de la mano de los compañeros que colocan a su lado para, posteriormente, ser ellos los que elijan a quiénes quieren acercarse, tomar de la mano, jugar y besar. Esa opción suele ser aleatoria, a los ojos de los mayores, aunque tienen sentido en su todavía pobre abanico de elecciones con que cuentan. Hasta con los uniformes escolares les hemos unificado gustos y colores. Todavía no distinguen preferencias por razón de sexo sino que se mueven por motivos sensoriales elementales. Pueden activar su selección hechos tan accidentales como ver a sus respectivos padres conversando mientras les esperan con el abrigo en la mano o haber compartido en el pupitre los lápices de colores.

Estos primeros sentimientos no se pueden calificar de amistad, en el sentido de compromiso; son “amistades ocasionales”, que no obstante se perpetúan en el recuerdo como anécdotas, guardadas en los álbumes de fotos pero que con el tiempo obtienen el valor de reliquias que se muestran con satisfacción cuando cualquiera de ellos adquiere notoriedad. “Fulanito fue amigo mío cuando éramos párvulos”, comentamos con orgullo, aunque no nos hayamos visto desde entonces, e incluso haya transcurrido medio siglo de ello.

La adolescencia es el gran motor de la amistad. La mocedad es un momento de afirmación de nuestra identidad. Pese a nuestra inexperiencia vamos catalogando, valorando y etiquetando el mundo que hemos ido descubriendo hasta entonces. Y, dentro de ese mundo nuevo que se abre a nuestros ojos, que ya quieren emanciparse del control de los mayores, encasillamos en el mapa de nuestros sentimientos más o menos cerca a las personas con las que convivimos. Los más próximos a la frontera de nuestra intimidad son a los que llamamos amigos.

Es la época más proclive al cultivo de la amistad, fundamentalmente, porque se dispone de tiempo para conocerse. Aún no se han contraído obligaciones que conduzcan a otros menesteres. La conversación, a la que los clásicos concedían extraordinaria importancia, es una práctica fundamental para ir tejiendo relaciones de amistad.

De otra parte, los valores se les muestran en oferta, como si estuvieran en las vitrinas de un escaparate, en la Gran Superficie de las Creencias, con las puertas abiertas a sus tiendas religiosas, filosóficas y científicas. Los jóvenes se acercan a ellas y echan en el carrito intelectual aquellas opciones que más les fascinan, dependiendo de la curiosidad y del ahínco personal el volumen de la compra que se acopia; suele coincidir esta edad con el momento fascinante en el que el hombre acumula la riqueza ideológica y científica que posteriormente desarrollará a lo largo de la vida.

La adhesión o aprehensión de riquezas comunes o afines establecen vínculos de amistad sólidos. Recordemos que, en lo sucesivo, nos dirigimos los que así coincidimos, con el apelativo de “querido amigo y compañero”. Cuando la amistad se queda ahí, ésta es perfecta y duradera porque los amigos son generosos: “viven, huélganse unos con otros y comunicánse sus bienes”. Es la amistad que surge entre iguales, por haberse visto desnudos y, creciendo juntos, haber puesto empeño en vestirse, con intercambio, incluso, de sus prendas. Algo similar a lo que se nos narra sobre la comunicación de bienes en la que vivieron los primeros cristianos. Esta sería, a mi juicio, la amistad “en virtud” aristotélica, a diferencia la amistad “por provecho”, que se funda en la utilidad -“amistad de tenderos”-, y de otras categorías inferiores de relación.

Pero, el transcurso del tiempo hace que muchos amigos, inicialmente generosos, al tener que competir, entre sí, esquiven la amistad de aquellos de los que no puedan obtener provecho para acercarse a otros que les puedan ser útiles a sus intereses. Con ellos se entabla una amistad que es espuria, de origen, y que, por lógica, desaparecerá tan pronto como el interés en que se fundó desaparezca.

La naturaleza humana genera muchos oportunistas, arribistas, “trepas” que les denomina el lenguaje moderno, que aproximan su “amistad” no ya al tiempo de pedir el “provecho” sino con antelación, en previsión del momento en que se produzca la necesidad. En ese ínterin, son aduladores, zalameros, llegando incluso al servilismo. Luego su ruindad les lleva a la traición. Son muchos los casos conocidos, quizás por su popularidad, entre la clase política. Hace tiempo escuché una observación, en la que se escenifica el paradigma de estas situaciones, cuando se formula la pregunta sobre quién recibe más muestras de condolencia, ¿el Gobernador por la muerte de algún allegado suyo o éstos por la muerte del Gobernador?, viniendo también a cuento el viejo refranero español cuando dice que “muerto el perro se acaba la rabia”.

Pero es que el sujeto pasivo de esta mal llamada amistad, que bien pudiéramos llamar el sufridor de la relación, también terminará siendo víctima de haberla mantenido y haberse alimentado de la lisonja y el aplauso. A este respecto, ya que, al socaire de estas reflexiones, he citado a la clase política, me atrevo a aventurar que su conocida aversión a dimitir, bajar –por decisión propia- del escenario de sus cargos públicos al patio de butacas del común de los ciudadanos, no se debe tanto a la vanidad del personaje que representan, ni siquiera a la pérdida del estipendio económico, sino a la soledad. A tanto llega ese temor que no les importa forzar “in extremis” el más amargo momento de la destitución. Porque hasta por los propios actores de este gran Teatro es conocido que su elevación no está sostenida por cuerpos musculosos y brazos fornidos, sino por esqueletos descalcificados y extremidades porosas que sólo se mantienen firmes en tanto encumbran a la máscara. Cuando ésta se desvanece, saben que con la careta también baja el telón y termina la representación. Y tan es así, que las reacciones no se dejan esperar sino que se encuentran en el propio camerino, mientras se recogen las pertenencias personales para dejar sitio a las del sucesor en la representación.

Por todo ello, prosiguiendo nuestra conversación, si me sigues en estas líneas, amigo Salvador, añadiré que no es de preocupación haber ido perdiendo amigos en el camino, porque si bien “la amistad es una cosa para la vida en todas maneras necesaria, porque ninguno hay que sin amigos holgase vivir, aunque todos los demás bienes tuviese en abundancia”, el auténtico concepto de la amistad es restrictivo y si los pocos que van quedando, al cabo de setenta años, –como me decías- establecen vínculos en los que sólo haya un mercadeo espiritual dirigido a la virtud, agradece que hayan descabalgado unos y que nosotros hayamos rehuido de otros, para quedarnos con los que Aristóteles recomendaba a su hijo Nicómaco al decir que “la amistad o es virtud o está acompañada de virtud”, en los términos que la he traducido con palabras del 1º de enero de 2010 desde el siglo IV a. C.