sábado, 8 de febrero de 2014

Esto es una prueba

Quiero ver la efectividad de la aplicación Blogger para IPad

domingo, 10 de julio de 2011

EL EFECTO "R"

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El día 6, en Pamplona, sonó “El chupinazo” y a los tres días, en Madrid, Alfredo se vistió de tuno. Muchos nos asomamos al balcón para escuchar las anunciadas “campanas de gloria”, aunque nos volvimos de él con el lamento de la compostelana al ver que a la capa del tuno le faltaba “la cinta que ella le bordó”…

Pero no quisiera desilusionar a los pasajeros de las decenas de autobuses que aparcaron a la puerta del Palacio de Congresos de Madrid. Terminaron cogidos por los hombros y zarandearon a la cúpula del Partido “haciendo la ola”, como si de una victoria deportiva se tratara y merecen el respeto de la lealtad, tan ausente en los momentos difíciles. También el protagonista tuvo la habilidad de no entrar en el campo de juego contrario, organizó la jornada deportiva como una mañana de entrenamiento. Ha sido un espectáculo de salón.

Anunciar como meta política de los próximos años la creación de empleo y de una economía sana y competitiva, dentro de un marco de igualdad de oportunidades y efectuar cambios en la política y en la democracia, son cintas con las que el tuno ha adornado su capa, procedentes de todo el “campus”. Nadie va a negar que son indispensables, en el momento actual, acciones políticas en esa dirección.

Frente a esta generalidad llama la atención que haya descendido al detalle de que los bancos den una parte de sus beneficios para crear empleo y que este esfuerzo se debe dirigir al “colectivo que ha estudiado y ha hecho un máster y ahora no encuentra trabajo”. Intelectualmente, esta conformación del discurso me resulta impropia no sólo del director sino también de la orquesta que lleva tiempo trabajando para él.

Se ha venido diciendo, últimamente, que Alfredo no es hombre de números, que la economía no es su fuerte. Y naturalmente, así lo ha demostrado en varios momentos.

Al mezclar el liderazgo de España en el sector de las Energías alternativas, del Cambio climático y de la Dependencia. Tal vez las dos primeras tengan alguna relación, pero traer la tercera a este apartado es para acordarnos de “las churras y las merinas“. Y, si de la Dependencia queremos hablar, por experiencia propia puedo demostrar que su aplicación en nada ha supuesto avance respecto del Estado de Bienestar, que fue su escalón inferior. Cuando se vive en la propia carne se puede hablar de este tema, pero en otro caso, por respeto, cuando menos, hay que estar muy bien informado para poder siquiera mencionarlo.

Hay un sector de la población al que se hace referencia y es al de los “cientos de miles de jóvenes” que cuando vieron la facilidad de ganar dinero en la construcción, sin encomendarse a Dios ni al diablo, dejaron los estudios y cambiaron “la paga paterna”, por las 300 y 400.000 pts. que se ganaban encima del andamio, para posteriormente, formar una familia y adquirir una vivienda. Concretamente, así sucedió durante años en la Costa del Sol andaluza. Aquellos jóvenes de 20 años, hoy ya rondan los 40, y se han quedado colgados de la brocha al derrumbarse el andamio, abrumados por la hipoteca y sin conocimientos para acceder a trabajos que incluso merman para los expertos. ¡Sí, sí! Así de duro, o de fuerte –como queráis-. Para estos se anuncia la intención de hacer “programas específicos”. ¿Programas para millones de parados…? Los programas, en lo que conllevan de proyecto, son declaraciones de futuro, pero en tanto que con ellos no se consiga el resultado, ¿quién paga la hipoteca? ¿qué hacemos con el desahuciado? ¿cómo llenamos la olla del mediodía?

Y decía que los números no es el fuerte de Alfredo porque también entra en contradicción cuando se refiere al Impuesto sobre el Patrimonio. Todos sabemos que con este gravamen se produce una múltiple imposición, durante todo el “iter” de su vida: desde el momento en que se adquiere el bien hasta el que se guarda como activo, para, encima, después de muerto su titular, volver a ser gravado con la imposición sobre sucesiones. Pues bien, esto no le importa porque parece que el patrimonio es lo que tienen en la caja fuerte los ricos de chistera y puro. Y “vende” traer estas figuras al discurso ante los descamisados. Aquellos que ya casi ni se veían desde la época de Alfonso Guerra.

Pero ítem más. Resulta que cuando se refiere al “copago” en Sanidad, lo rechaza sin más análisis, porque “el copago no tiene sentido porque es pagar dos veces por lo mismo, porque ya lo pagamos con nuestros impuestos”. Y es que acaso, y no quisiera irritarme, ¿no se está aplicando el sistema de copago en el régimen de asistencia a los dependientes?

Y seguimos con los números. Rubalcaba ha declarado que “el déficit no es progresista”. Esto reconozco que no estaba en los libros de Química, pero yo sí lo conocía en los de Derecho, durante el Régimen “cruel y despiadado”, al que ha hecho referencia, y que los dos vivimos, al menos con alegría, en nuestra época estudiantil; esa que le gusta otear, con el desenfado propio de quien se sienta en una banqueta de barra de bar. Yo estudié que uno de los requisitos que se exigían para la aprobación de los Presupuestos públicos era el que fueran “equilibrados”, lo que significa que no tuvieran “déficit inicial” y así lo he vivido como funcionario público relacionado con los presupuestos, y sólo hasta bien entrada la democracia, no he conocido la admisión del déficit presupuestario, que de una degeneración del término pasó a ser una práctica reiterada. Vino a ser como el triunfo de un imaginario “Mayo 68”, aplicado a la política presupuestaria. Esto junto con la desaparición de órganos fiscalizadores de la Administración Local. Me figuro que no se acordará del Servicio de Inspección y Asesoramiento de las Corporaciones Locales hasta que la reivindicación de la Autonomía Local prevaleció sobre la “Autonomía Moral”. ¡Cuántos conflictos de corrupción se hubieran evitado en todo el territorio nacional, de haber persistido el control central!

Por seguir todas las líneas maestras del discurso me voy a detener en sus consideraciones respecto del Sistema Electoral y la Familia. Efectivamente, ya han pasado más de 30 años desde que se firmó la Constitución. Ya es hora de que se dé valor a uno de los pilares de la democracia “un hombre, un voto” y que el instituto familiar sea respetado y protegido. Y si a sus intereses partidistas interesa que a otras instituciones civiles asimiladas a la familia se les apliquen los beneficios de la familia tradicional, háganse ampliación de derechos hacia ellas, si así es solicitado en el Congreso, pero sin necesidad de confundir el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, para tampoco desconcertar a quienes utilizamos esta lengua en España.

Finalmente, quiero felicitar al Alfredo Rubalcaba por su apelación a la Ética. Esa frase de “Si no vives como piensas terminarás pensando como vives”, viene a cuento, y puede ser un punto de partida hacia la regeneración ética que necesita y pide España ya que, tal vez, el nihilismo, el relativismo y el protegido desprecio de valores han sido los ocultos responsables de la crisis que ahora lamentamos.

lunes, 30 de mayo de 2011

YOTAMBIÉNESTOYCABREADO.COM


Recuerdo que recién entrado en la adolescencia utilicé por primera vez, para sorpresa de mi padre, el término “cabreo” en su sentido de malhumor, enojo o enfado, pero en todo caso como una derivación del estado interior en que debe encontrarse el “cabrón”, en su acepción del marido consentidor del adulterio de su cónyuge. Mi padre esbozó una sonrisa no como contestación a mi preocupación sino de complacencia. "El niño se está haciendo mayor y comienza a utilizar lenguaje adulterino, sin sonrojarse", pensaría para sí. Esta reflexión hay que trasladar a un momento en el que el respeto hacia los mayores incluía la observancia de un leguaje propio del entorno familiar y al uso del que se oía en los patios de recreo de un colegio religioso. Todavía se suponía que no habíamos tenido acceso a la literatura cervantina. Siguiendo con el anecdotario, recuerdo cómo de los primeros libros que adquirí para lo que es hoy, mi biblioteca de papel, recorté aquellas páginas en las que figuraban expresiones con “palabrotas”, por un sentido de la vergüenza, incomprensible hoy.

Pues, como decía, “yo también estoy cabreado” y llevo cabreado mucho tiempo, como manifiesta estarlo la juventud de la Puerta del Sol madrileña. El alumbramiento ha surgido como en esas mujeres que ceñían sus cinturas con fajas ajustadas para disimular su preñez. “¡Ah! ¡No sabía que estuvieras embarazada!”, decíamos, con embarazo, al pellizcar el moflete del bebé recién nacido. Alguna razón mantuvo oculta la gravidez durante nueve meses.

Esta juventud del 15-M, a una semana de una importante cita electoral en todos los rincones de España, sintió los dolores de parto y rompió aguas en el Kilómetro Cero. Nadie estaba preparado para este evento, de por sí, siempre feliz.

Así ha sido el parto madrileño. Esos jóvenes han despertado de un prolongado sueño durante el que sus padres y abuelos, de tanto acunarles, estábamos agotados. Cuando en plena calle el niño ha caído al suelo, sus sollozos los hemos escuchado en toda la nación. Se acabó el dormitorio con ordenador y televisión. Expiró el tiempo de esconderse en la soledad de la PlayStation. En España parecíamos asistir a la primera revolución del siglo.

La madre de Fernando de Aragón, llegado el momento del parto, dirigió las carretas reales al primer lugar del Reino de Aragón, desde el de Navarra en el que se encontraba, para que su hijo fuera “maño” de nacimiento. Hoy no hubiera necesitado de precipitación sino que el ginecólogo le hubiera programado el parto de forma que el infante hubiera visto la luz bajo el manto de la Pilarica.

Del mismo modo, la técnica también ha programado este natalicio.

Desde toda España, e incluso desde el extranjero, han venido pastorcillos a adorarle y le han traído presentes, escondidos en papel de regalo de Twitter y Facebook. Incluso, en Oriente había alumbrado “una estrella”, al otro lado del Mediterráneo, pero los Herodes de hoy no han abierto las fronteras a los Reyes Magos.

En un primer momento el niño parecía tener el don de lenguas, pues era comprendido por cuantos sorprendidos le escuchaban. Unos quedaban “estupefactos por su inteligencia”. (Lc 2, 47). Otros aplaudían «¡Así se habla!». Pero también, en la calle se murmuraba «¿quién le habrá enseñado a este niño tanta cordura?».

Efectivamente, a la semana del parto el pediatra ha observado que el niño tenía carencias. No tenía un desarrollo normal. Su sangre era, toda ella, venosa; venía cargada de impurezas. ¡Qué bonito hubiera sido un natalicio limpio!

La manipulación espuria de unas elecciones parece que ha dado lugar al nacimiento de un fenómeno. Todo ha sido producto de marketing. En una huída desesperada, una corriente política se ha revuelto contra sí misma y ha decidido privarse de algunas voluntades con tal de producir un efecto expansión en otra minoritaria que, sin pretenderle un desarrollo normal, edificara una barrera que, de otra forma, no daba tiempo a construir frente a la inminencia de un vendaval devastador. «¡Oye tú!, ¡Que la imaginación es libre!, ¡No te jode!», remataría algún “acampado”, ante la protesta de algún lector.

El fenómeno atmosférico ha recorrido España. En esta ocasión, de poco ha servido la manipulación genética. La “Inteligencia” podrá cobrar parte de la minuta. Era difícil sostener el equilibrio. Ahora lo que ha quedado abandonado en la calle ha perdido configuración. Nadie reclama su paternidad biológica. Sólo quedan unos balbuceos. Pero parte de aquellos gemidos sí merecen una adopción porque, muchos como yo, seguimos cabreados.

domingo, 6 de marzo de 2011

"SPAIN IS DIFFERENT" ¿DÓNDE ESTABA VD.?


Con motivo del aniversario del 23-F, se han articulado infinidad de reportajes, utilizando una fórmula de introducción periodística, que llama a responder “¿Dónde estaba Vd.?" Es ésta una práctica atractiva porque despierta la curiosidad de los más jóvenes y da importancia a los mayores que con el recuerdo de sus anécdotas les permite legitimar las páginas con las que se compone el Gran Libro de la Historia.

Tal vez su origen sea americano pues se ha venido utilizando con insistencia para recordar la tragedia de las Torres Gemelas y, para los que ya somos un poco mayores, el momento en que nos enteramos del magnicidio de Kennedy, otro día 23, pero de noviembre de 1963.

El número 23 está muy marcado en el Calendario. Con él, en el mes de abril, anualmente celebramos el fallecimiento de Cervantes, Shekaspeare y Garcilaso de la Vega y también con el 23-F de 1983 lamentamos, junto a la familia Ruiz Mateos, quienes desperdiciamos parte de nuestro tiempo en las aulas de Derecho, estudiando la institución de la Expropiación Forzosa que nada tuvo que ver con su aplicación en el “Caso Rumasa”. A la mente me viene también el 23 de enero, día en el que nació mi padre, aunque este recuerdo lo reserve a mi intimidad, como para la suya quedó el uso de la lengua catalana, según nos decía el Presidente Aznar.

Pero todo este recreo de números, fechas y sucesos ha surgido al recordar la frase (o slogan) “Spain is different”, acuñada por el político que nació en noviembre de 1922, ¡oh casualidad!, un día 23. Naturalmente que me refiero a Manuel Fraga, cuya mención produce el mismo sarpullido a la Izquierda que en la Derecha levanta, el todavía más veterano, Santiago Carrillo. En cualquier caso, los antiguos impuestos franquistas de nuestros padres y los siguientes democráticos con los que hemos contribuido, y así prosiguen haciendo nuestros hijos, han sido y siguen siendo la fuente que ha nutrido sus nóminas, que alternativamente se han confeccionado en Madrid y en Moscú aunque sus importes se emitieran “por la gracia de Dios” o se troquelaran en oro, procedente de las reservas del Banco de España, cuyo último responsable, en Madrid, fue el Ministro de Hacienda Negrín, bajo la Presidencia de Largo Caballero, durante el breve Gobierno de la descontrolada II República Española. Por cierto, “el número 23” de los 26 de aquella inestable gobernabilidad.

Y me refería a que de España, durante muchos años, se ha dicho “que era diferente”, lo que suscitó interpretaciones antagónicas. En su origen quiso ser enseña de que en España se encontraba lo que en otros lugares escaseaba. Dio lugar a la curiosidad. Fue buen reclamo para la atracción del turismo y éste enriqueció nuestro país en unos años en los que lo necesitaba, por sufrir el aislamiento al que fue sometido por la incomprensión internacional de su dirección política. Pero, quienes prefirieron ahondar en el estrangulamiento ideológico por encima de reconocer la prosperidad social, dieron otro significado a la “diferencia” de España, a través del esperpento. Así, se tradujo como la “España de la pandereta”, desnaturalizando el fenómeno mejor conocido como “el milagro económico español”.

El período que va desde 1959 a 1973 fue, sin duda, el más próspero del antiguo régimen, y uno de los Gabinetes ministeriales más exitoso fue el décimo franquista, del día 7 de julio de 1965, en el que, como novedades recuerdo que Fraga repitió en Información y Turismo, y se incorporó López Rodó, como Ministro “sin cartera”. Por aquellas fechas, yo estudiaba con interés la política económica de este Ministro al que, dos años después, “los motoristas” que notificaban los relevos de los Gabinetes franquistas le compraron una Cartera, grabada con la etiqueta de “Planificación de Desarrollo”.

En torno a estas fechas me ha venido a la memoria el lugar en que me encontraba cuando tuve conocimiento de ese cambio ministerial. Yo me trasladé a vivir a Andalucía el día 4 de julio de 1965. En dicha fecha conocí por primera vez la provincia de la que Franco destacó, que “le quitaba el sueño”, no sé si por la rémora socioeconómica de la misma o por el estado de la reproducción de los venados en la finca de su yerno, no muy lejana de la que muchos años después ha hecho célebre una cita cinegética que congregó al Juez, que tiene acreditado quitarle el sueño el ya histórico, General cazador, con su Ministro del ramo, en tanto una treinta de asociaciones judiciales agitaban airadamente sus togas. Estoy seguro de que el fallecido General también carecía de licencia de caza, pero fue al Ministro a quien ese incidente le costó una multa impuesta por la Junta de Andalucía y devolver la Cartera del Ministerio de Justicia al Gobierno de España.

Y, asocio mi llegada a la Ciudad del Santo Reino con la crisis ministerial del 23 Gobierno franquista porque me llamó la atención una anécdota que me ha venido al recuerdo en muchas ocasiones y en la que, hoy, me quiero centrar.

Era el tercer día de estancia en la tierra que también llaman “del ronquío”, cuando el día 7 de julio de 1965, al atardecer, vencido un día de calor como yo no había conocido hasta entonces, salí a la calle con intención de mezclarme en el ambiente juvenil de la que iba a ser mi nueva residencia.

Con veinticinco años recién cumplidos y siendo nuevo en la plaza, no es extraño que me dirigiera al primer guardia municipal que me tropecé en el camino para preguntarle hacia dónde dirigir mis pasos para encontrar ese centro urbano, que había en todas las capitales de provincia, a donde acudía la juventud. En todas las ciudades pequeñas de entonces había una calle que reunía dos o tres cafeterías, con sus veladores a la puerta, a las que acudíamos los jóvenes que era el sector con el que me quería relacionar. Algo así como en Pamplona, la “Plaza del Castillo”, en Granada, “Puerta Real”, en Zaragoza el “Paseo de la Independencia” o en Toledo la “Plaza de Zocodover”…

Buen entendedor de mis pretensiones me dirigió a una avenida en la que estaban frente por frente dos cafeterías, repletas de gente en las terrazas así como en su interior. Ninguna de ellas ha aguantado el paso de cuarenta y cinco años, entre otras cosas, porque la concurrencia ciudadana a esas horas se ha reducido, la profusión de luces de neón que alegraban los establecimientos se ha apagado, y el trasiego de camareros y bandejas repletas de consumiciones también ha desaparecido. Aquella alegría se ha transformado dando lugar a otros comportamientos, reducidos a rincones más oscuros, en los que prima el autoservicio, reduciendo la afluencia masiva a los fines de semana y aquel murmullo de las conversaciones de entonces que sobresalía sobre suaves melodías, han quedado sepultadas bajo sones estridentes que impiden la conversación como no sea recibiendo el aliento de nuestro interlocutor en la misma oreja. Cada una de las transformaciones que estoy observando obedecen a muy diferentes, e interesantes, factores que han cambiado la sociedad y sus costumbres.

Pues bien, acomodé el brazo en la barra de una Cafetería que sería uno de los lugares emblemáticos, de encuentro social en la Ciudad, hasta que el rótulo de “Montemar” fue sustituido por el de “El Corte Inglés”. Dudo mucho que Carlos Guerrero, que así se llamaba el propietario de la cafetería-restaurante, conociera que el titular del Ducado de Montemar elevó el título a Condado, por concesión de Felipe V, tras su exitosa participación en la Batalla de Bitonto (1734), donde arrebató a los austriacos las plazas de Nápoles y Sicilia, que habían pertenecido a la Corona de España hasta 1700.

Y, puesto a observar el comportamiento de la sociedad a la que me estaba incorporando, llamó mi atención, una tertulia que tenía a mi lado, en la que un abogado –que conocería mucho tiempo después por razones profesionales- estaba haciendo un panegírico de la composición del mencionado Gobierno, remodelado tres días antes, aventurando la apertura que se proponía Fraga, con una más permisiva ley de prensa y el desarrollo económico que se avecinaba con la incorporación del ministro, perteneciente al Opus Dei, López Rodó, aunque inicialmente, lo fuera sin cartera, a los que se les atribuía la responsabilidad de determinadas funciones gubernamentales.

Pues volviendo al origen de mi comentario, “ahí estaba yo”, cuando se inició el slogan “Spain is different”, que el Titular de la Cartera que además de la “Información” tenía acumulado “el Turismo” y al que, entre otros méritos en el sector, tiene a su favor la creación de la Red de Paradores de España, que ahora por la Junta de Andalucía se ha querido emular con la red de una docena de “Villas de Andalucía”, que son “una gozada” –como dirían mis nietos-. A diferencia de los Paradores, instalados en Castillos y Construcciones históricas, las Villas son minúsculos pueblos típicos, en los que abundan su zonas ajardinadas y se configuran con alojamientos en casas, independientes o adosadas, o en apartamentos, con sus callejuelas y plaza central, en donde se ubican los servicios centrales.

Por dar testimonio de uno de ellos, allá por los años 90, asistí a una reunión de trabajo, con motivo de la incorporación de los Hospitales Provinciales a la Junta de Andalucía, en la “Villa de Bubión”, en la Alpujarra granadina, limitando con los municipios Lanjarón, Capileira, La Tahá, Pampaneira y Soportújar. Gran parte de su término municipal pertenece al Parque Nacional de Sierra Nevada, y forma parte del Conjunto Histórico del Barranco de Poqueira. Fueron tres días, de los que mejor recuerdo me ha quedado por la estancia en su recinto turístico que por los tediosos temas, principalmente económicos, que hubimos de abordar entre las ocho Diputaciones y la Junta.

Pero, como muchas veces me repito, esto ya es otro tema.

lunes, 17 de enero de 2011

DEL REY ABAJO... TODOS TENEMOS MÓVIL


Explicar a nuestros nietos que el teléfono no ha existido siempre es una tarea difícil. Hará falta que el niño tenga cierta madurez, superior a la del momento en que le atribuimos uso de razón. No es suficiente esa edad en la que se empieza a perder la inocencia. No basta con superar los mitos del “ratoncito Pérez”, de “sus Majestades los Reyes”, o del viaje que desde París ha realizado el nuevo hermanito.

Se precisa de una elemental formación. Tal vez sean las “Ciencias Naturales” las que les vayan descubriendo cómo se han producido los grandes y pequeños inventos, que han modificado la vida y costumbres de nuestra sociedad. Yo introduciría en la educación de los jóvenes una asignatura que específicamente les enseñara cómo son y cómo funcionan todos esos utensilios de los que se va a valer a lo largo de su vida. Con el correr de los años, ellos mismos serán protagonistas del nacimiento de otros muchos que en este momento no podemos siquiera imaginar.

Siendo niño, recuerdo que, a modo de juego, confeccionábamos teléfonos valiéndonos del tubo de un rollo de papel higiénico. Lo dividíamos en dos partes. A su vez taponábamos una de ellas con papel pergamino y los uníamos con una lid de varios metros, previamente encerada, sorprendiendo a quien escuchaba el mensaje procedente desde el otro canuto. Pero esto era un juego, no falto de pedagogía.

Yo he sido protagonista de la incorporación del teléfono en nuestras casas. No me refiero a la fecha de su invento ya que en 1876 todavía faltaban 64 años para mi incorporación a este mundo y tampoco pude conocer a quien se le atribuye el invento, Alexander Graham Bell que, pese a alcanzar los 75 años, murió 18 antes de pudiera iniciar mi primer balbuceo.

El escocés Graham Bell, Médico de profesión, emigró a los Estados Unidos, en donde ejerció como profesor de Fisiología Vocal de la Universidad de Boston. Su afán como logopeda, le hizo experimentar sobre las vibraciones que producía la voz frente a una membrana. A partir de ahí, un electroimán y un cable eléctrico fueron suficientes para idear dos pequeños aparatos, uno para hablar y otro para escuchar. El teléfono ya estaba inventado. Cuentan que la primera frase transmitida fue la que dirigió a su ayudante que se encontraba en la habitación contigua: “Señor Watson, venga aquí, necesito que me ayude”. Esta frase la garantizan los historiadores y no aquella otra de, “¡elemental, querido Watson!” que los lectores de Sir Arthur Conan Doyle atribuyeron a Sherlock Holmes, sin que aparezca en ninguna de de 4 novelas y 56 relatos de ficción, que componen el “canon holmesiano” y que, precisamente, por aquellos años hicieron furor en la literatura policiaca de la época.

Ni Bell ni su ayudante pudieron pensar en aquel instante que 135 años después iba a ser recordada esa frase. ¿Os imagináis que se os preguntara cuál fue la primera frase que dijisteis ante el teléfono en vuestra vida?

No voy a proponerme este ejercicio, ante el que me siento incapaz, pero sí puedo recordar algunos momentos que han tenido como protagonista el teléfono.

Fue en Pamplona, donde conocí la instalación del teléfono en casa de mis tíos. Y fue el “2089”, el único número que conocía, el primero desde el que verifiqué que, efectivamente, mi voz podía salir de casa traspasando tabiques, calles y plazas. Pocos meses después, mis padres instalaron teléfono en la casa; fue el “3495” el número asignado. La instalación, de ese aparato negro con un disco rotatorio y una palanca sobre la que posaba el auricular, exigía unos meses de espera y, con frecuencia, una pequeña recomendación administrativa, para que el enganche llegase al domicilio.

Para hablar dentro de la ciudad se marcaba directamente el número, pero cuando la llamada era interurbana, había que solicitarla de “Telefónica” al “009”, y según el lugar y las posibles sobrecargas de línea, podían -muy bien- transcurrir horas, hasta que se estableciera la conexión. A estas incomodidades había que añadir la dificultad con que la voz llegaba a nuestro oído, en muchos casos, mezclada con pitidos extraños que llamábamos “interferencias”. Y todo ello, con el temor de que la conversación no fuera demasiado comprometida, pues el sigilo entre ambos teléfonos podía ser interceptado.

El oficio de “telefonista”, que tenía encomendado meter y sacar clavijas de un gran panel lleno de agujeros, estuvo reservado al sexo femenino, y fue una de las profesiones con las que se inició la emancipación, en España, de la mujer al mundo del trabajo, junto a la costura que abrió nómina a “las modistillas” y el servicio doméstico que, de antiguo, se atribuyó a “las muchachas” o simplemente “chachas”. Las primeras abundaron en el cine americano, las segundas en la zarzuela madrileña y las últimas, “Las que tienen que servir”, pasaron a la historia de “los 60” interpretadas por Concha Velasco y Amparo Soler Leal en la película española, basada en la obra teatral de Alfonso Paso. A los estudiantes de la época no nos fueron ajenos estos gremios a la hora de entablar tímidas relaciones –que hoy harían reír a nuestros hijos y no serían comprendidas por los suyos- y que en la salas de fiestas (madrileñas, que yo recuerde) se iniciaban con un contacto de manos al inicio de un bolero, que bien podía ser de Machín, y la recurrente pregunta “¿estudias o trabajas?”.

Pero, sigamos con el teléfono que es el nucleo elegido para nuestro comentario. Los primeros teléfonos eran negros, muy feos. Parecían hechos para oficinas militares en películas de guerra. Los había de pared y de mesa. Luego los fabricaron de colores y de muy diverso formato, acordes con las modas que nos enseñaba el cine americano.

La forma habitual de establecer llamadas interurbanas, cuando no se disponía de teléfono en el domicilio, consistía en acudir a la Central local de la Cía. Telefónica Nacional de España, empresa que mantuvo el monopolio como operadora en España hasta 1999. Se acudía a esas cabinas de madera, no del todo insonorizadas, para “poner una conferencia”. Yo he acudido desde la situada en la esquina de la calle Cortes de Navarra con Amaya en Pamplona, en la década de “los 50”, pasando por la de la calle Fuencarral en Madrid, hasta la que hacía chaflán entre la calle Roldán y Marín y Federico Mendizábal, en Jaén. Ésta última cerró sus puertas al público, a finales de “los 60”, como fue sucediendo en el resto de las ciudades. De todas ellas, tengo recuerdos buenos y otros, no tan buenos. El teléfono no tenía el uso que le damos hoy. Se reservaba para asuntos de importancia.

En este momento recuerdo algunas situaciones, de cuando todavía vestía pantalón corto. Una llamada, desde Melilla, comunicando el fallecimiento de mi abuela María, que dio lugar a un rosario de azarosas conferencias, en doble sentido, para conocer si daba tiempo a trasponer desde Pamplona hasta Melilla antes del entierro, y otras llamadas, lúdicas, a la Radio Local, para participar en Concursos sobre adivinanza del título de las canciones que se emitían, después de cenar. A propósito de la Radio, recuerdo su indicativo radiofónico “EAJ-6” (Radio Requeté de Navarra, Pamplona), a la que, también por teléfono, nos dirigimos en una ocasión mis primos y yo para, en secreto, dedicarle un disco a mi tío en el día de su cumpleaños, por sorpresa. Al ser persona muy conocida en Pamplona y haber detallado el nombre y apellidos, y reproducirse la emisión a la hora de comer -después de las noticias- ello dio lugar a que, desde el Director de la emisora, “el tío Ramón”, Ramón Urrizalqui, hasta el último conocido irrumpieran telefónicamente en la comida que se había preparado como una celebración familiar íntima, con tarta incluida. A tan corta edad, sin saber si reír o llorar, recibimos la primera lección sobre el valor de la discreción.

El último momento que está viviendo la telefonía es el actual, con la difusión de los teléfonos móviles. El primero que usé fue, por los años 80, desde un automóvil oficial, en el que por razón de trabajo acompañaba a un político, que no había tenido inconveniente en gastar un precio exagerado para obtener un rendimiento caprichoso. Hoy, la expansión de la telefonía móvil la hemos incorporado a nuestro propio cuerpo. ¿Cuántas veces no habremos vuelto a nuestra casa desde las escaleras porque nos hemos dejado el móvil? ¿Cómo vamos a estar unas horas en la calle sin saber si alguien nos está llamando? Yo me pregunto cómo éramos capaces de permanecer fuera de casa muchas horas sin preocuparnos del teléfono. Pese a que se hizo célebre la reprimenda del Rey a su yerno Marichalar por estar colgado al móvil, advirtiéndole de que se iba a quedar sin batería, el otro día fuimos testigos de una simpática situación en la que a nuestro Jefe de Estado le interrumpió la ceremonia de presentación de credenciales del Embajador de Honduras el sonido de un politono, con risas infantiles, de su móvil que había dejado sobre una consola.

Hoy, el aparato, prácticamente, nos lo regalan en contraprestación a un contrato de permanencia durante año y medio en una operadora a la que se le garantiza un consumo mínimo mensual. De esta forma la Compañía se garantiza la esclavitud de un usuario a su línea, en exclusiva. Obtener “la carta de libertad” constituye una empresa llena de trámites, que supera a los que hubieron de soportar para lograr la manumisión los esclavos romanos.

Pero, en tanto se paga la cuota mensual correspondiente, los servicios cada día son de mayor calidad, permitiendo no sólo la conversación, sino también la correspondencia por mensajes, “los sms”. Concretamente, en las últimas horas del pasado Fin de Año fueron millones los mensajes que nos cruzamos los españoles para desearnos felicidad, a los que no faltó el ingenio latino que los cargó de agrias ocurrencias hacia nuestros gobernantes con motivo de la crisis económica.

A estos artilugios, que asustarían a nuestros abuelos ya fallecidos hace veinte años, se añaden otros servicios, que no tienen nada que ver con el primitivo teléfono, como la conexión a internet, el GPS (Global Positioning System: sistema de posicionamiento global) y la fotografía digital, que le incorporan atractivos y que producen una fuerte adicción a los usuarios, que en ocasiones prescinden de cubrir otras necesidades de mayor interés antes que privarse de los servicios de la telefonía móvil.

Recuerdo, no hace muchos años, haber ridiculizado a personas que veíamos cruzar un paso de cebra hablando por teléfono. Hoy, aventuraría apostar porque cualquiera de nosotros haya caído en situaciones así de grotescas. En cualquier caso, defiendo el invento y su difusión, cuya utilidad he conocido en casos extremos, tanto para llamar a un Servicio de Urgencias, como para reencontrarnos con familiares o amigos en aglomeraciones y viajes. Y, por referirme a los servicios ajenos a la telefonía, el otro día sin ir más lejos, me fue de gran utilidad, en una Ciudad cuyo callejero desconozco, para conducirme con el GPS de un extremo a otro sin necesidad de descubrir mi ignorancia a nadie.


jueves, 13 de enero de 2011

ASUNTOS QUE ESCAPAN A LA DEMOCRACIA

Prosiguiendo la argumentación de mis anteriores artículos, hoy quisiera centrarme en qué asuntos deben merecer su inclusión en orden del día de las sesiones colegiadas, a efectos de ser sometidos a votación.
Podemos hablar, indistintamente, de Ayuntamientos, Diputaciones, Parlamentos, etc., aunque para simplificar este Comentario haga referencia a los primeros que son los más conocidos por todos.
Para ello, comenzaré desmitificando estos entes, que, en realidad, sólo existen en nuestra imaginación. Un Ayuntamiento no lo podemos percibir a través de los sentidos. No lo podemos oler, tocar ni gustar. Sólo podemos oir su campanario y para verlo habremos de cerrar los ojos e imaginarnos una fachada de la que penden tres banderas o un salón de sesiones, normalmente, en forma de “U”, en cuyo centro se sienta una persona, muy satisfecha de sí misma, tocada de una banda y una medalla, que apoya sus manos en un bastón de mando, flanqueado a derecha e izquierda por compañeros de Corporación, todos ellos, felices el día de toma de posesión y mirándose de frente, con cara de pocos amigos, los restantes días en que son convocados por su Presidente, ese señor del bastón de mando.
Este conjunto de personas representan a sus votantes hasta el día en que se posesionan del cargo y, se dice que, a todo el censo electoral, a partir de dicho acto. Y digo que “se dice”, porque así está establecido en las normas que definen la soberanía del grupo.
Sin embargo, las actas del cargo electo son personales, de su propiedad absoluta durante el mandato, y por ello, con ellas lo mismo pueden despreciar las aspiraciones de quienes no les votaron como también, paradójicamente, traicionar a quienes les otorgaron su confianza.
Estos señores escriben su historia en editoriales que publican fascículos periódicos en forma de Boletines Oficiales o Diarios de Sesiones.
Son muy pocos los que leen asiduamente este diario íntimo que al salir de las rotativas, hoy “colgarse” en la red, se declaran “para general conocimiento” y lo que es más grave, “de obligado cumplimiento”.
Ahí, en esa bitácora, se recoge el pensamiento de los órganos. Estos Entes, que como antes decía, sólo existen en nuestra imaginación, adquieren vida a través de sus decisiones, elaboradas por intercambio de opiniones, que cuando no son coincidentes se someten a votación, prevaleciendo el criterio de la mayoría.
Este intercambio de juicios se realiza en el salón de sesiones, ése en forma de “U” o de abanico también, siendo ello fundamental, porque cuando esas mismas personas discuten sobre los mismos temas en la mesa de un café, o en una tertulia, no se producen acuerdos que obliguen a los ciudadanos. Cada uno marcha a su casa con la satisfacción de haber podido dar a conocer el criterio propio y quedar enriquecido con el de los demás.
A propósito de estas últimas, recuerdo que, durante el antiguo régimen, las tertulias se revivieron en la intimidad de las habitaciones de los Colegios mayores de “los 60”, a imitación de aquellas literarias y políticas del siglo XIX, que sirvieron de escenario a muchos pensadores liberales. Desde hace unas décadas las tertulias abundan en las emisoras de radio y de televisión, constituyendo un género periodístico de importancia. Cuando las palabras se las llevaba el viento, muchos de sus contenidos también desaparecieron, pero hoy, en la edad del “podcast”, en la que audios y vídeos son reproducibles, con posterioridad a su emisión, los tertulianos deberían esmerarse en sus intervenciones, si quieren ser recordados como todavía hoy lo son Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, García Lorca o Agustín de Foxá, por citar algunos de los tertulianos de los madrileños “Café y Botillería de Pombo”, en la calle Carretas o, el más moderno, “Café Gijón” –todavía vivo- en el Paseo de Recoletos.
Como decía, las votaciones se provocan por los órganos colegiados para obtener una síntesis de su voluntad, sobre un determinado asunto, a través del asentimiento mayoritario de sus miembros.
Obtenido el mismo, aquella persona, que no era más que una ficción jurídica, irrumpe en la vida del comercio de los hombres con una voluntad como si de un individuo se tratara. El Ayuntamiento ya es capaz de decidir en nuestras vidas, de mover pasiones y, sin miedo a exageraciones, podemos afirmar que también, sin haber conocido el beso, puede conocer el amor. Esos acuerdos municipales, nacidos de las votaciones democráticas, permiten construir viviendas, organizar las basuras, y también dar sombra a los ancianos en los parques, mientras ven a sus nietos balancearse en columpios o deslizarse por sinuosos toboganes infantiles.
Estas acciones configuran las ciudades hasta que el paso del tiempo, obliga a adoptar otras de mantenimiento y finalmente de demolición, para incorporar el rejuvenecimiento de las urbes.
Pues bien, cuando cada una de estas decisiones se han incorporado a la vida de los ciudadanos, ése hálito que las incorporó a la sociedad se apaga. Los gruesos expedientes se envuelven entre cuerdas, y transcurrido un tiempo pasan al Archivo que es el camposanto de las decisiones municipales. Como en todo cementerio, sólo merecen un apunte en el Libro del Encargado Municipal y cuando transcurre algún tiempo, también de allí son desalojados para sumergirse en el osario de la historia. Sólo historiadores y cronistas se ocuparán de aquellas decisiones que se tomaron por mayoría de votos.
Esta es la historia de cualquier Acuerdo, adoptado por un Ayuntamiento y que podemos trasladar a cualquier Ley emanada de una Cámara legislativa. Todo el fervor del debate con que se defienden tesis antagónicas, con las que se ocupan páginas de periódicos y horas de radio y televisión, terminarán dejando una huella más o menos larga en nuestras vidas, incluso pervivirán durante generaciones, pero al final sólo serán reconocibles por la Historia, viniéndome a la memoria aquel pasaje de “Imitación a Cristo”, “el Kempis” –como lo conocimos en mi juventud-: “sic transit…”.
Hoy me proponía meditar sobre el momento inicial en la adopción de Acuerdos. Sobre qué materias podían enfervorizar los debates de un Ayuntamiento, -siguiendo el modelo municipal- y cuales otras debían ser evitadas.
Yo creo que nada mejor que acudir a la razón, esa facultad de la que estamos investidos los seres humanos por igual, aunque en su ejercicio no estemos igualados. Existiendo tantos órganos con vocación para tomar decisiones habremos de acudir, en primer, a la razón de ser de cada órgano.
Así, los vecinos consienten y sostienen la existencia de estas entelequias llamadas Ayuntamientos para demandar de ellas decisiones que contribuyan a la felicidad de los ciudadanos, en el municipio correspondiente. ¡Qué bonita aquella declaración de la Constitución de 1812! “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación”.
Los ciudadanos demandan de sus regidores decisiones que hagan agradable la habitabilidad en la ciudad. Que se den las condiciones idóneas para que los niños jueguen, los adultos trabajen y los mayores descansen. Que los jardines adornen por igual el centro comercial que el suburbio y que la seguridad ciudadana esté igualmente protegida.
Por elevación, la importancia de las competencias de los órganos se irá ampliando en atención a su extensión. El alumbrado de una calle del Barrio de Salamanca de Madrid o de la Rochapea de Pamplona, será competencia de sus Ayuntamientos respectivos. Pero de las condiciones de los servicios de electricidad conocerán sus órganos regionales y, finalmente, la política de las fuentes de energía y su valoración estratégica para la Nación habrá de ser entendida por la Asamblea Nacional.
Hasta aquí parece que todos estamos de acuerdo, pero hay otro orden de asuntos que también deben vetarse a cualquier votación a la que se atribuya fuerza vinculante. En la enumeración de competencias que la ley atribuía a los Ayuntamientos, en la legislación de hace cincuenta años, se comprendía una innumerable lista de ellas, ordenadas por letras, hasta llegar a una final, que en un gesto de vagancia legal o, tal vez, pretendiendo aliviar las neuronas de quienes hubimos de memorizar aquellas tediosas listas, que actuaba de “coche escoba” en el que se incluía “aquellas otras que le atribuyeran las leyes”.
A través de dicho “cajón de sastre”, ahora suplido por el principio de “autonomía municipal”, el ámbito competencial se fue desvirtuando, pudiéndose ofrecer una amplia carta, según los caprichos de cada mâitre municipal. Por ello, no ha sido extraño que al lado de asuntos relativos al asfaltado de vías urbanas y otros en los que se sustituyen, en el callejero, los nombres de notables que en su día nuestros padres y abuelos homenajearon por otros que, recientemente, han vagado por las calles de la localidad, sin el aderezo que Puccini imprimió a sus personajes y las, todavía más extravagantes, condenas a la gestión del “Prestige”, en forma de gestión del chapapote o del control aéreo y, ¡cómo no, siempre presente durante más de una década!, lo hecho, no hecho o debido de hacer por nuestras Fuerzas Armadas en Oriente Medio.
Pero es que todavía hemos de ser más restrictivos; no sólo se trata de no meterse a arreglar la casa del vecino, sino –incluso- dentro de la nuestra, hemos de verificar los asuntos que, en sí mismos, sean verificables en vía democrática. Como decía en mi anterior Comentario, la existencia o inexistencia de Dios no depende del número de votos, como inútilmente se pretendió en el Ateneo de Madrid.
Hoy, están vivos en nuestros Parlamentos el cuestionamiento del derecho a la vida, tanto del nasciturus como del longevo. El derecho de sucesiones es la rama jurídica menos agradable al comentario porque toda sucesión lleva implícita una muerte. Pero desde el derecho romano, cuando menos, el nasciturus ha tenido derechos tan importantes como el de heredar de su padre, si éste muriese durante su gestación, y el longevo no pierde derecho alguno en razón a su vejez e incluso se respetan sus restos, una vez fallecido y en período cadavérico. ¿Cómo, por tanto, el resultado de una votación puede cuestionar el derecho a la vida?
Por ello, concluyo apuntando que hay una categoría de asuntos que no son verificables a través del resultado democrático de una votación. Ésta es la de los asuntos que el Derecho Natural ha reservado como “extra comertium” a la regulación del Derecho Positivo.
Al Derecho Natural me remito, por tanto, como árbitro y censor de las materias que puedan ser incluidas entre los asuntos a tratar democráticamente. A su puerta deben llamar los Presidentes de los órganos colegiados, antes de ordenar a los Secretarios el curso de las citaciones que contengan el orden del día de las sesiones colegiadas.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

TITULITIS Y EXCELENCIAS

Tomo el guante de un buen amigo, que a mi anterior comentario en este medio, me ha pedido concreción sobre los dos temas determinantes de la pretendida desnaturalización de la democracia, con referencia a nuestro país.

Mi afición por la nostalgia me ha conducido hacia esa prenda de abrigo, presente en nuestros románticos del XIX. El guante, además de servir para guardar las manos de los rigores del frío, se utilizó, en la época, para ser lanzado a la cara de quien se pretendía retar a duelo o se dejaba caer al suelo, que habría de pisar el rival, para mirar de soslayo si era o no recogido, en señal de discreta aceptación del combate. Una época en la que la proliferación de estos desafíos condujo a desgracias irreparables que obligaron a la prohibición legal del “duelo entre caballeros”.

Pues bien, no voy a dejar el guante perdido entre la hojarasca otoñal. Acepto. Certificado de escolaridad política que declare “aptos para el gobierno” a los ciudadanos, asuntos no susceptibles de discusión y votación política, así como árbitros o censores que expidan los certificados y elaboren la lista negra de asuntos. Éste es el material.

Recapacitar sobre todo ello daría lugar a un mamotreto que excedería del límite aconsejable a este Comentario, por lo que hoy me quedo con el primero de ellos, esto es, la formación de los políticos.

Quienes entienden que, por ser todos iguales, “en España cualquiera puede llegar a ser Presidente del Gobierno”, como dicen que dijera Rodríguez Zapatero al llegar a La Moncloa, están en lo cierto. Todos pueden, aunque yo sostenga que no “todos debieran poder”.

Para los jóvenes y también para otros mayores, que no tengan fresca la memoria histórica recordaré que mi tesis no es nueva en la legislación española. A los Gobernadores Civiles, Alcaldes y Concejales, en legislación de régimen local del régimen predemocrático, se les exigía determinados conocimientos. Para ser Concejales de cualquiera de los ocho mil y pico municipios españoles la Ley exigía ser vecinos, mayores de 23 años y saber leer y escribir. A los Alcaldes, se les retrasaba la edad a los 25, pensando que durante esos dos años habrían incrementado sus conocimientos y sentido de la responsabilidad, y se les demandaba “reunir las debidas condiciones de idoneidad, competencia y arraigo en la localidad”. Por competencia, que es la cualidad que interesa a este comentario, debemos entender “la pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado” (el de regir los intereses de la comunidad municipal). Finalmente, a los Gobernadores se les elevaba el ranking, pues se permitía obviar otros atributos conferidos por el Sistema a la sazón –en consonancia con un régimen de poderes políticos extraordinarios- a cambio de “poseer título profesional que exija grado de Facultad Universitaria o Escuela Especial Superior”.

Releyendo hoy textos legislativos que tuvimos, entonces, que memorizar quienes dedicamos nuestra actividad a las Leyes, habremos de admirar la buena confección que salía, fundamentalmente, en julio y diciembre de cada año, del Palacio de las Cortes. Y ello, sin necesidad de llegar a la época de López Rodó, en la que algunos textos legislativos bien pudieron entrar en la categoría de piezas literarias, aunque el argumento no fuera del gusto de todos los españoles. La restante legislación anual no tenía que abrirse paso por entre los Leones de San Jerónimo pues era trasladada por motoristas desde el Palacio de El Pardo hasta los talleres del Boletín Oficial del Estado.

Como decía, en el régimen predemocrático, se ha ido exigiendo desde “saber leer y escribir”, al modesto concejal del último municipio español, hasta la “titulación universitaria superior” para el desempeño de las funciones de mayor responsabilidad. Es cierto que el índice de analfabetismo de aquella época era alto, mientras que en la actualidad éste es residual y, en consecuencia, la titulación académica superior, que en la época pasada estaba reservada a clases elitistas, hoy ha invertido la tendencia de su pirámide social.

Esta es la razón por la que con el advenimiento de la democracia y el reconocimiento explícito de igualdad que confiere el título de ciudadano, los desposeídos de certificación académica universitaria vieron peligrar su acceso a los más altos cargos públicos, con lo que se sintieron frustrados en la conquista de una jacobina igualdad ciudadana.

Por ello, no es de extrañar que desde el fallecimiento del General, hubo una corriente –naturalmente, mayoritaria en número- de ataque a la denominada “titulitis” y sus “excelencias”. Incluso, en determinados círculos sociales se apeó el “don/doña”, y, por extensión, se permutó el tratamiento del usted por el tuteo y se eliminaron las diferencias que en el trato social conferían los títulos académicos. Paradójicamente, supuso un paso atrás en la historia, recordándonos la pública condena del General Millán Astray en su incidente frente a Unamuno. “Muera la inteligencia”.

Esa tendencia de rasar por lo bajo, naturalmente, dio el triunfo a las medianías, expatriando del gobierno a las excelencias. Pero es que el afán de destruir pedestales llevó al espectáculo de ver cómo se borraban las distinciones de Organismos Públicos que las venían ostentando desde antiguo. Fueron muchos los Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales, que hicieron rotular los folios de trabajo de sus oficinas, amputando el Ilustrísimo o Excelentísimo con que se adornaban. Soy testigo cualificado de ello.

En 1979, los dirigentes del Partido Socialista Obrero Español, entonces diferenciado por sus tres últimas siglas, accedieron al gobierno de gran número de Ayuntamientos y Diputaciones. Con tal motivo, hubieron de relacionarse, a diario, con los funcionarios del nivel administrativo superior, y recibieron instrucciones de imponer el tratamiento del Vd., no por respeto a la “titulitis” sino para otorgarse una “excelencia” como electos democráticos.

Cuando las relaciones, entre las mismas personas, se producían, cuatro calles más abajo, en la Casa del Pueblo, se tornaba al tuteo, amparado por el tratamiento de “compañero”, que a más de uno nos recordaba el de los “camaradas” de otros tiempos.

Esta política de gestos llegó a límites que afectó a los vehículos particulares usados por los políticos. Recuerdo, por aquellas fechas, que en el trayecto Madrid-Jaén, Bailén era el lugar de trasbordo del coche de alta gama al utilitario con el que llegar a la capital jiennense. El Diputado cunero por la provincia, tras aflojarse la corbata, era acompañado, no, entonces, por la reina de “Porcelanosa” sino por un secretario general del partido que escondía su titulación en Ciencias Económicas en un desenfadado “nicki”, para mejor ser recibidos por su electorado.

Pronto, estos mismos políticos se dieron cuenta de la estupidez de estas conductas, e invirtieron la tendencia porque se vieron ridículos cuando algunos funcionarios –no faltos de mala intención- hacían tan empalagoso el “Dígame Vd.” que los aludidos se sintieron burlados, volviendo al “tuteo”, salvo cuando el tratamiento se debía al respeto por razón edad o de jerarquía judicial, militar o eclesiástica, en aquellos años a los que me refiero, en que todavía conservaban intacta su independencia. Del mismo modo se dejaron de utilizar vehículos particulares y se uniformó el uso del coche oficial y asistencia de escolta.

Algo de ello ha quedado, no obstante, y quedo sorprendido con la enseñanza que han recibido todos los trabajadores de Sanidad –quiero pensar que en aras a una presunta aproximación…- quienes al dirigirse a los pacientes ingresados en los Centros hospitalarios públicos, mermados por el golpe de la enfermedad, se encuentran sorprendidos, al escuchar –como yo he oído, al referirse a mi madre, de 95 años- “Mercedes, túmbate en la camilla que vamos a Rayos”. Pero ésta es otra historia.

Del mismo modo fue curioso otro comportamiento, que viene al aire de lo anterior. Cuando en 1982 cubrieron las perchas del Palacio de La Moncloa, rozadas confecciones de pana, el ujier de turno hacía advertencia a las visitas que llegaban procedentes de Dos Hermanas y otros pueblos sevillanos que Felipe se llamaba Don Felipe y Alfonso Don Alfonso y que a aquellas estancias no se podía llegar descamisado.

Confundido entre tanta anécdota, retorno a la reivindicación de la exigencia del título universitario para cargos públicos de cierta relevancia, no por la necesidad de aplicar los conocimientos de las materias propias del título, sino por la madurez intelectual que implica haber sometido las potencias del alma, memoria, inteligencia y voluntad, a una disciplina durante muchos años; al yunque del esfuerzo en el que se moldean las asperezas naturales del ser humano.

Para que la memoria no sea el talento de los tontos, la inteligencia se haga creativa y la voluntad se enfrente al condicionamiento al que la someten los instintos.

En ningún caso pretendo que los cargos públicos tengan que ser desempeñados por quienes hayan cursado estudios de Política o de Derecho –lo que tampoco debe ser un baldón- sino que es indiferente la Facultad o Escuela en la que se hayan adiestrado, ya que la formación universitaria del estudiante proporciona un grado de responsabilidad propio del que ha tenido que dejar muchas renuncias en el camino, ha tenido que hacer suyas experiencias de sabios y maestros… y a la hora de tomar decisiones éstas son más sopesadas y armónicas. Que no seamos centros de chanzas en la plaza de la “aldea global”.

De otra parte, la “titulación” elemental, media o superior, según los grados de responsabilidad, es una excelencia que dignifica no ya a la persona sino al cargo, en su genuino sentido de encargo. Claro que, la dignidad del mismo también ha sido omitida de la fórmula de juramento que finalizaba con la antigua coletilla “y ajustar mi conducta a la dignidad del cargo”.

Con la exigencia de responsabilidades por incumplimiento de esta parte del juramento, o promesa, hubieran sobrado legislaciones sobre corrupción.