lunes, 17 de enero de 2011

DEL REY ABAJO... TODOS TENEMOS MÓVIL


Explicar a nuestros nietos que el teléfono no ha existido siempre es una tarea difícil. Hará falta que el niño tenga cierta madurez, superior a la del momento en que le atribuimos uso de razón. No es suficiente esa edad en la que se empieza a perder la inocencia. No basta con superar los mitos del “ratoncito Pérez”, de “sus Majestades los Reyes”, o del viaje que desde París ha realizado el nuevo hermanito.

Se precisa de una elemental formación. Tal vez sean las “Ciencias Naturales” las que les vayan descubriendo cómo se han producido los grandes y pequeños inventos, que han modificado la vida y costumbres de nuestra sociedad. Yo introduciría en la educación de los jóvenes una asignatura que específicamente les enseñara cómo son y cómo funcionan todos esos utensilios de los que se va a valer a lo largo de su vida. Con el correr de los años, ellos mismos serán protagonistas del nacimiento de otros muchos que en este momento no podemos siquiera imaginar.

Siendo niño, recuerdo que, a modo de juego, confeccionábamos teléfonos valiéndonos del tubo de un rollo de papel higiénico. Lo dividíamos en dos partes. A su vez taponábamos una de ellas con papel pergamino y los uníamos con una lid de varios metros, previamente encerada, sorprendiendo a quien escuchaba el mensaje procedente desde el otro canuto. Pero esto era un juego, no falto de pedagogía.

Yo he sido protagonista de la incorporación del teléfono en nuestras casas. No me refiero a la fecha de su invento ya que en 1876 todavía faltaban 64 años para mi incorporación a este mundo y tampoco pude conocer a quien se le atribuye el invento, Alexander Graham Bell que, pese a alcanzar los 75 años, murió 18 antes de pudiera iniciar mi primer balbuceo.

El escocés Graham Bell, Médico de profesión, emigró a los Estados Unidos, en donde ejerció como profesor de Fisiología Vocal de la Universidad de Boston. Su afán como logopeda, le hizo experimentar sobre las vibraciones que producía la voz frente a una membrana. A partir de ahí, un electroimán y un cable eléctrico fueron suficientes para idear dos pequeños aparatos, uno para hablar y otro para escuchar. El teléfono ya estaba inventado. Cuentan que la primera frase transmitida fue la que dirigió a su ayudante que se encontraba en la habitación contigua: “Señor Watson, venga aquí, necesito que me ayude”. Esta frase la garantizan los historiadores y no aquella otra de, “¡elemental, querido Watson!” que los lectores de Sir Arthur Conan Doyle atribuyeron a Sherlock Holmes, sin que aparezca en ninguna de de 4 novelas y 56 relatos de ficción, que componen el “canon holmesiano” y que, precisamente, por aquellos años hicieron furor en la literatura policiaca de la época.

Ni Bell ni su ayudante pudieron pensar en aquel instante que 135 años después iba a ser recordada esa frase. ¿Os imagináis que se os preguntara cuál fue la primera frase que dijisteis ante el teléfono en vuestra vida?

No voy a proponerme este ejercicio, ante el que me siento incapaz, pero sí puedo recordar algunos momentos que han tenido como protagonista el teléfono.

Fue en Pamplona, donde conocí la instalación del teléfono en casa de mis tíos. Y fue el “2089”, el único número que conocía, el primero desde el que verifiqué que, efectivamente, mi voz podía salir de casa traspasando tabiques, calles y plazas. Pocos meses después, mis padres instalaron teléfono en la casa; fue el “3495” el número asignado. La instalación, de ese aparato negro con un disco rotatorio y una palanca sobre la que posaba el auricular, exigía unos meses de espera y, con frecuencia, una pequeña recomendación administrativa, para que el enganche llegase al domicilio.

Para hablar dentro de la ciudad se marcaba directamente el número, pero cuando la llamada era interurbana, había que solicitarla de “Telefónica” al “009”, y según el lugar y las posibles sobrecargas de línea, podían -muy bien- transcurrir horas, hasta que se estableciera la conexión. A estas incomodidades había que añadir la dificultad con que la voz llegaba a nuestro oído, en muchos casos, mezclada con pitidos extraños que llamábamos “interferencias”. Y todo ello, con el temor de que la conversación no fuera demasiado comprometida, pues el sigilo entre ambos teléfonos podía ser interceptado.

El oficio de “telefonista”, que tenía encomendado meter y sacar clavijas de un gran panel lleno de agujeros, estuvo reservado al sexo femenino, y fue una de las profesiones con las que se inició la emancipación, en España, de la mujer al mundo del trabajo, junto a la costura que abrió nómina a “las modistillas” y el servicio doméstico que, de antiguo, se atribuyó a “las muchachas” o simplemente “chachas”. Las primeras abundaron en el cine americano, las segundas en la zarzuela madrileña y las últimas, “Las que tienen que servir”, pasaron a la historia de “los 60” interpretadas por Concha Velasco y Amparo Soler Leal en la película española, basada en la obra teatral de Alfonso Paso. A los estudiantes de la época no nos fueron ajenos estos gremios a la hora de entablar tímidas relaciones –que hoy harían reír a nuestros hijos y no serían comprendidas por los suyos- y que en la salas de fiestas (madrileñas, que yo recuerde) se iniciaban con un contacto de manos al inicio de un bolero, que bien podía ser de Machín, y la recurrente pregunta “¿estudias o trabajas?”.

Pero, sigamos con el teléfono que es el nucleo elegido para nuestro comentario. Los primeros teléfonos eran negros, muy feos. Parecían hechos para oficinas militares en películas de guerra. Los había de pared y de mesa. Luego los fabricaron de colores y de muy diverso formato, acordes con las modas que nos enseñaba el cine americano.

La forma habitual de establecer llamadas interurbanas, cuando no se disponía de teléfono en el domicilio, consistía en acudir a la Central local de la Cía. Telefónica Nacional de España, empresa que mantuvo el monopolio como operadora en España hasta 1999. Se acudía a esas cabinas de madera, no del todo insonorizadas, para “poner una conferencia”. Yo he acudido desde la situada en la esquina de la calle Cortes de Navarra con Amaya en Pamplona, en la década de “los 50”, pasando por la de la calle Fuencarral en Madrid, hasta la que hacía chaflán entre la calle Roldán y Marín y Federico Mendizábal, en Jaén. Ésta última cerró sus puertas al público, a finales de “los 60”, como fue sucediendo en el resto de las ciudades. De todas ellas, tengo recuerdos buenos y otros, no tan buenos. El teléfono no tenía el uso que le damos hoy. Se reservaba para asuntos de importancia.

En este momento recuerdo algunas situaciones, de cuando todavía vestía pantalón corto. Una llamada, desde Melilla, comunicando el fallecimiento de mi abuela María, que dio lugar a un rosario de azarosas conferencias, en doble sentido, para conocer si daba tiempo a trasponer desde Pamplona hasta Melilla antes del entierro, y otras llamadas, lúdicas, a la Radio Local, para participar en Concursos sobre adivinanza del título de las canciones que se emitían, después de cenar. A propósito de la Radio, recuerdo su indicativo radiofónico “EAJ-6” (Radio Requeté de Navarra, Pamplona), a la que, también por teléfono, nos dirigimos en una ocasión mis primos y yo para, en secreto, dedicarle un disco a mi tío en el día de su cumpleaños, por sorpresa. Al ser persona muy conocida en Pamplona y haber detallado el nombre y apellidos, y reproducirse la emisión a la hora de comer -después de las noticias- ello dio lugar a que, desde el Director de la emisora, “el tío Ramón”, Ramón Urrizalqui, hasta el último conocido irrumpieran telefónicamente en la comida que se había preparado como una celebración familiar íntima, con tarta incluida. A tan corta edad, sin saber si reír o llorar, recibimos la primera lección sobre el valor de la discreción.

El último momento que está viviendo la telefonía es el actual, con la difusión de los teléfonos móviles. El primero que usé fue, por los años 80, desde un automóvil oficial, en el que por razón de trabajo acompañaba a un político, que no había tenido inconveniente en gastar un precio exagerado para obtener un rendimiento caprichoso. Hoy, la expansión de la telefonía móvil la hemos incorporado a nuestro propio cuerpo. ¿Cuántas veces no habremos vuelto a nuestra casa desde las escaleras porque nos hemos dejado el móvil? ¿Cómo vamos a estar unas horas en la calle sin saber si alguien nos está llamando? Yo me pregunto cómo éramos capaces de permanecer fuera de casa muchas horas sin preocuparnos del teléfono. Pese a que se hizo célebre la reprimenda del Rey a su yerno Marichalar por estar colgado al móvil, advirtiéndole de que se iba a quedar sin batería, el otro día fuimos testigos de una simpática situación en la que a nuestro Jefe de Estado le interrumpió la ceremonia de presentación de credenciales del Embajador de Honduras el sonido de un politono, con risas infantiles, de su móvil que había dejado sobre una consola.

Hoy, el aparato, prácticamente, nos lo regalan en contraprestación a un contrato de permanencia durante año y medio en una operadora a la que se le garantiza un consumo mínimo mensual. De esta forma la Compañía se garantiza la esclavitud de un usuario a su línea, en exclusiva. Obtener “la carta de libertad” constituye una empresa llena de trámites, que supera a los que hubieron de soportar para lograr la manumisión los esclavos romanos.

Pero, en tanto se paga la cuota mensual correspondiente, los servicios cada día son de mayor calidad, permitiendo no sólo la conversación, sino también la correspondencia por mensajes, “los sms”. Concretamente, en las últimas horas del pasado Fin de Año fueron millones los mensajes que nos cruzamos los españoles para desearnos felicidad, a los que no faltó el ingenio latino que los cargó de agrias ocurrencias hacia nuestros gobernantes con motivo de la crisis económica.

A estos artilugios, que asustarían a nuestros abuelos ya fallecidos hace veinte años, se añaden otros servicios, que no tienen nada que ver con el primitivo teléfono, como la conexión a internet, el GPS (Global Positioning System: sistema de posicionamiento global) y la fotografía digital, que le incorporan atractivos y que producen una fuerte adicción a los usuarios, que en ocasiones prescinden de cubrir otras necesidades de mayor interés antes que privarse de los servicios de la telefonía móvil.

Recuerdo, no hace muchos años, haber ridiculizado a personas que veíamos cruzar un paso de cebra hablando por teléfono. Hoy, aventuraría apostar porque cualquiera de nosotros haya caído en situaciones así de grotescas. En cualquier caso, defiendo el invento y su difusión, cuya utilidad he conocido en casos extremos, tanto para llamar a un Servicio de Urgencias, como para reencontrarnos con familiares o amigos en aglomeraciones y viajes. Y, por referirme a los servicios ajenos a la telefonía, el otro día sin ir más lejos, me fue de gran utilidad, en una Ciudad cuyo callejero desconozco, para conducirme con el GPS de un extremo a otro sin necesidad de descubrir mi ignorancia a nadie.