martes, 22 de diciembre de 2009

LA TIERRA NO PERTENECE A NADIE, SALVO AL VIENTO

Wallace S. Broecker (Chicago, 1931) es considerado el autor del término “cambio climático” a partir de la publicación, en 1975, de un artículo en la revista Science titulado “Cambio Climático: ¿Estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?”

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático adoptada en Nueva York en 1992 y que entró en vigor dos años después, usa el término cambio climático sólo para referirse al cambio por causas humanas, entendiendo por tal un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables. (artículo 1, párrafo 2).

Kioto fue la capital de Japón desde 794 hasta el desplazamiento del gobierno a Tokio en 1868, cuando tuvo lugar la Restauración Meiji. Pero no es por ello por lo que el nombre de esta importante ciudad nipona está siendo objeto de atención en el mundo occidental. Su conocimiento universal se debe a que en el año 1997 fue la sede en la que los gobiernos incorporaron una adición al tratado, conocida con el nombre de “Protocolo de Kyoto”.

Estos documentos, que se redactaron cargados de buenas intenciones, tenían como objetivo comprometer a los países firmantes a reducir las emisiones de nueve gases, en un porcentaje aproximado de al menos un 5%, dentro del período que va desde el año 2008 al 2012. A este propósito se acompañaron una serie de compensaciones económicas en favor de los países menos desarrollados, a costa de los más ricos, para que pudieran adaptar sus procesos productivos a las exigencias del Acuerdo.

El gas más conocido es el dióxido de carbono (CO2). Este gas forma el casquete que cubre nuestras ciudades, a modo de boina, y que, cuando viajamos hacia Madrid, hasta no atravesarlo, no deja ver con detalle los alrededores del aeropuerto de Barajas.

Tras doce años de polémicos incumplimientos, ahora en Copenhague se ha abordado la búsqueda de un compromiso que continúe la labor del nipón hasta 2020, pretendiendo, inicialmente, recortar las emisiones de gases contaminantes entre el 25 y el 40% por debajo de los niveles de 1990 para limitar el aumento de la temperatura a dos grados centígrados por encima de los valores de la era preindustrial y determinar las compensaciones económicas correspondientes.

Con ello, la sociedad internacional busca remedio al efecto invernadero en la atmósfera que impide que parte del calor regrese al espacio, y conduce a la expansión del volumen de los océanos con invasión de litorales muy habitados que pueden llevar a la desaparición de islas con asentamientos importantes de población, y a romper el equilibrio biológico animal, vegetal y forestal que, en algunos años, puede comprometer la existencia del hombre en el planeta.

Esta lucha está íntimamente unida al concepto de sostenibilidad, sobre el que escribí un reciente Comentario, existiendo propósito entre los países para actuar de forma que podamos cumplir nuestras responsabilidades hacia las generaciones futuras.

Sirvan estas líneas como introducción a la crónica de lo que ha ocurrido, estos días, en la cumbre de Copenhague, Foro en el que España ha participado con gran entusiasmo.

Precisamente, en la madrugada de hoy, día 19 de diciembre, me llega la noticia de estar prácticamente cerrado un documento de sólo tres páginas, que la Unión Europea ha llamado "Acuerdo de Copenhague", con cuya rúbrica más de 100 Jefes de Estado y de Gobierno y decenas de miles de acompañantes se habrán marchado a sus hoteles (solos o acompañados, de aceptar la invitación gratuita de sexo que les fue brindada como protesta a la campaña municipal hacia los Delegados de la Cumbre "Sé sostenible: no compres sexo") o habrán tomado los aviones de regreso a sus casas, dormitando, entre sueños acusadores, el fracaso de otra oportunidad más.

Esos tres papeles contienen otra “declaración de intenciones” que da pasos atrás con respecto a la «Hoja de ruta» de Bali, aprobada en 2007. Los dos gigantes en contaminación, Estados Unidos y China, se han “arrugado”, dando al traste el ambicioso proyecto que tanto ha cuidado la Unión Europea.

Nuestro Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, al que caracteriza una fuerte dosis de optimismo en todas sus actividades y que ha participado, activamente, hasta última hora en las reuniones, ha calificado de “coherente, serio y riguroso” el trabajo de estos días y, sin duda, el “más ambicioso y responsable”, teniendo que dejar a un lado su vena poética con la que finalizó el discurso del día anterior.

Su epílogo ha dado la vuelta al mundo, con olvido del contenido del cuerpo de la alocución. Así se expresó: “Tenemos que lograr unir el mundo para salvar la tierra, nuestra tierra, en la que viven pobres, demasiados pobres, y ricos, demasiado ricos. Pero la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”.

Si con ello quiso alcanzar notoriedad, desde luego, sí que ha cumplido con su objetivo. En el mismo discurso dijo una cosa y su contraria en el transcurso de dos minutos. Habló de “nuestra tierra” para terminar diciendo que no es nuestra ya que “no pertenece a nadie, salvo al viento”. Pero lo que más tinta está consumiendo en la prensa internacional es la explicación de esa pertenencia “al viento”.

Los mas conspicuos analistas hablan de una licencia poética, en la que dirigió un guiño al ecologismo, al estilo de la carta que el Jefe indio Seattle envió, en 1854, al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, en respuesta a la oferta de compra de las tierras de la tribu Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washington.

Esta carta está considerada, por los ecologistas, como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente". Sobre la belleza de su prosa podríamos extendernos, aunque sólo traigo aquí su referencia al viento, al hilo de nuestro comentario, “Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos”. Aunque en ningún caso atribuye la propiedad de la tierra al viento, afirmando, en otro párrafo, que “la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

Después de desechar la idea de que la referencia al viento tenga algo que ver con algún comentario que su Ministra de Cultura pudiera haberle hecho, sobre la mítica pareja “Rhett Butler-Scarlett O’Hara” el pasado día 15, con motivo del 70 aniversario del estreno de la película “Lo que el viento se llevó”, y al no encontrarle encaje en la vieja fraseología del agro socialista “la tierra es del que la trabaja”, desde mi soledad ante el ordenador he tratado de investigar el alcance de la rebuscada ocurrencia del Speechwriting Director de Moncloa, y he llegado a algunas conclusiones, acudiendo al Antiguo Testamento, aunque desconozco si estos gruesos volúmenes tienen signatura en la bilblioteca del Recinto Presidencial.

Tal vez, desde Madrid, se ha entendido que en Copenhague, se acudía a una reunión en la que la Humanidad representada, por doscientos países, al tratar de evitar el cambio climático, pretendía poner los medios para frustrar un atentado contra la obra de Dios en su creación. Y, efectivamente, se entendió bien. Y estoy convencido de que también “vio Dios que estaba bien”. No son pocos los ecologistas que así lo entienden. Por ello, no era arriesgado pensar que se fuera a levantar una pira en la ciudad danesa para ofrecer sacrificios a Yahveh que, no en balde es el Padre de las tres religiones monoteístas, dominantes en gran parte de la tierra. Así entendido, en el discurso de ofertorio de los dignatarios políticos, ante el altar, resultaba coherente dar reverente lectura al Génesis, ya que aquí “el viento” sí aparece en sus primeras líneas.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Y ese viento de Dios puso orden en el caos y la confusión, del mismo modo que insufló la luz. “Haya luz y hubo luz”, y en la sucesión de los días bíblicos, antes de amanecer el día tercero, Dios dijo “Produzca la tierra vegetación; hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra”. Y cuando así fue “vio Dios que estaba bien”. Y prosiguió su labor en sucesivas jornadas para alojar peces, aves y animales terrestres. Finalizó con el ser humano, al que dio la grandeza de crearlo a su imagen (“a imagen de Dios le creó”), y con su bendición puso en sus manos el orden de la creación.

Ah! Sin duda a nuestro Presidente le han venido a la mente todas estas alegorías y ha querido decir al auditorio internacional que fue el viento de Dios el que ajustó la naturaleza con la precisión de un maestro relojero; y que, puesta a punto, se la entregó al hombre para su administración natural, para que se sirviera de los animales y se alimentara de los árboles frutales y que hombre y mujer, “haciéndose una sola carne”, también fecundaran seres humanos a los que su viento cubriría de dignidad (“a su imagen y semejanza”) y así cuando contemplara la evolución de su creación se sentiría satisfecho y el historiador bíblico pudiera añadir páginas, repitiendo “Vio que estaba bien”.

Pero en esta fantástica imaginación, que estoy atribuyendo a Rodríguez Zapatero durante su oración, es lógico figurarnos que también reflexionara sobre su acción de gobierno y que repasara sus agitadas jornadas vividas en la Carrera de San Jerónimo, el santo de la Vulgata, traducción de la Biblia al latín. En ese edificio, blindado por los leones de bronce fundidos en 1866 con los cañones capturados al Sultán de Marruecos en la Guerra de 1860 (Daoiz y Velarde, bautizados por el pueblo de Madrid), está, estos días, legislando, con la aritmética, materias que Yahveh nos entregó ya ordenadas y que, como frutos, colgó en el árbol de la ciencia del bien y del mal, del que dejó dicho Dios “No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte”. Y al venirle esta reflexión a la mente se miró y, como Adam, se vió desnudo. Por ello enmudeció su discurso, confiando al viento una última frase inconclusa.

martes, 15 de diciembre de 2009

OBAMA, PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2009


En la primera semana de octubre pasado, de forma sorpresiva, nos llegó la noticia de la concesión del Premio Nobel de la Paz en favor de Barak Obama.

El primer sorprendido fue el propio mandatario, quien reconoció que "no tengo la impresión de que merezca estar en la compañía de tantas personalidades transformadoras que han sido homenajeadas con este premio", aun cuando lo aceptara ya que la distinción le serviría de estímulo para continuar su trabajo en asuntos que son importantes para EE UU y para tratar de lograr una paz y seguridad duraderas en el mundo.

El Instituto Nobel de Noruega decidió galardonar a Obama en atención a sus "esfuerzos extraordinarios por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos" y porque su visión de un mundo sin armas nucleares "ha estimulado el desarme y las negociaciones para el control de armamento". El primer ministro noruego, Stoltenberg, enjuició como “bien merecida e importante” la concesión del premio ya que no podía “pensar en otra persona que haya hecho más por la paz a lo largo de este año que ha transcurrido”.

En cuanto a reacciones externas, de una parte, se abrió un frente, el de los incondicionales por afinidad política, que desde el 4 de noviembre de 2008 vieron en el afroamericano al líder que habría de enterrar la política de Bush, al pacifista, al que luciría un nuevo estilo en la Casa Blanca, que entendieron este Nobel como una exhortación a la paz y a la búsqueda de soluciones que habrían de conducir a la supervivencia de la especie (Fidel Castro), como la conquista de un presidente que anunció medidas importantes para contener el armamento nuclear (Lula da Silva), como el reconocimiento de las esperanzas puestas en el presidente norteamericano (Mijail Gorbachov) o como respuesta “al modo en el que desde la presidencia de la primera potencia mundial se están entendiendo las relaciones internacionales, con esa oferta permanente de diálogo y entendimiento a pueblos, religiones, culturas, banderas" (Rodríguez Zapatero); siendo comprensibles las adhesiones del Alto Representante de la UE para la Política Exterior y Seguridad Común (Javier Solana) quien destacó "su devoción por la causa de la paz y su ilimitada dedicación a la diplomacia internacional" y la del Secretario General de la OTAN (Andrés Fogh Rasmussen), por el "fuerte compromiso para ayudar a forjar la paz y defender los derechos humanos fundamentales, también a través de la Alianza Atlántica".

El Presidente del Partido Popular español (Mariano Rajoy) no tuvo inconveniente en airear el botafumeiro internacional con un telegrama de cortesía “esta concesión supone un justo y merecido reconocimiento a su extraordinaria contribución a la búsqueda de la paz en el mundo, objetivo en el que siempre puede contar con nuestro más decidido apoyo"

Y, naturalmente, no opinaron igual los talibanes afganos en boca del principal portavoz de los insurgentes en el país, Zabihullah Mujáis, quien declaró que "no hay diferencias entre la política de Obama y la del anterior presidente (George W.) Bush”.

A mí, por su condición de inquilino de la Casa Blanca, con una antigüedad que no llega al año, me parecieron más prudentes las posturas del líder del Partido Republicano norteamericano, Michael Steele, quien criticó duramente la concesión y opinó que se debe a su estatus de "estrella" más que a logros reales y la del ex presidente polaco Lech Walesa que la calificó de precipitada, al declarar "¿Tan rápido? Demasiado rápido. Obama no ha tenido tiempo de hacer nada todavía" o la escéptica del primer ministro nipón, Yukio Hatoyama, quien destacó "no es fácil que el presidente de Estados Unidos, un país que tiene los mayores arsenales de armas nucleares, pida la creación de un mundo sin armas atómicas".

En fin, “pero así está el mundo” (Hugo Chávez), concluyo, por no hacer tediosa esta exposición, aceptando excepcionalmente la voz del dirigente venezolano.

Conocido el punto de arranque de la opinión internacional ésta se ha mantenido expectante, esperando el desarrollo de acontecimientos, y cuando sólo nueve días antes de recoger su diploma en Estocolmo anunció su intención de incrementar en 30.000 efectivos las tropas estadounidenses en Afganistán han desatado las iras de los más furibundos pacifistas, quienes consideran que Obama se ha desnudado completamente ante EE.UU. y el mundo como un hombre de guerra y que el Premio Nobel de la Paz –antes de ser recogido- ya se juzga, decididamente, inmerecido, incrementando su nómina de desaciertos, en política internacional, con su posición ambigua frente al golpe de Estado de Honduras y el hecho de instalar cinco bases militares en Colombia.

Algún politólogo ha apostillado la cuestión, aproximándose a la música para decir que “una cosa es con guitarra y otra con violín”. Parece como si hubiera leído mi comentario del día 12 de noviembre de 2008, con referencia a su discurso del 4 anterior “Ahora hay que andar para hacer camino”, publicado también en La Tribuna de Navarra (http://tribunadenavarra.com) .

En España, el Gobierno Aznar, el 12 de diciembre de 2001, ya aprobó el envío de 450 efectivos a Afganistán. Actualmente tiene un contingente de mil soldados permanentes (998), después del incremento de 220 efectivos, aprobados por el Congreso el pasado 23 de septiembre, complaciendo al americano y siguiendo la reflexión de Zapatero de que no depende de cómo Obama nos puede ayudar a nosotros, sino de cómo nosotros podemos apoyar a Barack Obama. Y, consecuente con ello, nuevamente, ha refrendado la ampliación de su presencia en Afganistán con la promesa de un incremento del número de tropas españolas, que propondrá al Parlamento.

Pues bien, así estaban las cosas, cuando el pasado día 10 de diciembre, ante una selecta audiencia de 1000 asistentes, tras recibir el galardón en el Ayuntamiento noruego de Oslo, pronunció un interesante discurso que se comprende en diez folios, según la traducción a la que he tenido acceso. Desde luego, me gusta la oratoria del presidente americano. Sabe poner en escena el libreto que le confecciona, con gran acierto, su veinteañero colaborador, Jon Favreau. Este Speechwriting Director (Director de Escritura de Discursos), aplica su ya conocida retórica a las directrices que le marca el Presidente, consiguiendo “tocar algo en el interior de la gente”, a la que da proximidad, confianza y credibilidad. En cuanto a la forma, son discursos cómodos de memorizar por su excelente estructura.

Todos estábamos expectantes por escuchar al Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas del país con el mayor poder militar del mundo, que se encuentra en estado de guerra, en dos frentes, su alegato a favor de la paz.

Obama, en el acto que comentamos, resolvió el problema sin ningún rubor y sin complejo de culpa alguno. Para ello, vistió su uniforme de Comandante en Jefe del Ejército Norteamericano públicamente como inicio de su exposición y, aun haciendo gala de humildad al tenerse que comparar, entre otros, con un compatriota suyo, tan carismático para él, como Martín Luther King, conjugó su responsabilidad de enviar compatriotas a morir (“A otros los matarán”) partiendo del hecho de que “la maldad sí existe en el mundo” y sobre él pesaba, como Jefe de Estado, el juramento en el que había comprometido su acción de gobierno para “proteger y defender” a su país, lo que le eximía moralmente de tomar como única doctrina el pacifismo, y con la fiel observancia de las ordenanzas de la “guerra justa” limpiaba, públicamente, su conciencia de también enviar sus milicias, no en ambulancias sino en tanques armados (“Algunos matarán”).

Así de claro y sencillo. No necesitó tapujos ni eufemismos. No escondió sus vergüenzas bélicas ante el temor de críticas hipócritas de mandatarios unidireccionales o de colectivos cubiertos por mantos de santidad. Algo así como cuando el Cristianismo al cuarto siglo de su existencia hubo de conciliar el “perdón al enemigo” con la “legítima defensa”, para proteger el primero de los derechos naturales, sin el que no existirían los restantes, como es el “derecho a la propia subsistencia”, encontrando en el padre del Derecho Internacional, Francisco de Vitoria, las primeras leyes de la “guerra justa”-

Obama ha coincidido con la Escolástica al establecer tres condiciones previas para que una guerra alcance la categoría de “justa”; que se trate de un último recurso o en defensa propia, que no se ejerza una violencia superior a la necesaria y que, en la medida de lo posible, no se someta a civiles a la violencia, siendo esta última potenciada, ya en el siglo XX, por la preocupación humanitaria internacional.

El “síndrome de Vietnam” que han padecido muchos ciudadanos norteamericanos y que nos ha recordado la industria cinematográfica en las últimas décadas, ha debido, también, estar presente en el recuerdo de Obama mientras pronunciaba su discurso.

Su indiscutible alegato a favor de la Guerra, fue dulcificarlo ante el foro al que había sido llamado, haciendo mención a la política de prevención con la que promover una paz justa y duradera. Sobre tres ejes vertebró una acción en la que se manifestó comprometido.

En primer lugar, desarrollar alternativas a la violencia que sean suficientemente firmes como para cambiar la conducta de aquellos países que trasgreden normas y leyes. (“todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica”; “quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas”; “quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme”).

En segundo lugar, definir el tipo de paz que buscamos, ya que ésta no es la ausencia de un conflicto visible, sino que debe estar basada en la protección de los derechos humanos, sin cuya defensa la paz es una promesa vana. (“los amigos más cercanos, de los EE.UU., son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos, independientemente, de la frialdad con que se definan”)

Y, finalmente, “una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones”.

Terminó con la condena de los extremistas que matan en nombre de Dios; Cruzadas y Guerra Santa no hacen justa la guerra. Y, como es habitual en él, elevó su discurso, exhortando a cumplir con una regla común en todas las principales religiones, “tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti”, y frente a la desesperanza de que “el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas que siempre enfrenta” aspirar “al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma”.

martes, 8 de diciembre de 2009

LOS CRUCIFIJOS


En este mes de diciembre, y concretamente, a partir del día 9, habrán transcurrido 78 años desde la aprobación de la Constitución de la II República, en 1931, fecha que está relacionada con el tema que traigo, hoy, a comentario.

Corriendo en la historia hacia atrás podemos constatar que nunca ha molestado en Europa y tampoco en España la visión de la cruz ni la del crucifijo, concretando en éste la expresión de Cristo crucificado. Por el contrario, a más de haber llamado a la devoción a los cristianos –católicos y protestantes-, ha sido un símbolo al que han acudido las artes clásicas como la arquitectura, danza, escultura, música, pintura, poesía y literatura, así como las modernas cinematografía y fotografía. Plumas, pinceles y cinceles se han deleitado voluptuosamente en la creación de obras literarias y plásticas que han emocionado con motivo del crucifijo a personas de todas las razas y colores. Para los cristianos estas obras han enriquecido sus sentimientos religiosos; y, entre los extraños, podemos destacar la presencia de turistas, procedentes de religiones lejanas, visitando nuestros museos y catedrales, provistos de cámaras fotográficas en las que llevarse allende el Oriente la belleza de sus representaciones, sin aprensión alguna.

Sentir ofendida la libertad por causa de la presencia de estos símbolos es tanto como negar la expresión de los sentimientos de un pueblo, pudiéndose aducir, de contrario, que también existe la libertad de poder disfrutar, en público, con una forma de entender la vida como puede ser tener presente determinadas imágenes religiosas cuando éstas son emblemas de la solidaridad, en cuyo nombre se ordena el perdón al enemigo, paradigma de la paz universal (“¡perdónales!, que no saben lo que hacen”, “así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…”).

¡Qué incongruencia para un pueblo que rompe el silencio de la madrugada de las calles andaluzas, rezando y cantando en voz alta y entrecortada, estribillos como los de la saeta “¿Quién me presta una escalera / para subir al madero, / para quitar los clavos / a Jesús el Nazareno?”, y llora de emoción con la poesía de Antonio Machado, “¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos / siempre por desenclavar! / ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas la primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz! / ¡Cantar de la tierra mía / que echa flores / al Jesús de la agonía, / y es la fe de mis mayores! / ¡Oh, no eres tu mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”!

He comenzado mezclando fechas con cruces y crucifijos, en estos días, porque casualmente estamos en el mes de diciembre en el que coinciden el nacimiento de las dos últimas Constituciones españolas (si obviamos el régimen constitucional orgánico del franquismo) y el desatado confusionismo que se está creando con el repudio de dos palos, uno más corto que el otro, sobre los cuales se alzó y, pegado a su madera, expiró el cuerpo de Jesús de Nazaret, hace más de veinte siglos.

La polémica actual no se puede aislar de un movimiento, diseñado por una minoría, en la que se encuentra cómoda una parte del Gobierno español y del principal Partido que lo sustenta, ya que las minorías nacionalistas que últimamente están “moviendo el árbol”, o “vareando el olivo” que diríamos desde Andalucía, resultan, numéricamente, ridículas en un país de más de cuarenta millones de ciudadanos. El Partido socialista español, que en su programa no había apuntado una política laicista de confrontación, ha encontrado en la reciente sentencia de Estrasburgo -que da la razón a la madre de un alumno italiano que siente coartada su libertad ante la presencia de un crucifijo en la escuela- un poderoso bramante en el que enrollar su cintura para aproximarse a sus tesis de “memoria histórica” y tender puente entre la Segunda República con un anunciado tercer capítulo de la misma.

De todos nos es conocido que en 1931, tras la declaración constitucional de su artículo 3º “El Estado español no tiene religión oficial”, que invirtió el 11º de la de 1876 “La religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado”, se oficializó una guerra santa contra la Iglesia Católica, que tuvo su pistoletazo de salida, cinco semanas después, con la Orden del Director General de Primera Enseñanza obligando a los Maestros Nacionales a retirar de las Escuelas todo signo religioso, suprimiendo los crucifijos, al que seguiría toda una legislación de disolución de la Compañía de Jesús, con incautación de sus bienes y de cercenamiento de libertad a Confesiones y Congregaciones Religiosas.

Pero, siendo ello importante, no es lo más, sino el desorden público consentido con incendios de Conventos e Iglesias y más de diez millares de religiosos, sacerdotes y laicos asesinados por odio a la fe durante aquellos años. Bajo los enunciados constitucionales y la bandera de la libertad religiosa se ha comparado esta persecución con la sangrienta que padeció el Cristianismo, bajo el Imperio romano, durante los cuatro primeros siglos de su historia.

Como observador sereno de nuestra sociedad española estoy detectando últimamente cómo esta petición de “retirada de los crucifijos de las escuelas” viene a reposar sobre un nido que está alcanzando la temperatura necesaria para clonar un desarrollo legislativo análogo al de los años treinta, sin que en modo alguno quiera apuntar a que se puedan reproducir en el siglo XXI los crímenes pasados. Podemos afirmar que con la “cristofobia” denunciada por Mns. Cañizares, no se trata de excluir de la vida pública, tanto a Cristo como a los cimientos de la religión cristiana, resucitando un histórico odio hacia la jerarquía eclesial católica, utilizando en forma equívoca el concepto de Estado aconfesional, que es el constitucional de 1978 (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal” art. 6.3.), muy alejado del Estado laico.

Para no entrar en el debate de los conceptos de aconfesionalidad, laicismo y laicidad, quedémonos con la objetividad de los hechos y dejemos las diferencias conceptuales a otros foros. Lo que vemos a través de diferentes acontecimientos sucedidos últimamente es que hay un proyecto para descristianizar España. Unos días salen a la calle autobuses ateos, otros se escandaliza a la sociedad desde la bendición del manoseo de la sexualidad, otros se acusa a la Iglesia católica de la pedofilia de alguno de sus miembros, en otras ocasiones se demoniza a la doctrina católica por su defensa del derecho a la vida, se bendicen realidades sociales nuevas denominándolas con palabras que desde Roma ya venían claramente acuñadas con la presencia de un hombre y una mujer, y así gota a gota se va impregnando a la sociedad de un fermento que lleva al terreno de la naturalidad la celebración de saturnales con burlas injuriosas al Clero, a la alteración de la naturaleza de festividades religiosas (fiestas de invierno por las Navidades o fiestas de primavera por la Semana Santa) y a parodiar los sacramentos del Bautismo, Comunión y Matrimonio, convirtiéndolos en actos civiles extramuros de las Iglesias, con aliento a su implicación social, pervertidos por un desenfrenado consumismo.


Naturalmente, para apartar definitivamente a la Iglesia Católica de la Sociedad, aproximación que no está reñida con la aconfesionalidad del Estado español, y teniendo en cuenta su arraigo histórico, se hace preciso incidir en la educación de nuestros infantes -no sólo con asignaturas que, pese al laudable disfraz democrático que las envuelve, sus contenidos quedan a merced del pensamiento político dominante en cada Gobierno- y borrar de las paredes de las aulas todo signo que pueda quedar en el subconsciente de los educandos. De esta forma algún día en nuestro Congreso alguno de sus miembros podrá repetir la frase de Azaña, del 14 de octubre del 31: “España ha dejado de ser católica”.

Por todo ello, de hacerse realidad la caída de los crucifijos con la anunciada Ley de Libertad Religiosa no me extrañaría que nazca la presencia de otros “portátiles” sobre la mayoría de los pupitres de las aulas, como ya sucediera en los años 30 a los que me refería al comienzo de este comentario, aunque entonces tuvieran que permanecer ocultos en los bolsillos.