martes, 8 de diciembre de 2009

LOS CRUCIFIJOS


En este mes de diciembre, y concretamente, a partir del día 9, habrán transcurrido 78 años desde la aprobación de la Constitución de la II República, en 1931, fecha que está relacionada con el tema que traigo, hoy, a comentario.

Corriendo en la historia hacia atrás podemos constatar que nunca ha molestado en Europa y tampoco en España la visión de la cruz ni la del crucifijo, concretando en éste la expresión de Cristo crucificado. Por el contrario, a más de haber llamado a la devoción a los cristianos –católicos y protestantes-, ha sido un símbolo al que han acudido las artes clásicas como la arquitectura, danza, escultura, música, pintura, poesía y literatura, así como las modernas cinematografía y fotografía. Plumas, pinceles y cinceles se han deleitado voluptuosamente en la creación de obras literarias y plásticas que han emocionado con motivo del crucifijo a personas de todas las razas y colores. Para los cristianos estas obras han enriquecido sus sentimientos religiosos; y, entre los extraños, podemos destacar la presencia de turistas, procedentes de religiones lejanas, visitando nuestros museos y catedrales, provistos de cámaras fotográficas en las que llevarse allende el Oriente la belleza de sus representaciones, sin aprensión alguna.

Sentir ofendida la libertad por causa de la presencia de estos símbolos es tanto como negar la expresión de los sentimientos de un pueblo, pudiéndose aducir, de contrario, que también existe la libertad de poder disfrutar, en público, con una forma de entender la vida como puede ser tener presente determinadas imágenes religiosas cuando éstas son emblemas de la solidaridad, en cuyo nombre se ordena el perdón al enemigo, paradigma de la paz universal (“¡perdónales!, que no saben lo que hacen”, “así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…”).

¡Qué incongruencia para un pueblo que rompe el silencio de la madrugada de las calles andaluzas, rezando y cantando en voz alta y entrecortada, estribillos como los de la saeta “¿Quién me presta una escalera / para subir al madero, / para quitar los clavos / a Jesús el Nazareno?”, y llora de emoción con la poesía de Antonio Machado, “¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos / siempre por desenclavar! / ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas la primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz! / ¡Cantar de la tierra mía / que echa flores / al Jesús de la agonía, / y es la fe de mis mayores! / ¡Oh, no eres tu mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”!

He comenzado mezclando fechas con cruces y crucifijos, en estos días, porque casualmente estamos en el mes de diciembre en el que coinciden el nacimiento de las dos últimas Constituciones españolas (si obviamos el régimen constitucional orgánico del franquismo) y el desatado confusionismo que se está creando con el repudio de dos palos, uno más corto que el otro, sobre los cuales se alzó y, pegado a su madera, expiró el cuerpo de Jesús de Nazaret, hace más de veinte siglos.

La polémica actual no se puede aislar de un movimiento, diseñado por una minoría, en la que se encuentra cómoda una parte del Gobierno español y del principal Partido que lo sustenta, ya que las minorías nacionalistas que últimamente están “moviendo el árbol”, o “vareando el olivo” que diríamos desde Andalucía, resultan, numéricamente, ridículas en un país de más de cuarenta millones de ciudadanos. El Partido socialista español, que en su programa no había apuntado una política laicista de confrontación, ha encontrado en la reciente sentencia de Estrasburgo -que da la razón a la madre de un alumno italiano que siente coartada su libertad ante la presencia de un crucifijo en la escuela- un poderoso bramante en el que enrollar su cintura para aproximarse a sus tesis de “memoria histórica” y tender puente entre la Segunda República con un anunciado tercer capítulo de la misma.

De todos nos es conocido que en 1931, tras la declaración constitucional de su artículo 3º “El Estado español no tiene religión oficial”, que invirtió el 11º de la de 1876 “La religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado”, se oficializó una guerra santa contra la Iglesia Católica, que tuvo su pistoletazo de salida, cinco semanas después, con la Orden del Director General de Primera Enseñanza obligando a los Maestros Nacionales a retirar de las Escuelas todo signo religioso, suprimiendo los crucifijos, al que seguiría toda una legislación de disolución de la Compañía de Jesús, con incautación de sus bienes y de cercenamiento de libertad a Confesiones y Congregaciones Religiosas.

Pero, siendo ello importante, no es lo más, sino el desorden público consentido con incendios de Conventos e Iglesias y más de diez millares de religiosos, sacerdotes y laicos asesinados por odio a la fe durante aquellos años. Bajo los enunciados constitucionales y la bandera de la libertad religiosa se ha comparado esta persecución con la sangrienta que padeció el Cristianismo, bajo el Imperio romano, durante los cuatro primeros siglos de su historia.

Como observador sereno de nuestra sociedad española estoy detectando últimamente cómo esta petición de “retirada de los crucifijos de las escuelas” viene a reposar sobre un nido que está alcanzando la temperatura necesaria para clonar un desarrollo legislativo análogo al de los años treinta, sin que en modo alguno quiera apuntar a que se puedan reproducir en el siglo XXI los crímenes pasados. Podemos afirmar que con la “cristofobia” denunciada por Mns. Cañizares, no se trata de excluir de la vida pública, tanto a Cristo como a los cimientos de la religión cristiana, resucitando un histórico odio hacia la jerarquía eclesial católica, utilizando en forma equívoca el concepto de Estado aconfesional, que es el constitucional de 1978 (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal” art. 6.3.), muy alejado del Estado laico.

Para no entrar en el debate de los conceptos de aconfesionalidad, laicismo y laicidad, quedémonos con la objetividad de los hechos y dejemos las diferencias conceptuales a otros foros. Lo que vemos a través de diferentes acontecimientos sucedidos últimamente es que hay un proyecto para descristianizar España. Unos días salen a la calle autobuses ateos, otros se escandaliza a la sociedad desde la bendición del manoseo de la sexualidad, otros se acusa a la Iglesia católica de la pedofilia de alguno de sus miembros, en otras ocasiones se demoniza a la doctrina católica por su defensa del derecho a la vida, se bendicen realidades sociales nuevas denominándolas con palabras que desde Roma ya venían claramente acuñadas con la presencia de un hombre y una mujer, y así gota a gota se va impregnando a la sociedad de un fermento que lleva al terreno de la naturalidad la celebración de saturnales con burlas injuriosas al Clero, a la alteración de la naturaleza de festividades religiosas (fiestas de invierno por las Navidades o fiestas de primavera por la Semana Santa) y a parodiar los sacramentos del Bautismo, Comunión y Matrimonio, convirtiéndolos en actos civiles extramuros de las Iglesias, con aliento a su implicación social, pervertidos por un desenfrenado consumismo.


Naturalmente, para apartar definitivamente a la Iglesia Católica de la Sociedad, aproximación que no está reñida con la aconfesionalidad del Estado español, y teniendo en cuenta su arraigo histórico, se hace preciso incidir en la educación de nuestros infantes -no sólo con asignaturas que, pese al laudable disfraz democrático que las envuelve, sus contenidos quedan a merced del pensamiento político dominante en cada Gobierno- y borrar de las paredes de las aulas todo signo que pueda quedar en el subconsciente de los educandos. De esta forma algún día en nuestro Congreso alguno de sus miembros podrá repetir la frase de Azaña, del 14 de octubre del 31: “España ha dejado de ser católica”.

Por todo ello, de hacerse realidad la caída de los crucifijos con la anunciada Ley de Libertad Religiosa no me extrañaría que nazca la presencia de otros “portátiles” sobre la mayoría de los pupitres de las aulas, como ya sucediera en los años 30 a los que me refería al comienzo de este comentario, aunque entonces tuvieran que permanecer ocultos en los bolsillos.