martes, 15 de diciembre de 2009

OBAMA, PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2009


En la primera semana de octubre pasado, de forma sorpresiva, nos llegó la noticia de la concesión del Premio Nobel de la Paz en favor de Barak Obama.

El primer sorprendido fue el propio mandatario, quien reconoció que "no tengo la impresión de que merezca estar en la compañía de tantas personalidades transformadoras que han sido homenajeadas con este premio", aun cuando lo aceptara ya que la distinción le serviría de estímulo para continuar su trabajo en asuntos que son importantes para EE UU y para tratar de lograr una paz y seguridad duraderas en el mundo.

El Instituto Nobel de Noruega decidió galardonar a Obama en atención a sus "esfuerzos extraordinarios por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos" y porque su visión de un mundo sin armas nucleares "ha estimulado el desarme y las negociaciones para el control de armamento". El primer ministro noruego, Stoltenberg, enjuició como “bien merecida e importante” la concesión del premio ya que no podía “pensar en otra persona que haya hecho más por la paz a lo largo de este año que ha transcurrido”.

En cuanto a reacciones externas, de una parte, se abrió un frente, el de los incondicionales por afinidad política, que desde el 4 de noviembre de 2008 vieron en el afroamericano al líder que habría de enterrar la política de Bush, al pacifista, al que luciría un nuevo estilo en la Casa Blanca, que entendieron este Nobel como una exhortación a la paz y a la búsqueda de soluciones que habrían de conducir a la supervivencia de la especie (Fidel Castro), como la conquista de un presidente que anunció medidas importantes para contener el armamento nuclear (Lula da Silva), como el reconocimiento de las esperanzas puestas en el presidente norteamericano (Mijail Gorbachov) o como respuesta “al modo en el que desde la presidencia de la primera potencia mundial se están entendiendo las relaciones internacionales, con esa oferta permanente de diálogo y entendimiento a pueblos, religiones, culturas, banderas" (Rodríguez Zapatero); siendo comprensibles las adhesiones del Alto Representante de la UE para la Política Exterior y Seguridad Común (Javier Solana) quien destacó "su devoción por la causa de la paz y su ilimitada dedicación a la diplomacia internacional" y la del Secretario General de la OTAN (Andrés Fogh Rasmussen), por el "fuerte compromiso para ayudar a forjar la paz y defender los derechos humanos fundamentales, también a través de la Alianza Atlántica".

El Presidente del Partido Popular español (Mariano Rajoy) no tuvo inconveniente en airear el botafumeiro internacional con un telegrama de cortesía “esta concesión supone un justo y merecido reconocimiento a su extraordinaria contribución a la búsqueda de la paz en el mundo, objetivo en el que siempre puede contar con nuestro más decidido apoyo"

Y, naturalmente, no opinaron igual los talibanes afganos en boca del principal portavoz de los insurgentes en el país, Zabihullah Mujáis, quien declaró que "no hay diferencias entre la política de Obama y la del anterior presidente (George W.) Bush”.

A mí, por su condición de inquilino de la Casa Blanca, con una antigüedad que no llega al año, me parecieron más prudentes las posturas del líder del Partido Republicano norteamericano, Michael Steele, quien criticó duramente la concesión y opinó que se debe a su estatus de "estrella" más que a logros reales y la del ex presidente polaco Lech Walesa que la calificó de precipitada, al declarar "¿Tan rápido? Demasiado rápido. Obama no ha tenido tiempo de hacer nada todavía" o la escéptica del primer ministro nipón, Yukio Hatoyama, quien destacó "no es fácil que el presidente de Estados Unidos, un país que tiene los mayores arsenales de armas nucleares, pida la creación de un mundo sin armas atómicas".

En fin, “pero así está el mundo” (Hugo Chávez), concluyo, por no hacer tediosa esta exposición, aceptando excepcionalmente la voz del dirigente venezolano.

Conocido el punto de arranque de la opinión internacional ésta se ha mantenido expectante, esperando el desarrollo de acontecimientos, y cuando sólo nueve días antes de recoger su diploma en Estocolmo anunció su intención de incrementar en 30.000 efectivos las tropas estadounidenses en Afganistán han desatado las iras de los más furibundos pacifistas, quienes consideran que Obama se ha desnudado completamente ante EE.UU. y el mundo como un hombre de guerra y que el Premio Nobel de la Paz –antes de ser recogido- ya se juzga, decididamente, inmerecido, incrementando su nómina de desaciertos, en política internacional, con su posición ambigua frente al golpe de Estado de Honduras y el hecho de instalar cinco bases militares en Colombia.

Algún politólogo ha apostillado la cuestión, aproximándose a la música para decir que “una cosa es con guitarra y otra con violín”. Parece como si hubiera leído mi comentario del día 12 de noviembre de 2008, con referencia a su discurso del 4 anterior “Ahora hay que andar para hacer camino”, publicado también en La Tribuna de Navarra (http://tribunadenavarra.com) .

En España, el Gobierno Aznar, el 12 de diciembre de 2001, ya aprobó el envío de 450 efectivos a Afganistán. Actualmente tiene un contingente de mil soldados permanentes (998), después del incremento de 220 efectivos, aprobados por el Congreso el pasado 23 de septiembre, complaciendo al americano y siguiendo la reflexión de Zapatero de que no depende de cómo Obama nos puede ayudar a nosotros, sino de cómo nosotros podemos apoyar a Barack Obama. Y, consecuente con ello, nuevamente, ha refrendado la ampliación de su presencia en Afganistán con la promesa de un incremento del número de tropas españolas, que propondrá al Parlamento.

Pues bien, así estaban las cosas, cuando el pasado día 10 de diciembre, ante una selecta audiencia de 1000 asistentes, tras recibir el galardón en el Ayuntamiento noruego de Oslo, pronunció un interesante discurso que se comprende en diez folios, según la traducción a la que he tenido acceso. Desde luego, me gusta la oratoria del presidente americano. Sabe poner en escena el libreto que le confecciona, con gran acierto, su veinteañero colaborador, Jon Favreau. Este Speechwriting Director (Director de Escritura de Discursos), aplica su ya conocida retórica a las directrices que le marca el Presidente, consiguiendo “tocar algo en el interior de la gente”, a la que da proximidad, confianza y credibilidad. En cuanto a la forma, son discursos cómodos de memorizar por su excelente estructura.

Todos estábamos expectantes por escuchar al Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas del país con el mayor poder militar del mundo, que se encuentra en estado de guerra, en dos frentes, su alegato a favor de la paz.

Obama, en el acto que comentamos, resolvió el problema sin ningún rubor y sin complejo de culpa alguno. Para ello, vistió su uniforme de Comandante en Jefe del Ejército Norteamericano públicamente como inicio de su exposición y, aun haciendo gala de humildad al tenerse que comparar, entre otros, con un compatriota suyo, tan carismático para él, como Martín Luther King, conjugó su responsabilidad de enviar compatriotas a morir (“A otros los matarán”) partiendo del hecho de que “la maldad sí existe en el mundo” y sobre él pesaba, como Jefe de Estado, el juramento en el que había comprometido su acción de gobierno para “proteger y defender” a su país, lo que le eximía moralmente de tomar como única doctrina el pacifismo, y con la fiel observancia de las ordenanzas de la “guerra justa” limpiaba, públicamente, su conciencia de también enviar sus milicias, no en ambulancias sino en tanques armados (“Algunos matarán”).

Así de claro y sencillo. No necesitó tapujos ni eufemismos. No escondió sus vergüenzas bélicas ante el temor de críticas hipócritas de mandatarios unidireccionales o de colectivos cubiertos por mantos de santidad. Algo así como cuando el Cristianismo al cuarto siglo de su existencia hubo de conciliar el “perdón al enemigo” con la “legítima defensa”, para proteger el primero de los derechos naturales, sin el que no existirían los restantes, como es el “derecho a la propia subsistencia”, encontrando en el padre del Derecho Internacional, Francisco de Vitoria, las primeras leyes de la “guerra justa”-

Obama ha coincidido con la Escolástica al establecer tres condiciones previas para que una guerra alcance la categoría de “justa”; que se trate de un último recurso o en defensa propia, que no se ejerza una violencia superior a la necesaria y que, en la medida de lo posible, no se someta a civiles a la violencia, siendo esta última potenciada, ya en el siglo XX, por la preocupación humanitaria internacional.

El “síndrome de Vietnam” que han padecido muchos ciudadanos norteamericanos y que nos ha recordado la industria cinematográfica en las últimas décadas, ha debido, también, estar presente en el recuerdo de Obama mientras pronunciaba su discurso.

Su indiscutible alegato a favor de la Guerra, fue dulcificarlo ante el foro al que había sido llamado, haciendo mención a la política de prevención con la que promover una paz justa y duradera. Sobre tres ejes vertebró una acción en la que se manifestó comprometido.

En primer lugar, desarrollar alternativas a la violencia que sean suficientemente firmes como para cambiar la conducta de aquellos países que trasgreden normas y leyes. (“todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica”; “quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas”; “quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme”).

En segundo lugar, definir el tipo de paz que buscamos, ya que ésta no es la ausencia de un conflicto visible, sino que debe estar basada en la protección de los derechos humanos, sin cuya defensa la paz es una promesa vana. (“los amigos más cercanos, de los EE.UU., son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos, independientemente, de la frialdad con que se definan”)

Y, finalmente, “una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones”.

Terminó con la condena de los extremistas que matan en nombre de Dios; Cruzadas y Guerra Santa no hacen justa la guerra. Y, como es habitual en él, elevó su discurso, exhortando a cumplir con una regla común en todas las principales religiones, “tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti”, y frente a la desesperanza de que “el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas que siempre enfrenta” aspirar “al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma”.