viernes, 20 de marzo de 2009

PRIMAVERA



“Siendo las 12 horas y 44 minutos, una hora menos en Canarias, del día 20 de marzo del año 2009, conforme al calendario gregoriano, España ha dado la bienvenida a la Primavera”. Así comenzaría el Acta correspondiente al día de hoy, redactada por un riguroso Secretario que tuviera encomendada la tarea de ser cronista del acontecer astronómico de nuestro país. 

Solamente una observación a ese pulcro Secretario. Se trata de la referencia a Canarias; esa coletilla a la que, de una forma u otra, todos nos hemos acostumbrado, desde las voces horarias que nos recuerdan los medios audiovisuales. Es cierto que, en su momento, con esta repetición se reivindicó un “hecho diferencial” propio de estas Islas. Cuando los isleños lucharon por esta cuestión, la verdad es que hilaron fino; desde la soledad que produce la distancia en momentos en que nuestro pop repetía aquello de que “dicen que la distancia es el olvido…”, tal vez pensaron que el tema, al estar basado en algo tan apolítico como el dibujo de los meridianos sobre el globo terrestre y la interpretación científica de la medición del tiempo, no ofrecería dificultades para que fuera aceptado en la península. En realidad se trataba, simplemente, de una diferencia horaria. Nunca una campaña de marketing habrá resultado más económica. ¿Se figuran cuál habría sido el precio en el mercado de una publicidad que reiterara veinticuatro veces al día el nombre de una marca en todos los medios audiovisuales de la nación al comienzo de cada informativo horario? En efecto, tuvieron acierto quienes apostaron por este banderín aunque también creo que su masiva aceptación por los medios peninsulares desbordó sus expectativas. 

Por eso y sin que me moleste en absoluto esta “fórmula de estilo”, y menos si proporciona satisfacción y beneficio a los descendientes de los primitivos guanches,  en términos de estricta política publicista, me parece que cuando el estribillo alcanza un grado de saturación, el recado queda en la oreja sin transmitir señales al cerebro. Terminamos oyendo el mensaje, que antes escuchábamos.  Considero que una machacona repetición del slogan convierte la fórmula en un rezo civil desprovisto de la fe y del sentimiento que las religiones exigen para dar validez a cualquier culto. 

Dicho lo anterior, dejo a un lado las anteriores reflexiones, en mi caso, fruto del consumismo radiofónico que prodigo desde la niñez, para pasar con mi recuerdo a rendir homenaje a las siete Islas Afortunadas, con inclusión del Archipiélago Chinijo al noreste de todas ellas, la mayor reserva marina de Europa, de 700 kilómetros cuadrados, que agrupa la isla de La Graciosa, los islotes de Alegranza y Montaña Clara, y los peñascos de Roque del Este y Roque del Oeste, que puede divisarse desde el Mirador del Río de Lanzarote, y sin olvidar el Islote de Lobos en el estrecho de  la Bocaina que separa Fuerteventura de la Isla de los Volcanes. 

Como decía al principio, la conjunción del inicio de la Primavera con el repetido estribillo canario me ha hecho retroceder desde mi ciclo otoñal a la estación florida de mi vida. Fue en dicha estación cuando conocí las Islas Canarias. Más de una vez he repetido que con veintidós años recibí un regalo para el que todavía no había hecho merecimientos. Algo así corresponde, a modo de año sabático, a la edad en la que el espejo nos devuelve canas, el joven pide nuestra opinión en su trabajo y el maître se atreve a recomendarnos un plato de la especialidad del chef. 

Ninguna alabanza, que se me dirija, sobre los restos de este coto de la sumergida Atlántida puede elevar mi admiración y cariño por la Comunidad isleña. La rememoración de esta primavera de mi vida, me resulta más atractiva, si cabe, por darse la circunstancia de que cuando en Cádiz embarqué buscando el primer trayecto de Colón sabía que pese a ir acompañado de todas mis pertenencias con las mismas regresaría definitivamente a la península. Y también sabía que, salvo posteriores excursiones turísticas que no se han producido, nunca las Islas serían lugar donde arraigara mi vida. Entonces desconocía que arriesgar un pronóstico de tal alcance no es de personas cabales, pero la vida, casualmente, me ha dado la razón. Así que vivo estos recuerdos con una dulce nostalgia. 

Desde Cádiz hasta Gran Canaria el viaje lo realicé en solitario, aunque pronto me confundí con el pasaje del barco en los dos días y pico que duró la travesía. Coincidí en ella con dos compañías teatrales que iniciaban en las Islas una gira que luego extenderían hasta Argentina. Una de las noches, el capitán de la nave organizó un baile, después de la cena, en honor de los cómicos. Durante bastantes horas de la travesía, desde la cubierta, sólo se veía océano. La soledad sólo se alteraba por el paso lejano de alguna embarcación. La mar fue serena y el monótono arrullo al romper el agua contra el casco del barco invitaba a la reflexión. Era mi primera gran aventura geográfica más allá de las fronteras en las que yo me sentía seguro. La península la había recorrido de norte a sur siguiendo los carriles ferroviarios en los trenes primitivos de las primeras décadas posteriores a la Guerra Civil. Al observar desde la popa ese surco de agua que el barco iba dejando tras de sí veía cómo a los pocos metros se iba borrando la huella, a diferencia de los raíles del tren que siempre permanecen, invitando a regresar. En la mar no queda huella del camino recorrido. 

Cuando arribé al archipiélago viví todo género de sensaciones. No había conocido ningún territorio que atrajese el cuerpo hacia el suelo con la fuerza magnética que sentí  al bajar la última escalinata del barco y pisar la tierra isleña. El puerto vivía su quehacer frenético ignorante de la presencia de un “godo” que lo estaba invadiendo pacíficamente, sin armas, pero sí con la misma curiosidad  con la que otrora lo hiciera  siglos atrás la nobleza castellana en nombre de los Reyes Católicos. En recuerdo de aquéllos viene el apodo con el que fui obsequiado por peninsular, para recordarme que no estaba en tierra de nadie e, implícitamente, dejar reivindicado el orgullo guanche. Eso de etiquetar al extraño no era nuevo para mí, pues por esa circunstancia había pasado, cuando siendo niño me senté en una banqueta del colegio de los Padres Franciscanos de Zaráuz, en Guipúzcoa, en donde, seguidores del racista Sabino Arana, me marcaron con el epíteto de “maqueto”, para dejar establecidas las distancias con el lugareño, vasco, al tiempo que me hablaban en un idioma abrupto. El acento canario, de contrario, es dulce como el azúcar de sus cañas y sensual como la arena de sus playas. 

De la isla que alberga la capital de una de las dos provincias canarias pasé a otra que entonces era especialmente conocida por los estudiosos de Unamuno y de ésta a mi destino, Lanzarote. Cuando llevaba unos días disfrutando de sus playas y escenarios volcánicos, recuerdo que sentí necesidad de escribir a la península para contar mis experiencias y, pese al medio siglo transcurrido desde entonces, recuerdo, como si de ayer se tratara, que escribí “ahora comprendo que aislamiento viene de isla”.

jueves, 12 de marzo de 2009

DE NUESTRAS CADENAS JUVENILES A LA MAYOR ESTAFA DE WALL STREET



Revolviendo entre libros y papeles antiguos, esos que no se alinean en estanterías ni se ordenan en carpetas sino que se amontonan en viejas cajas de cartón, encontré el otro día un papel amarillento, doblado en cuatro partes, que pasé a leerlo por llamarme la atención su cuidadosa doblez, fruto de su endeble calidad. Es de ésos que llamábamos “papel-cebolla” y que, personalmente, usé con frecuencia al hacer copias mecanográficas en mi máquina portátil Olivetti, Pluma 24, que me acompañó, de un lado para otro, durante muchos años de estudio. Mi uso de este papel no delata mi provecta edad pues, por extraño que parezca a los jóvenes lectores o no introducidos en la vida forense, puedo certificar que hasta hace una década era el papel utilizado por la curia para trasladar copias de providencias, autos y sentencias desde los juzgados y que los escribanos intercalaban con papel carbón en número excesivo, por economía laboral –que no de material- haciendo difícil, cuando no imposible, la lectura de sus terceras o cuartas copias, pese al fuerte aporreo y uso desconsiderado que hacían de las teclas y del carro de las sufridas máquinas de escribir judiciales. 

No me resisto a hacer una digresión sobre el tema que hoy vengo a tratar para aludir a la fotocopiadora y al ordenador que hoy han tomado el reemplazo de aquellas viejas usanzas y contribuyen a dar lozanía a expedientes y archivos. Quienes hemos crecido en la selva de los papeles comprendemos el valor de estos avances que pudimos utilizar en nuestros despachos particulares esperando durante mucho tiempo su incorporación a las oficinas de la Administración pública. Todavía en la década de los 70, del pasado siglo, recuerdo una enconada discusión que mantuve con un superior jerárquico al que no pude convencer de que un escrito fotocopiado que fuera autorizado con la firma original tenía el mismo valor que el escrito original. Claro que dicho funcionario también era reacio a la firma con bolígrafo y utilizó la pluma estilográfica hasta su jubilación, entendiendo que la tinta del bolígrafo no era tan indeleble como la de su tintero Waterman. Seguro que no se le descargó ningún bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta.

Pero volvamos al papel cebolla que me he encontrado perdido en el baúl del tiempo. Lo reproduzco al pie de la letra, sin añadir ni quitar palabra: “UN INVENTO PRODIGIOSO. Con estos títulos apareció en el diario SUR de Málaga, el día 9 de junio de 1960, página 6, un extenso artículo sobre cadenas, con entrevistas a varios señores que estaban recibiendo grandes cantidades de dinero a los ocho días de haberse suscrito. 1º. Vd. adquiere por valor 50 pesetas esta hoja con el resguardo adjunto (este resguardo acredita que el vendedor ha hecho un giro de 50 pts. en dos de 25 al primero de la lista). 2º. Haga dos copias idénticas a esta hoja, pero quitando el primero de la lista y poniendo su nombre en décimo lugar. De esta forma todos corren un lugar hacia arriba. Ponga con toda claridad su nombre y dirección. 3º. Haga dos giros de 25 pts. al primero de la lista. Los dos resguardos que le entreguen en Correos los sujeta con un alfiler en las dos copias de ésta lista que Vd. ha hecho según la 2ª instrucción; así acredita Vd. haber girado. 4º. Venda cada una de estas copias por 50 pts. y así se reintegra del total del desembolso efectuado. ESTE DOCUMENTO SIN EL RESGUARDO DEL GIRO POSTAL O TELEGRÁFICO NO ES VÁLIDO”. Terminaba con unas observaciones importantes: “Elija entre sus amistades dos de toda confianza y asegúrese de que ellas lo hará también con dos personas que lo tomen con interés. En caso de que Vd. no consiga dos compradores con estas condiciones y garantías devuelva esta copia a quien se la envió y colaborará en servicio de todos. En las copias de sus amistades, ya está Vd. en noveno lugar de la lista. Cuando ellos las vendan, pasa Vd. a 8º lugar y así irá subiendo a cada copia vendida. Como al mismo tiempo se irá multiplicando, cuando Vd. sea el primero de la lista habrá mil veinticuatro a su nombre (1.024) y, como para venderlas es preciso el resguardo de haberle girado a Vd. 50 pts. (en dos de 25), Vd. puede recibir 51.200 pts.”. Y finalizaba con una lista de 10 personas y sus domicilios que era en la Vd. debería incluirse al final.

Debido a mi joven edad, a la confianza personal que me ofrecía quien me vendió la participación en la Cadena, y tras haber hecho las multiplicaciones correspondientes, recuerdo –y no me avergüenza decirlo, hoy- que cumplí escrupulosamente con la imposición postal de los giros, logré vender dos participaciones, con lo que me reembolsé del gasto y quedé a la espera de recibir el, entonces, importante premio de 51.200 pts. Sin embargo, lo cierto es que esa cadena debió tener los eslabones muy frágiles y por alguno de ellos se rompió pues mi nombre y dirección no figuraron en el primer lugar de la lista, ni llegaron a ninguna Oficina de Correos.

De quienes criticaban mi ingenuidad me defendía con argumentos económicos, morales e, incluso, jurídicos. En realidad yo no había perdido una peseta pues si puse a disposición del primero de la lista 50 pts., éstas las había recuperado gracias a la venta de dos participaciones de 25 pts. que había conseguido; lo que había comprometido antes de comprar la participación. Y, de otra parte, ¿cuál era la fechoría de mi vendedor? ¿cuál, mi malicia? ¿qué timo estaba cometiendo? El amigo que me vendió la participación no me coaccionó en absoluto sino que me quería beneficiar haciéndome partícipe de “un negocio seguro” que él mismo había aceptado para sí, e incluso me ofrecía la recompra en el caso de no poder colocar “la mercancía”; yo accedí a mi inclusión en la cadena con pleno uso de razón, siendo mayor de edad; y, finalmente, al proponer su expansión a dos amigos míos tampoco lo hice torticeramente ya que les ofrecía quedarme con la participación si ellos no lograban colocarla, por mi propio interés en que la cadena no se rompiera. De otra parte, mis incipientes estudios del Código Penal de 1944, entonces vigente, no delataron tipificación penal alguna de esta práctica. 

Creo recordar que fue en el interregno de las grandes crisis del Petróleo (1973 y 1979), que tan duramente golpearon la economía española, cuando nuevamente adquirieron protagonismo las Cadenas. La evolución de la inflación nos puede dar buena cuenta de la situación económica que entonces vivimos; del 20% de 1976 se pasa a mediados de 1977 al 44%, frente al 10% de promedio de los países de la OCDE.

En ese año, no sé si por casualidad, se legalizó el juego en España. La riqueza del ingenio español siempre hace gala en los momentos difíciles. Por eso no es de extrañar que las Cadenas piramidales hicieran su reaparición en estos momentos como si se tratara de un juego más que junto al Bingo, la Ruleta y las Máquinas tragaperras acudieran a vender ilusiones y esperanzas. Recuerdo que estas Cadenas, que años atrás se adquirían con participaciones de 25 y 50 pts., en la época de los Pactos de la Moncloa multiplicaron por mil su cotización llegando a ser cifras millonarias las que se prometían. El juego piramidal pasó de las clases estudiantiles y de economía reducida a la elite de la sociedad económica de nuestro país, instalándose en círculos residenciales de Madrid y Barcelona, de los que –no sin escándalo- dio cuenta la prensa nacional, poniendo sobre aviso a policía, jueces y fiscales en búsqueda de materia delictiva y a inspectores de Hacienda, para entrar en el reparto de los ocultos beneficios que escondían aquellas listas de participantes. Tal vez, esta doble intervención funcionarial fue decisiva en el apagón de estas prácticas. No tengo conocimiento de que se hayan reproducido. 

Pero hoy, día 12 de marzo, también en plena crisis económica internacional, sí ha reaparecido un episodio que es el que me ha inducido a este tema. Bernard Leon Madoff, que fue detenido el pasado mes de diciembre por el FBI, tras confesar que su negocio era un "esquema Ponzi gigante" y que ha ocasionado pérdidas que él mismo ha cifrado en 50.000 millones de dólares (37.400 millones de euros) a unos tres millones de víctimas, inversores de todo el mundo -entre ellos también españoles- y después de reconocer que ha hecho una estafa piramidal, ha ingresado en prisión, en espera de ser juzgado, por delitos que le enfrentan, a sus 70 años, a una condena de hasta 150 años de prisión.

Bernard L. Madoff, nació en Nueva York el 29 de abril de 1938 en el seno de una familia judía. En 1960 fundó la Compañía Bernad L. Madoff Investment Securities LLC y ha sido Presidente de Nasdaq (la bolsa de comercio electrónico más grande de Estados Unidos, intercambiando más acciones por día que cualquier otro mercado estadounidense). Se le reconoce como el culpable del mayor fraude de la historia de Wall Street. Ha confesado que a comienzos de 1990 montó su esquema Ponzi en respuesta a un momento de recesión, con intención de desmantelar esta fraudulenta estructura financiera pasado un tiempo, aunque el resultado es que ha estado durante casi veinte años captando más y más fondos para pagar los intereses que se iba comprometiendo a obtener de supuestas inversiones bursátiles que no se llegaron a hacer.

La trama consistió en prometer intereses –entre 10-12%- mucho más elevados que los prevalecientes en el mercado para atraer clientes. Los primeros inversores recibieron sus intereses gracias a los aportes de los segundos, que son pagados con el dinero de terceros y así sucesivamente, hasta que la pirámide invertida no pudo encontrar más clientes y cayó por su propio peso.

La semejanza con mi Cadena juvenil está sólo en el soporte estructural ya que en las cadenas piramidales cada partícipe de la misma gestionaba su participación (de 50 pts.) con una esperanza de ganancia (de 51.200 pts.), mientras que en el esquema Ponzi hay un gestor único al que acuden los capitales para que éste les obtenga una rentabilidad periódica pactada con la posibilidad de un rescate del capital a partir de un tiempo determinado. En el hecho de que los capitales entregados no se pongan a trabajar en el mercado bursátil y en la promesa de una rentabilidad inalcanzable está el fraude. De otra forma estaríamos en el simple juego que las Entidades de crédito hacen de nuestros ahorros.

Siempre que medito sobre asuntos bancarios me quedo pensando, qué sucedería en el hipotético caso de que todos los inversores-ahorradores del mundo exigiéramos, a la misma hora, rescatar nuestros capitales. Yo creo que se iniciaría el anunciado capítulo de la historia en el que entraría galopando el caballo negro, montado por uno de los cuatro jinetes de la Apocalipsis.

domingo, 1 de marzo de 2009

PONER LA MANO EN EL FUEGO


Últimamente, nuestros políticos están prodigando la expresión “poner la mano en el fuego”, al enfrentarse los de distinto signo, para garantizar mediante tal padrinazgo “manual” el comportamiento de otra persona.

Esta es la traducción actual de una práctica de otros tiempos, usual hasta finales de la Edad Media en Europa, que se conoció como el juicio de Dios u Ordalía, y que era una institución jurídica, mediante la que se dictaminaba la inocencia o culpabilidad de una persona acusada de pecar o quebrantar las leyes, invocando a Dios para que determinara el grado de culpa en un delito. La sentencia divina se interpretaba por el alcance de su intervención, según sobreviviera o no resultara demasiado dañada la persona que se sometía a la prueba del fuego. 

De todas formas, en política es corriente el uso de la expresión, pero sin pedirle a Dios su veredicto. Los creyentes han sustituido esta práctica por el juramento. “Juro por Dios” (o, simplemente, “Juro”) viene a significar que se pone a Dios por testigo de la veracidad de una declaración. Y los que relegan a Dios, bien por negarlo o por no querer traerlo a nuestros negocios terrenales, utilizan la fórmula juramento por la patria o por el honor del declarante o la promesa.

En política, los que utilizan el juramento imploran de Dios, de la Patria o del Honor del declarante el castigo de la impostura. Y quienes acuden a la promesa estarían realizando un contrato “de hacer”. El juramento en falso por Dios hace incurrir al creyente en pecado y quien lo infringe por la Patria o por su Honor, le debe dejar incapacitado para gestionar la cosa pública. Otro tanto deberían ser las consecuencias de la promesa para el caso de que no se hubiera establecido una cláusula penal indemnizatoria por no hacer lo que se debería haber hecho.

Por ello, es por lo que “al empeñar la mano al fuego”, según la costumbre que estamos comentando pocos son los resultados prácticos que se le pueden hacer derivar. La situación puede producirse bajo dos versiones. Una de voluntaria asunción de la responsabilidad de otro, por considerar que éste ajustará –en todo momento- su comportamiento a principios éticos coincidentes con mis convicciones; así decimos, “yo pongo la mano en el fuego por fulano”. Y otra, de provocación, de exigencia a que el oponente asuma la responsabilidad de un tercero; de esta manera, retamos, “¿acaso te atreves a poner la mano en el fuego por fulano?”.

A la vista de la razón este juicio es inaceptable porque al haber sido dotado el hombre de libertad, sus últimos comportamientos son imprevisibles. Nadie puede garantizar el comportamiento de otra persona en tanto no exista la clonación de seres humanos. Pero, no obstante, es una figura retórica en la dialéctica política.

De querer elevar a la figura de contrato unilateral el celebrado por quien pone la mano en el fuego en sentido metafórico, ésta ofrecería cierta semejanza con el “cuasicontrato”. Pero en un estudio riguroso de las obligaciones jurídicas, no tiene encaje en la teoría del cuasicontrato civil, procedente del Derecho Romano porque aun tratándose de un hecho voluntario al que el sujeto actuante no está obligado en forma alguna realizarlo, sólo daría lugar a obligaciones naturales (al estilo del pago de la deuda de juego, cuando éste estaba proscrito, que no existiendo obligación de pagar sin embargo en caso de pago no cabía su repetición, recordando aquel lejano tercer curso de Derecho de la Facultad, lo que merece la pena, pues es de los pocos preceptos que se estudian, a modo de novela, pues no se vuelven a encontrar a lo largo de toda una vida profesional).

En la escena política, de aceptarse la fórmula, quien ha puesto la mano en el fuego por un comportamiento de otro, caso de verse defraudado, se vería abocado a “quemarse”, a desaparecer políticamente. En términos radicales, le llevaría a relegar su vida al ámbito privado renunciando a la gestión de la cosa pública. Serían los supuestos de dimisión por “culpa in eligendo”. Pero en todos los casos, el castigo sólo trae consecuencias morales porque su cumplimiento se deja a la voluntad del obligado y la autopurga no es moneda de cambio en el foro político si no viene amenazada por la destitución.

He pretendido ser conciso en la exposición de un comentario que escapa de la literatura periodística hacia el género del ensayo y que he querido dedicar a la petición que por políticos del PSOE se viene haciendo a sus rivales del PP, en estos días, para que mediante la formalización de este “cuasicontrato”, “la puesta de la mano en el fuego”, se vea obligada la parte aceptante a asumir como propia la responsabilidad derivada de la sentencia que en última instancia se dicte como consecuencia de determinadas actuaciones que están siendo investigadas por el Juez Garzón.