
Revolviendo entre libros y papeles antiguos, esos que no se alinean en estanterías ni se ordenan en carpetas sino que se amontonan en viejas cajas de cartón, encontré el otro día un papel amarillento, doblado en cuatro partes, que pasé a leerlo por llamarme la atención su cuidadosa doblez, fruto de su endeble calidad. Es de ésos que llamábamos “papel-cebolla” y que, personalmente, usé con frecuencia al hacer copias mecanográficas en mi máquina portátil Olivetti, Pluma 24, que me acompañó, de un lado para otro, durante muchos años de estudio. Mi uso de este papel no delata mi provecta edad pues, por extraño que parezca a los jóvenes lectores o no introducidos en la vida forense, puedo certificar que hasta hace una década era el papel utilizado por la curia para trasladar copias de providencias, autos y sentencias desde los juzgados y que los escribanos intercalaban con papel carbón en número excesivo, por economía laboral –que no de material- haciendo difícil, cuando no imposible, la lectura de sus terceras o cuartas copias, pese al fuerte aporreo y uso desconsiderado que hacían de las teclas y del carro de las sufridas máquinas de escribir judiciales.
No me resisto a hacer una digresión sobre el tema que hoy vengo a tratar para aludir a la fotocopiadora y al ordenador que hoy han tomado el reemplazo de aquellas viejas usanzas y contribuyen a dar lozanía a expedientes y archivos. Quienes hemos crecido en la selva de los papeles comprendemos el valor de estos avances que pudimos utilizar en nuestros despachos particulares esperando durante mucho tiempo su incorporación a las oficinas de la Administración pública. Todavía en la década de los 70, del pasado siglo, recuerdo una enconada discusión que mantuve con un superior jerárquico al que no pude convencer de que un escrito fotocopiado que fuera autorizado con la firma original tenía el mismo valor que el escrito original. Claro que dicho funcionario también era reacio a la firma con bolígrafo y utilizó la pluma estilográfica hasta su jubilación, entendiendo que la tinta del bolígrafo no era tan indeleble como la de su tintero Waterman. Seguro que no se le descargó ningún bolígrafo en el bolsillo interior de la chaqueta.
Pero volvamos al papel cebolla que me he encontrado perdido en el baúl del tiempo. Lo reproduzco al pie de la letra, sin añadir ni quitar palabra: “UN INVENTO PRODIGIOSO. Con estos títulos apareció en el diario SUR de Málaga, el día 9 de junio de 1960, página 6, un extenso artículo sobre cadenas, con entrevistas a varios señores que estaban recibiendo grandes cantidades de dinero a los ocho días de haberse suscrito. 1º. Vd. adquiere por valor 50 pesetas esta hoja con el resguardo adjunto (este resguardo acredita que el vendedor ha hecho un giro de 50 pts. en dos de 25 al primero de la lista). 2º. Haga dos copias idénticas a esta hoja, pero quitando el primero de la lista y poniendo su nombre en décimo lugar. De esta forma todos corren un lugar hacia arriba. Ponga con toda claridad su nombre y dirección. 3º. Haga dos giros de 25 pts. al primero de la lista. Los dos resguardos que le entreguen en Correos los sujeta con un alfiler en las dos copias de ésta lista que Vd. ha hecho según la 2ª instrucción; así acredita Vd. haber girado. 4º. Venda cada una de estas copias por 50 pts. y así se reintegra del total del desembolso efectuado. ESTE DOCUMENTO SIN EL RESGUARDO DEL GIRO POSTAL O TELEGRÁFICO NO ES VÁLIDO”. Terminaba con unas observaciones importantes: “Elija entre sus amistades dos de toda confianza y asegúrese de que ellas lo hará también con dos personas que lo tomen con interés. En caso de que Vd. no consiga dos compradores con estas condiciones y garantías devuelva esta copia a quien se la envió y colaborará en servicio de todos. En las copias de sus amistades, ya está Vd. en noveno lugar de la lista. Cuando ellos las vendan, pasa Vd. a 8º lugar y así irá subiendo a cada copia vendida. Como al mismo tiempo se irá multiplicando, cuando Vd. sea el primero de la lista habrá mil veinticuatro a su nombre (1.024) y, como para venderlas es preciso el resguardo de haberle girado a Vd. 50 pts. (en dos de 25), Vd. puede recibir 51.200 pts.”. Y finalizaba con una lista de 10 personas y sus domicilios que era en la Vd. debería incluirse al final.
Debido a mi joven edad, a la confianza personal que me ofrecía quien me vendió la participación en la Cadena, y tras haber hecho las multiplicaciones correspondientes, recuerdo –y no me avergüenza decirlo, hoy- que cumplí escrupulosamente con la imposición postal de los giros, logré vender dos participaciones, con lo que me reembolsé del gasto y quedé a la espera de recibir el, entonces, importante premio de 51.200 pts. Sin embargo, lo cierto es que esa cadena debió tener los eslabones muy frágiles y por alguno de ellos se rompió pues mi nombre y dirección no figuraron en el primer lugar de la lista, ni llegaron a ninguna Oficina de Correos.
De quienes criticaban mi ingenuidad me defendía con argumentos económicos, morales e, incluso, jurídicos. En realidad yo no había perdido una peseta pues si puse a disposición del primero de la lista 50 pts., éstas las había recuperado gracias a la venta de dos participaciones de 25 pts. que había conseguido; lo que había comprometido antes de comprar la participación. Y, de otra parte, ¿cuál era la fechoría de mi vendedor? ¿cuál, mi malicia? ¿qué timo estaba cometiendo? El amigo que me vendió la participación no me coaccionó en absoluto sino que me quería beneficiar haciéndome partícipe de “un negocio seguro” que él mismo había aceptado para sí, e incluso me ofrecía la recompra en el caso de no poder colocar “la mercancía”; yo accedí a mi inclusión en la cadena con pleno uso de razón, siendo mayor de edad; y, finalmente, al proponer su expansión a dos amigos míos tampoco lo hice torticeramente ya que les ofrecía quedarme con la participación si ellos no lograban colocarla, por mi propio interés en que la cadena no se rompiera. De otra parte, mis incipientes estudios del Código Penal de 1944, entonces vigente, no delataron tipificación penal alguna de esta práctica.
Creo recordar que fue en el interregno de las grandes crisis del Petróleo (1973 y 1979), que tan duramente golpearon la economía española, cuando nuevamente adquirieron protagonismo las Cadenas. La evolución de la inflación nos puede dar buena cuenta de la situación económica que entonces vivimos; del 20% de 1976 se pasa a mediados de 1977 al 44%, frente al 10% de promedio de los países de la OCDE.
En ese año, no sé si por casualidad, se legalizó el juego en España. La riqueza del ingenio español siempre hace gala en los momentos difíciles. Por eso no es de extrañar que las Cadenas piramidales hicieran su reaparición en estos momentos como si se tratara de un juego más que junto al Bingo, la Ruleta y las Máquinas tragaperras acudieran a vender ilusiones y esperanzas. Recuerdo que estas Cadenas, que años atrás se adquirían con participaciones de 25 y 50 pts., en la época de los Pactos de la Moncloa multiplicaron por mil su cotización llegando a ser cifras millonarias las que se prometían. El juego piramidal pasó de las clases estudiantiles y de economía reducida a la elite de la sociedad económica de nuestro país, instalándose en círculos residenciales de Madrid y Barcelona, de los que –no sin escándalo- dio cuenta la prensa nacional, poniendo sobre aviso a policía, jueces y fiscales en búsqueda de materia delictiva y a inspectores de Hacienda, para entrar en el reparto de los ocultos beneficios que escondían aquellas listas de participantes. Tal vez, esta doble intervención funcionarial fue decisiva en el apagón de estas prácticas. No tengo conocimiento de que se hayan reproducido.
Pero hoy, día 12 de marzo, también en plena crisis económica internacional, sí ha reaparecido un episodio que es el que me ha inducido a este tema. Bernard Leon Madoff, que fue detenido el pasado mes de diciembre por el FBI, tras confesar que su negocio era un "esquema Ponzi gigante" y que ha ocasionado pérdidas que él mismo ha cifrado en 50.000 millones de dólares (37.400 millones de euros) a unos tres millones de víctimas, inversores de todo el mundo -entre ellos también españoles- y después de reconocer que ha hecho una estafa piramidal, ha ingresado en prisión, en espera de ser juzgado, por delitos que le enfrentan, a sus 70 años, a una condena de hasta 150 años de prisión.
Bernard L. Madoff, nació en Nueva York el 29 de abril de 1938 en el seno de una familia judía. En 1960 fundó la Compañía Bernad L. Madoff Investment Securities LLC y ha sido Presidente de Nasdaq (la bolsa de comercio electrónico más grande de Estados Unidos, intercambiando más acciones por día que cualquier otro mercado estadounidense). Se le reconoce como el culpable del mayor fraude de la historia de Wall Street. Ha confesado que a comienzos de 1990 montó su esquema Ponzi en respuesta a un momento de recesión, con intención de desmantelar esta fraudulenta estructura financiera pasado un tiempo, aunque el resultado es que ha estado durante casi veinte años captando más y más fondos para pagar los intereses que se iba comprometiendo a obtener de supuestas inversiones bursátiles que no se llegaron a hacer.
La trama consistió en prometer intereses –entre 10-12%- mucho más elevados que los prevalecientes en el mercado para atraer clientes. Los primeros inversores recibieron sus intereses gracias a los aportes de los segundos, que son pagados con el dinero de terceros y así sucesivamente, hasta que la pirámide invertida no pudo encontrar más clientes y cayó por su propio peso.
La semejanza con mi Cadena juvenil está sólo en el soporte estructural ya que en las cadenas piramidales cada partícipe de la misma gestionaba su participación (de 50 pts.) con una esperanza de ganancia (de 51.200 pts.), mientras que en el esquema Ponzi hay un gestor único al que acuden los capitales para que éste les obtenga una rentabilidad periódica pactada con la posibilidad de un rescate del capital a partir de un tiempo determinado. En el hecho de que los capitales entregados no se pongan a trabajar en el mercado bursátil y en la promesa de una rentabilidad inalcanzable está el fraude. De otra forma estaríamos en el simple juego que las Entidades de crédito hacen de nuestros ahorros.
Siempre que medito sobre asuntos bancarios me quedo pensando, qué sucedería en el hipotético caso de que todos los inversores-ahorradores del mundo exigiéramos, a la misma hora, rescatar nuestros capitales. Yo creo que se iniciaría el anunciado capítulo de la historia en el que entraría galopando el caballo negro, montado por uno de los cuatro jinetes de la Apocalipsis.