domingo, 27 de septiembre de 2009

TRES GENERACIONES

Si el otro día me refería a las personas mayores, hoy voy a extender mis reflexiones a la menor edad y ello a través de las tres últimas generaciones, abuelos, hijos y nietos. Vosotros, los jóvenes de hoy, -a quienes quiero dedicar este comentario- tenéis la esperanza de llegar a nuestra edad madura. Nosotros también fuimos nietos de otros abuelos y recorrimos el camino que, en estos momentos, veis tan largo y, en ocasiones, tan tedioso; también nosotros confiamos en la utopía y pensamos que era preciso transformar la sociedad cuando, apenas, ésta nos había abierto su puerta.

Ocupamos la, que hoy se me antoja, gran avenida de la juventud, aproximadamente, cuando nacieron vuestros padres. Cuando la Sorbona y el Barrio Latino de París conocieron “el mayo del 68”.

Éste fue un movimiento que mezcló a estudiantes y trabajadores en un intento de producir un cambio en la sociedad francesa, durante el último mandato del General De Gaulle y que se extendió a la mayoría de la Europa democrática. En España, año del Dúo Dinámico y de Massiel en Eurovisión, vivimos el acontecimiento con la sordina con la que se tamizaban todos los sucesos que pudieran alterar el orden formalmente constituido, en la década final del franquismo

Unos cuantos miles de estudiantes universitarios habíamos abandonado la Universidad dos o tres años antes de la apertura cultural de Fraga que precedió al movimiento francés. De tapadillo leíamos el Libro Rojo de Mao y las crónicas de Le Monde; en el Bachiller, a la gran mayoría nos indujeron hacia el idioma galo, debido a la anglofobia del Régimen. Pero todavía no habíamos olvidado el soniquete joseantoniano “Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias… Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau publicó El Contrato Social…

Pese a todo ello, aquel movimiento de contestación traspasó los Pirineos, llegando a la Complutense de Madrid. Entonces, en España, sólo había doce universidades. La Ciudad Universitaria vivió días en los que “los grises” (por el color del uniforme de la policía nacional) robaron protagonismo a los Catedráticos. Si en Francia se decía “De Gaulle al paredón” es fácil deducir cuáles fueron los sloganes españoles. También se clamó por levantar el tabú al sexo. Por entonces, el psiquiatra Juan José López Ibor publicó “El libro de la vida sexual”, que fue contestado por una juventud que empezaba a admitir la homosexualidad como opción voluntaria excluida del capítulo de anomalías y perversiones sexuales y se introdujo el concepto de “amor libre”. Se dulcificaron términos considerados como “tacos malsonantes” por el de “hacer el amor”. Se pretendió que el sexo saliera de la alcoba de los padres y que la defensa del orden universal se subordinara al pacifismo. De ahí, la conjunción “Haz el amor y no la guerra”. Aunque os parezca mentira, entre las demandas estudiantiles se pedía que los estudiantes pudieran acceder a los dormitorios de sus compañeras, en las Residencias y Colegios Mayores.

En Francia, motor de este movimiento, el Presidente De Gaulle, el 27 de mayo, concedió a los sindicatos, a cambio de desconvocar la huelga y dejar aislados a los estudiantes, un aumento salarial del 14%, reducciones sustanciales de la jornada laboral y garantías de empleo y jubilación. El día 30 siguiente se reunió con los mandos militares, disolvió la Asamblea Nacional, convocó elecciones adelantadas, pidiendo por televisión el apoyo de los franceses “contra la amenaza del comunismo totalitario” y celebradas éstas ganó sin problemas, aunque al año siguiente abandonara la política.

“La imaginación no llegó al poder”, como había pedido Jean Paul Sartre, ni las guerras dejaron paso al amor, solicitado en los eslóganes más populares de los estudiantes. Pero sí se produjeron transformaciones en la sociedad francesa, introduciéndose nuevos valores, liberalizándose las costumbres, se democratizaron las relaciones sociales y generacionales, y se frenó el autoritarismo.

En España, este movimiento libertario se saldó con decenas de detenidos y represaliados. Las protestas le costaron el puesto al ministro de Educación, Lora Tamayo y más de un disgusto a su sustituto, José Luis Villar Palasí.

Pero, todos admitimos que el movimiento había fracasado como revolución.

No obstante la siembra arraigó en el suelo español y sólo faltó la desaparición del General para que aquellas semillas germinaran profusamente, produciendo el cambio debido a aquel movimiento, que hoy los historiadores lo ven como un acontecimiento histórico.

Así llegamos a la adolescencia de vuestros padres. Para ellos estaba reservada otra revolución, ésta más pacífica, más social que política: “La movida”.

Con este nombre se conoció un movimiento que vino de la mano del primer alcalde de nuestra democracia postfranquista, el viejo Profesor, que obtuvo la regiduría de la Villa y Corte, con el pacto PSOE-PCE, en un momento en el que el partido comunista, con Santiago Carrillo y la Pasionaria en el Parlamento, no era una formación residual, como ahora, que por algún periodista se ha calificado como “grupúsculo de insignificante peso político, colgado de la brocha del sindicato Comisiones Obreras”. El resto de las provincias españolas llevaron a su plaza mayor esta sacudida. La Movida fue un movimiento contracultural que se prolongó hasta finales de los años ochenta, teniendo su cima en 1981 con "El Concierto de Primavera".

Las plazas volvieron adquirir el sentido del ágora griega a la caída de la noche, constituyendo el centro de la vida cultural, social y de ocio de la juventud, siendo cronista de este acontecer el escritor madrileño Francisco Umbral, desde su columna en el diario de El País –el que hizo célebre la frase “yo he venido aquí a hablar de mi libro”, espetada en TV a Mercedes Milá, para cuando a alguien se le saca de la conversación en la que está interesado-. Todas las clases sociales, codo con codo, formaron un mogollón que se distribuía a la entrada de bares y establecimientos de copas, durante largos fines de semana que se iniciaban los viernes, prolongándose en ocasiones hasta el mediodía del domingo. El alcohol, las drogas y las anfetaminas contribuían a mantener en pié y abrir a la verborrea hasta a los más tímidos que encontraron en este hábitat el lugar de alterne en el que exteriorizar los sentimientos, expresar las ideas y, sobre todo, compartir su existencia con plena libertad fuera del corsé familiar. Raros fueron los jóvenes que no participaron en esta cultura alternativa, underground o contracultura, como fue llamada por una sociedad expectante. Así se desarrolló una juventud con cierta carencia familiar ya que el resto de la semana era aprovechado para el trabajo o estudio. El sentido de la amistad arraigó con fuerza en esta generación, confiando los problemas más al amigo que al padre. El apoyo político a esta cultura alternativa pretendía mostrar un punto de inflexión entre la sociedad franquista y la nueva sociedad de la democracia.

Era curiosa la unanimidad en la respuesta de estos jóvenes cuando se les preguntaba por el atractivo de concentrarse, en las noches de los viernes, en determinados puntos de la ciudad. Todo se centraba en la necesidad de conocer gente. “Nos lo pasamos muy bien este fin de semana, pues conocimos a un montón de gente” y otras análogas, eran expresiones con las que se comentaba el resultado de la correría. El grupo de amigos del día necesitaba ampliarse con los conocimientos de la noche. Se trataba de “ligar” en su sentido más inocente. Nacieron auténticos líderes que conducían la movida de un lugar a otro, a su antojo o movidos por el interés de abrir clientela a determinados locales. Cuando entraban en las discotecas, la música y la oscuridad hacían de los rostros siluetas y las conversaciones se reducían a monosílabos. Frente a la generación anterior en la que el baile se hacía por parejas, en ésta el baile es abierto, dejando “el agarrao” para momentos de enamoramiento o de ligue ocasional, en los que la pareja se desinhibía por completo. Ya no se “sacaba a bailar” a las chicas, ni se precedía el baile con aquel “¿estudias o trabajas?” sino que cada uno se incorporaba al corro y como en la antigua Legión nadie era preguntado por su origen.

Y, finalmente, vosotros –la tercera generación- sois los hijos de la cultura del “botellón”, que incluso a través de citas por sms o foros sociales de Internet, en ocasiones, la habéis ampliado al “macrobotellón”. No me gusta utilizar la extensión libre de la palabra “cultura”, pero lo he hecho intencionadamente para abrirme paso en esta época, aunque no es mi intención profundizar en ella pues me vería obligado a entrar en valoraciones y conociendo vuestra solidaridad, no estoy dispuesto a ser víctima de un manteo general, jaleado por quienes biológicamente en esta historia podríais ser mis nietos.

Habiendo oscurecido el día, voy a apagar el ordenador, sintiéndome satisfecho de haber departido un rato de añoranza y, aprovechando que estamos en fin de semana y que todavía no hemos entrado en otoño, os prometo dar un paseo por la proximidad de una zona verde en donde, es seguro que estaréis dando culto a Baco, hablando de vuestras cosas y viviendo vuestras experiencias.

domingo, 20 de septiembre de 2009

PERSONAS DE EDAD

Estaba meditando, estos días, sobre “la edad mayor” que, pese a la coincidencia de términos, el orden de los mismos diferencia su concepto del de “la mayoría de edad”.

En mi juventud tuve que esperar a cumplir los 21 años para ser mayor de edad. Ya, a partir de noviembre de 1978, el Gobierno de Adolfo Suárez, adelantándose a nuestra Constitución, consideró que, el limite legalmente establecido para la mayoría de edad de los ciudadanos, “como determinante del momento de la incorporación de estos a la plenitud de la vida jurídica alcanzando la plena capacidad de obrar en los campos civil, administrativo, político o de cualquier otra naturaleza”, debía ser rebajado a los 18 años cumplidos.

Pese al interés político en incrementar el electorado en fechas próximas para refrendar la Constitución, es curioso recordar, que en aquellos años, se decía verdad en la motivación del Real Decreto-Ley, en la que se reconocía que esta reducción estaba fundada “en la instrucción recibida durante una escolarización más prolongada y la abundante información que hoy día dispone la juventud” que la ha hecho estar “apta para hacer frente a las exigencias de la vida de una edad mas temprana que en pasados tiempos” y que con esta reducción “se tiende a favorecer el desarrollo del sentido de responsabilidad de los jóvenes en el momento actual de la sociedad española”, siendo un hecho que los jóvenes, entonces, “sin alcanzar los veintiún años, ostenta(ba)n ya plena capacidad física, psíquica, moral y social para la vida jurídica, sin necesidad de los mecanismos de representación o complemento de capacidad”. En este comentario de hoy, y tras sucesos vandálicos recientes, dejo a la reflexión el tema de los límites de edad para ejercer derechos y asumir responsabilidades, en espera de otra ocasión.

Como decía, coincidente con mis meditaciones sobre la edad mayor, los medios de comunicación ya están anunciando la proximidad del día 1 de octubre como “El Día Internacional de las Personas de Edad”, proclamado por Resolución, de 14 de diciembre de 1990, de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es curioso observar cómo todos, nos mostramos tímidos, acudiendo a todo género de eufemismos, a la hora de referirnos a los viejos o ancianos. La misma organización internacional introduce la expresión “Personas de Edad”, como si todo ser humano, a partir de su nacimiento –y en algunas culturas a partir de su concepción- no fuera contabilizando su propio calendario.

Utilizar la edad cronológica, exclusivamente, como parámetro para medir la ancianidad me parece criterio ligero, aunque parezca el más objetivo si le introducimos una corrección histórica. Los avances científicos han atrasado el reloj de la vida humana y más todavía se ha de producir, de ser ciertos los datos de la propia Organización internacional. Dice que si a finales del siglo pasado la población con más de sesenta y cinco años se reducía a 600 millones, para 2050 esta cifra será de 2000 millones. Ante ello habremos de admitir una de dos opciones, que a los 65 años una persona no es anciano o que, en unos años, nuestro planeta estará poblado por una gran mayoría de viejos.

Un análisis elemental nos conduce a concluir que la Naturaleza no sería congruente consigo misma dejando su propia evolución a un sector de población viejo, so pena de admitir el advenimiento de tiempos apocalípticos. Por ello se hace necesario “refundar” (término, al uso) el concepto de “vejez”, lo que para no romper nuestra estructura mental podemos conseguir (con una artimaña, también política), introduciendo nuevas eras en la historia del hombre. Entre la madurez y la vejez se habría de incrustar otro eslabón, como en la Universidad, Iglesia y otras organizaciones se ha admitido entre la situación de “activo” y “jubilado”, la de “emérito”. A este grupo llegan quienes habiendo alcanzado cronológicamente una avanzada edad, ésta la mantienen en un preclaro estado de conciencia y de independencia. Estos son los que tienen “auctoritas” en su sociedad, que nada tiene que ver con ser autoridad.

Recuerdo que yo tenía trece años cuando murió mi abuelo con 71 y consideré que, pese al vacío que me dejaba, la Naturaleza había cumplido con su obligación porque ya era un hombre viejo. Hoy, 56 años después, me aproximo a la meta que fijó mi abuelo y, no por pretensión personal, sino generalizando a los hijos “del 40”, analizo que la sociedad debería esperar cuando menos una década, para considerarnos viejos. Y al extender una década con carácter general, propongo otra más, de gracia, para quienes su organismo produzca suficientes antioxidantes que reduzcan la producción de radicales libres. Parece que con esta tesis estoy dando la razón a Francisco de Quevedo a quien se atribuye el pensamiento de que “todos anhelamos llegar a viejos y todos hemos negado que ya hemos llegado”. No olvidemos que nuestro genial escritor murió con 65 años en 1645, edad que al cambio de época podemos aventurar en período nonagenario.

Entrando en citas, siempre he defendido la atribuida a Azorín: “La vejez es la pérdida de la curiosidad”. Del mismo modo es síntoma de estar entrando en período de envejecimiento el momento en el que el hombre pierde su capacidad de asombro. Igualmente me ha llamado la atención, con admiración, el asombro no sólo en personas de edad avanzada sino también en las poseedoras de gran inteligencia y amplios conocimientos. Y he desconfiado de quienes, por sistema, dan por conocido cualquier descubrimiento intelectual que se les confíe.

Finalmente, quiero aventurar para las próximas décadas una especial atención política para las “personas de edad”, ya que su bolsa de votos en los períodos electorales será tan interesante como por algunos se ha visto en los emigrantes, en “los nietos” de aquéllos que emigraron o en sectores de población que al haber permanecido ignorados cubrían un hasta ahora ignorado espectro de la abstención.