domingo, 20 de septiembre de 2009

PERSONAS DE EDAD

Estaba meditando, estos días, sobre “la edad mayor” que, pese a la coincidencia de términos, el orden de los mismos diferencia su concepto del de “la mayoría de edad”.

En mi juventud tuve que esperar a cumplir los 21 años para ser mayor de edad. Ya, a partir de noviembre de 1978, el Gobierno de Adolfo Suárez, adelantándose a nuestra Constitución, consideró que, el limite legalmente establecido para la mayoría de edad de los ciudadanos, “como determinante del momento de la incorporación de estos a la plenitud de la vida jurídica alcanzando la plena capacidad de obrar en los campos civil, administrativo, político o de cualquier otra naturaleza”, debía ser rebajado a los 18 años cumplidos.

Pese al interés político en incrementar el electorado en fechas próximas para refrendar la Constitución, es curioso recordar, que en aquellos años, se decía verdad en la motivación del Real Decreto-Ley, en la que se reconocía que esta reducción estaba fundada “en la instrucción recibida durante una escolarización más prolongada y la abundante información que hoy día dispone la juventud” que la ha hecho estar “apta para hacer frente a las exigencias de la vida de una edad mas temprana que en pasados tiempos” y que con esta reducción “se tiende a favorecer el desarrollo del sentido de responsabilidad de los jóvenes en el momento actual de la sociedad española”, siendo un hecho que los jóvenes, entonces, “sin alcanzar los veintiún años, ostenta(ba)n ya plena capacidad física, psíquica, moral y social para la vida jurídica, sin necesidad de los mecanismos de representación o complemento de capacidad”. En este comentario de hoy, y tras sucesos vandálicos recientes, dejo a la reflexión el tema de los límites de edad para ejercer derechos y asumir responsabilidades, en espera de otra ocasión.

Como decía, coincidente con mis meditaciones sobre la edad mayor, los medios de comunicación ya están anunciando la proximidad del día 1 de octubre como “El Día Internacional de las Personas de Edad”, proclamado por Resolución, de 14 de diciembre de 1990, de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es curioso observar cómo todos, nos mostramos tímidos, acudiendo a todo género de eufemismos, a la hora de referirnos a los viejos o ancianos. La misma organización internacional introduce la expresión “Personas de Edad”, como si todo ser humano, a partir de su nacimiento –y en algunas culturas a partir de su concepción- no fuera contabilizando su propio calendario.

Utilizar la edad cronológica, exclusivamente, como parámetro para medir la ancianidad me parece criterio ligero, aunque parezca el más objetivo si le introducimos una corrección histórica. Los avances científicos han atrasado el reloj de la vida humana y más todavía se ha de producir, de ser ciertos los datos de la propia Organización internacional. Dice que si a finales del siglo pasado la población con más de sesenta y cinco años se reducía a 600 millones, para 2050 esta cifra será de 2000 millones. Ante ello habremos de admitir una de dos opciones, que a los 65 años una persona no es anciano o que, en unos años, nuestro planeta estará poblado por una gran mayoría de viejos.

Un análisis elemental nos conduce a concluir que la Naturaleza no sería congruente consigo misma dejando su propia evolución a un sector de población viejo, so pena de admitir el advenimiento de tiempos apocalípticos. Por ello se hace necesario “refundar” (término, al uso) el concepto de “vejez”, lo que para no romper nuestra estructura mental podemos conseguir (con una artimaña, también política), introduciendo nuevas eras en la historia del hombre. Entre la madurez y la vejez se habría de incrustar otro eslabón, como en la Universidad, Iglesia y otras organizaciones se ha admitido entre la situación de “activo” y “jubilado”, la de “emérito”. A este grupo llegan quienes habiendo alcanzado cronológicamente una avanzada edad, ésta la mantienen en un preclaro estado de conciencia y de independencia. Estos son los que tienen “auctoritas” en su sociedad, que nada tiene que ver con ser autoridad.

Recuerdo que yo tenía trece años cuando murió mi abuelo con 71 y consideré que, pese al vacío que me dejaba, la Naturaleza había cumplido con su obligación porque ya era un hombre viejo. Hoy, 56 años después, me aproximo a la meta que fijó mi abuelo y, no por pretensión personal, sino generalizando a los hijos “del 40”, analizo que la sociedad debería esperar cuando menos una década, para considerarnos viejos. Y al extender una década con carácter general, propongo otra más, de gracia, para quienes su organismo produzca suficientes antioxidantes que reduzcan la producción de radicales libres. Parece que con esta tesis estoy dando la razón a Francisco de Quevedo a quien se atribuye el pensamiento de que “todos anhelamos llegar a viejos y todos hemos negado que ya hemos llegado”. No olvidemos que nuestro genial escritor murió con 65 años en 1645, edad que al cambio de época podemos aventurar en período nonagenario.

Entrando en citas, siempre he defendido la atribuida a Azorín: “La vejez es la pérdida de la curiosidad”. Del mismo modo es síntoma de estar entrando en período de envejecimiento el momento en el que el hombre pierde su capacidad de asombro. Igualmente me ha llamado la atención, con admiración, el asombro no sólo en personas de edad avanzada sino también en las poseedoras de gran inteligencia y amplios conocimientos. Y he desconfiado de quienes, por sistema, dan por conocido cualquier descubrimiento intelectual que se les confíe.

Finalmente, quiero aventurar para las próximas décadas una especial atención política para las “personas de edad”, ya que su bolsa de votos en los períodos electorales será tan interesante como por algunos se ha visto en los emigrantes, en “los nietos” de aquéllos que emigraron o en sectores de población que al haber permanecido ignorados cubrían un hasta ahora ignorado espectro de la abstención.