
Son innumerables las Asociaciones de Amigos del Tren.
De ninguna de ellas soy socio, porque, desde hace tiempo, decidí causar baja, en todas las Asociaciones a las que pertenecía, defraudado por el asociacionismo bajo régimen de carnet. Fue allá por el año 80 del pasado siglo cuando tomé esa decisión. En la vida, la década de los 40 es la edad idónea para tomar decisiones reflexivas. Cursé mi baja voluntaria en clubs sociales y deportivos de la localidad, abandoné Cofradías y me cupo la suerte de no necesitar ningún tipo de acción para mi desafiliación política, porque al único Partido al que había prestado mi firma, se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua. Decidí contribuir con mi actividad a aquellos fines de las mismas que puntualmente estimé oportuno. Desde entonces, sólo me considero socio de
El reparto de derechos y obligaciones, y la asunción de responsabilidades, en estas sociedades suelen prorratearse de forma equitativa entre los “colegas”. Y utilizo esta expresión, tratando de abortar –aunque sólo sea dialécticamente- la malévola intención, que adivino, de calificarme por algunos, -al haber salvado de mi hoguera particular a estas dos Instituciones- como provecto en su acepción de caduco. Si lo hacéis cariñosamente, me podéis llamar “carca”, pese a que no comparta mi identidad con sus sinónimos de retrógrado, reaccionario, ultra, facha ni ultramontano, ya que más bien me identifico con el progreso, la innovación, la tolerancia y la democracia y, en caso alguno, necesito para convivir en la urbe “atravesar montañas”, porque en la vida he salido del asfalto, al que tengo gran afecto y con el que mantengo un fuerte compromiso de habitabilidad.
A propósito del asociacionismo, fue traumática mi expulsión, en plena adolescencia colegial, de “los Kostkas”, -miembros de
Quienes seguís mis comentarios observaréis que cedo fácilmente a la tentación de hacer digresiones. Son desviaciones que me surgen al hilo de cualquier exposición central por temor de perderlas en el olvido y que al constituir anécdotas no merecen por sí solas una atención exclusiva. Sobre este fenómeno algún día me detendré, pues vengo observando que, incluso, cuando mantengo una conversación me sucede algo parecido. Es como si me invadiera el temor de que me fuera a dejar de prestar atención mi interlocutor o de que se me fuera a olvidar, para siempre, aquello que colateralmente sobreviene a mi mente. Ello me atolondra haciendo desviar el eje central sobre el tema en el que estoy empeñado.
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Tras el amplio circunloquio anterior, que tal vez haya obedecido a la falta de fortaleza que siento para enfrentarme al motivo de mi comentario de hoy, después de tantos días de silencio, me dispongo a no torcer mi voluntad, enredándome en otras disquisiciones. Al menos, procuraré hacerlo.
Comenzaba hoy mi cronicón, aludiendo a los Amigos del Tren. Y es que yo soy, no un amigo sino un amante del Tren. Leía hace poco tiempo: “El tren es el medio de transporte más fiable de todos los que hay. Y uno de los que menos contamina. Evoca tiempos pasados y nos transporta al futuro, no ya tan lejano con esos trenes que flotan en el aire. El tren es presente”. No siendo mía la frase, reconozco que la pude haber escrito en cualquier momento. Por eso, para mí, el tren es un referente de todo movimiento, de cualquier alteración que se produce en la vida. Concretamente la mía la tengo encarrilada por unos rieles que, en cierto modo, recuerdan los ríos de Jorge Manrique. Soy consciente de que mi trayecto transcurre al modo que cita el clásico de nuestra poesía castellana “Partimos cuando nacemos/ andamos mientras vivimos/ y llegamos/ al tiempo que fenecemos”.
De esta manera “partí”, hace muchos años, y en el transcurso del viaje hice una parada en una estación andaluza. Trasbordé a un nuevo vagón en el que encontré a una joven de mi edad. Tomé asiento a su lado y en el sentido de la dirección de la locomotora decidimos compartir la ventanilla.
Cogidos de la mano, desde nuestro vagón, hemos ido asombrándonos con los paisajes por los que atravesábamos. El viaje, hasta ahora, ha sido largo, por lo que hemos encontrado panorámicas muy variadas; ahora las recuerdo como una sucesión de diapositivas. En ocasiones el intervalo ha sido corto; en otras, se nos antojaba interminable.
La brevedad siempre se correspondió a instantes de felicidad. Fueron escenas que corrieron, tras de la ventanilla, entrecortadas por sucesión de árboles y postes eléctricos que velozmente iban quedando atrás. Pocas veces tuvimos tiempo de disparar la fotografía. Por eso, el álbum que coleccionábamos tiene, hoy, muchas páginas sin imagen. Se corresponden a escenas que pasaron sin, entonces, habérles sabido conceder importancia o que fueron tan breves que nos impidieron preparar la cámara. Hoy, hojeando el cada vez más grueso libro, observo que esas láminas en blanco ofrecen a mi vista huecos, que relleno con recuerdos tan realistas, por difumados que aparezcan, como los que evocan imágenes coloreadas.
Conforme el viaje avanzaba, entraron en el vagón seres diminutos con los que jugábamos en el suelo alejando nuestra vista de la ventanilla por la que seguían corriendo paisajes a los que prestábamos menor atención. Cuando llegaba la noche se acurrucaban en nuestro regazo y sonreíamos pensando en lo que sucedería mañana. Antes de lo que nosotros quisimos, reclamaron su billete de reserva individual en el compartimento, y nosotros, de nuevo, entrelazamos las manos y dirigimos la mirada a nuestra ventana lateral.
Pasamos por túneles, transcurrieron noches, vimos en el horizonte los primeros rayos de sol y también el rojo de sus puestas al atardecer. El revisor, en varias ocasiones, por sorpresa, solicitó nuestros billetes y los perforó, añadiendo agujeros al cartón que poco a poco se iba arrugando. Incluso, en alguna ocasión, al encontrar borroso nuestro ticket tiró de la alarma y, de no ser por un reconocimiento más detenido, hubiera parado en seco el convoy. Pero, sólo fueron sustos. Nuestra vista precisaba de gafas para mejor disfrutar de la belleza exterior y alguna que otra pócima para no perder la lucidez; pero –en muchas ocasiones- se nos antojaba estar jugando con el tren eléctrico de nuestra niñez, obviando la realidad.
Así seguía nuestro particular viaje hasta que un día entró el revisor, como siempre sin llamar. En esta ocasión era un hombre escuálido, de rostro macilento, su expresión más seria que la de sus compañeros. Saltaba a la vista que la visita no se correspondía a la ronda habitual sino que traía una misiva procedente de
Sonó el silbato. Vi agitarse el banderín rojo ordenando la salida. El tren, muy despacio, reanudó su marcha. Yo aferré contra mi pecho el álbum. Sólo pasaron unos minutos y el dulce traqueteo del monótono desfile de las ruedas por las vías férreas recobró su cadencia. Al fin, tuve que reconocer que todavía queda camino por recorrer y que los pasajeros piden del convoy que recobre su velocidad de crucero.
Con Jorge Manrique, y el álbum entreabierto, ahora me quedo pensando:
“dio el alma a quien se la dio
(el cual la dio en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dejonos harto consuelo
su memoria”