
Desde Aristóteles y sus seguidores, entre ellos Tolomeo, se admitía como axioma que la Tierra era el centro de todo el Universo, girando en torno a ella los planetas, el Sol y las estrellas. Así se asumió por la Iglesia que, incluso, acomodó a este principio la interpretación de distintos pasajes de las Sagradas Escrituras. No habiéndose producido ningún avance en los conocimientos astronómicos durante 20 siglos, no es extraño que a fines de la Edad Media quien osara decir lo contrario -lo que hoy por nadie sería discutido- corría grave riesgo de tener que comparecer, por herejía, ante la Inquisición.
Copérnico, un científico de origen polaco, en el mismo año de su muerte, publicó póstumamente (1543), una obra, “De las revoluciones de las órbitas celestes”, en la que demostraba que el Sol, y no la Tierra, era el centro del Sistema Solar. La obra fue condenada como herética y se incluyó en el Índice de libros prohibidos (Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum) hasta 1757, fecha en la que le llegó el indulto, por decreto de la Congregación del Index.
Y Galileo, el primer hombre que miró con un telescopio hacia el cielo, por seguir su pensamiento y “por haber sostenido y creído en la doctrina -que es falsa y contraria a las Sagradas Escrituras- de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de oriente a occidente y que la Tierra se mueve y no es el centro del mundo, y de que se puede sostener y defender como probable una opinión después de que ha sido declarada y calificada como contraria a las Sagradas Escrituras”, también fue condenado, por Sentencia del Santo Oficio de 22 de junio de 1633.
Sin embargo, en la propia sentencia se le ofreció reducir la pena a la de reclusión perpetua en su domicilio, “siempre que antes abjurarais, maldijerais y renegarais en nuestra presencia de todo corazón y con fe verdadera de los citados errores y herejías así como de cualquier otro error o herejía contrarios a la Iglesia católica y apostólica de la forma y manera que os prescribamos”.
El mismo día 22 de junio, escribe de puño y letra cédula de abjuración que recita palabra por palabra, en Roma, en el convento de Minerva, afirmando y reiterando que “con sinceridad de corazón y no fingida fe abjuro, maldigo y aborrezco los mencionados errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contraria a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no oiré nunca más ni afirmaré, por escrito o de palabra, cosas por las cuales pueda ser objeto de semejantes sospechas; y si conociera algún hereje o alguno que fuera sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o ante el Inquisidor u Ordinario del lugar donde me halle”.
En cuanto a la famosa frase, que se le atribuye decir, al final de la abjuración, “Eppur si mueve” (y sin embargo, se mueve), parece que está desacreditada su autoría, que debe referirse a un periodista inglés en 1757, repetida más tarde por el italiano, también periodista Giuseppe Baretti.
Del mismo modo, contra lo que, inexplicablemente, por mucha gente se ha propagado, no murió en la hoguera, y “el papa Urbano VIII nunca firmó la condena de la Inquisición” (Gianfranco Ravasi, Arzobispo y Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura) aunque “no se puede negar la firme decisión de Urbano VIII de querer el juicio y la condena" (Sergio Pagano, Obispo y Prefecto del Archivo Secreto Vaticano), apoyando con ello al dominico Tommaso Caccini, quien inició el proceso 17 años antes, sin la connivencia de los jesuitas, dispuestos a ser más indulgentes con Galileo.
Su muerte le llegó, por enfermedad, en la quinta de Arcetri, (cercana al convento donde en 1616 y con el nombre de sor Maria Celeste había ingresado su hija preferida, Virginia), en la madrugada del 8 al 9 de enero de 1642, a la edad de 78 años, siendo inhumado en Florencia el 9 de enero. El 13 de marzo de 1736, en la Iglesia de la Santa Cruz de Florencia, le sería erigido un mauselo en su honor.
Ello dio lugar a que tuviera tiempo de cumplir la penitencia que le fue impuesta de rezar una vez por semana, los Siete Salmos Penitenciales, durante el plazo de tres años. Salmos que responden a los siguientes enunciados, de por sí elocuentes, “Domine, ne in furore” (No me reprendas Señor en tu ira), “Beati quórum” (Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones), “Domine, ne in furore” (Señor, no me reprendas en tu enojo), “Miserere” (Ten compasión de mí), “Domine, exaudi” (Escucha, Señor, mi oración), ”De profundis” (A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades) y ”Domine, exaudi” (Escucha, Señor, mi oración). En el quinto de ellos, su versículo 6 llega a decir: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Desde luego, como diría cualquier joven de hoy, resulta un poco fuerte.
Así las cosas, como anunciaba en mi último comentario, la Iglesia Católica, que tan severa fue con el copernicano, se ha sumado a la celebración del año 2009 como Año Internacional de la Astronomía no sólo formalmente sino con la rectificación de la condena del proceso inquisitorial de 1633.
Pío XII, en 1939, con motivo de su primer discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, rindió homenaje a Galileo, "el más audaz héroe de la investigación... sin miedos a lo preestablecido y los riesgos a su camino, ni temor a romper los monumentos".
En 1979, Juan Pablo II, también polaco como Copérnico, pidió perdón por los errores que hubieran cometido ciertos teólogos del siglo XVII desde la Iglesia. Propuso una revisión honrada y sin perjuicios para “el caso Galileo”, aunque la Comisión (1981-1992), concluyó que Galileo carecía de argumentos científicos para demostrar el heliocentrismo y sostuvo la inocencia de la Iglesia como institución y la obligación de prestarle obediencia y reconocer su magisterio, justificando la condena y evitando una rehabilitación plena, pese a que el 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II le rindiera homenaje durante su discurso a los participantes en la Sesión Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias.
De esta serie ambigüedades forma parte, también, la anécdota de la Universidad de “La Sapienza”. El Rector de esta Universidad romana, Renato Guarini envió una invitación al Papa Benedicto XVI para que leyese la "Lección Inaugural" del Curso el día 17 de enero de 2008. Sin embargo un grupo de 67 Profesores y centenares de alumnos (con la Facultad de Ciencias Físicas en pleno) publicaron un manifiesto rechazando dicho acto del Papa, como protesta a su Discurso pronunciado, en 1990, en la misma Universidad, en su condición de Cardenal Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, “La crisis de la Fe en la Ciencia”, haciendo suya las tesis de Paul Feyerabend, filósofo agnóstico y escéptico, quien mantiene que la sentencia contra Galileo fue razonable y justa, y que sólo por motivos de oportunismo político se legitima su revisión y la de Ernest Blosch, marxista romántico.
Para L´Osservatore Romano, del discurso del Papa se sacaron frases de su contexto, haciendo decir a Ratzinger lo contrario de lo que dijo. Es habitual en nuestro Papa actual, uno de los más profundos intelectuales de nuestra época, -con independencia de su autoridad religiosa- reforzar sus tesis con la cita de autores, a priori contrarios a posturas de la Iglesia, lo que pudo dar lugar a erróneas interpretaciones.
Lo cierto es que el Año Internacional de la Astronomía, se inició en el Vaticano, el 15 de febrero, con una misa en su honor, oficiada por Monseñor Gianfranco Ravasi, promovida por la Federación Mundial de Científicos y que el pasado día 30 de mayo se ha clausurado en Florencia el congreso internacional de estudios “El caso de Galileo. Una relectura histórica, filosófica y teológica”, habiendo participado 18 instituciones de sectores representativos de la vida cultural y científica, entre ellas el Pontificio Consejo para la Cultura, la Pontificia Universidad Gregoriana, la Pontificia Academia de las Ciencias y la Universidad de Florencia.
Por último, y para cerrar este perigrinaje de ambigüedades y contradicciones termino con la interesante cita del autor francés Joël Col quien en su libro, recientemente publicado este año “Entre Galilée et l'Église: la Bible” (Entre Galileo y la Iglesia: la Biblia) pretende demostrar, a través de un estudio semántico, que en los Textos hebreo y griego no se dice que “el Sol no da la vuelta alrededor de la Tierra”, al contrario de lo que afirman las versiones “mal traducidas” de la Biblia, para concluir diciendo que si las traducciones de la Biblia hubieran sido fieles a los Textos originales, Galileo no habría sido condenado por haber sostenido y creído una doctrina falsa y contraria a la Divina y Sagrada Escritura.