En estos días de agosto, he seguido con interés la competición de Tenis, en los Juegos Olímpicos “Beijing 2008”, al haber ascendido al más alto escalón del podio en esta especialidad el atleta español Rafa Nadal, y he compartido mi atención no sólo con mis compatriotas sino también con toda la comunidad internacional, interesada por el deporte, que ha celebrado la gesta de este joven de 21 años, adornado de toda clase de virtudes, como estaban revestidos en la Antigüedad los más conspicuos atletas griegos, protagonistas de este evento cuatrienal.
Confieso que no soy un aficionado activo del deporte y solamente, en mi adolescencia, me interesé por el jockey sobre patines y el tenis. Este último lo practiqué esporádicamente al haber sido socio de una Sociedad del Real Club Tenis, en el Norte de España (el centenario del Real Club Tenis, se celebró en San Sebastián en 2004), a la que acudí atraído más por el ambiente y reuniones sociales que se nos ofrecían a los jóvenes, en tiempos en los que los “guateques” y citas en este tipo de centros eran una forma de relación que nos dejó más gratamente impresionados que la débil huella que permanecerá en el recuerdo cuando a nuestra juventud actual les vengan a la mente, dentro de cuarenta años, las noches y madrugadas de botellón, todas ellas oscuras, confusas y promiscuas.
Pues bien, con estos antecedentes quiero dejar constancia de que he sabido contar los puntos que se van obteniendo en el transcurso del juego del tenis desde mi adolescencia, y no me es nueva la voz del árbitro, desde su alminar, cantando “15, nada”, “30, 15”, etc.
Pero la verdad es que nunca me he preguntado la razón de ser de esta corta serie numérica 15, 30, 40, que sustituye al 1, 2, 3 de los acostumbrados a utilizar la base 10 y el sistema decimal.
Yo pensaba que al ser este juego, en su versión moderna, difundido en el mundo entero desde Inglaterra, su tanteo obedecería a los caprichos isleños a que nos tiene acostumbrados en sus relaciones, frente al sistema métrico decimal, al régimen monetario y a cuantos patrones puedan confundir su insularidad con la cultura continental.
Lo cierto es que, el tenis ha sido durante mucho tiempo el único deporte, junto al atletismo, que tenía las mismas reglas en todos los países, lo que facilitó desde su origen los campeonatos internaciones y su gran difusión y aceptación universal.
Es conocido que el tenis, tal como se practica hoy en día, data de finales del siglo XIX. Apareció en 1874 con el nombre de “Spharistike”, sustituido en 1877 por el de “law-tennis” (tenis sobre césped), siendo hoy su versión moderna “tenis”.
Pero al estudiar los orígenes del juego me he visto sorprendido por sus antecedentes.
El origen de los juegos de pelota, entre los que se encuentran el tenis y también la pelota vasca, se remonta a ceremonias religiosas en honor a la fertilidad en primavera y a celebraciones militares. En estos eventos, al principio se jugaba con las cabezas de los vencidos; más tarde el juego se perfeccionó y en vez de cabezas comenzaron a utilizar pelotas.
Pasó por las culturas griega (1500 a. de C.), romana y egipcia. Nos consta el testimonio del «titular» de este Blog, el eminente filósofo hispano romano, Séneca, “La figura intelectual más destacada de Roma durante las décadas cincuenta y sesenta del primer siglo” (La enciclopedia británica, CD, “Séneca.”) a quien se debe la geografía de las canchas, trazando una línea que lo divide por la mitad, y a su vez, la mitad que corresponde a cada jugador la dividió en dos, con el fin de que el oponente, al lanzar la pelota, lo hiciera sobre el primer cuadro, y también de Galeno, famoso escritor médico, quien recomienda ya en el siglo II a. de C., hacer ejercicio jugando con una pelota pequeña, indicando que al jugar a la pelota se ejercitan todas las partes del cuerpo, incluso los ojos y recomienda a los médicos que lo aconsejen como terapia en la convalecencia de sus pacientes ("Un ejercicio con la pelota pequeña").
Los árabes no fueron ajenos a estos juegos; la palabra raqueta puede tener su origen en la palabra árabe rahat, que quiere decir “palma de la mano”.
Ya en el siglo XI los monjes jugaban en los claustros de los monasterios algo parecido al tenis, al padel y a la pelota. En poco tiempo se pasará de los claustros a los palacios.
Hacia el siglo XII era muy conocido un juego semejante al tenis –de él deriva el actual-. El círculo, considerado la perfección, era la medida. Sus 360 grados equivalían a un set que debía dividirse en 6 partes de 60 grados, es decir, en 6 juegos. Cada juego constaba de 4 puntos, por lo que la puntuación debía seguir la correlación del 15.
En el siglo XVI el abate italiano Antonio Scanio da Salo en su ”Tratatto del Giuocco della Palla” hace una descripción de los juegos de pelota, de sus reglas y normas sobre el atuendo e informa en su libro de que, cada punto ganado marcaba quince para el ganador, así para el primer punto, treinta para el segundo y cuarenta y cinco para el tercero.
Erasmo de Rotterdam, 1552 en “Coloquios”, en la descripción de un partido cuenta en latín: "quindecim”, ”triginta”, “quadraginta quinque". (Este último valor con el transcurso del tiempo, por mayor facilidad fonética, se abrevió a “cuadra”).
A finales del siglo XIX todavía se usaba el sextante para medir la elevación del sol y conocer así la latitud. El sextante está dividido en cuatro partes que corresponden a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Aquel sistema era la forma más común de medir distancias cuando el tenis actual comenzó a tomar forma.
Otra teoría mantenida por algunos historiadores contemporáneos, sostiene que el registro de puntuación proviene de dividir una hora en sus cuatro cuartos (15, 30, 45 -abreviado a 40- y 60).