
Con motivo del aniversario del 23-F, se han articulado infinidad de reportajes, utilizando una fórmula de introducción periodística, que llama a responder “¿Dónde estaba Vd.?" Es ésta una práctica atractiva porque despierta la curiosidad de los más jóvenes y da importancia a los mayores que con el recuerdo de sus anécdotas les permite legitimar las páginas con las que se compone el Gran Libro de la Historia.
Tal vez su origen sea americano pues se ha venido utilizando con insistencia para recordar la tragedia de las Torres Gemelas y, para los que ya somos un poco mayores, el momento en que nos enteramos del magnicidio de Kennedy, otro día 23, pero de noviembre de 1963.
El número 23 está muy marcado en el Calendario. Con él, en el mes de abril, anualmente celebramos el fallecimiento de Cervantes, Shekaspeare y Garcilaso de la Vega y también con el 23-F de 1983 lamentamos, junto a la familia Ruiz Mateos, quienes desperdiciamos parte de nuestro tiempo en las aulas de Derecho, estudiando la institución de la Expropiación Forzosa que nada tuvo que ver con su aplicación en el “Caso Rumasa”. A la mente me viene también el 23 de enero, día en el que nació mi padre, aunque este recuerdo lo reserve a mi intimidad, como para la suya quedó el uso de la lengua catalana, según nos decía el Presidente Aznar.
Pero todo este recreo de números, fechas y sucesos ha surgido al recordar la frase (o slogan) “Spain is different”, acuñada por el político que nació en noviembre de 1922, ¡oh casualidad!, un día 23. Naturalmente que me refiero a Manuel Fraga, cuya mención produce el mismo sarpullido a la Izquierda que en la Derecha levanta, el todavía más veterano, Santiago Carrillo. En cualquier caso, los antiguos impuestos franquistas de nuestros padres y los siguientes democráticos con los que hemos contribuido, y así prosiguen haciendo nuestros hijos, han sido y siguen siendo la fuente que ha nutrido sus nóminas, que alternativamente se han confeccionado en Madrid y en Moscú aunque sus importes se emitieran “por la gracia de Dios” o se troquelaran en oro, procedente de las reservas del Banco de España, cuyo último responsable, en Madrid, fue el Ministro de Hacienda Negrín, bajo la Presidencia de Largo Caballero, durante el breve Gobierno de la descontrolada II República Española. Por cierto, “el número 23” de los 26 de aquella inestable gobernabilidad.
Y me refería a que de España, durante muchos años, se ha dicho “que era diferente”, lo que suscitó interpretaciones antagónicas. En su origen quiso ser enseña de que en España se encontraba lo que en otros lugares escaseaba. Dio lugar a la curiosidad. Fue buen reclamo para la atracción del turismo y éste enriqueció nuestro país en unos años en los que lo necesitaba, por sufrir el aislamiento al que fue sometido por la incomprensión internacional de su dirección política. Pero, quienes prefirieron ahondar en el estrangulamiento ideológico por encima de reconocer la prosperidad social, dieron otro significado a la “diferencia” de España, a través del esperpento. Así, se tradujo como la “España de la pandereta”, desnaturalizando el fenómeno mejor conocido como “el milagro económico español”.
El período que va desde 1959 a 1973 fue, sin duda, el más próspero del antiguo régimen, y uno de los Gabinetes ministeriales más exitoso fue el décimo franquista, del día 7 de julio de 1965, en el que, como novedades recuerdo que Fraga repitió en Información y Turismo, y se incorporó López Rodó, como Ministro “sin cartera”. Por aquellas fechas, yo estudiaba con interés la política económica de este Ministro al que, dos años después, “los motoristas” que notificaban los relevos de los Gabinetes franquistas le compraron una Cartera, grabada con la etiqueta de “Planificación de Desarrollo”.
En torno a estas fechas me ha venido a la memoria el lugar en que me encontraba cuando tuve conocimiento de ese cambio ministerial. Yo me trasladé a vivir a Andalucía el día 4 de julio de 1965. En dicha fecha conocí por primera vez la provincia de la que Franco destacó, que “le quitaba el sueño”, no sé si por la rémora socioeconómica de la misma o por el estado de la reproducción de los venados en la finca de su yerno, no muy lejana de la que muchos años después ha hecho célebre una cita cinegética que congregó al Juez, que tiene acreditado quitarle el sueño el ya histórico, General cazador, con su Ministro del ramo, en tanto una treinta de asociaciones judiciales agitaban airadamente sus togas. Estoy seguro de que el fallecido General también carecía de licencia de caza, pero fue al Ministro a quien ese incidente le costó una multa impuesta por la Junta de Andalucía y devolver la Cartera del Ministerio de Justicia al Gobierno de España.
Y, asocio mi llegada a la Ciudad del Santo Reino con la crisis ministerial del 23 Gobierno franquista porque me llamó la atención una anécdota que me ha venido al recuerdo en muchas ocasiones y en la que, hoy, me quiero centrar.
Era el tercer día de estancia en la tierra que también llaman “del ronquío”, cuando el día 7 de julio de 1965, al atardecer, vencido un día de calor como yo no había conocido hasta entonces, salí a la calle con intención de mezclarme en el ambiente juvenil de la que iba a ser mi nueva residencia.
Con veinticinco años recién cumplidos y siendo nuevo en la plaza, no es extraño que me dirigiera al primer guardia municipal que me tropecé en el camino para preguntarle hacia dónde dirigir mis pasos para encontrar ese centro urbano, que había en todas las capitales de provincia, a donde acudía la juventud. En todas las ciudades pequeñas de entonces había una calle que reunía dos o tres cafeterías, con sus veladores a la puerta, a las que acudíamos los jóvenes que era el sector con el que me quería relacionar. Algo así como en Pamplona, la “Plaza del Castillo”, en Granada, “Puerta Real”, en Zaragoza el “Paseo de la Independencia” o en Toledo la “Plaza de Zocodover”…
Buen entendedor de mis pretensiones me dirigió a una avenida en la que estaban frente por frente dos cafeterías, repletas de gente en las terrazas así como en su interior. Ninguna de ellas ha aguantado el paso de cuarenta y cinco años, entre otras cosas, porque la concurrencia ciudadana a esas horas se ha reducido, la profusión de luces de neón que alegraban los establecimientos se ha apagado, y el trasiego de camareros y bandejas repletas de consumiciones también ha desaparecido. Aquella alegría se ha transformado dando lugar a otros comportamientos, reducidos a rincones más oscuros, en los que prima el autoservicio, reduciendo la afluencia masiva a los fines de semana y aquel murmullo de las conversaciones de entonces que sobresalía sobre suaves melodías, han quedado sepultadas bajo sones estridentes que impiden la conversación como no sea recibiendo el aliento de nuestro interlocutor en la misma oreja. Cada una de las transformaciones que estoy observando obedecen a muy diferentes, e interesantes, factores que han cambiado la sociedad y sus costumbres.
Pues bien, acomodé el brazo en la barra de una Cafetería que sería uno de los lugares emblemáticos, de encuentro social en la Ciudad, hasta que el rótulo de “Montemar” fue sustituido por el de “El Corte Inglés”. Dudo mucho que Carlos Guerrero, que así se llamaba el propietario de la cafetería-restaurante, conociera que el titular del Ducado de Montemar elevó el título a Condado, por concesión de Felipe V, tras su exitosa participación en la Batalla de Bitonto (1734), donde arrebató a los austriacos las plazas de Nápoles y Sicilia, que habían pertenecido a la Corona de España hasta 1700.
Y, puesto a observar el comportamiento de la sociedad a la que me estaba incorporando, llamó mi atención, una tertulia que tenía a mi lado, en la que un abogado –que conocería mucho tiempo después por razones profesionales- estaba haciendo un panegírico de la composición del mencionado Gobierno, remodelado tres días antes, aventurando la apertura que se proponía Fraga, con una más permisiva ley de prensa y el desarrollo económico que se avecinaba con la incorporación del ministro, perteneciente al Opus Dei, López Rodó, aunque inicialmente, lo fuera sin cartera, a los que se les atribuía la responsabilidad de determinadas funciones gubernamentales.
Pues volviendo al origen de mi comentario, “ahí estaba yo”, cuando se inició el slogan “Spain is different”, que el Titular de la Cartera que además de la “Información” tenía acumulado “el Turismo” y al que, entre otros méritos en el sector, tiene a su favor la creación de la Red de Paradores de España, que ahora por la Junta de Andalucía se ha querido emular con la red de una docena de “Villas de Andalucía”, que son “una gozada” –como dirían mis nietos-. A diferencia de los Paradores, instalados en Castillos y Construcciones históricas, las Villas son minúsculos pueblos típicos, en los que abundan su zonas ajardinadas y se configuran con alojamientos en casas, independientes o adosadas, o en apartamentos, con sus callejuelas y plaza central, en donde se ubican los servicios centrales.
Por dar testimonio de uno de ellos, allá por los años 90, asistí a una reunión de trabajo, con motivo de la incorporación de los Hospitales Provinciales a la Junta de Andalucía, en la “Villa de Bubión”, en la Alpujarra granadina, limitando con los municipios Lanjarón, Capileira, La Tahá, Pampaneira y Soportújar. Gran parte de su término municipal pertenece al Parque Nacional de Sierra Nevada, y forma parte del Conjunto Histórico del Barranco de Poqueira. Fueron tres días, de los que mejor recuerdo me ha quedado por la estancia en su recinto turístico que por los tediosos temas, principalmente económicos, que hubimos de abordar entre las ocho Diputaciones y la Junta.
Pero, como muchas veces me repito, esto ya es otro tema.