lunes, 30 de mayo de 2011

YOTAMBIÉNESTOYCABREADO.COM


Recuerdo que recién entrado en la adolescencia utilicé por primera vez, para sorpresa de mi padre, el término “cabreo” en su sentido de malhumor, enojo o enfado, pero en todo caso como una derivación del estado interior en que debe encontrarse el “cabrón”, en su acepción del marido consentidor del adulterio de su cónyuge. Mi padre esbozó una sonrisa no como contestación a mi preocupación sino de complacencia. "El niño se está haciendo mayor y comienza a utilizar lenguaje adulterino, sin sonrojarse", pensaría para sí. Esta reflexión hay que trasladar a un momento en el que el respeto hacia los mayores incluía la observancia de un leguaje propio del entorno familiar y al uso del que se oía en los patios de recreo de un colegio religioso. Todavía se suponía que no habíamos tenido acceso a la literatura cervantina. Siguiendo con el anecdotario, recuerdo cómo de los primeros libros que adquirí para lo que es hoy, mi biblioteca de papel, recorté aquellas páginas en las que figuraban expresiones con “palabrotas”, por un sentido de la vergüenza, incomprensible hoy.

Pues, como decía, “yo también estoy cabreado” y llevo cabreado mucho tiempo, como manifiesta estarlo la juventud de la Puerta del Sol madrileña. El alumbramiento ha surgido como en esas mujeres que ceñían sus cinturas con fajas ajustadas para disimular su preñez. “¡Ah! ¡No sabía que estuvieras embarazada!”, decíamos, con embarazo, al pellizcar el moflete del bebé recién nacido. Alguna razón mantuvo oculta la gravidez durante nueve meses.

Esta juventud del 15-M, a una semana de una importante cita electoral en todos los rincones de España, sintió los dolores de parto y rompió aguas en el Kilómetro Cero. Nadie estaba preparado para este evento, de por sí, siempre feliz.

Así ha sido el parto madrileño. Esos jóvenes han despertado de un prolongado sueño durante el que sus padres y abuelos, de tanto acunarles, estábamos agotados. Cuando en plena calle el niño ha caído al suelo, sus sollozos los hemos escuchado en toda la nación. Se acabó el dormitorio con ordenador y televisión. Expiró el tiempo de esconderse en la soledad de la PlayStation. En España parecíamos asistir a la primera revolución del siglo.

La madre de Fernando de Aragón, llegado el momento del parto, dirigió las carretas reales al primer lugar del Reino de Aragón, desde el de Navarra en el que se encontraba, para que su hijo fuera “maño” de nacimiento. Hoy no hubiera necesitado de precipitación sino que el ginecólogo le hubiera programado el parto de forma que el infante hubiera visto la luz bajo el manto de la Pilarica.

Del mismo modo, la técnica también ha programado este natalicio.

Desde toda España, e incluso desde el extranjero, han venido pastorcillos a adorarle y le han traído presentes, escondidos en papel de regalo de Twitter y Facebook. Incluso, en Oriente había alumbrado “una estrella”, al otro lado del Mediterráneo, pero los Herodes de hoy no han abierto las fronteras a los Reyes Magos.

En un primer momento el niño parecía tener el don de lenguas, pues era comprendido por cuantos sorprendidos le escuchaban. Unos quedaban “estupefactos por su inteligencia”. (Lc 2, 47). Otros aplaudían «¡Así se habla!». Pero también, en la calle se murmuraba «¿quién le habrá enseñado a este niño tanta cordura?».

Efectivamente, a la semana del parto el pediatra ha observado que el niño tenía carencias. No tenía un desarrollo normal. Su sangre era, toda ella, venosa; venía cargada de impurezas. ¡Qué bonito hubiera sido un natalicio limpio!

La manipulación espuria de unas elecciones parece que ha dado lugar al nacimiento de un fenómeno. Todo ha sido producto de marketing. En una huída desesperada, una corriente política se ha revuelto contra sí misma y ha decidido privarse de algunas voluntades con tal de producir un efecto expansión en otra minoritaria que, sin pretenderle un desarrollo normal, edificara una barrera que, de otra forma, no daba tiempo a construir frente a la inminencia de un vendaval devastador. «¡Oye tú!, ¡Que la imaginación es libre!, ¡No te jode!», remataría algún “acampado”, ante la protesta de algún lector.

El fenómeno atmosférico ha recorrido España. En esta ocasión, de poco ha servido la manipulación genética. La “Inteligencia” podrá cobrar parte de la minuta. Era difícil sostener el equilibrio. Ahora lo que ha quedado abandonado en la calle ha perdido configuración. Nadie reclama su paternidad biológica. Sólo quedan unos balbuceos. Pero parte de aquellos gemidos sí merecen una adopción porque, muchos como yo, seguimos cabreados.