
Las fiestas de Navidad , con independencia de su dimensión religiosa sin la que no tendría sentido alguno cuanto a ellas se une, ofrecen motivo de acercamiento hacia familiares y amigos que durante los doce meses anteriores no es que se hayan tenido olvidados sino que se han conservado en estado de hibernación, guardando sus sentimientos en el arcón de la intimidad. Llegadas estas fechas, como cuando se hace limpieza de temporada en la casa, se abren ventanas y armarios para que les entre aire fresco.
Nos felicitamos, y explayamos lo que mejor de nosotros tenemos para compartirlo con los seres a quienes queremos, deseando para ellos y sus familias todo aquello que deseamos para nosotros, durante el próximo año.
Varios pensamientos me vienen a propósito de todo ello. De entre ellos, hoy, me gustaría reflexionar sobre la consistencia de la amistad auténtica y la levedad de otros sentimientos afines.
En el siglo IV a. C., Aristóteles, El Estagirita, el discípulo de Platón (“el de anchas espaldas”, por el apodo que oscureció su nombre de pila, Aristocles), sucesor de Sócrates, y preceptor de Alejandro Magno, en la obra que dedicó a su hijo “Ética a Nicómaco”, de sus 10 libros, dictados en el Liceo, el 8º y el 9º los dedica a la amistad y a la conservación de la misma, ya que como se dice vulgarmente, “no es menos el saber conservar lo ganado, que el ganarlo”.
He citado esta obra clásica, porque teniendo cercana su consulta, no me parece petulante habida cuenta la actualidad que le he encontrado con el tema que quiero desarrollar, pese a los siglos transcurridos, e incluso para animar a su lectura a quien encuentre placer en gustar los ingredientes de estos sentimientos. No en balde se ha dicho, con razón, que Aristóteles y Platón “son determinantes de gran parte del corpus de creencias del Pensamiento Occidental del hombre corriente –aquello que hoy denominamos sentido común del hombre occidental-“.
Y me estoy adentrando en esta composición después de que hace pocas fechas, coincidía con mi buen amigo Salvador, en su comentario sobre “cómo con el transcurso del tiempo –los dos andamos en torno a los 70-, uno se va quedando sin amigos”.
Desde la templanza de estas edades se puede hacer un sosegado repaso de diferentes aspectos en torno a la amistad, con garantía de ser compartidos o, cuando menos, comprendidos.
El primer contacto con este sentimiento acude a los niños, cuando toman conciencia de que existen otros seres fuera de su entorno familiar y que, en la sociedad, los hay de su tamaño y estatura. Estos, que bien pueden ser nuestros nietos, en los primeros días escolares, se cogen de la mano de los compañeros que colocan a su lado para, posteriormente, ser ellos los que elijan a quiénes quieren acercarse, tomar de la mano, jugar y besar. Esa opción suele ser aleatoria, a los ojos de los mayores, aunque tienen sentido en su todavía pobre abanico de elecciones con que cuentan. Hasta con los uniformes escolares les hemos unificado gustos y colores. Todavía no distinguen preferencias por razón de sexo sino que se mueven por motivos sensoriales elementales. Pueden activar su selección hechos tan accidentales como ver a sus respectivos padres conversando mientras les esperan con el abrigo en la mano o haber compartido en el pupitre los lápices de colores.
Estos primeros sentimientos no se pueden calificar de amistad, en el sentido de compromiso; son “amistades ocasionales”, que no obstante se perpetúan en el recuerdo como anécdotas, guardadas en los álbumes de fotos pero que con el tiempo obtienen el valor de reliquias que se muestran con satisfacción cuando cualquiera de ellos adquiere notoriedad. “Fulanito fue amigo mío cuando éramos párvulos”, comentamos con orgullo, aunque no nos hayamos visto desde entonces, e incluso haya transcurrido medio siglo de ello.
La adolescencia es el gran motor de la amistad. La mocedad es un momento de afirmación de nuestra identidad. Pese a nuestra inexperiencia vamos catalogando, valorando y etiquetando el mundo que hemos ido descubriendo hasta entonces. Y, dentro de ese mundo nuevo que se abre a nuestros ojos, que ya quieren emanciparse del control de los mayores, encasillamos en el mapa de nuestros sentimientos más o menos cerca a las personas con las que convivimos. Los más próximos a la frontera de nuestra intimidad son a los que llamamos amigos.
Es la época más proclive al cultivo de la amistad, fundamentalmente, porque se dispone de tiempo para conocerse. Aún no se han contraído obligaciones que conduzcan a otros menesteres. La conversación, a la que los clásicos concedían extraordinaria importancia, es una práctica fundamental para ir tejiendo relaciones de amistad.
De otra parte, los valores se les muestran en oferta, como si estuvieran en las vitrinas de un escaparate, en la Gran Superficie de las Creencias, con las puertas abiertas a sus tiendas religiosas, filosóficas y científicas. Los jóvenes se acercan a ellas y echan en el carrito intelectual aquellas opciones que más les fascinan, dependiendo de la curiosidad y del ahínco personal el volumen de la compra que se acopia; suele coincidir esta edad con el momento fascinante en el que el hombre acumula la riqueza ideológica y científica que posteriormente desarrollará a lo largo de la vida.
La adhesión o aprehensión de riquezas comunes o afines establecen vínculos de amistad sólidos. Recordemos que, en lo sucesivo, nos dirigimos los que así coincidimos, con el apelativo de “querido amigo y compañero”. Cuando la amistad se queda ahí, ésta es perfecta y duradera porque los amigos son generosos: “viven, huélganse unos con otros y comunicánse sus bienes”. Es la amistad que surge entre iguales, por haberse visto desnudos y, creciendo juntos, haber puesto empeño en vestirse, con intercambio, incluso, de sus prendas. Algo similar a lo que se nos narra sobre la comunicación de bienes en la que vivieron los primeros cristianos. Esta sería, a mi juicio, la amistad “en virtud” aristotélica, a diferencia la amistad “por provecho”, que se funda en la utilidad -“amistad de tenderos”-, y de otras categorías inferiores de relación.
Pero, el transcurso del tiempo hace que muchos amigos, inicialmente generosos, al tener que competir, entre sí, esquiven la amistad de aquellos de los que no puedan obtener provecho para acercarse a otros que les puedan ser útiles a sus intereses. Con ellos se entabla una amistad que es espuria, de origen, y que, por lógica, desaparecerá tan pronto como el interés en que se fundó desaparezca.
La naturaleza humana genera muchos oportunistas, arribistas, “trepas” que les denomina el lenguaje moderno, que aproximan su “amistad” no ya al tiempo de pedir el “provecho” sino con antelación, en previsión del momento en que se produzca la necesidad. En ese ínterin, son aduladores, zalameros, llegando incluso al servilismo. Luego su ruindad les lleva a la traición. Son muchos los casos conocidos, quizás por su popularidad, entre la clase política. Hace tiempo escuché una observación, en la que se escenifica el paradigma de estas situaciones, cuando se formula la pregunta sobre quién recibe más muestras de condolencia, ¿el Gobernador por la muerte de algún allegado suyo o éstos por la muerte del Gobernador?, viniendo también a cuento el viejo refranero español cuando dice que “muerto el perro se acaba la rabia”.
Pero es que el sujeto pasivo de esta mal llamada amistad, que bien pudiéramos llamar el sufridor de la relación, también terminará siendo víctima de haberla mantenido y haberse alimentado de la lisonja y el aplauso. A este respecto, ya que, al socaire de estas reflexiones, he citado a la clase política, me atrevo a aventurar que su conocida aversión a dimitir, bajar –por decisión propia- del escenario de sus cargos públicos al patio de butacas del común de los ciudadanos, no se debe tanto a la vanidad del personaje que representan, ni siquiera a la pérdida del estipendio económico, sino a la soledad. A tanto llega ese temor que no les importa forzar “in extremis” el más amargo momento de la destitución. Porque hasta por los propios actores de este gran Teatro es conocido que su elevación no está sostenida por cuerpos musculosos y brazos fornidos, sino por esqueletos descalcificados y extremidades porosas que sólo se mantienen firmes en tanto encumbran a la máscara. Cuando ésta se desvanece, saben que con la careta también baja el telón y termina la representación. Y tan es así, que las reacciones no se dejan esperar sino que se encuentran en el propio camerino, mientras se recogen las pertenencias personales para dejar sitio a las del sucesor en la representación.
Por todo ello, prosiguiendo nuestra conversación, si me sigues en estas líneas, amigo Salvador, añadiré que no es de preocupación haber ido perdiendo amigos en el camino, porque si bien “la amistad es una cosa para la vida en todas maneras necesaria, porque ninguno hay que sin amigos holgase vivir, aunque todos los demás bienes tuviese en abundancia”, el auténtico concepto de la amistad es restrictivo y si los pocos que van quedando, al cabo de setenta años, –como me decías- establecen vínculos en los que sólo haya un mercadeo espiritual dirigido a la virtud, agradece que hayan descabalgado unos y que nosotros hayamos rehuido de otros, para quedarnos con los que Aristóteles recomendaba a su hijo Nicómaco al decir que “la amistad o es virtud o está acompañada de virtud”, en los términos que la he traducido con palabras del 1º de enero de 2010 desde el siglo IV a. C.