
La lectura del Quijote ya nos advierte sobre esta Institución, que se data en 1476, cuando “la candidez” de Sancho le hace decir: “sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo”.
Esta milicia, de la que nos ha quedado el recuerdo de su uniforme con sus mangas verdes y de la morosidad en sus intervenciones que dio lugar al dicho “a buenas horas…” sobrevivió hasta 1835, fecha en la que se decretó su extinción, aunque en la década siguiente el Duque de Ahumada creara el actual Cuerpo de Guardia Civiles que asumió parte de sus funciones.
Este Cuerpo coexistió con el de Carabineros de España, creado en 1829, que tenía presencia en las fronteras terrestres, provincias marítimas y en Madrid, teniendo a su cuidado la vigilancia de las costas y fronteras, y la represión del fraude y contrabando. Su lema era “Moralidad, Lealtad, Valor y Disciplina”.
Sus mandos se nutrían de la Oficialidad del Ejército de Tierra, al menos. Este dato lo tengo acreditado por haber oído a mi padre que, siendo Teniente, tenía pendiente el traslado a este Cuerpo, lo que no ocurrió al romper todas las previsiones el estallido de la Guerra Civil, que le sobrevino de improviso como a tantos otros jóvenes militares de la época.
En aquel momento, la obligación del militar, con independencia de toda ideología, era –conforme a las Ordenanzas- ponerse al servicio del Comandante Militar de la Plaza en la que se encontrara, caso de hallarse fuera de su acuartelamiento. Esa fue la situación del autor de mis días, hace setenta y cuatro años. Él se encontraba disfrutando de las fiestas de San Fermín, en Pamplona, reunido con su familia y amigos, cuando hubo de cuadrarse ante el General Mola para ponerse a sus órdenes.
Escrutando sobre el pasado y desde allí jugando a los futuribles, puedo aventurar que la memoria histórica de mi familia hubiera sido otra de haber vestido el uniforme del Cuerpo de Carabineros antes de la Contienda, pues la mayoría de sus Jefes llevaron a sus fuerzas al lado de los que perdieron la Guerra, en términos militares.
Aquellos días los conozco como si los hubiera vivido, no tanto por relato familiar sino por la amena pluma de Rafael García Serrano, coetáneo y paisano de mi padre, en su novela “Plaza del Castillo”.
La novela me ha permitido recrear, con gran realismo, lo que pudo ser el día a día de aquellas fechas en la vida de mi padre, un hombre mucho más joven del que me ha quedado en el recuerdo y con el que años después crecí en la calle Estafeta. Por su, entonces adoquinada calle, corrí el encierro, y desde la acera contraria le saludé, agitando el periódico hacia el balcón, como también él lo hiciera en aquellas fechas hacia el mismo tercer piso del número 81, mirando a mi abuelo. Sólo ahora, cuando los años dan distancia y color sepia a los recuerdos, me está conmoviendo la emoción que él tuvo que vivir aquellas mañanas del año 57, con mi saludo.
También con la novela me he podido figurar sus aventuras juveniles por los rincones de la calle Espoz y Mina, a los que salía la puerta de su casa, así como por las tabernas y lugares próximos, que hoy se conservan como entonces, “el Choco” (“Txoko”, ahora), “el Iruña”, “los soportales”…
En fin, desde el valor de bitácora que está adquiriendo la colección de Comentarios que voy engarzando en esta columna, quiero dejar constancia de mi firme propósito de dar una nueva lectura a la novela, ilustrándome con el álbum de fotos.
Pero, yo no pretendía encauzar mi comentario de hoy hacia la época que tanta pasión levanta entre descendientes, incluso lejanos, de historias que el tiempo tenía selladas con el marchamo de “mercancía peligrosa”.
Era mi intención reflexionar, brevemente, sobre “la broma macabra” –como diría Sabina- que el destino gastó a la Guardia Civil, cuando el tricornio de decenas de miles de guardias se vio gobernado por uno de los más famosos delincuentes de finales del siglo XX. Su acharolado tocado no ha quedado empañado por el polvo de los caminos en persecución de delincuentes, sino que ha sido manchado y roto por haber cubierto la calva de la cabeza que maquinó un rosario de delitos, de los que todavía pende –tras el cumplimiento de la pena- la pesada cruz del botín de millones y millones de aquellas pesetas que los españoles no hemos podido cambiar por nuestra nueva moneda.
Cuando los alumnos del Cuerpo de la Benemérita, “los polillas”, sigan educándose en la Escuela de Guardas Jóvenes bajo la consigna de que “el honor ha de ser la principal divisa… y debe conservarlo sin mancha, porque una vez perdido no se recobra jamás” les vendrá a la mente que el cumplimiento de los años de prisión no sirvieron para devolver el honor al tricornio que se perdió en las Tribunas del Congreso un 23 de febrero como tampoco al que ni siquiera pudo camuflarse entre las pagodas de Laos.
Luis Roldán: "Soy libre. He pagado por lo que yo he hecho" (19.03.2010)
(hacer clic abajo)