
Primera parte
(invierto las horas de entrada en el Blog, para su lectura ordenada)
En estos días de Semana Santa que, dentro de nuestra tradición cristiana, invitan al recogimiento y a la meditación, por conmemorar la muerte y resurrección de Jesús, no puedo ceder a la tentación de abandonarme al recuerdo de aquellos años de la niñez, e incluso juventud, en los que en España se vivían estas fechas de un modo muy diferente a como las disfrutan en la actualidad, principalmente, nuestros menores. De otra parte, mis recuerdos van al norte de España desde el Sur de
El régimen franquista asentaba sus bases políticas sobre un mullido colchón religioso, en el que las formas valían tanto como el fondo. Yo diría que incluso lo esencial quedaba muy por debajo de aquéllas. La liturgia religiosa de estos días también trascendía al costumbrismo civil.
Las vacaciones escolares se extendían durante más de una semana pues comenzaban el Domingo de Ramos, conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén y las clases se reanudaban pasado el segundo día de Pascua, la pascua florida, como la llamábamos.
Como esta fiesta la lleva el calendario a distintas fechas cada año, nos enseñaron una regla nemotécnica que me ha servido desde entonces, cuando ya aprendí la sucesión de las fases lunares y de los cambios estacionales: “el primer domingo después de la luna llena primera, tras el equinoccio de primavera”. Ello da razón a que muchas representaciones de
El primer día de vacación, muy especialmente los niños, dábamos fiel cumplimiento a nuestro refranero por aquello de que “el que no estrena el domingo de ramos, se queda sin manos”. Era la fecha en la que nuestras madres arrinconaban entre bolas de alcanfor las ropas de invierno y sacaban a la luz nuestro vestuario menos pesado; no era el momento de la manga corta, pero sí el del abandono de abrigos y mantas de lana.
Siguiendo el ritual de esta Semana, la iniciábamos con la misa del domingo, en la que, al igual que hoy día, se bendecían palmas y olivos. Entonces, aquella misa tenía una novedad para nosotros. La lectura del Evangelio se prolongaba por más de quince minutos al narrarse el pasaje completo de la pasión del Señor y, a cambio, para satisfacción de nuestra impaciencia, no había homilía. Las palmas, desde nuestra estatura, las veíamos muy largas. Eran las que portaban nuestros mayores sujetándolas a modo de vara de mando, mientras nosotros rivalizábamos entre sí compitiendo por aquel al que le habían comprado la mejor trenzada. Después de pasearlas por la ciudad, como lo hicieran los judíos en la jornada que rememoramos, tras haber recibido el agua bendita procedente de esos utensilios tan curiosos como son los hisopos, eran colgadas en los balcones de nuestras casas. Entonces abundaban más los balcones que las ventanas, y las palmas –y también los, más modestos, olivos- quedaban adornando las fachadas de las calles, hasta que el calor los marchitaba y se iban retirando conforme el rigor del verano ponía mustia esta ornamentación popular.
En la calles y plazas abundaban los puestos de venta ambulante, en donde junto a diferentes golosinas se nos ofrecían las carracas o matracas, con las que martirizábamos las conversaciones de nuestros mayores; tal era el ruido desagradable que se producía al sujetarlas por el mango y hacerlas girar (de ahí, “dar la matraca”). Este instrumento de percusión tuvo intervenciones nobles, así en “El Niño y los Sortilegios” de Ravel, sobre libreto de Colette, pero en estas festividades se utilizaba en las iglesias para simular un terremoto en los Oficios de Tinieblas, imitando las convulsiones y trastornos que sobrevinieron a la naturaleza en el trance de la muerte de Jesús.
Durante la semana, las radios sólo transmitían música sacra y clásica. Era el primer encuentro de la niñez con la música de concierto y así comenzamos a pronunciar nombres como Bach o Beethoven. El primero nos hacía sentir la majestuosidad de las catedrales que es donde situábamos los órganos y el segundo, tal vez, nos produjo la primera sensación de estremecimiento musical, con su Quinta sinfonía, muy acorde con los últimos momentos del Calvario. Los cines cerraban las salas, salvo para seleccionadas proyecciones de películas relacionadas con la historia bíblica; entre ellas ningún año faltaron “La túnica sagrada” (1953), primera película filmada en cinemascope, “Los diez mandamientos” (1956), con Charlton Heston escogido por el director De Mille por su gran parecido con la escultura de Moisés que esculpió Miguel Ángel y “Benhur” (1959), también con Charlton Heston, cuyos 11 Oscars le dieron el record de estatuillas hasta que “Titanic” (1997) consiguiera ponerse a su nivel.