La práctica del ejercicio piadoso del Vía Crucis o “recorrer las estaciones” (este nombre ha trascendido a la costumbre social de detenernos en cada uno de los bares en una zona de ocio de la ciudad, consumiendo rondas sucesivas) es también otra costumbre religiosa que ha quedado para los conventos y para los fieles muy comprometidos con la liturgia, pese a tener otorgada la concesión de indulgencia plenaria, siempre que se haya comulgado el mismo día. Muchos jóvenes de hoy, que entren en las iglesias, ni siquiera toman en consideración la razón de las catorce cruces o pequeños cuadros que rodean sus paredes de forma ordenada. Y ello porque no conocen la costumbre de participar, como antaño lo hacíamos en colegios e iglesias, principalmente en estas fechas, en el recorrido pausado de las catorce estaciones en las que se divide el recuerdo de que “Jesús quiso ser condenado a muerte por mi amor” hasta que “Jesús fue enterrado primero en el sepulcro y ahora en el Tabernáculo” y siempre acompañado de
Estas fechas también contribuyeron a la divulgación de una gastronomía específica. Recuerdo que mi madre era especialista en cuidar estos detalles, muy valorados por toda la familia lo que la hacía ser muy exigente en su confección. Sus especialidades eran, en esta ocasión, las torrijas y las magdalenas, cuando todavía no estaba industrializada esta artesanía. Yo era el encargado de proporcionarle “papel de barba” que cuidadosamente le recortaba con unas tijeras, siguiendo unos dibujos que venían en una revista. Mi abuelo y mi padre hacían unos moldes cuadrados o rectangulares, con gran conocimiento de una técnica de dobleces de papel en la que yo no llegué más allá del sombrero simple, el barco de vela y la clásica pajarita, pero que ellos extendían a muchas más figuras. Años después aprendí que ese arte, que yo llamaba, “de hacer pajaritas de papel” tenía nombre propio, la cocotología que comprende todas las artes de la papiroflexia. Fue cuando, precozmente, fui adquiriendo las obras completas de Unamuno y me encontré con una referencia a la “cocotología”, como apéndice a su novela “Amor y pedagogía”, que no venía en mi libro de literatura de bachiller –tal vez por censura de la ambivalencia de la palabra francesa “cocotte”.
A partir del Jueves y hasta el domingo, en señal de respeto, como en otras festividades civiles se hacía, se engalanaban los balcones y ventanas con “las colgaduras”, consistentes en paños alargados de la bandera rojigualda, que así llamábamos a la bandera nacional de España. (gualda es la hierba de la que se obtiene el tinte amarillo del mismo nombre; el color de nuestra bandera constitucional se denomina “amarillo gualda bandera”, por Real Decreto 441/1981, de 27 de febrero). También, por respeto a estas fechas, enmudecían las campanas de las iglesias, incluso las campanillas que agitábamos los monaguillos, sustituyéndolas por las palmetas. Del mismo modo, las canciones en público, en estos días, se consideraban como provocación a la devoción de los creyentes, llegando a ser censuradas por las personas más estrictas.
También recuerdo de aquellos años, en estas fechas religiosas,
Finalmente, y como broche de la Semana Santa, me viene a la mente en un muy lejano recuerdo, unas vueltas ciclistas tras moto, que se celebraron algunos años, el lunes o martes de Pascua, y que presencié, como despedida de las vacaciones escolares, desde un balcón de la Plaza del Castillo, por encima de la Librería Editorial Gómez, por donde, también, tuvo su sede el Círculo Carlista, en los primeros años de la posguerra.