viernes, 10 de abril de 2009

EFEMÉRIDES DE LA SEMANA SANTA EN PAMPLONA 2 de 2

(Continuación)

La práctica del ejercicio piadoso del Vía Crucis o “recorrer las estaciones” (este nombre ha trascendido a la costumbre social de detenernos en cada uno de  los bares en una zona de ocio de la ciudad, consumiendo rondas sucesivas) es también otra costumbre religiosa que ha quedado para los conventos y para los fieles muy comprometidos con la liturgia, pese a tener otorgada la concesión de indulgencia plenaria, siempre que se haya comulgado el mismo día. Muchos jóvenes de hoy, que entren en las iglesias, ni siquiera toman en consideración la razón de las catorce cruces o pequeños cuadros que rodean sus paredes de forma ordenada. Y ello porque no conocen la costumbre de participar, como antaño lo hacíamos en colegios e iglesias, principalmente en estas fechas, en el recorrido pausado de las catorce estaciones en las que se divide el recuerdo de que “Jesús quiso ser condenado a muerte por mi amor”  hasta que “Jesús fue enterrado primero en el sepulcro y ahora en el Tabernáculo” y siempre acompañado de la Virgen, recorriendo todas las vejaciones que se narran en la Pasión. 

Estas fechas también contribuyeron a la divulgación de una gastronomía específica. Recuerdo que mi madre era especialista en cuidar estos detalles, muy valorados por toda la familia lo que la hacía ser muy exigente en su confección. Sus especialidades eran, en esta ocasión, las torrijas y las magdalenas, cuando todavía no estaba industrializada esta artesanía. Yo era el encargado de proporcionarle “papel de barba” que cuidadosamente le recortaba con unas tijeras, siguiendo unos dibujos que venían en una revista. Mi abuelo y mi padre hacían unos moldes cuadrados o rectangulares, con gran conocimiento de una técnica de dobleces de papel en la que yo no llegué más allá del sombrero simple, el barco de vela y la clásica pajarita, pero que ellos extendían a muchas más figuras. Años después aprendí que ese arte, que yo llamaba, “de hacer pajaritas de papel” tenía nombre propio, la cocotología que comprende todas las artes de la papiroflexia. Fue cuando, precozmente, fui adquiriendo las obras completas de Unamuno y me encontré con una referencia a la “cocotología”, como apéndice a su novela “Amor y pedagogía”, que no venía en mi libro de literatura de bachiller –tal vez por censura de la ambivalencia de la palabra francesa “cocotte”. 

A partir del Jueves y hasta el domingo, en señal de respeto, como en otras festividades civiles se hacía, se engalanaban los balcones y ventanas con “las colgaduras”, consistentes en paños alargados de la bandera rojigualda, que así llamábamos a la bandera nacional de España. (gualda es la hierba de la que se obtiene el tinte amarillo del mismo nombre; el color de nuestra bandera constitucional se denomina “amarillo gualda bandera”, por Real Decreto 441/1981, de 27 de febrero). También, por respeto a estas fechas, enmudecían las campanas de las iglesias, incluso las campanillas que agitábamos los monaguillos, sustituyéndolas por las palmetas. Del mismo modo, las canciones en público, en estos días, se consideraban como provocación a la devoción de los creyentes, llegando a ser censuradas por las personas más estrictas. 

La Función de las Siete Palabras, constituía un momento de gran emoción, que se acrecentaba ante el fervor y dramatismo que el predicador confería a su prédica, cuya voz era ahuecada y nos llegaba con la resonancia que los grandes monumentos imprimen a los actos solemnes. Ante la dificultad de “coger sitio” en la Catedral, y después de “haber hecho los monumentos”, en familia, (visita a siete Sagrarios, en el único día en que no se celebra misa) podíamos escuchar el sermón a través de “EAJ-6, Radio-Requeté-de-Navarra-Pamplona”, única emisora local en aquellas fechas, que dirigía, regentaba y presentaba el entrañable “Tío Ramón” que es como, una población que, por entonces, rondaría sobre los cien mil habitantes, conocíamos, por sus animados programas infantiles, a D. Ramón Urrizalqui Soravilla. 

También recuerdo de aquellos años, en estas fechas religiosas, la Procesión del Santo Entierro; y también aquí puedo señalar una peculiaridad respecto del resto de lugares que he recorrido en mi vida. En la ciudad de mi niñez, dejando a un lado una anterior silenciosa y enlutada que bajaba la calle de Tejería, y la del “Regreso”, solamente se celebraba una procesión en la Semana, el Viernes Santo, y en ella se siguen incluyendo más de diez tronos representativos de la historia de la Pasión, desde la entrada en Jerusalén hasta el Santo Sepulcro, cerrando con la Soledad. A los nazarenos y penitentes se les llama "mozorros", término procedente del vascuence que se relaciona con las máscaras de Carnaval y a las mujeres que vestidas de mantilla y con el rosario en la mano, acompañaban a la Virgen como las santas mujeres del Evangelio, les llamábamos "manolas", "iban vestidas de manola", decíamos. Posteriormente, yo, esta expresión la he conocido referida a la moza castiza del pueblo de Madrid, a la chulapona que iba ataviada con su mantilla al Prado de San Isidro con motivo de la Feria. En Andalucía, que da origen a la vestimenta de referencia, se dice "vestirse de mantilla", a secas.

Finalmente, y como broche de la Semana Santa, me viene a la mente en un muy lejano recuerdo, unas vueltas ciclistas tras moto, que se celebraron algunos años, el lunes o martes de Pascua, y que presencié, como despedida de las vacaciones escolares, desde un balcón de la Plaza del Castillo, por encima de la Librería Editorial Gómez, por donde, también, tuvo su sede el Círculo Carlista, en los primeros años de la posguerra.