martes, 9 de noviembre de 2010

LA DESNATURALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA


Ha pasado medio siglo largo desde que salimos de una Contienda, en la que todos los españoles nos alineamos en dos bandos para dirimir e imponer la razón en favor de quien mejores réditos obtuviera en el uso del fusil y la bayoneta, concluyendo así las diferencias que no supieron nuestros mayores resolver, mediante la dialéctica ordenada, en el reducto de las banquetas del Congreso. Pero los réditos que liquidan las trincheras no son activos líquidos. Son monedas a las que falta metal noble. En su aleación hay demasiado plomo. Tal vez, el sobrante de la munición abandonada en el campo de batalla. Por ello, no sirvió la experiencia para legitimar la razón, a la luz de la democracia,  en favor de quienes izaron la bandera de la victoria. De no ser así, no hubiéramos padecido la purga de un régimen autocrático.

Todavía algunos hijos y nietos de quienes combatieron, en su más íntima soledad, se preguntan en qué bando militó la razón. Intelectualmente, podemos trasladar esta pregunta a la que trae su origen en Platón y que, sin miedo a caer en el terreno de lo políticamente incorrecto, aventuró el jesuita, padre Mariana (1536-1624), cuando sugirió si era lícito matar al tirano. Pero, para salir ilesos de cualquier amenaza de sofisma, tendríamos que tener resuelta la duda que Pilatos planteó a Jesús y que no sabemos si la historia nos la ha mutilado, la impaciencia del Gobernador del Cesar al salir de la habitación la dejó en el aire o si, efectivamente, Jesús, intencionadamente, nos la tiene reservada a cada uno para mejor momento.

De ahí que sea usual el atribuir, despectivamente, el beneficio de “estar en posesión de la verdad” al orgulloso y prepotente, habitualmente ignorante.

Como iba diciendo, hubimos de cruzar nuestro peculiar desierto político, y cuando ha dado tiempo a que transcurra una generación desde que nos dimos una Regla a la que prometimos obediencia, nuevamente parece que ésta no sirve para determinar, ante asuntos importantes de nuestra convivencia, dónde está la razón.

Hoy, frente al conocimiento, basado en la ciencia, se afrontan los problemas desde la intuición. Se pretende que “el todo vale” junto con la bondad de la aritmética de “la mitad más uno”, den como resultado el triunfo de la verdad. Fruto de esta actitud es el relativismo que se ha impuesto en nuestra sociedad, de unos años acá.

Para demostrar la fragilidad de los dos presupuestos anteriores nos bastaría con  recordar que hasta fechas recientes, “ha valido” la regulación legal del sometimiento del hombre al hombre, en régimen de esclavitud y que, incluso en estos momentos, la razón del “51%” no resistiría la contribución de los ciudadanos a las cargas del Estado.

Entiendo que santificar, sin más, el gobierno de nuestras sociedades en favor de los más votados de entre el grupo,  y que los acuerdos sobre asuntos que afecten a todo él,  se adopten por mayoría de votos de los gobernantes  precisa de una reflexión. Por algo diría Churchill que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.

De una parte, no todo ciudadano está capacitado para ser gobernante y, de otra, tampoco todo asunto es susceptible de poder ser impuesto como norma de conducta en atención al número de votos con que sea respaldado.

En nuestro país, en pleno fervor de los Mundiales de Futbol pasados, el Sr. Del Bosque hubiera alcanzado los votos suficientes para formar un equipo de gobierno, la misma Belén Esteban ya ha sido aclamada “Princesa del pueblo” y refrendada con  intención de votos suficiente para erigirse en “la lideresa” del tercer partido que dirimiría las diferencias entre Socialistas y Populares y, efectivamente,  varios de nuestros gobernantes, en las principales esferas de la Administración, se encuentran ocupando cargos desde los que se dan respuestas a problemas sobre los que su falta de conocimientos –por muy buena que fuere la voluntad con la que se empeñen- conducen a soluciones erróneas, en ocasiones, irreparables.

Es verdad que todos los hombres somos iguales. Rotundamente sí. Si además comulgamos con la religión católica, porque todos estamos hechos a imagen y semejanza del Creador. Y, todos somos, igualmente, dignos y respetables.  Pero es de razón reconocer que los hay altos, bajos, morenos y rubios, y también los hay quienes han adquirido unos conocimientos que, nos conducen a sus consultorios y talleres cuando necesitamos reparar nuestra salud o la mecánica del coche y otros de los que también tenemos necesidad para que nos encontremos limpias las calles cuando salimos de nuestras casas por las mañanas. ¿Acudiríamos a uno de éstos para que sanara del sarampión a nuestros nietos…? Entiendo que no es suficiente saber juntar las palabras en el diálogo y usar los dedos en la resolución de las cuatro reglas para administrar el patrimonio moral y económico de una sociedad.

Y, en cuanto al panel de asuntos que deben someterse a la ley de la mayoría, también aquí, habríamos de corregir su generalidad absoluta para no tener que recordar escenas como la vivida durante la última República en la que se sometió a votación, entre los socios del Ateneo de Madrid, la existencia de Dios.

Por cierto, Éste perdió por un voto.