sábado, 3 de octubre de 2009

LA CHICA DE IPANEMA Y EL EFECTO OLIMPIADAS

Cuando se conoce el resultado de aconteceres inciertos en el tiempo, nuestra condición de seres inteligentes hace que sea entonces cuando sepamos encajar correctamente las piezas del puzzle que antes sólo ensamblábamos en nuestra imaginación. Y creo que nuestra inteligencia se mide tanto en el momento de comprender la solución de los problemas como en el anterior del planteamiento y resolución.

En la antigüedad, los problemas más trascendentes estaban centrados en las guerras, principalmente de expansión. La buena conducción de éstas y su feliz resultado era el que respaldaba el liderazgo de sus jefes. De ahí la valoración de los estrategas y el descrédito que se atribuía a los torpes. Así, es comprensible que aquellas sociedades no acudiesen a técnicas democráticas para confiar el destino de sus pueblos. A quien sabía ganar una guerra se le atribuía capacidad para conducir la paz. Por ello la alternativa de los políticos suelen ser los militares y no los abogados, los médicos ni los panaderos. Porque, en definitiva, en términos simplistas, la resolución de los problemas humanos se reduce a un planteamiento lógico -saber qué se quiere-, conocimiento de los medios de que se dispone para conseguir el resultado propuesto, valoración de los riesgos, articulación de aquéllos para encaminarlos al fin perseguido e impulso para lograr el desenlace deseado.

La anterior construcción es válida tanto para alcanzar los éxitos materiales como para lograr las conquistas espirituales. Una conquista que, también, desde nuestros más antiguos orígenes es constante en la historia del hombre y ha movido el rumbo de las sociedades, ha sido la del amor. Nuestro pasado está lleno de ejemplos. Pero también el hombre, individualmente, hace del amor objeto de conquista. Raro es que la simple atracción mutua de dos seres, por el sólo hecho de conocerse, conduzca indefectiblemente a la victoria del amor. Por ello, la confianza en el “flechazo” está siendo causa de posteriores derrotas amorosas. El “aquí te pillo, aquí te mato”, ni espiritualmente, conduce a buenos resultados. Es preciso aplicar el planteamiento lógico a que me refería más arriba: convencimiento de lo que queremos, valoración de lo que ofrecemos, estimación de los riesgos internos y externos, estrategia para limar los primeros y ahuyentar los segundos y persistencia para terminar alcanzando las mieles de la conquista. En el caso del amor, esta persistencia, se extiende más allá del día oficial de la victoria. No vale decir que “se nos rompió el amor de tanto usarlo”, como canta la tonadillera. Como si fuera un juguete infantil tras el día de Reyes. Eso es una banalidad. Precisamente el uso del amor conlleva lucha en las batallas diarias, que deben ser asimiladas como tales y no dejarlas sin resolver tras el umbral de la puerta.

Es la misma diferencia que se observa por los sociólogos entre “la guerra militar”, en la que se obtiene la paz cuando se ha alcanzado el fin estratégico, la destrucción del ejército enemigo y la ocupación del territorio (Recordemos, el mensaje de Francisco Franco, para terminar diciendo que “la guerra ha terminado”, en 1939) y “la lucha política”, en la que aunque el ejército haya sido vencido la lucha continua en el terreno político y “de preparación” militar (Recordemos, igualmente, gran parte de la época franquista que no estuvo inmune a un estado “de preparación”, aun cuando se resolviera a la muerte del General sin hacer uso de las armas).

Las anteriores consideraciones me han ido viniendo a la mente cuando recapacitaba sobre las primeras líneas de este comentario que pensaba dirigir al fallo del Comité Olímpico Internacional. Sobre este acontecimiento reflexionaba ayer, en este medio, antes de conocer el resultado. Aunque podía traslucir la ilusión de “una corazonada”, no se me ocurrió aventurar ningún resultado. El suceso era incierto y yo no estaba en el conocimiento de todas las reglas de esa partida que jugaron no cuatro ciudades sino cuatro estados. Bastante expuse apuntando que en este casino había tahúres y cabía el marcaje de las cartas. Y, de otra parte, también desconocía la capacidad y honestidad de los árbitros de la contienda.

El resultado fue la derrota de España, Estados Unidos de América y Japón. Tan noticia es esto como que ganara Brasil y hablo de noticia en su sentido sorpresivo. Tal vez, menor noticia fue el resultado nipón. Pero que perdieran España y Estados Unidos, y que ganara Brasil, sí ha sido noticia, desde el punto de vista periodístico. Además, a los españoles nos ha costado asimilar –pese a nuestra olímpica deportividad- que la COI nos haya maltratado con un resultado final de 66 a 32. Como si la sentencia estuviera escrita y se quisieran evitar sorpresas transfuguistas o errores técnicos.

Madrid con su Rey y Chicago con su Presidente, no fueron ciudades, sino estados. Sin embargo Río de Janeiro, con Lula da Silva y Pelé, se quedó en “Ciudad Maravillosa”, la buscada. ¿Cómo no habíamos reparado en que “El Cristo Redentor” desde su elevado pedestal, en el Cerro de Corcovado es admirado, sin complejos laicistas, por toda la Ciudad hacia la que extiende sus brazos? ¿Cómo no entender que los miembros de la COI en alguna ocasión habrán soñado al ritmo del Bosa Nova? Y, habrán admirado esa cosa tan linda/ tan llena de gracia/ como es esa niña/ que viene y que pasa/ con su balanceo/ camino del mar. Porque desde 1962 en que se inmortalizó la “Garota de Ipanema” todos hemos soñado con la moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema y hemos dicho que su movimiento es más que un poema/ es la cosa más linda/ que yo he visto pasar. Parece que los árbitros del COI, al ser más jóvenes que Samaranch, admiran más a estas chicas cariocas y no reparan en los suspiros de Don Hilarión cuando se deja acompañar por “una morena y una rubia”, hijas del pueblo de Madrid.

Sin embargo, esta mañana todavía España y su Delegación se preguntaban ¿Por qué fue éste el resultado? al igual que ayer mientras Obama sobrevolaba el Atlántico, se decía ¿Qué nos ha fallado?

Es cierto que objetivamente, a la candidatura de Madrid no le faltó respaldo popular, movilización de medios, eficacia administrativa ni comunión política. Personalmente a mi me emocionó la movilización del pueblo y me ilusionó la unidad de voluntad política. Con el corazón medí la primera y seguro que de haber vivido los últimos minutos en ambiente propicio hubiera tenido que tener a mano el pañuelo al conocer el resultado. Con la cabeza valoré el consenso político.

No seré yo quien critique al Alcalde de Madrid, ni mucho menos. Y dejo constancia de que sólo me une a él el recuerdo hacia su padre que fue el profesor de mi grupo de prácticas en la Complutense de Madrid, hace más de cuarenta años y del que tengo grato recuerdo por haber sido un magnífico maestro –no podía ser menos en aquella Cátedra de Derecho Civil- durante tres cursos consecutivos; exigente y en ocasiones cascarrabias (para mí, dos virtudes ignoradas por la complaciente docencia actual). Como dato anecdótico añadiré que el titular de la Cátedra, D. Alfonso García Valdecasas, participó como orador en el acto fundacional de Falange Española celebrado el 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia de Madrid y, aunque parte de las generaciones –a las que “se ha contado” la Dictadura- no se lo crean, les puedo destacar que de esta intervención política no me enteré hasta años después de haber finalizado mis estudios.

Y decía que no soy crítico con la iniciativa del Regidor de Madrid porque soy un ferviente enamorado de la Ciudad que regenta, para la que, de haber sido designada, hubiera llovido abundancia de bienes y, aún habiendo fracasado en el intento, los preparativos para serla la está elevando al nivel de las primeras capitales europeas. Otro motivo, para no ser crítico, se debe a la admiración del “efecto Olimpiadas” –ahora que se utiliza con desorden este tipo de expresión- que se ha producido entre nuestros dirigentes políticos. Haber conjuntado el pensamiento del Rey, el del Presidente del Gobierno, el de la Presidenta de la Comunidad y el del Alcalde en la misma fila del patio de butacas, usando entre sí todo tipo de complicidades y hasta haberse cortejado con ciertas cucamonas, al compartir la misma ilusión, es algo que me llenó de satisfacción.

Y yo creo que represento el pensamiento de la mayoría absoluta de los españoles que está harto de la irreconciliabilidad de propósitos y crispación dialéctica que estamos viviendo, como nunca, desde los escaños del Congreso hasta las bancas más humildes del último municipio de España.

Desde España elevo preces al Cristo Redentor del Corcovado para que ilumine a nuestros políticos y no los desemboce del “efecto Olimpiadas” con el que han vivido enmascarados estos días y que cuando, transcurrido este fin de semana, retomen la rutina de la crisis, desempleo, emigración, delincuencia y restantes cuestiones que dejaron pendientes, antes de viajar a Copenhague, no se olviden del dulce lenguaje de La Sirenita y El patito feo con el que han disfrutado en la tierra de Andersen