domingo, 4 de enero de 2009

REYES MAGOS (II de II)


HASTA EL 10 DE MAYO DE 1947
En hora temprana llegó el gran día. Sin que nadie me avisara me levanté descalzo de la cama y me dirigí a la habitación en la que había dejado mis zapatos “de los domingos” al lado de una mesa, con unos mantecados y tres copas de anís, que la noche anterior habíamos trasladado hasta la ventana. Las copas estaban usadas y la bandeja de los dulces se encontraba mermada. Buena prueba de que los Reyes se habían detenido en mi casa. Pero lo que sí me daba seguridad de su paso era un gran embalaje que llevaba dibujado el pupitre que yo había pedido en mi carta, junto a unos cuentos y varias golosinas. Con nerviosismo, retiré todos los envoltorios y me quedé, frente a frente, mirando los regalos durante un rato sin atreverme a tocarlos; tal era mi emoción; al rato, arrastré todos ellos para enseñar a mis padres, todavía en la cama, el resultado del día de Reyes. Ellos se miraban, me dieron un beso y yo salí con los ojos enrojecidos. 

Pero aquellas vacaciones de Navidad del año 47, llegaron a su fin el día 8 de enero pues era tradición que el 7 se nos concedía, al estilo del “día de resaca” de la Feria de Sevilla, para que pudiéramos compartir con nuestros hermanos los regalos. Yo, como era hijo único, a media mañana, marché a casa de mis primos para ver si a mi prima le habían traído la casa de muñecas.

Y así, reanudamos la rutina de los días escolares, en los que públicamente contábamos a nuestros compañeros nuestras respectivas experiencias de estos días de Reyes, con la ingenuidad propia de la edad, desnudando la economía doméstica de nuestras casas. Era el primer encuentro con una realidad que no siempre veíamos justa. ¿Por qué a mi compañero le habían traído más juguetes? 

De esta guisa llegamos, por fin, al día 10 de enero, que cayó en jueves. Este día de la semana, teníamos vacación por la tarde y los padres escolapios nos llevaban a pasear por las afueras de la ciudad. A las cuatro formábamos una larga fila todos los alumnos de Primaria y cogidos de la mano, de dos en dos, iniciábamos nuestra excursión semanal. Para combatir el frío íbamos embutidos en nuestros pequeños abrigos, con las bufandas rodeando nuestras gargantas y las manos escondidas dentro de los guantes. Algunos llevaban pasamontañas, ya que los montes de alrededor estaban nevados. Nuestros bolsillos iban abultados con el bocadillo que nos habían preparado para tomarlo cuando parábamos, a jugar, al lado de una fuente, donde terminaba la ciudad y comenzaba el campo. 

Nuestro paseo semanal nos obligaba a pasar frente al Seminario y también, por esas horas, nos cruzábamos por la acera de enfrente con filas de seminaristas que salían a pasear como nosotros. Cuando aprobaban un curso cambiaban el color de la banda que ceñía sus sotanas. También recuerdo que para saber si ya eran curas les mirábamos la coronilla y si tenían tonsura, cuando los viéramos solos, nos acercábamos a besarles la mano, a cambio de una estampa. Con el cambio de costumbres, es curioso que se me hayan despertado estos recuerdos conforme voy escribiendo estas líneas. 

Aquel día, en la fila, me tocó dar la mano a un compañero con el que todavía no había hablado en clase desde que comenzó el Curso en Octubre. La conversación, cuando se iniciaba por primera vez con otro niño, era muy simple. Nos preguntábamos cuántos hermanos teníamos, a qué se dedicaban nuestros padres, ya que entonces era extraño que las madres tuvieran otra dedicación –para nosotros- que la de ser madres, cuál era nuestro equipo de fútbol favorito, cuántos cromos de futbolistas nos faltaban para completar el álbum, y cuatro cosas más llenaban el repertorio de temas, de cuyas respuestas daríamos debida cuenta a nuestros padres y abuelos como si fuera la lección de Historia Sagrada que nos había contado el Padre. 

Pero aquél día se rompió el modelo anterior y casi de inicio la conversación se dirigió a contarnos lo que los Reyes nos habían traído la semana pasada. Recuerdo que yo estaba muy orgulloso de los regalos y le decía a mi compañero la suerte que había tenido por haber escrito la carta porque un pupitre valía mucho dinero y sólo los Reyes podían habérmelo comprado. Juanito que así se llamaba mi coleguilla se rió y con cierta suficiencia me dijo: “¡Qué risa! ¡Todavía tú crees en los Reyes!”. 

El resto de la conversación ya no interesa. Aquél día después de que Juanito me diera tan evidentes pruebas sobre la realidad, el mundo se me desmoronó. Cuando llegué a casa me fui a mi habitación y me eché sobre la cama llorando amargamente. No quería ver a nadie, no contestaba a mi abuelo que me miraba extrañado. Rehuía de mi lado a todos. Buscando la soledad me encerré en el cuarto de baño y preocupé, muy seriamente a toda la familia. Por primera vez tenía en mi poder un secreto que no debía contar a nadie. Bueno, a mi prima Merche, que era de mi edad sí; ella, seguro que no lo sabía porque en otro caso me lo hubiera contado. 

Así que al día siguiente, al salir del Colegio fui a buscarla al suyo y le dije “Te tengo que contar una cosa, pero me tienes que prometer que no la contarás a los papás ni a nadie”. “Tenemos que guardar el secreto”. Pero, ¿cómo me fié de una niña? pienso, ahora, con cierto aire machista… 

Nuestras madres se enfadaron recíprocamente, la de Merche porque yo no tenía que haber roto el misterio y la mía porque ella no tenía culpa. Nosotros nos reíamos mientras escuchábamos su absurda discusión con el oído puesto en la pared de la habitación contigua, pero internamente fue entonces cuando, de verdad, sufrimos el desencanto, porque ya no había duda: frente al “quién es el que no cree en los Reyes Magos”, palabras “en off” con las que termina la película de Berlanga, eran más ciertas las palabras de Juanito de aquel fatídico día 10 de enero de 1947.