
Dos noticias parecen cerrar este Año 2008, tan cargado de ellas como denso en sus contenidos.
De una parte, la presentación en sociedad del nuevo sistema de financiación de las Comunidades Autónomas que el Ministro de nuestros Euros ha apadrinado el día 30 de diciembre.
Este acontecimiento aunque hay división de opiniones sobre si su música “les suena” bien o mal, otros esperan “las siguientes notas y la letra”, y a la mayoría “les suena a sardana”.
Algunos, por aquello de celebrar las Navidades, le atribuyen el estilo de “Música de Villancico”, aunque si a San José “se le han roto los calzones” no saben si María tendrá costurero para remendarlos. Pero no queda ahí la cosa, porque los más entendidos creen ver en el proyecto la “Sinfonía inacabada”, tal vez por recuerdo a Schubert, quien en su 8ª Sinfonía se introduce en el romanticismo pero no va más allá de su segundo movimiento. En el entorno de los críticos musicales, también hay quien pide al Ministro que tome como referencia el “Concierto” navarro, pero éste cambia la conversación para recordar la última vez que presenció en el Teatro Gayarre “El Zapateado” de Sarasate.
En fin, que mientras “la música que suena va afinando”, se oyen voces pidiendo “café para todos”, no sabiendo al final si nos encontramos en el foro de un Teatro o sumergidos en el ambiente impresionista de un Café cantante.
De otra parte, también está siendo noticia la entrada en vigor, a partir del 29 de diciembre de
Por la aplicación de
El Grupo Socialista introdujo esta Disposición Adicional en
"La presente ley amplía la posibilidad de adquisición de la nacionalidad española a los descendientes hasta el primer grado (hijos) de quienes hubiesen sido originariamente españoles (nacidos en España o hijos de nacidos en España que emigraron o se exiliaron)", fue la explicación que acompañó a
De esta manera, en la misma ley se da satisfacción tanto a los emigrantes como a los exiliados pues como diría el portavoz socialista, Diego López Garrido, sus destinatarios lo son por
Esta medida, que arrastra un enorme significado político, social y emotivo, puede afectar a un millón de personas, según estimaciones del Gobierno. La mayoría de ellas residen en Francia y en países de América Latina (Argentina, Uruguay, Cuba, Chile, Venezuela y México).
Su trascendencia política, aunque sin hacer exhibición de ella, no ha sido ignorada desde la calle Ferraz de Madrid. En un millón de españoles más se traduce el incremento de esa cifra en el censo electoral de residentes en el exterior. Ello unido a que suele ser habitual que el partido del Gobierno sea siempre el más votado entre los emigrantes y que, además, estos emigrantes sean, mayoritariamente, de origen republicano, la adivinanza sobre su intencionalidad y autoría es infantil. “No hace falta ser el caballito blanco de don Simón para adivinar el color”.
Su importancia social también es trascendente, ya que el incremento del número de nacionales en el marco español, abre nuestra población –rica en derechos sociales frente a la mayoría de los países de origen- y el mercado laboral –eludiendo posibles frenos a la inmigración no solo española sino también con trascendencia comunitaria.
Pero lo anterior son apuntes objetivos sobre los que mucho pueden decir politólogos, sociólogos y economistas, a los que dejo como mejores comentaristas; yo prefiero centrarme en el aspecto emotivo de la medida que, para mí, es enternecedor, más todavía en el marco de las fiestas navideñas que estamos celebrando estos días.
Los que ya hemos superado con creces el paso del ecuador de nuestras vidas y en nuestros rostros se apuntan surcos sobre la piel que ya ha perdido aquella lozanía vivaz que era la mejor máscara bajo la que escondíamos nuestros proyectos de vida, vemos cómo, de forma natural, hemos contribuido a un incremento, en forma de pirámide invertida, de la población española. A nuestros nietos hemos trasladado nuestras ilusiones y a través de ellos recuperamos la inocencia, haciéndonos niños para que nos admitan a jugar con ellos.
Por ello emociona que compañeros de los hijos de nuestros hijos, allá donde se encuentren y tras sellar un borrado definitivo de la memoria histórica en el corazón de los padres de estos, así como en el de todos los abuelos que, en gran parte, ya están disfrutando de la carta de ciudadanía definitiva allá para donde Dios haya querido dictar no una sino hasta setenta veces siete Disposiciones Adicionales a su Juicio Supremo, alcancen el sueño de ser españoles en razón a que algún ascendiente suyo lo fue, por mucho que el devenir de los tiempos hiciera desprender su rama del tronco de donde nunca debió troncharse.
Me gustaría que todos los descendientes del exilio y redimidos de la emigración volvieran a nuestros pueblos y ciudades atraídos no sólo por una participación política y solución laboral sino para que convivieran con los que nos quedamos y participaran en la tarea común de engrandecer nuestro suelo y que sus nietos convivieran con los nuestros, participaran en juegos y jolgorios infantiles.
Me gustaría que los mayores olvidaran aquellas lágrimas que corrieron cuando lo que más querían “atrás lo iban dejando” y que de sus ojos corrieran lágrimas dulces y que de su pecho sacaran ese “estandarte con los colores de España” que se llevaron a tierras extrañas.
También me gustaría que, como en Nueva York lo hiciera Concha Piquer, fuera aquí donde aquel vino que se bebió lejos de España, sirviera para brindar en una noche de emoción “