lunes, 1 de diciembre de 2008

DICIEMBRE, MES DE PUENTES


En la década de los cuarenta, del pasado siglo, fecha a la que alcanza mi memoria, no existían más puentes que las construcciones arquitectónicas que servían para acercar dos orillas, cuyos arcos dejaban abiertos uno o varios ojos, entre los que normalmente discurría el agua.

El uso de la electricidad, amplió dicho término a la conexión con la que se establece la continuidad de un circuito eléctrico interrumpido y se generalizó en las conversaciones habituales al referirnos a esta conexión, en forma artesanal, para arrancar un automóvil cuando era olvidada la llave de contacto (“tuve que hacer un puente para arrancar”), lo que ofreció no pocas oportunidades a la picaresca profesional de los amigos de lo ajeno en la vía pública.

También entonces, era usado el término, generalmente por nuestros mayores, para referirse a los engarces que usan los dentistas para sujetar en los dientes naturales los artificiales y  a la pieza central de la montura de las gafas que une los dos cristales.

Hubieron de pasar algunos años desde que en los años 50-60, al iniciar un baile entre adolescentes desconocidos, como motivo de conversación, la joven interrumpía el encanto del contacto entre las manos y la aproximación de los cuerpos con el curioso e interesado “¿Estudias o trabajas?”.

Por entonces se generalizó la conocida como “semana inglesa”, en la que no se trabajaba ni se escolarizaba a los estudiantes el día del sábado, y como si de un ejercicio se tratara preguntábamos “¿haces semana inglesa este sábado?”

Cuando el salario mínimo sobrepasó en España las sesenta pesetas diarias es cuando la palabra puente comienza a emplearse para aludir al  “Día o días que entre dos festivos o sumándose a uno festivo se aprovechan para vacación”.

En un principio estos “puentes” comenzaron a ser una “gracia” del empresario o del docente, que también para sí tomaba esta licencia que aprovechaba para emprender viaje, con la familia, a Benidorm o Torremolinos y regresar después de haber descansado dos o tres horas.

Pero tal como sucede con todas la conquistas estudiantiles y laborales, siempre asociadas, cuando brincan de la empresa privada a la pública, se hace necesario socializar las medidas y reglamentarlas.

Así, el horario de la jornada laboral se convierte en pieza tan importante como el salario siendo objeto de estudio de los más avezados sindicalistas activos, en situación de “liberados”.

Las cuarenta horas semanales se reducen a 35, pasando por las 37 y media, con lo que la semana deja de llamarse “inglesa” para ser la jornada laboral española. A continuación se añaden descansos, para lo cual resulta más “decoroso” regular la jornada anual, a la que ir descontando otros días “de libre disposición”, pasando por aquellos funcionariales “seis moscosos”, (en recuerdo del navarro Javier Moscoso, Ministro de la Presidencia en el primer gobierno de Felipe González), naturalmente con descuento también a favor del trabajador del período de vacaciones reglamentarias y días festivos –entre Nacionales y de la Comunidad Autónoma- normalmente tomando como referencia la celebración de los patronazgos correspondientes, con aplicación del Santoral católico.

No pretendo detallar el calendario laboral de España, muy variado ya que las Negociaciones Colectivas de Empresas y de Sectores son las que matizan con detalle las circunstancias de cada trabajador.

He querido historiar, recordando mi vida laboral activa como fuente directa, desde aquellos días “abonables y no abonables”, “recuperables y no recuperables” y esclarecer el asunto de los “celebres puentes” laborales que si bien, en un tiempo fue un privilegio para algunos sectores –públicos- en la actualidad estos se financian con los días de libre disposición que cada trabajador tiene derecho durante el año y aplica a las fechas concretas que le resulten convenientes y faciliten el posible desplazamiento desde sus lugares de trabajo.