martes, 6 de enero de 2009

REYES MAGOS (I de II)


NOCHE DE REYES 1947 

Antes de escribir este Comentario me he entretenido buscando en la Red cómo corrieron los días del mes de enero de hace 61 años aunque yo haya encerrado dentro de un círculo, en el Almanaque, el día 10 de enero de 1947. 

Durante el mes, saltaron a la historia nombres que, de alguna manera, pueden condicionar recuerdos, al menos curiosos para más de un lector, que no quiero obviar, antes de referirme a mi acontecimiento personal. 

Así, el día 6 fue designado Secretario de Estado de los Estados Unidos de América George C. Marshall, sin cuyo nombramiento no hubiera trascendido con su nombre el “Plan Marshall”, Programa económico americano para la reconstrucción de los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial, que a la vez estaba destinado a contener un posible avance del comunismo. España fue el único país de Europa occidental que quedó excluido de estos beneficios, debido al régimen político que siguió a la Guerra Civil Española, si bien en la década de los 50 obtuvo ayudas económicas de Estados Unidos con las que se premió  la enconada política anticomunista española. La genial película “Bienvenido Mister Marshall” (1952), con guión de Bardem-Berlanga-Miguel Mihura, satirizó magistralmente el aislamiento internacional que padecía España durante aquellos años. Los mayores todavía recordamos el estribillo “os recibimos/americanos con alegría,/olé mi mare,/olé mi suegra y/olé mi tía". 

Y, dentro de las efemérides del mes, el día 25, es recordado como la muerte de  Alfonso Capone en Miami. Hijo de emigrantes italianos, nacido en 1889, fue conocido (Al Capone) como el más celebre mafioso de Estados Unidos de los años 20 y 30. Con negocios sucios consiguió una fortuna importante. El FBI trabajó durante años para poder encarcelarlo, sin que pudiera demostrar su participación en ningún hecho delictivo. En 1931 fue detenido bajo la acusación de evadir impuestos. Estuvo en la cárcel de Alcatraz durante ocho años, aunque desde allí continuara dirigiendo a su banda. La popularidad de este mafioso cruzó el Atlántico, a través de la extensa filmografía a que dio lugar su vida y episodios criminales. “Los intocables de Elliot Ness”, (1950-60) dieron nombre a series de televisión y películas que centran la atención en la detención de la Banda de Al Capone y que todavía son recordadas al estudiar la historia americana, en el entorno del Crack de 1929. 

Sin embargo, como anunciaba en las primeras líneas, el jueves 10 de enero de 1947, fecha en la que me aproximaba al cumplimiento de siete años de edad, marcó en mí –como les pudo suceder a muchos niños de mi generación, cuando corrieron por mi experiencia- un momento que deja huella en la vida y que, por ello, lo traigo aquí. 

En aquel año, se celebró la festividad de los Reyes Magos el domingo, día 6. Éste ha sido el dato que me ha facilitado la anécdota personal que paso a referir, pues aunque haya tenido una infancia ordenada no llegué al frenesí de cultivar un diario, a edad tan temprana, ni creo que, de haber sido así, la libreta hubiera resistido el paso del tiempo transcurrido. 

Vivía en una ciudad del norte de España, próxima a los Pirineos, en donde estas fechas eran propicias a adornar sus calles y jardines con el espectáculo blanquecino de las Navidades blancas. Se conoce que, en la aplicación de las leyes del Cambio Climático, “el primo de Rajoy” va a terminar teniendo razón, pues los termómetros marcaban temperaturas muy similares a los escasos grados que hoy rozan los cero grados; o será que la sensibilidad de los cuerpos de niños y abuelos así lo percibimos. Y digo esto, porque sí recuerdo que las semanas sobre las que rondaron las fiestas de Epifanía fueron severas. 

Muchas veces, el simple recuerdo reiterado de una o dos escenas, por lejanas que se sitúen en el tiempo, generan una secuencia que recrean mínimos cortometrajes (similares a esos vídeos colgados en You Tube), alimentados por la realidad más los comentarios que los hayan ido acompañando. 

Salvado lo anterior, sí recuerdo la noche del día 5, en la que me llevaron a ver la Cabalgata de los Reyes. Allí brillaron mis ojos al paso de las tres carrozas regias, adornadas de oro y piedras preciosas, en las que engalanados pajes custodiaban grandes cajones repletos de juguetes que desde Oriente venían a satisfacer las ilusiones de unos niños que vivíamos una época de emociones más sensibles y ambiciones reducidas. Eran tiempos en los que nuestras “cartas” cabían en una cuartilla, garabateada con saludos rimbombantes, justificación de nuestro buen comportamiento y despedidas cariñosas, con un reducido espacio para la petición de juguetes. No era extraño ver cómo los padres, al paso de SS.MM. –como ya aprendimos de su tratamiento, pese a estar vacío el Palacio de Oriente de Madrid- enjugaban nuestras lágrimas, y nos recomendaban que cuando llegáramos a casa teníamos que cenar deprisa para dormirnos antes de que los Reyes alcanzaran nuestros balcones. 

¡Cuántas ilusiones se almacenaba en nuestros pechos, precisamente, aquella Noche! A veces, la misma emoción traicionaba el deseo de dormirnos y cerrábamos muy fuerte los ojos, como si con ello el sueño tuviera que acudir más rápido a nuestras camas. En cualquier caso, en aquella oscuridad ilustrábamos los más bellos cuentos de nuestra niñez, en los que compartíamos historias con los protagonistas de las que los nórdicos Andersen y Grinn escribieron un siglo atrás y con las que nuestros abuelos nos durmieron más de una noche. 

Cuando noches atrás, después de darme un beso, mi madre apagaba la luz y la habitación quedaba a oscuras, habiendo sido reciente la muerte de mi abuela Maria, recordaba el cuento que Andersen dedicó a “La Abuelita”, aquella que estaba sentada en su silla de brazos, contando una larga y maravillosa historia, y que cuando se recostó respirando suavemente quedó dormida; “pero… entonces dijeron que estaba muerta”. A mí, después, me contaron que cuando las personas mueren marchan volando al Cielo, pero yo me quedaba muy triste. Aquella noche, sin embargo, recuerdo que quedé dormido, abriendo y cerrando la tapa del pupitre que había pedido en mi carta, buscando el agujero en el que introducir el tintero y queriendo meter en su interior un sin fin de cuentos y lápices de colores. La desazón que acompañaba a los vecinos de Villa del Río la noche anterior a la anunciada “visita de los americanos” tras haberse tomado razón de sus peticiones es comparable con la que viví aquella Noche de Reyes ("Bienvenido Mister Marshall")